noviembre 25, 2025• byRosario Izquierdo
La brevedad de la vida (Séneca)
Traducción y notas: Patricio Domínguez Valdés.
Herder, 2024.
Séneca, profeta antiguo, pero con mensajes siempre actuales, viene a advertir sobre la brevedad de la vida. En esta oportunidad, el estoico advierte a su amigo Paulino que el tiempo es corto, tremendamente limitado, y nuestro deseo de conocer y de afanarnos en una y mil cosas, al igual que nuestra alma, es infinito. Esta pequeña obra, nota el traductor, está dirigida también al «Paulino» que todos llevamos dentro, a ese que está harto de perder el tiempo.
Comienza la obra enumerando la constatación que muchos hombres hacen sobre la brevedad de la vida: “cómo pasa el tiempo”; “pareciera que fue ayer cuando…”; “qué corta es la vida y tanto que hacer”; “si fuera joven nuevamente, haría tal y tal”. Frente a todos estos comentarios quejumbrosos, Séneca, los abofetea con una sentencia: “No tenemos poco tiempo, sino que perdemos mucho” (p.38).
Séneca se propone demostrar que solo considera breve la vida quien, afanado en mil cosas, no se ocupa de las cosas importantes. Es decir, aquel que se la pasa “ocupado” y que no ha tenido tiempo para verdaderamente vivir, sentir, amar y hacer todo lo propio del viviente humano. A ese, y solo a ese, la vida le parece como corta. Pues con los demás ocurre distinto, ya que “es propio de una mente serena y tranquila recorrer todas las partes de su vida” (p.72). Luego añade “a los ocupados solo les pertenece el tiempo presente, el cual es tan breve que no se puede arrebatar; pero incluso este se les despoja, pues andan distraídos en muchas cosas” (p.73).
Séneca se propone demostrar que solo considera breve la vida quien, afanado en mil cosas, no se ocupa de las cosas importantes.
Leer a Séneca recuerda un poco la parábola del rico Epulón (Lc 16, 19-31), que se vestía de púrpura y lino finísimo, que se las pasaba de banquete en banquete, pero que no fue capaz de ver, y mucho menos de socorrer, al pobre Lázaro. Luego, cuando se les acaba la vida, dice Séneca “viejos decrépitos mendigan con ruegos que se les den unos pocos años más” (p.74).
Se les va la vida embriagados en sus apetitos: “Por todos lados, los vicios los apremian y rodean, y no permiten que se pongan en pie ni levanten la vista hacia el conocimiento de la verdad” (p.41).
Las eternas frivolidades son las mismas ayer y hoy. Las antiguas denuncias de Séneca repercuten fuertemente en la actualidad: horas y horas frente al espejo, deleitándose o acomplejándose; horas en el bronceado y rebronceado; horas en la peluquería; arreglando, poniendo, quitando, cambiando… Se preocupan más, delata el autor, de sus cabelleras que de la República, de sus peinados que de su existencia. Todos estos “no tienen ocio, sino indolente negocio” (p.79). Para estos, denuncia Séneca, para aquellos que entregan su vida a los vicios y placeres, el tiempo se les escurre rápidamente.
También hay quienes no son tan perversos como Epulón, pero se les pasa la vida jugando a la pelota y sus alegrías y tristezas se tornan superfluas, y al poco tiempo se les va la vida en el resultado de un partido, en cómo cerró la bolsa y en la cantidad de “me gusta” que reciben sus publicaciones.
El mensaje del autor cala en nuestro ajetreo y nos centra en lo realmente importante, a saber, el cultivo de la mente y, con ello, el trabajo de las virtudes a fin de alcanzar la sabiduría.
Hay también quienes viven anclados en la melancolía del pasado y quienes están preocupados por el futuro. Pero ni el pasado ni el futuro son y se nos esfuma la vida en cosas inexistentes. Y así, resulta breve e inquieta la vida de los hombres que descuidan el presente, ignoran el pasado y temen el futuro (cf. p.99).
Al mismo tiempo, el autor nota una paradoja: precisamente los que alegan que la vida es corta son los mismos que, en el día a día, reclaman que el tiempo pasa lento; pero en realidad no es que el día se les haga largo, sino que les resulta odioso. Y, llegados al fin de la vida, reclamarán que esta fue corta, pues “estuvieron ocupados tanto tiempo en hacer nada” (p.100).
