14 de octubre de 2026• byJaime Tagle
Mensajes para todo el mundo
La visita del Papa a Francia dejó imágenes maravillosas para quienes somos católicos, pero también para cualquier amante de la cultura occidental, y en última instancia, para todos quienes pueden reconocer lo bello. Es que no hay otra forma de describir lo que vio en París con la representación de todoslos santos de Francia o Lourdes iluminada por las velas en la vigilia con los jóvenes.
Pero, como no podía ser de otra forma, esto no es solo cuestión de imágenes y representaciones. León XIV habló y muy claro en Francia. Por supuesto, el grueso de sus palabras se refirieron a Dios, Cristo, la Virgen, la Iglesia y la vida de fe. Pero como el cristiano no puede vivir su fe solo en privado, y Francia alguna vez fue reconocida como hija primogénita de la Iglesia, el Papa no perdió la ocasión de ejercer su autoridad y recordar algunas verdades elementales para el recto orden de las cosas políticas.
Creo que hay cuatro claves que marcan el mensaje social de León en Francia. Primero, Su Santidad nos recordó que “No se puede hablar de Europa sin mencionar el cristianismo”. Esto no es por pura cronología o análisis histórico, sino que el Papa alude directamente al corazón y fundamento de la civilización occidental: los principios que emanan del Evangelio. Y León lo dijo expresamente ante Macron:
“La libertad, la igualdad y la fraternidad no son simples palabras grabadas en los frontones de sus edificios públicos, sino que remiten a exigencias éticas universales que encuentran también en el mensaje evangélico una fuente inagotable de inspiración y plenitud”.
Si podemos hablar de grandes valores como “libertad, igualdad y fraternidad” es por el cristianismo. Sin la idea cristiana de la realidad, el mundo y el hombre de que somos criaturas hechas a imagen y semejanza de Dios dotadas de una dignidad inviolable y un destino trascendente, ningún grito por la libertad, igualdad y fraternidad tiene sentido. Hasta las más avanzadas ideas de libertad e igualdad dependen del sustrato cristiano para que no se vuelvan locas como decía Chesterton, y eso lo vivió Francia en carne propia con la Revolución de 1789.
Sabemos que Occidente ha pasado por un largo y acelerado proceso de secularización, y no cabe duda de que podemos hablar de una era “neopagana” siguiendo a Ratzinger. Pero si existe algo que podemos reconocer como occidental y si Europa pudo configurarse fue gracias al cristianismo, y sin él es muy difícil imaginar que podría quedar algo de esa civilización y los valores que la sustentan.
Esto no es ajeno al debate chileno. Tampoco podemos hablar de Chile sin mencionar el cristianismo, precisamente porque somos el fruto de la gran obra evangelizadora de España que expandió la fe, y con ella, la cultura occidental al otro lado del Atlántico y hasta la costa del Pacífico. Y, nuevamente, esto no es pura genealogía: el cristianismo da sustento a una cultura y civilización que permite el florecimiento humano integral. Esto solo lo reniegan aquellos que ilusamente pretenden crear una moral abstracta y/o instrumental a la medida de los caprichos circunstanciales del hombre, creyendo que eso basta para tener el “cielo en la tierra” y no crean más que un infierno.
El segundo mensaje clave es que, si el cristianismo es relevante, la Iglesia no puede quedar excluida de la vida pública. No puede ser vetada de los espacios comunes. Por supuesto, hace muchos años que la mayoría de los Estados de naciones católicas se separaron de la Iglesia en Occidente (y no tanto en el mundo protestante), en nuestro propio país ya es un siglo que ha transcurrido. Pero la Iglesia tiene un rol público por su autoridad que no puede ser renegado sin renegar de esos principios universales que fundan nuestro modo de vida -por muy en retroceso que esté-.
Es por ello que el Papa quiso reafirmar el auténtico sentido de la distinción de funciones del poder temporal y el espiritual:
“Por tanto, una justa laicidad no consiste en excluir a la religión del espacio público o de la educación, sino en trabajar para que el Estado y las instituciones religiosas dialoguen entre sí y unan sus fuerzas al servicio de lo verdadero, lo bueno y lo bello, para que el mundo tenga vida”.
¿Cuántas veces hemos visto en nuestro país sectores que tienen una fijación particular con la influencia del cristianismo y en particular de la Iglesia en los asuntos temporales? Por supuesto, y aquí que no haya error, nunca se ha tratado de que sean los clérigos los que decidan los temas prudenciales que corresponden al gobernante -fuera de que actúen como cualquier otro ciudadano a título particular- sino de que los fieles puedan actuar en todos los ámbitos de la vida nacional siendo “sal y luz” para sus compatriotas.
