junio 9, 2022• byJohn C. Médaille
“Capitalismo” y “socialismo”, ¿son realmente dos “sistemas” irreconciliables?
I. Contrastes y complementos
Los debates políticos y económicos de los dos últimos siglos se han reducido, en su mayor parte, a una contienda entre “capitalismo” y “socialismo”, en la que el primero se identifica con el “libre mercado” y el segundo con la “planificación estatal”. Se trata de una debate que vemos a diario (basta con ver el tono de la discusión constitucional en Chile, o la influencia creciente en Latinoamérica de figuras libertarias como Gloria Álvarez o Javier Milei). Se muestran como si fueran dos sistemas “contrarios”, es decir, cosas que no pueden existir juntas porque un término niega al otro. Pero hay motivos para dudar que esto sea realmente así. De hecho, cuando observamos cualquier economía real, nunca vemos al capitalismo o al socialismo solos, sino siempre “uno al lado del otro”. Esto debería hacernos sospechar que no son en absoluto contrarios, sino más bien complementos, cosas que podrían parecer opuestas, pero que en realidad son necesarias para una descripción completa de algo. Por ejemplo, no se puede dar una descripción completa de la humanidad sin incluir una descripción del hombre y la mujer.
Si el capitalismo y el socialismo son realmente complementarios, entonces ninguna descripción de una economía puede ser completa sin dar cuenta de ambos elementos. Esta falta de una descripción completa, que incluya ambos términos, es suficiente para explicar el hecho de que nunca vemos una economía puramente “de mercado” ni una puramente socializada; toda economía realmente existente incluye ambos elementos en proporciones variables. Por lo tanto, ambos términos son necesarios para describir cualquier economía realmente existente. El problema se convierte entonces en determinar cuáles deben ser las proporciones de cada elemento, es decir, determinar qué bienes deben ser “de mercado” y qué bienes deben ser socializados. Sugiero que la norma de juicio debería ser siempre: “¿qué combinación, en este conjunto particular de circunstancias, conduce a un aumento del capital social?”
Porque, como veremos,es el capital social el principal capital de toda la vida económica y política.
Pero antes de abordar la cuestión del capital social, debemos dar una definición precisa a ambos términos, capitalismo y socialismo, por la sencilla razón de que la forma en que se utilizan estos términos se ha desconectado completamente de lo que realmente son.
II. Capitalismo
El capitalismo se apropia del lenguaje del “libre mercado”, del “Estado limitado” y de la “propiedad privada”, pero en todas las economías capitalistas realmente existentes vemos un retroceso del libre mercado y una amplia expansión del Estado en todos los ámbitos de la vida económica y social. E incluso la propiedad “privada” en el capitalismo no es lo que pretende ser. Tenemos que examinar cada término en sí mismo para entender cómo se producen estas extrañas contradicciones.
1) Mercados libres
Los “mercados libres” se caracterizan por una vigorosa competencia en todos los sectores de la economía; para cada mercancía o servicio, la producción se distribuye entre un gran número de empresas de manera que ninguna empresa tiene poder de mercado, especialmente poder de fijación de precios. Es decir, todas son tomadoras de precios, aceptando cualquier precio que el mercado ofrezca, en lugar de creadoras de precios, con suficiente poder para fijarlos. De hecho, toda la teoría del mercado libre se basa en esta idea de precios competitivos, una idea que supone un gran número de empresas para cada producto. Pero cuando observamos las economías capitalistas realmente existentes, vemos lo contrario: la producción se concentra en unas pocas empresas, lo que da lugar a sistemas de producción y distribución altamente colectivizados. En cualquier sector del mercado, desde la cerveza hasta la banca, desde la energía hasta el entretenimiento, vemos vastos carteles que controlan el mercado, con la mayoría de los mercados dominados por entre dos y cuatro colectivos empresariales. Los defensores del sistema podrían responder que incluso dos empresas son suficientes para que un mercado sea “competitivo”, pero esto es ingenuo. La lógica de los beneficios máximos dicta que las empresas compitan cuando deben hacerlo, pero que cooperen cuando puedan. Y en los mercados donde hay pocos proveedores, actuar como un cartel es mucho más rentable que la competencia de precios.
El resultado inevitable es lo que realmente vemos: El capitalismo siempre ha sido el enemigo del mercado libre y allí donde el capitalismo avanza, el mercado libre retrocede, ya que toda la producción se reúne en vastos colectivos empresariales.
2) Estado limitado
Si las pretensiones de “libre mercado” del Capitalismo resultan ser insostenibles, aún más dudosa es la pretensión de “Estado limitado”. El hecho histórico indiscutible es que el alcance y el poder de los Estados ha crecido junto con el crecimiento de los colectivos corporativos. En la economía plenamente capitalista, el Estado parece más extenso e intensivo que nunca, rivalizando plenamente con los regímenes comunistas en alcance, escala y poder.
