Septiembre Comunista De Derecha 1

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El fenómeno Milei

Quienes somos argentinos hemos visto aparecer una figura poco convencional y provocadora en la política trasandina (“disruptivo”, según la terminología al uso): Javier Milei. Parecía a muchos que sus ideas en materia económica podrían sacar a Argentina del precipicio ante el cual se obstina en inclinarse. Con sus pros y sus contras, y más allá de las buenas intenciones que seguramente tiene (pues no buscamos juzgar a la persona, sino evaluar en su mérito la ideología que profesa), lo cierto es que este diputado no exento de polémica encarna cierta forma de libertarianismo que hoy vemos surgir en nuestro continente con mucha fuerza. Hoy, cuando ya este hombre parece haberse dado a conocer bastante más y comenzamos a enterarnos de sus ideas en otras materias, comprobamos que se parece más a un marxista de derecha que a un liberal de la vieja escuela. Llamo “marxismo de derecha” a aquella ideología que considera que el mundo empieza y termina en los asuntos económicos. En realidad, la propiedad de los medios de producción es un asunto secundario para los marxistas si uno piensa en los verdaderos presupuestos filosófico-antropológicos que animan a esa ideología criminal. El liberalismo salvaje de figuras como Javier Milei no podríamos considerarlo una ideología criminal. La diferencia entre los marxistas y tal liberalismo radical es que la pasión que anima a los primeros es el odio, mientras que el exagerado amor de sí mismo parece ser la pasión de estos liberales. Claro, no hay duda de que es más viable corregir el egoísmo y la codicia liberales que extirpar el odio y el resentimiento comunistas. Que yo sepa, no existe ningún “Manifiesto Liberal” en donde se llame a la lucha a muerte contra una determinada clase social, o que exhorte a la unión de los capitalistas.

Volvamos al liberalismo. Liberales de la vieja escuela, no los que consideramos en este ensayo, son aquellos que se inspiraban en Adam Smith y se preocupaban por los aspectos morales de sus ideas económicas. El viejo Smith escribió un importante tratado de Filosofía Moral, que por cierto está muy lejos de ser una apología del individualismo.

La diferencia entre los marxistas y tal liberalismo radical es que la pasión que anima a los primeros es el odio, mientras que el exagerado amor de sí mismo parece ser la pasión de estos liberales.

Nuestro marxista de derecha argentino nos acaba de sorprender con su última ocurrencia: debiera haber un mercado de órganos.

Señalaré dos aspectos de esta idea que la hacen indefendible. Uno de ellos es el estrictamente económico; el otro es el ético.

En cuanto al primero, está claro que si se trata de un mercado, la índole de los productos, en este caso los órganos humanos, hará que la oferta sea siempre inferior a la demanda, con lo cual las mejores posibilidades de acceso las tendrían los ricos. Para que esto no suceda, sería preciso introducir una cantidad tan cuantiosa de restricciones y regulaciones que prácticamente ya no estaríamos frente a un mercado, sino a un monopolio estatal. Y hablar de monopolio estatal es precisamente lo contrario de lo que defienden los sedicentes libertarios como Milei.

Respecto del segundo aspecto, el ético, es preciso señalar que no somos propietarios de nuestro cuerpo, y, como enseña el filósofo Immanuel Kant en sus Lecciones de Ética en la sección titulada “Acerca de los deberes para con el cuerpo relativos a la inclinación sexual”, el cuerpo humano no es una propiedad. El hombre no puede disponer de sí mismo, no puede usar libremente su cuerpo como si fuese una propiedad, escribe, porque el hombre no es una cosa. Suponer, en cambio, la completa disponibilidad del cuerpo implica una grave contradicción, pues no pueden coincidir el propietario con la cosa poseída. Para que esto fuera posible se debería cosificar al hombre u otorgar estatuto de persona a una cosa, y ninguna de estas dos alternativas es factible. Un ser humano es una persona, no una cosa que se puede poseer. La propiedad es sobre las cosas u objetos, no sobre las personas. Si hubiese la posibilidad de ser propietarios de los cuerpos, necesariamente deberíamos admitir, junto con el mercado de órganos, un mercado de esclavos. Sin embargo, no nos asiste siquiera el derecho de vender un diente. Por eso la ley castiga severamente, y con razón, el comercio de órganos, mientras que no sucede lo mismo con su donación. En la donación no hay falta moral porque, al no mediar retribución alguna, el donante no trata a su cuerpo, y por lo tanto a sí mismo, como una cosa. Es verdad que una cosa también puede ser donada, pero si decidimos venderla, su venta no implica inmoralidad ni delito punible, como sí sucede con la venta de un órgano.

En suma, el fenómeno libertario latinoamericano, con el que Milei y sus feligreses pretenden encarnar el mito más viejo de la política, o sea, el de la «nueva política», debiera abrevar un poco más en las fuentes éticas de donde surge el liberalismo, al menos en cuanto doctrina económica. Allí sus seguidores verían, seguramente con sorpresa, que no todo puede medirse con la vara de la economía, como hace Karl Marx, su maestro clandestino.

Autor: Jorge Martínez Barrera

Profesor del Departamento de Humanidades, Universidad Católica San Pablo, Arequipa (Perú)

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