febrero 8, 2024• byDavid Silva Vilche
Vida política de un Presidente
Ningún hombre de Estado es un bloque hierático, pese a lo engañosas que puedan ser las leyendas y los monumentos, menos en una era en que sabemos todo a un clic de distancia. Lo mismo cabe con la figura de Sebastián Piñera, expresidente de Chile. Un hombre con virtudes y defectos como todo pecador en esta tierra, aunque para lo que nos convoca, cabe enfocarse en aquellos aspectos de su vida que incidieron en la vida pública de Chile.
Nunca dejó de convocar a la unidad y de recordar las tareas comunes como nación, aún a riesgo de generar molestia en el propio sector y desconfianza en los ajenos.
En primer lugar, es destacable que en sus dos periodos Sebastián Piñera actuó y se condujo, al menos en público, como Presidente de todos los chilenos y no como el jefe de un partido o de un grupo social, incluso en el extremo escenario del “Estallido”, en el que cualquiera lectura desprejuiciada habría entendido que el “enemigo poderoso” al que aludió no era otro que el crimen organizado y el fanatismo devenido en violencia política. Vinculado con lo anterior, pudimos apreciar que nunca dejó de convocar a la unidad y de recordar las tareas comunes como nación, aún a riesgo de generar molestia en el propio sector y desconfianza en los ajenos. Cierto que es reprochable que un líder trate siempre de congraciarse con sus rivales para mantenerse, pero también lo sería quien viviera de agitar las malas pasiones de sus partidarios.
En este mismo tema, es loable la voluntad pública del expresidente en que Chile pudiera superar los dolores causados por la crisis política de 1973. Cierto que es tema aún delicado para muchos y que sus acciones dejaron inconformes en ambos lados, en parte por algunas expresiones malsonantes del ex gobernante, pero quien suscribe concuerda en que no se podía pretender que la Nación siguiera en una permanente reyerta ideológica sobre el eje Allende-Pinochet, y en eso Piñera dio señales tanto en sus periodos de gobierno como en su acción política en los primeros años de la democracia.
Finalmente, Sebastián Piñera contribuyó a recuperar profesionalismo, capacidad de trabajo y eficacia en la gestión cotidiana del Estado. Al menos quienes trabajamos con él en el segundo mandato sabíamos que estábamos frente a un alto nivel de exigencia, que se acrecentó mucho más durante la pandemia, momento en que las restricciones al gasto público, a la movilidad y al comercio internacional dificultaron como nunca la marcha del Estado, pese a lo cual fuimos capaces de cumplir con diversos programas y mantener a los servicios públicos en pie. Frente a una izquierda que ha hecho gala de un desprecio a las labores cotidianas y silenciosas del Estado, la escuela de servicio que muchos de nosotros recibimos sigue teniendo un valor ejemplar para nuevas generaciones.
Ahora, ¿qué se puede y debe criticar, en el marco del respeto de las horas presentes? Dejemos claro que —en mi opinión— no son tanto las falencias personales como las del sector político que lideró en su oportunidad, y que por tanto requieren al día de hoy una corrección realizada en conjunto.
Piñera contribuyó a recuperar profesionalismo, capacidad de trabajo y eficacia en la gestión cotidiana del Estado.
Nuestra crítica fundamental —ya formulada por varios intelectuales de la derecha chilena— es la falta de una serie de claros ejes doctrinales —me resisto a la palabra “relato”— que se pretendió reemplazar con la sola buena gestión medible en estadísticas e indicadores macroeconómicos. Es cierto que la creciente radicalización que empezó durante el primer Gobierno Bachelet exigía una restauración de la racionalidad en la función administrativa, pero no debe olvidarse que el rigor técnico es un medio para un fin, el cual es determinado según una visión política que debe ser conocida. Sin esa visión, las consecuencias son gobernar por la pura inercia, transformar la deliberación política en la mera gestión de intereses o en el reemplazo de las ideas propias, a veces sin darse cuenta, culminando ello en la indefensión frente a una agresión ideológica de aquellos cuyo fanatismo no se sustrae a la moral ni la evidencia.
Así, la defensa de la libertad de elección en materia educativa o previsional —un principio fundamental— pareció a veces una simple defensa corporativa de los prestadores, ignorando abusos evidentes; el enfoque puramente economicista hizo que las autoridades no pusieran atención o despreciaran el crecimiento en la juventud de actitudes y grupos no simplemente “de izquierda”, sino de un rechazo al orden social cada vez más violento y nihilista, creyendo que desaparecerían por sí mismos. Un error en el que, valga recordar, también cayó la centroizquierda. Non in solo pane vivit homo…
Finalmente, tarde o temprano se hizo evidente la necesidad de una formulación de ideas, la que lamentablemente buscó suplirse con unas variantes más o menos digeribles del progresismo, con la etiqueta liberal, bajo el supuesto de la neutralidad del Estado (si es posible tal neutralidad) en cuestiones de moral pública. De esta manera, se entró en una dinámica en que los cercos quedarían siempre a disposición de los progresistas consecuentes dispuestos —como siempre dicen— a “seguir corriendo el cerco de lo posible”. Así, en vez de reconstruir, aunque fuera poco a poco, una base social que pudiera resistir los ataques contrarios a principios cristianos y la nacionalidad, dicha base se vio inerme ante la avalancha ideológica y estética que acompañó al “Estallido”, y tomará tiempo en recuperarse.
No negaré que resulta incómodo realizar estos balances en un momento tal vez poco propicio, pero créanme que se ha hecho desde el máximo respeto y sobre todo con honestidad, pues la adulación siempre será peor insulto que la más dura crítica. Tampoco se hace con mero afán de revolver el pasado, sino porque busca llamarnos a enfrentar la realidad concreta que tenemos ante la vista.
Para finalizar, mientras termino estas líneas hemos vistos diversos homenajes ciudadanos al Presidente Piñera, tal vez de gente que no votó por él, y que escapan a cualquier puesta en escena de los medios, como se estila acusar desde ciertas redes. Quizás sea una pequeña señal de que el sentido de comunidad nacional sigue en vigor.
Abogado, Pontificia Universidad Católica de Chile
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Last modified: noviembre 7, 2024