Las razones de esto no son difíciles de descubrir. Entre ellas destaca el hecho de que el summum bonum del capitalismo es el aumento de los beneficios, y la forma más fácil de hacerlo es externalizar los costos de producción. Pero para eso se necesita un Estado con suficiente escala y autoridad fiscal para asumir todos los costos externalizados. Basten dos ejemplos, uno de Gran Bretaña y otro de Estados Unidos. En Gran Bretaña, el partido “liberal” (es decir, “libertario”) obtuvo el control en 1832. A pesar de su retórica antigubernamental, el poder del Estado se expandió en realidad más rápidamente que en ningún otro momento de la historia inglesa, con la posible excepción de la Conquista normanda. Las nuevas empresas capitalistas requirieron una vasta expansión de la infraestructura física, una enorme burocracia de recopilación de información y, sobre todo, una expansión de la marina británica para apoyar el colonialismo, la columna vertebral de la nueva economía. Por supuesto, los capitalistas que se beneficiaron de esta expansión no asumieron los costos, que recayeron sobre el público en general.
Lo mismo ocurrió en Estados Unidos después de la Guerra Civil. Al principio, el aumento de los costos de esta expansión pudo sufragarse mediante el incremento de los aranceles, pero el crecimiento del Estado superó esa fuente, por lo que el impuesto a la renta se convirtió en una necesidad a principios del siglo XX. Un ejemplo concreto (literalmente) de esta externalización de los costos es el sistema de “vía libre” estadounidense, que por supuesto es cualquier cosa menos libre. Pero los costos no son asumidos por los causantes de los mismos a través de peajes por peso y distancia, sino por una combinación de impuestos sobre el combustible y subvenciones federales y estatales. Y como la mayoría de los combustibles se queman en las calles de las ciudades y en las carreteras rurales, más que en las autopistas, estos usuarios subvencionan las autopistas, incluso cuando no las utilizan. Y, por supuesto, los mayores beneficiarios de estas subvenciones son los que más utilizan las autopistas, es decir, las empresas productoras y minoristas, y cuanto mayor sea la distancia entre el lugar de producción de un bien y el lugar de su consumo, mayor será la subvención. De hecho, sin las subvenciones al sistema de transporte, incluidas las autopistas, los puertos marítimos y los aeropuertos, la “globalización” tal y como la conocemos simplemente no podría existir.
La lista de costos externalizados podría ampliarse, pero esto está claro: el capitalismo no es un sistema de libre mercado, sino uno cuya propia existencia depende del gran Estado y de las oportunidades de externalización de costos que proporcionan los grandes Estados. Independientemente de lo que diga la teoría capitalista, este sistema de subsidios siempre ha sido la realidad de los capitalismos realmente existentes, y simplemente no hay ejemplos contrarios en toda la historia del capitalismo.
3) La propiedad privada
Quizá ningún tema despierte tanta pasión como el de la propiedad privada, y con razón. La propiedad es propia del hombre, y de hecho es difícil vivir sin alguna propiedad. Pero la cuestión es si la propiedad, aunque en cierto sentido sea un derecho natural, tiene algún límite natural. La propiedad “privada” ha sido considerada durante mucho tiempo como un derecho ilimitado, de manera que cada hombre puede tener tanto como su ingenio pueda adquirir, incluso hasta el punto de que, en teoría, un solo hombre (o mujer) podría poseerlo todo. Y ahí radica el problema, ya que la propiedad se refiere siempre a cosas físicas, y las cosas físicas son también cosas finitas, lo que significa que es un juego de suma cero: cuanto más se posee, menos hay para que los demás posean.
Y esta concentración de la riqueza en el capitalismo es un verdadero problema. En Estados Unidos, el 1% más rico posee el 32% de toda la riqueza, mientras que el 10% más rico posee el 70%, dejando sólo las migajas para el 90% más pobre, y prácticamente nada para la mitad inferior de la población, que sólo posee el 2,6%. Este es el tipo de disparidades que alimentan la ira tanto de los “Bernie Bros” como del “Trumpenproletariado”. Las cifras en Chile son aún más crudas, ya que el 1% de la población más rica posee casi el 50%, el 10% más rico posee el 80%, mientras que el 50% más pobre comparte un 0,6% negativo.