El mismo Santo Padre lo destaca en su discurso. Son miles las muestras del bien que aporta la Iglesia y todos sus fieles en el campo de la educación, salud, beneficencia, cultura, recreación, etc. Sería una injusticia tremenda prohibirlo o ahogarlo, también desconocerlo. Aún más injusto sería desconocerlo por el motivo religioso. Demás está decir que si la Iglesia no hiciera ninguno de estos bienes temporales, su autoridad y relevancia pública seguiría siendo suficiente para objetar cualquier pretensión de atropellar su independencia y su derecho a pronunciarse de cuestiones que afectan a la comunidad política.
El tercer mensaje clave de León fue un tópico conocido de la doctrina política enseñada por la Iglesia y muy conocida por Occidente: la reivindicación del Derecho Natural y el cuestionamiento del positivismo jurídico. Ya sea en su versión más radical o suave, el positivismo jurídico -y el agnosticismo moral- ha sido el sustento del relativismo democrático de nuestros días. Basta con que la ley sea conforme a las formalidades constitucionales o a las exigencias etéreas de los “valores democráticos” para que sea buena y justa, o ni siquiera tiene que ser buena y justa, porque es ley y listo.
Todo lo opuesto a la sabiduría clásica y medieval: la ley injusta no es ley. Lo será en su forma -y a veces quedaremos forzados a obedecerla- pero no en su contenido, y por lo mismo no obliga realmente. Eso es lo que recordó el Papa en Lourdes: “Lo que es legal no es necesariamente moral”. Cuando la potestad pública manda o permite lo que es injusto, está desafiando la justicia y alterando bien el común. Y es que las leyes, las normas que rigen la comunidad política deben corresponder al bien del ser humano y a su realización, o en palabras de Sumo Pontífice “ninguna ley humana debe hacernos perder la certeza de su dignidad”.
El cuarto mensaje, directamente relacionado a lo anterior, fue la defensa sin ambigüedades de la dignidad de la persona humana y del derecho a la vida desde su concepción hasta la muerte natural. Esto ha estado muy presente en la reflexión de León, por el particular acento que ha puesto al desafío de la inteligencia artificial y la oposición a las guerras. Pero en Francia fue la ocasión perfecta para relacionarlo a la importancia de tener una sociedad humana, que realmente cuida a todos los seres humanos. En sus palabras:
“una fraternidad renovada que exige aprender a acoger la vida sin condiciones, a sostener la fragilidad con ternura, a acompañar con respeto y confianza mutua cada etapa de la existencia y a defender, con valentía y compasión, a quienes no tienen voz o no se sienten lo suficientemente apoyados”.
Incluso, no tuvo problemas en referirse en términos duros a la aceptación de la eutanasia:
“Sé que, para algunos de ustedes, que sufren a causa de patologías particulares y de dolores a veces terribles, el horizonte puede parecer oscuro, incierto, sin salida (…) precisamente en nombre de esta dignidad inalienable de la persona humana debe rechazarse firmemente la tentación de quitar la vida con el pretexto de una falsa compasión”.
Luego, citando a su predecesor San Juan Pablo II reivindicó el derecho a la vida como “fundamento imprescindible de cualquier otro derecho humano” cuestion que sabemos no es al azar porque los mayores defensores del aborto y la eutanasia tienden a ser las grandes agrupaciones que se dedican a “defender” los derechos humanos. Por supuesto, mucho se podría decir sobre la real utilidad del “lenguaje de los derechos humanos” para sostener la defensa de la dignidad humana a la luz de la tradición del Derecho Natural, pero lo que es claro es que si existe algún precepto moral y jurídico imprescindible para cuidar la existencia humana es aquel que prohíbe quitar la vida humana inocente, y lo más contradictorio con ello sería autorizar el aborto o la eutanasia.
Cómo bien dijo el Papa en el vuelo de retorno a Roma, él no habló de política, simplemente del Evangelio. Pero como ha quedado claro, es mucho lo que nos puede decir de la política la enseñanza de Cristo y es mucho lo que es necesario reivindicar para defender y recuperar lo esencial de la civilización occidental. Y eso vale para Francia, Europa, Hispanoamérica y Chile.
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Last modified: 14 de octubre de 2026





