2025 11 19 rey corazon ciudad 1

by

En el aniversario de los 100 años de Quas Primas

Factum est Regnum huis mundo

Domini nostri et Christi eius (Ap 11, 15)

En 1925 el Papa Pío XI publica la encíclica Quas primas, donde explica la doctrina y establece la fiesta de Cristo Rey del universo, que actualmente se celebra el último domingo del tiempo ordinario como recopilación de todos los misterios del año de litúrgico y que nos abre la puerta del Adviento para poder vivir las esperanzas de la Iglesia.

En la encíclica se afirma que Cristo es Rey en el sentido propio y no meramente metafórico. Es decir, Cristo, como hombre, ha recibido del padre toda potestad y dominio sobre todas las naciones, porque Cristo no solo es el hijo de Dios, sino el Rey de Israel. Por tanto, es propietario de todas las cosas creadas en el cielo y en la tierra, no solo por ser Dios sino también por ser el Verbo encarnado.

Esta es una verdad de fe. Verdad de fe que la liturgia también proclama, como dice la oración colecta del día de la fiesta: “Dios todopoderoso y eterno que quisiste instaurar todas las cosas en tu hijo muy amado Rey del universo. Haz que toda la creación liberada de la esclavitud del pecado sirva a tu majestad y te glorifique sin fin”. Desde aquí nosotros podemos colegir dos obligaciones respecto a esta verdad. En primer lugar, proclamar esta verdad de fe a fin de que sea conocida por todos los que profesan la fe católica, y, en segundo lugar, proclamarla en toda su integridad, tal como se es enseñada en la encíclica frente a la situación social actual, donde las ideologías de distinto tipo, reducen la idea a fuerza de Cristo Rey a mesianismos secularizados o gnosticismos elitistas que desprecian la encarnación de Cristo.

Es propietario de todas las cosas creadas en el cielo y en la tierra, no solo por ser Dios sino también por ser el Verbo encarnado.

En este sentido, cito al cardenal Chomali: “pues si hay algo que podemos hacer aquellos que creemos en Dios providente y bueno, es vivir con esperanza y dar testimonio de la presencia de Dios en nuestra vida. Volver a insistir en el carácter creatural del ser humano que vive con leyes innatas en su naturaleza. Leyes que debe conocer respetar y no alterar como si fuera el mismo Dios” (23-X-2025).

Esta es la grandeza de nuestra vocación: anunciar al mundo que no hay salvación fuera de Jesucristo. Pensemos que la oración que Jesús nos enseñó nos hace pedir que venga a nosotros el Reino que el Padre ha entregado al Hijo para que toda la tierra se configure como pueblo de Dios y se haga Reino de Cristo. La aspiración suprema de todo cristiano debe ser, por tanto, que este mundo se haga reino de Cristo, y por eso el cardenal Chomali tiene razón al afirmar y recordar nuestra dependencia creatural, y nuestro sometimiento a leyes dadas por el mismo Dios Rey e insertas en la naturaleza.

Vemos muy especialmente en nuestro tiempo como la sociedad humana aspira a la paz, porque este es el fin principal de toda organización social. Pues, bien afirma el Papa que este bien político no puede obtenerse sin la aceptación de nuestra configuración como reino de Cristo, es decir, sin el Príncipe de la Paz que es Jesucristo. Si Jesucristo es rechazado e ignorado o desconocido, se apodera de este mundo el padre de la discordia. Fuera del reino de Cristo la paz queda como tarea imposible. Esto, en virtud de que “erraría gravemente el que negase a Cristo-Hombre el poder sobre todas las cosas humanas y temporales, puesto que el Padre le confirió un derecho absolutísimo sobre las cosas creadas, de tal suerte que todas están sometidas a su arbitrio” (Quas Primas, 14). Recordemos lo que unos años antes había comentado Donoso Cortés al Cardenal Fornari : “Los errores contemporáneos son infinitos; pero todos ellos, si bien se mira, tienen su origen y van a morir en dos negaciones supremas: una, relativa a Dios, y otra, relativa al hombre. La sociedad niega de Dios que tenga cuidado de sus criaturas, y del hombre que sea concebido en pecado. Su orgullo ha dicho al hombre de estos tiempos dos cosas, y ambas se las ha creído: que no tiene lunar y que no necesita de Dios; que es fuerte y que es hermoso; por eso le vemos engreído con su poder y enamorado de su hermosura.” (Carta al Cardenal Fornari 19-06- 1852).

“Si ahora mandamos que Cristo Rey sea honrado por todos los católicos del mundo, con ello proveeremos también a las necesidades de los tiempos presentes.”

El Papa nos presenta un resumen de la historia del mundo que misteriosamente se va alejando de esta vocación a ser uno como Pueblo de Dios bendecido por la paz, bien político que sólo se obtiene en el reconocimiento y sometimiento al yugo suave de Jesucristo, proponiendo la solución;

“Y si ahora mandamos que Cristo Rey sea honrado por todos los católicos del mundo, con ello proveeremos también a las necesidades de los tiempos presentes, y pondremos un remedio eficacísimo a la peste que hoy inficiona a la humana sociedad. Juzgamos peste de nuestros tiempos al llamado laicismo con sus errores y abominables intentos; y vosotros sabéis, venerables hermanos, que tal impiedad no maduró en un solo día, sino que se incubaba desde mucho antes en las entrañas de la sociedad. Se comenzó por negar el imperio de Cristo sobre todas las gentes; se negó a la Iglesia el derecho, fundado en el derecho del mismo Cristo, de enseñar al género humano, esto es, de dar leyes y de dirigir los pueblos para conducirlos a la eterna felicidad. Después, poco a poco, la religión cristiana fue igualada con las demás religiones falsas y rebajada indecorosamente al nivel de éstas. Se la sometió luego al poder civil y a la arbitraria permisión de los gobernantes y magistrados. Y se avanzó más: hubo algunos de éstos que imaginaron sustituir la religión de Cristo con cierta religión natural, con ciertos sentimientos puramente humanos. No faltaron Estados que creyeron poder pasarse sin Dios, y pusieron su religión en la impiedad y en el desprecio de Dios.” (Quas Primas, 23)

