diciembre 4, 2025• byJavier Mena
Una lectura hurtadiana del hombre en tiempos de sombras
En una de sus reflexiones más decisivas, San Alberto Hurtado dejó escrito un juicio que adquiere una especial resonancia en tiempos electorales. No es una advertencia política ni un comentario coyuntural, sino una regla espiritual para pensar la historia:
“Aun al atacar al comunismo lo hemos de hacer con criterio cristiano, no por lo que perjudica a nuestros intereses, sino por lo que contradice a nuestros principios, por su concepción del hombre, de la vida y del más allá” (¿Es Chile un país católico?, ed. 2009, p. 38).
Bajo esa premisa, la crítica al comunismo adquiere su verdadera naturaleza: es, antes que nada, una crítica antropológica y espiritual.
La afirmación funciona como espejo y como criterio. No ilumina desde fuera, sino desde dentro: obliga a situar el juicio político en el orden más hondo, el de la verdad sobre el ser humano. Sin esta luz la política degenera en ruido, el análisis en superficie y la discusión pública en una escena donde nadie comprende del todo el argumento de la obra.
Hurtado invita a mirar causas, no solo consecuencias. A discernir las ideologías no por sus efectos económicos o por su retórica social, sino por la imagen del hombre que las sostiene. Bajo esa premisa, la crítica al comunismo adquiere su verdadera naturaleza: es, antes que nada, una crítica antropológica y espiritual.
I. El origen del discernimiento: bajo cada política, una imagen del hombre
La temporada electoral suele reducirse a consignas, programas y promesas. Hurtado desplaza la mirada hacia otra dimensión: los fundamentos. Allí donde la política se vuelve comprensible, porque toda propuesta descansa en una determinada idea del ser humano.
Su exigencia es clara: el criterio cristiano no es el interés propio, sino la fidelidad a los principios, los que se juegan en la “concepción del hombre”. Cada proyecto político encarna una antropología, explícita o implícita. Según esa imagen —su profundidad, su respeto por la libertad, su apertura a la trascendencia— se orientarán las políticas públicas y las decisiones legislativas.
Por eso, para Hurtado, el análisis serio no comienza en los efectos, sino en el concepto de persona que los inspira.
II. El comunismo según Hurtado: un error que nace en la antropología
San Alberto denunció con singular lucidez que la falla esencial del comunismo no radica en sus fracasos políticos o económicos —aunque estos existan— sino en su comprensión del ser humano. Es un error que se origina antes de la fábrica y del partido: nace en el alma.
El comunismo trata al hombre como materia disponible, como pieza sustituible en un engranaje impersonal. Prescinde de su dignidad trascendente y de su vocación eterna. Todo lo demás —los abusos históricos, los sistemas fallidos, la violencia— son consecuencias de este defecto originario.
Una crítica que ignore esta raíz se transforma en mera disputa ideológica; con Hurtado, vuelve a ser discernimiento sobre la verdad del ser humano.
III. El comunismo amable: cuando el gesto oculta la raíz
Hoy reaparecen versiones “benévolas” del comunismo, envueltas en discursos de justicia, fraternidad o igualdad. Circula la estética del comunismo amable: lemas seductores, analogías apresuradas con el cristianismo, afirmaciones ligeras como “Jesús era comunista”.
La evolución del marxismo hacia formas culturales confirma la tesis de Hurtado: la cuestión decisiva no es la estrategia política, sino la concepción del hombre.
Hurtado habría desestimado estas simplificaciones con una pregunta decisiva:
“¿Qué idea del hombre está detrás de esa propuesta?”.
Porque, detrás de su envoltorio compasivo, el problema permanece: la visión reducida del ser humano, la dilución de su libertad, la negación de su trascendencia. Y con ello, la justificación de prácticas claramente incompatibles con la dignidad de la persona —desde el aborto hasta las intervenciones que prescinden de la naturaleza corporal— que contradicen lo que el santo llama “nuestros principios”.
La máscara amable no altera la antropología que la sostiene.
IV. El marxismo cultural: cuando la ideología cambia de forma, no de herida
La evolución del marxismo hacia formas culturales confirma la tesis de Hurtado: la cuestión decisiva no es la estrategia política, sino la concepción del hombre.
