29 07 26 la odisea

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“Dos regresos, separados por veintisiete siglos, y una pregunta: de qué depende, al final, poder volver a casa”

Un hombre tarda diez años en volver a su casa y millones de personas han pagado por sentarse tres horas a oscuras a mirar cómo lo intenta. La cifra desconcierta un poco: en una época que presume de mirar hacia delante, la historia más taquillera es la más vieja de todas, un poema que ya era antiguo cuando Roma era joven. Se ha dicho que es nostalgia, que volvemos a los clásicos como quien se refugia en un álbum de fotos color sepia. Pero la explicación no se sostiene, porque la nostalgia vacía las salas en lugar de llenarlas. Si tantos han ido a ver La Odisea, es que algo en esa historia —más que el fanatismo hacia Nolan y la maravilla técnica de una filmación en IMAX 70mm— sigue tocando un nervio que creíamos anestesiado.

Quizá haya alguna explicación en la palabra misma. Decimos nostalgia con ligereza, como sinónimo de añoranza dulzona; pero está hecha de dos voces griega: nostos, regreso, y algos, dolor. Nostalgia es, literalmente, el dolor del regreso. Y ahí queda diagnosticada nuestra época: hemos conservado el algos y perdido el nostos. Duele la lejanía, pero ya pocos creen que exista un sitio al que volver. Queda la punzada, sin el camino. Por eso un relato sobre un hombre que sí regresa remueve tanto: enseña cumplido un deseo que llevamos dentro sin nombrarlo.

Regresar, contra lo que parece, no es puro asunto de voluntad. No basta con querer; hace falta que algo haya permanecido quieto en el otro extremo del viaje. El regreso no depende sólo del que camina, sino de la fidelidad de lo que aguarda. Ítaca es alcanzable porque sigue ahí; Penélope da sentido a la travesía porque ella espera. Si la casa se hubiera vendido y la esposa se hubiera casado, Odiseo no sería un héroe que llega tarde, sino un desterrado sin destino, un vagabundo condenado a la aventura por falta de hogar. Lo que convierte un errar en una odisea —esto es, en un regreso— es que alguien, al otro lado del mar, no se ha marchado.

Homero lo sabía, y por eso el corazón de su poema no es una batalla, sino una espera. Y sabía algo más: que la casa a la que se vuelve ha de tener raíces. Cuando Odiseo llega por fin, disfrazado y desconocido, lo que lo acredita ante Penélope no es una cicatriz ni la fuerza de tensar su viejo arco, sino un secreto conyugal: que el tálamo nupcial está labrado sobre el tronco de un olivo todavía enraizado en la tierra, y que la cámara se alzó en torno a aquel árbol. Nadie puede desplazarlo sin talar el olivo. La prueba de identidad es el conocimiento de lo que no se puede trasladar.

Todo esto, sin embargo, es insuficiente, porque el regreso que de verdad inquieta no es geográfico. Ninguna casa apaga esa sed. San Agustín le puso nombre a esa inquietud en una frase que resume la condición humana entera: nos hiciste, Señor, para ti, y nuestro corazón estará inquieto hasta que descansa en ti. El hombre es un peregrino, y la patria que añora es Aquel de quien salió. San Tomás lo dijo así: el fin responde al principio (S. Th. I-II, q. 2, a. 5, ad 3). El destino coincide con el origen; la añoranza de la sala a oscuras era, sin saberlo, anhelo de Dios.

Y es aquí donde la historia de Odiseo se deja iluminar por otra, que la cumple invirtiéndola pieza por pieza. El Evangelio cuenta también un regreso a casa —la parábola del hijo pródigo—, y quien ponga las dos historias una junto a otra verá que cada elemento aparece dado vuelta. En Homero, el que se marcha es el padre y el que espera es el hijo, aquel Telémaco que crece sin haberlo visto nunca. En el Evangelio se invierten los papeles: se marcha el hijo y espera el padre. Odiseo vuelve fiel y victorioso: ha resistido a Circe, al Cíclope y a las sirenas, ha rechazado incluso la inmortalidad que le ofrecía Calipso con tal de recobrar su isla pequeña y su mujer mortal. Merece su regreso, y ha de demostrarlo tensando el arco que ningún otro puede tensar. El hijo de la parábola, en cambio vuelve infiel, tras haberlo derrochado todo, arrastrando el hambre y un discurso ensayado para pedir que lo tomen de jornalero. No trae ninguna hazaña. No hay arco que tensar. Donde Odiseo se gana la casa, al pródigo la casa se le regala.

Y el modo de regalarse corona la inversión. Penélope espera quieta en el telar, tejiendo y destejiendo, fiel pero inmóvil, a la espera de que el otro llegue. El padre de la parábola espera de otro modo: cuando el hijo estaba todavía lejos, su padre lo vio, se conmovió, y echó a correr a su encuentro. No aguarda en la puerta a que el hijo complete su vuelta y recite su confesión; lo divisa en el horizonte y se lanza cuesta abajo, y le tapa el discurso con un abrazo. La fidelidad que espera resulta ser, además, una fidelidad que se anticipa y sale al encuentro.

Ésa es la novedad que Homero rozó sin alcanzar. La fidelidad de Penélope era todavía condicionada: esperaba a un marido que valía la espera, a un héroe digno de ella. La del Padre no está condicionada por nada, y menos que nada por los méritos de quien vuelve, porque el que vuelve es precisamente el que dilapidó la herencia. San Pablo lo confirmó: si somos infieles, él permanece fiel, porque no puede negarse a sí mismo. No es que Dios espere mejor; es que Dios es la fidelidad, y no le cabe dejar de serlo, como al fuego no le cabe dejar de calentar.

Queda una última pieza, y es la que más cuesta admitir, porque desmonta la vieja idea de que a casa se regresa por mérito propio. Si el regreso dependiera de lo que uno vale, no habría regreso posible: nadie es Odiseo; cualquiera es, más bien, el hijo menor. Y entonces, ¿cómo se vuelve? No tensando el arco, sino dejándose llevar. Es curioso que la película lo intuya mejor que el poema original: en la pantalla, Odiseo sólo puede partir cuando renuncia a valerse de sí mismo, se confía a una balsa frágil y se abandona al mar confiando en los dioses. En Homero, el héroe recela, exige juramentos y gobierna él solo el timón sin dormir; pero incluso a él lo alcanza, al final, la verdad que no supo formular: el último tramo, el que finalmente lo deposita en Ítaca, no lo rema. Los feacios lo llevan dormido, en un sueño «semejante a la muerte», y lo dejan en la arena de su isla sin que se entere, al pie de un olivo. El más astuto y autosuficiente de los hombres llega a casa, por fin, dormido y en brazos ajenos.

Eso es lo que una carmelita de veinticuatro años entendió mejor que muchos teólogos, y lo llamó su caminito: demasiado pequeña para subir la ruda escalera de la perfección, no aspira a escalarla, sino a que un ascensor la eleve; y el ascensor son los brazos de Jesús. No es el arco lo que abre la casa, sino el abandono; no el mérito, sino la confianza en una misericordia que ya venía corriendo antes de que se ensayara la disculpa. La palabra más honda del cristianismo no es una orden ni una hazaña: es un par de brazos abiertos y crucificados. Y si la película arranca, en la oscuridad, una emoción que nadie esperaba quizá sea porque en ella se reconoce —sin saberlo— la forma de toda nostalgia humana: la de volver a la casa del Padre que, aunque uno se gaste lejos, nos espera y sale a nuestro encuentro.

Autor: Álvaro Ferrer del Valle

Editor Revista Suroeste
Director Ejecutivo de Comunidad y Justicia

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