El Papa hace una descripción muy realista de la evolución de la sociedad que se aparta de Dios, para que caigamos en la cuenta de que la Iglesia, para llevar a los pueblos a la eterna felicidad, pide que sea reconocido el derecho de regir a los pueblos y de modo especial, el derecho de enseñar al género humano. Y esto no es un componente deseable, aunque esencial a su misión, sino que es exigencia del derecho de Cristo, en tanto que es el Rey del universo. Y es también  la única garantía de nuestra salvación y la prenda segura de nuestra constitución, como pueblo pacificado, como reino de Cristo.

El deber de adorar públicamente y obedecer a Jesucristo no sólo obliga a los particulares, sino también a los magistrados y gobernantes.

Recordemos lo que nos enseña el Catecismo de la Iglesia al explicar que el reino de Cristo se realizará plenamente en la consumación de la historia, pero no al modo optimista que muchos creen de una expansión constante, humana, a base de marketing y procesos humanos: “… El Reino no se realizará, por tanto, mediante un triunfo histórico de la Iglesia (cf. Ap 13, 8) en la forma de un proceso creciente, sino por una victoria de Dios sobre el último desencadenamiento del mal (cf. Ap 20, 7-10) que hará descender desde el cielo a su Esposa (cf. Ap 21, 2-4).” (Catecismo de la Iglesia Católica, 677) Antes que esto suceda habrá una gran tribulación —como dice el Catecismo y anuncia proféticamente Quas primas—: sin Cristo no hay paz, ni orden social. Reconocer que Cristo Rey es la única esperanza para el individuo y las sociedades:

“Antes del advenimiento de Cristo, la Iglesia deberá pasar por una prueba final que sacudirá la fe de numerosos creyentes (cf. Lc 18, 8; Mt 24, 12). La persecución que acompaña a su peregrinación sobre la tierra (cf. Lc 21, 12; Jn 15, 19-20) desvelará el “misterio de iniquidad” bajo la forma de una impostura religiosa que proporcionará a los hombres una solución aparente a sus problemas mediante el precio de la apostasía de la verdad. La impostura religiosa suprema es la del Anticristo, es decir, la de un seudo-mesianismo en que el hombre se glorifica a sí mismo colocándose en el lugar de Dios y de su Mesías venido en la carne (cf. 2 Ts 2, 4-12; 1Ts 5, 2-3;2 Jn 7; 1 Jn 2, 18.22).” (Catecismo de la Iglesia Católica,  675)

La encíclica resume al final los bienes que espera se deriven de la institución de esta fiesta, de su celebración y de la predicación íntegra de lo que significa. Y afirma que para la Iglesia “tributando estos honores a la soberanía real de Jesucristo, recordarán necesariamente los hombres que la Iglesia, como sociedad perfecta instituida por Cristo, exige —por derecho propio e imposible de renunciar— plena libertad e independencia del poder civil; y que en el cumplimiento del oficio encomendado a ella por Dios, de enseñar, regir y conducir a la eterna felicidad a cuantos pertenecen al Reino de Cristo, no pueden depender del arbitrio de nadie”. (Quas Primas, 32). Para la sociedad civil:

“enseñará también a las naciones que el deber de adorar públicamente y obedecer a Jesucristo no sólo obliga a los particulares, sino también a los magistrados y gobernantes. A éstos les traerá a la memoria el pensamiento del juicio final, cuando Cristo, no tanto por haber sido arrojado de la gobernación del Estado cuanto también aun por sólo haber sido ignorado o menospreciado, vengará terriblemente todas estas injurias; pues su regia dignidad exige que la sociedad entera se ajuste a los mandamientos divinos y a los principios cristianos, ora al establecer las leyes, ora al administrar justicia, ora finalmente al formar las almas de los jóvenes en la sana doctrina y en la rectitud de costumbres. Es, además, maravillosa la fuerza y la virtud que de la meditación de estas cosas podrán sacar los fieles para modelar su espíritu según las verdaderas normas de la vida cristiana”. (Quas Primas, 33)

Y para los fieles “claramente se ve que no hay en nosotros ninguna facultad que se sustraiga a tan alta soberanía.” (Quas primas, 34)

No quiero terminar este recuerdo y esta exhortación a releer la Quas Primas sin indicar lo que dice la oración de post comunión de la fiesta de este día: “Después de recibir el alimento de la inmortalidad, te pedimos Señor que quienes nos gloriamos de obedecer los mandatos de Cristo Rey del universo, podamos vivir eternamente con Él en el reino del cielo”. La palabra alimento aquí es “alimonía”, que es más que alimento: los clásicos empleaban esta palabra para significar la acción de amamantar a un bebé. Así, pues, nosotros que somos niños, indefensos, y necesitados de protección y de alimento, tenemos que amamantarnos de esta leche que mana del Corazón de Cristo, que es Rey de Reyes y Señor de los que dominan la tierra.

Autor: Javier Jaurrieta, hnssc

Síguenos:
(Visited 240 times, 1 visits today)

Comments are closed.