Y sin embargo, a pesar de toda la pasión vertida en las discusiones sobre la propiedad privada, la realidad es que ésta juega un papel muy poco importante en la economía. La mayor parte de las alturas de la economía, las fábricas, los bancos, las cadenas de distribución, etc., no son propiedad de individuos, sino de colectivos empresariales. Por supuesto, se podría argumentar que como los colectivos son “propiedad” de sus accionistas sigue siendo propiedad privada. Pero creo que esto es un abuso del lenguaje. Una persona que posee una acción de IBM no “posee” la propiedad de IBM en ningún sentido significativo: no puede entrar en la propiedad, no puede venderla ni dirigir su uso. Lo que “posee” al poseer una acción no es más que el derecho a recibir una parte de los dividendos que los directores quieran distribuir, y un derecho -normalmente no ejercido- a votar por los directores. Pero decir que posee la propiedad de IBM como una propiedad “privada” es simplemente falso. Esa propiedad es colectiva y está gestionada, como la propiedad de todas las colectividades, por una clase de gestores profesionales.
III Socialismo
1) Comunismo
Ya que terminamos la discusión del capitalismo con la colectivización de la economía, tal vez sea mejor comenzar la discusión del socialismo justo ahí. Porque la forma de socialismo que la mayoría de la gente teme, y teme con razón, es la que lleva a la colectivización de la economía, la forma de socialismo conocida como “comunismo”. Pero así como el capitalismo no es el mercado libre, el socialismo no es el mercado colectivizado; eso sería el comunismo. El comunismo prometió la “propiedad” de los colectivos a los trabajadores, pero al igual que el capitalismo no puede entregar la propiedad a los accionistas, el comunismo no puede entregarla a los trabajadores. Ambos sistemas acaban con una economía colectivizada, con un grupo de “propietarios” anónimos (ya sean “accionistas” o comisarios) pero con el control real en manos de una clase de gestores profesionales.
Los colectivos, ya sean capitalistas o comunistas, separan la propiedad del uso y el capital del trabajo.
Pero un verdadero “socialismo” unirá estas cosas. Como dijo el Papa San Juan Pablo II,
Así, la mera conversión de los medios de producción en propiedad del Estado en el sistema colectivista no equivale en absoluto a “socializar” esa propiedad. Sólo se puede hablar de socialización cuando se asegura el carácter de sujeto de la sociedad, es decir, cuando a partir de su trabajo cada persona tiene pleno derecho a considerarse copropietaria del gran banco de trabajo en el que trabaja con todos los demás. (Laborem Exercens, 14, destacado añadido)
El gran problema del comunismo es que nada se parece tanto a él como el capitalismo. O como observó Slavoj Žižek, “el comunismo fracasó porque era la última fantasía capitalista”: Ambos sistemas terminan con una economía colectivizada que opera bajo un estado expansivo e intrusivo y un espacio cada vez más reducido para la empresa privada. Y creo que es seguro decir que el capitalismo fracasará si no puede revertir su deslizamiento hacia la completa colectivización de la economía y el orden social.
2) Bienes de mercado y bienes socializados
Pero al igual que el capitalismo no se trata realmente de “mercados libres”, el socialismo no se trata realmente de bienes colectivizados. Más bien, es el simple reconocimiento de que no todos los bienes son bienes de mercado, y que algunos bienes son necesariamente socializados. Al menos a un nivel, nadie duda de ello. Por ejemplo, cuando llamamos a los bomberos, no esperamos tener nuestras tarjetas de crédito a mano; esperamos que sea un servicio que se preste bajo demanda y sin costo. Y al mismo tiempo, muy poca gente piensa que todos los bienes deberían estar socializados de la forma en que lo está el servicio de bomberos.
Los mercados asignan los bienes en función de la capacidad de pago, y los que no pueden pagar no reciben los bienes. Y para la mayoría de las cosas que utilizamos la mayor parte del día, este es un sistema perfectamente justo y adecuado. Quién tendrá el mejor iPhone o la ropa más moderna es una decisión que podemos dejar sin problemas al mercado. E incluso los productos básicos como los alimentos son generalmente bienes de mercado, ya que incluso el empleador más explotador debe pagar a sus trabajadores la subsistencia o simplemente no trabajarán, o más bien no pueden trabajar, y por lo tanto sólo necesitamos sistemas socializados para estos productos en la medida en que la gente no pueda trabajar, ya sea porque no hay trabajo disponible o porque están incapacitados.
Pero hay una gran clase de bienes que no son ni deben ser nunca bienes puramente de mercado, reservados a quienes tienen los medios para adquirirlos. La sanidad, por ejemplo, o la educación. Asignar cualquiera de ellos en función de la capacidad de pago es condenar al grueso de la sociedad a la enfermedad y la ignorancia. Al margen de cualquier consideración moral, esto sólo puede dar lugar a una sociedad enferma e ignorante, incapaz de competir en una economía moderna.
El problema, pues, no es decidir entre socialismo y mercados, sino decidir qué bienes deben ser socializados y cuáles son más adecuados para el mercado; lo que hace falta es un criterio de juicio sobre el que podamos tomar esta decisión.
