2025 08 26 conocerse a si mismo 1

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La importancia política de nuestra interioridad

“Conócete a ti mismo” es el aforismo que estaba escrito en el pórtico del templo de Apolo en Delfos (Pausanias; “Descripción de Grecia”). La frase ha sido atribuida a varios sabios antiguos (Diógenes Laercio; “Vidas y opiniones de los filósofos ilustres”). En uno de los diálogos platónicos, Sócrates aconseja a su joven amigo Alcibíades, que desea ingresar a la actividad política, que medite en esa inscripción délfica (Platón; “Alcibíades”).

En latín, vivir se dice también “inter homines esse” —ser entre los hombres— y morir “inter homines esse desinere” —dejar de ser entre los hombres— (Cicerón; “De officiis”).

Conocerse a sí mismo no es, obviamente, conocer el propio cuerpo, sino el alma. ¿Y por qué uno habría de conocerse a sí mismo? ¿Qué necesidad habría de eso si lo más evidente para nosotros mismos somos nosotros mismos? Y por supuesto, querríamos saber por qué este conocimiento de nosotros mismos es tan relevante para la política, en donde lo que importa es la relación con los demás. Probablemente la respuesta a estas preguntas comience a vislumbrarse en las palabras del poeta latino Juvenal (60-128 d.C.), para quien este mandato “desciende del cielo” (Juvenal; “Sátiras”).

Convivir

Por cierto, el precepto délfico no significa que la interioridad, al menos como la concebimos hoy, fuese una preocupación central para la filosofía griega, mucho más atenta a nuestro carácter de vivientes comunitarios. Vivir, para los griegos, es esencialmente con-vivir, vivir junto a otros. Y lo mismo para los romanos, ese pueblo que, como ningún otro, entendió nuestra naturaleza convivencial, tal como sostiene Hannah Arendt (Arendt, H.; “La condición humana”). En latín, vivir se dice también “inter homines esse” —ser entre los hombres— y moririnter homines esse desinere” —dejar de ser entre los hombres— (Cicerón; “De officiis”).

La atención estaba centrada en la perfección de las comunidades en donde encontramos nuestro lugar en el mundo, no en una introspección aislada. No es casual que entre los géneros literarios antiguos, incluso medievales, no aparezca la novela, por ejemplo, en donde el protagonista es exclusivamente humano (sobre la ausencia de la novela como género en la Antigüedad, véase: Auerbach, E; “Mimesis”).

La irrupción del cristianismo abre a la reflexión filosófica una dimensión no desarrollada por la sabiduría griega, pero no por ello menos intuida.

Y entonces, ¿por qué habríamos de conocernos a nosotros mismos? Aquí parece asomar una tensión entre nuestro ser-con-otros y nuestro ser personal.

La irrupción del cristianismo abre a la reflexión filosófica una dimensión no desarrollada por la sabiduría griega, pero no por ello menos intuida. Con el cristianismo comienza a comprenderse mejor ese carácter de mandato que “desciende del cielo”, del que hablaba Juvenal. 

Un descubrimiento dentro de nosotros

El autoconocimiento cristiano es, ante todo, una invitación al descubrimiento de Dios dentro de nosotros, no un repliegue del yo sobre sí mismo. Esta es la genial intuición de San Agustín (354-430), la cual ofrece de manera sistemática y rigurosa la más sabia respuesta al “conócete a ti mismo”: “Tarde te amé, hermosura tan antigua y tan nueva…” (San Agustín, “Confesiones”).

Nos hemos ido deslizando hacia una política centrada en la “identidad”, entendida como la búsqueda de lo igual a nosotros mismos.

Nada más alejado de la interioridad descrita por Rousseau (1712-1778). Podemos afirmar, sin temor a exagerar, que Jean-Jacques Rousseau es el descubridor de esta nueva interioridad que se repliega sobre sí misma y en donde la presencia de Dios resulta eclipsada (Rousseau, J.J.; “Confesiones”). No es casual que el pensador ginebrino exponga esto en una obra que lleva el mismo título que aquella en donde San Agustín habla de ese hallazgo de Dios en el fondo de nuestro corazón: Confesiones.

¿Y cuál es la consecuencia de desplazar a Dios en este conocimiento de nosotros mismos? En primer lugar, sobreviene el desencanto; en segundo lugar, la hipertrofia de nuestros gustos como criterio de legitimación de nuestra vida, de nuestras decisiones, e incluso de nuestro modo de ver las cosas políticas. Dije antes que el género literario de la novela es impensable en la cultura antigua, incluso en la medieval, por su énfasis en un protagonista meramente humano. Recordemos la actitud de Iván Karamázov en el recordado episodio de “El gran inquisidor” de Los hermanos Karamázov.  Iván no niega a Cristo, sino que “le devuelvo con respeto el billete”, le dice a su hermano Aliosha (Dostoievski, F.; “Los hermanos Karamázov”).

Así, sin prisa ni pausa, nos hemos ido deslizando hacia una política centrada en la “identidad”, entendida como la búsqueda de lo igual a nosotros mismos. Incluso la política del siglo XXI ya no es concebida como una lucha entre derecha e izquierda, sino como instrumento de reivindicación “identitaria” (véase: Fukuyama, F.; “Identidad. La demanda de dignidad y las políticas del resentimiento”).  Nada más alejado del centro divino que nos habita. Y nada más alejado de la paz que Él nos deja. Por eso no es casual que las políticas identitarias suelan estar en la base de las guerras injustas.

Si en los demás, como en nosotros, también habita la divinidad, habremos de tratarlos con el respeto debido a los portadores de esa presencia.

Desalojar a Dios de nosotros mismos es muy fácil, ya que Su modo de obrar es silencioso; algunos se quejan a veces de que es demasiado silencioso, pero ¿no será que nosotros amamos demasiado el ruido? El niño-Dios nace de noche, en silencio, en un lugar oculto, indefenso, frágil. Y es así como está presente en nuestras vidas.

Conocernos a nosotros mismos: un requisito de alta política

Conocernos es entonces una exigencia de alta moral. Esto implica que seamos capaces de recrear en nosotros la humildad, el silencio y la reverencia debidos a esa presencia divina, no solamente en nuestra interioridad personal, sino también en la de los demás. Por eso el “conócete a ti mismo” constituye además una exigencia de alta política, como intuía Sócrates. Si en los demás, como en nosotros, también habita la divinidad, habremos de tratarlos con el respeto debido a los portadores de esa presencia.

Autor: Jorge Martínez Barrera

Universidad Gabriela Mistral (Santiago de Chile)

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