La revolución cultural —de Gramsci a la Escuela de Frankfurt— buscó precisamente esto: transformar la comprensión que una sociedad tiene de sí misma. Ya no se derriban gobiernos, sino certezas. La antropología cristiana es reemplazada por categorías que reducen a la persona a fuerzas sociales, económicas o psicológicas.
El santo habría reconocido de inmediato esta herida: la sustitución de la persona por la variable; de la trascendencia por la construcción; de la verdad por la sospecha.
Una sociedad que renuncia a la verdad del hombre renuncia también a la posibilidad de gobernar, legislar o amar adecuadamente.
En ese proceso, pilares que para Hurtado resultaban esenciales —familia, ley natural, moral objetiva, tradición, fe en Dios— son erosionados hasta perder su sentido propio. Lo que se pierde no es un conjunto de normas, sino la comprensión integral del ser humano.
V. Las siete reducciones: anatomía del encogimiento humano
Desde una perspectiva hurtadiana, puede describirse esta deriva como un proceso de reducciones sucesivas del hombre. Siete, en particular, resultan paradigmáticas:
El hombre funcional: definido por una sola variable (clase, economía, sexo).
El hombre sin fe: la dimensión espiritual reducida a ilusión o anestesia.
El hombre histórico: la vida humana concebida exclusivamente como conflicto.
El hombre social: la persona desdibujada en lógicas de opresión y lucha.
El hombre moral: la verdad objetiva reemplazada por fuerzas impersonales.
El hombre dialogante: la sospecha permanente como método de interpretación.
El hombre identitario: la libertad interior sometida a la tribu o al grupo.
En todas ellas, la dignidad humana aparece achicada. Lo que se pierde es el rostro, la vocación y la grandeza inviolable de la persona.
VI. El vacío antropológico: negar la naturaleza humana
La negación de una naturaleza humana estable constituye uno de los núcleos del marxismo en todas sus versiones. Allí donde no hay esencia, sino pura construcción, la persona queda expuesta a ser moldeada por fuerzas externas.
Hurtado, en cambio, recordaría que existe una imagen de Dios inscrita en cada vida, una vocación que no depende de coyunturas históricas y un alma que no puede ser disuelta en categorías sociales.
No hay discernimiento electoral sólido sin recordar quién es la persona humana.
Una sociedad que renuncia a la verdad del hombre renuncia también a la posibilidad de gobernar, legislar o amar adecuadamente. En ese punto, la crítica del santo es tan simple como radical: quien reduce al hombre, lo profana.
VII. Una alternativa luminosa: la dignidad como revolución
La lección histórica de Juan Pablo II —cuyo combate contra el comunismo fue, como señala Barbara J. Elliott, “metafísico, no político”— confirma la intuición de Hurtado: el error no se derrota con fuerza, sino con verdad.
Fue la afirmación persistente de la dignidad personal lo que desmontó el edificio ideológico. Hurtado habría reconocido en ello el método cristiano por excelencia: no defender privilegios, sino custodiar la verdad del hombre.
VIII. Criticar para sanar: el juicio cristiano según Hurtado
El santo exigía que toda crítica al comunismo fuera acompañada por un examen de conciencia. No se trata de condenar al adversario mientras se conservan las propias complicidades. La denuncia debe ir unida a la corrección interior, y la refutación del error, a la atención por las injusticias concretas que alimentan su atractivo.
Benedicto XVI insistirá en lo mismo: combatir el error sin olvidar el sufrimiento real que lo hace plausible. Hurtado fue siempre ambas cosas: una llama que ilumina y una mano que levanta.
IX. Renovar la mirada: volver al hombre para volver a Dios
En momentos decisivos de la historia, el Espíritu parece soplar con mayor fuerza. Hurtado, como Juan Pablo II en Varsovia, habría pedido una renovación del país desde su fundamento: la idea del hombre.
No hay transformación política sin conversión antropológica. No hay cultura sana sin mirada verdadera. No hay discernimiento electoral sólido sin recordar quién es la persona humana.
Por eso, esta columna solo puede concluir con una petición sencilla: que San Alberto Hurtado nos enseñe a mirar al hombre como Dios lo mira, y guíe así nuestro discernimiento en tiempos de decisiones significativas.
Abogado del Área Judicial de Comunidad y Justicia
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Last modified: diciembre 10, 2025