IV. Mercados basados en bienes sociales
Si lo que se ha dicho hasta ahora es correcto, como creo que es, entonces debería ser obvio que los mercados y el socialismo no son cosas opuestas, no son contrarias, sino cosas que dependen la una de la otra, complementos. Pero podemos ir más allá y afirmar que todos los mercados dependen de algún nivel de bienes socializados. Por ejemplo, no importa lo bueno que seas fabricando un producto si no hay carreteras para llevarlo al mercado; no tendrás éxito. Si cada empresario tuviera que perforar su propio pozo, cavar su propia letrina, educar a sus propios trabajadores y clientes, proporcionar su propia protección policial, garantizar la seguridad de su suministro de alimentos o sustituir las docenas de otros servicios socializados de los que dependemos, no tendría tiempo para atender su negocio. Todos los negocios dependen de la existencia de vastas y complejas infraestructuras antes de poder invertir en cualquier empresa puramente de mercado.
Un libertario estricto podría responder que los mercados competitivos podrían proporcionar todos estos servicios, pero esto resulta ser un ejercicio de regresión infinita: para establecer una fuerza policial “privada”, todos los demás servicios deben estar ya en funcionamiento. Pero para que estos servicios existan, debe haber una policía. Y además, aunque estos servicios pudieran privatizarse, seguirían sin ser bienes de mercado competitivos; serían simplemente monopolios. Las fuerzas policiales “competitivas” suelen llamarse mafias, y en lugar de impuestos recaudan dinero por protección. Tampoco se podrían tener cuatro o cinco líneas de alcantarillado compitiendo en las calles, ni autopistas compitiendo en las mismas rutas. Así que, aunque el libertario pueda aportar algunas cosas importantes al debate sobre el orden de mercado existente, no puede decir nada sobre los orígenes de ese orden. La realidad fundamental permanece: Los mercados y el socialismo son complementos; los bienes socializados dependen de los mercados para financiarse, pero los mercados dependen de los bienes socializados para existir.
V. El capital social
Pero todas las complejas infraestructuras físicas y burocráticas no son más que los signos físicos de un “capital” mucho más profundo y fundamental, el capital social.
El capital social es ese sentido de comunidad y de compartir que nos une en una familia común. Son los valores que compartimos y la sensación de que todos estamos “en esto juntos”. Sin capital social, no hay comunidad posible y ningún problema, por trivial que sea, puede resolverse. Pero cuando el capital social es fuerte, ningún problema es demasiado grande.
De ahí que todas las economías deban ser evaluadas no por la riqueza que construyen para algunos, sino por la suficiencia que proporcionan a todos.
Lo cierto, y es un hecho que vemos todos los días, es que una sociedad puede ser muy rica pero al mismo tiempo muy disfuncional. Esto se debe en gran parte al hecho de que al juzgar los sistemas económicos y políticos, medimos todas las cosas equivocadas. Si nuestra riqueza aumenta, pero cada vez más gente se automedica con drogas, alcohol y sexo, entonces la economía está fallando, independientemente de lo que digan las cifras del PIB. Son precisamente estos indicadores sociales los que nos indican el verdadero estado de nuestra comunidad económica. Y podemos predecir con seguridad que, tarde o temprano, las cifras del PIB caerán con el nivel de los indicadores sociales.
Esto nos da el criterio para decidir qué bienes deben ser de mercado y cuáles deben ser socializados. Se trata de un juicio que variará según las circunstancias particulares. Por ejemplo, en una sociedad en la que el conocimiento de la medicina es básico y ampliamente compartido, es probable que sea un bien de mercado. Pero en sociedades, como la nuestra, donde la medicina es compleja y sus conocimientos se limitan a una clase de especialistas, debe ser un bien común, si se quiere mantener la buena salud de los individuos y el buen orden dentro de la sociedad.
El capital social está siendo atacado hoy en día, ya que nuestra sociedad es cada vez más “individualista” y nos relacionamos cada vez más con nuestros aparatos electrónicos y menos con nuestros vecinos, que ahora se han convertido en nuestros competidores. Y hay demasiados, demasiado impulsados por la cruda filosofía del capitalismo, de la maximización del beneficio como único objetivo de la actividad económica, que son expertos en utilizar estas nuevas tecnologías contra nosotros, en utilizarlas para hacernos más aislados, más hedonistas, más inseguros y más neuróticos. Todo el mundo, o casi, está de acuerdo en que debemos abordar este problema, pero no podemos abordarlo en absoluto si no reconocemos primero que nuestro primer deber es restaurar el capital social que nos une.
En resumen, podemos decir que ni los mercados ni el socialismo pueden construir un orden justo o incluso funcional; ambos son necesarios, y necesarios en combinaciones que dependerán de las circunstancias particulares de cada sociedad. Pero el juicio sobre qué combinación es la adecuada para esas circunstancias particulares dependerá siempre de qué combinación construye mejor nuestro capital social.
Profesor de la Universidad de Dallas,
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Last modified: septiembre 3, 2024