También arremete Séneca contra los que creen que hacen mucho, pero en realidad no hacen nada. Y es que, zamarreados por los quehaceres de cada día y de miles de días, olvidamos las cosas que realmente importan. El mensaje del autor cala en nuestro ajetreo y nos centra en lo realmente importante, a saber, el cultivo de la mente y, con ello, el trabajo de las virtudes a fin de alcanzar la sabiduría.
La invitación es clara: se debe dejar el animus districtus, disperso, desviado en distintas direcciones, y encaminarse al otium, cultivar la vida interior evadiendo el ajetreo del mundo.
Se comportan como locos. Se inquietan a sí mismos y a los demás (Cf. 95). Se les va la vida en un millón de «ocupaciones», cuando la única y verdadera ocupación es tratar con la sabiduría. La vida de los ocupados es mísera (114). “Entretanto, mientras roban y son robados, mientras uno rompe la tranquilidad del otro, mientras son desgraciados el uno para el otro, la vida no tiene disfrute, placer ni provecho alguno para el alma. Nadie tiene en vista la muerte, nadie proyecta lejos su esperanza.” (p.117).
La vida se hace corta, no porque lo sea realmente, sino porque “vivís como si siempre fueseis a vivir” (p.46). Pero no, el tiempo es limitado (no corto) y debe ser bien aprovechado en hacer lo que solo en esta vida podemos hacer, dirá Séneca: crecer en el cultivo de la sabiduría. El verdadero ocio y la verdadera vida es de aquellos que se dedican al cultivo de la sabiduría. El sabio ha conquistado el tiempo: se sumerge en un eterno presente contemplando las verdades últimas y universales. No recuerda el pasado con melancolías, ni el futuro con temores. El presente es lo más real y lo más semejante a la eternidad. Así incita Séneca: “todo lo que vendrá es incierto: vive ahora” (p.61).
La invitación es clara: se debe dejar el animus districtus, disperso, desviado en distintas direcciones, y encaminarse al otium, cultivar la vida interior evadiendo el ajetreo del mundo.
El que vive sabiamente transforma la mortalidad en inmortalidad y se sumerge en las profundidades de la eternidad.
El sabio sale del tiempo efímero y caduco y se sumerge en la eternidad. Ha conquistado el pasado y le es “posible dialogar con Sócrates y dudar con Carnéades”. El hombre sabio no solo no hace perder el tiempo a los demás, sino que con su vida edifica al resto. “Ninguno de estos (antiguos filósofos) destruirá tus años, sino que añadirá sus propios años a los tuyos; la conversación de ninguno de estos es peligrosa, su amistad no lleva a la muerte.” (p. 97). “Estos te darán para toda la eternidad un camino y te elevarán a aquel lugar de donde nadie es arrojado” (p.98). La vida del sabio no es breve. El que vive sabiamente transforma la mortalidad en inmortalidad y se sumerge en las profundidades de la eternidad (Cf. 98-99).
En esta línea, Séneca muestra que el sabio no teme la muerte, ha vivido bien y sus ganancias no perecerán con la muerte terrenal: “el sabio no vacilará en ir a la muerte con paso seguro” (p.75).
Y, para quien ha conocido a la Sabiduría, gastar la vida es conocerlo a Él y todo lo demás lo considera pérdida (Fl. 3, 8). Cuánto más, desde la perspectiva cristiana, se amplía este horizonte, en esta vida no hay mayor bien que el conocimiento de Cristo que nos conduce a la unión con Él. Todo lo demás es basura: “¡Vuélvete a estos bienes más tranquilos, más seguros, mejores!” (p. 112).
En resumen, porque la recensión de una obra tan corta no puede ser tan larga, Séneca viene a decirnos que el tiempo es escasísimo y, al espabilar a su amigo, otro tanto hace con nosotros, con una exhortación semejante a la que otra amiga recibió en su tiempo de su Amigo: “¡te agitas y te afanas demasiado!” (Lc 10, 41-42).
La brevedad de la vida (Séneca).
Traducción y notas: Patricio Domínguez Valdés.
Herder, 2024.
clásicos estoicismo Filosofía Roma romanos sabiduría Séneca virtud
Last modified: diciembre 4, 2025





