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Escritorio del editor

Hace unos días le llegó el turno a Agatha Christie: sus obras, al menos en las nuevas ediciones que publicará la editorial Harper Collins, serán editadas para remover de ellas el lenguaje potencialmente ofensivo. Ya no se encontrarán palabras como “judío”, “negro” o “gitano”, tampoco “nativos”. Lo mismo ocurrió previamente con novelas de Roald Dahl, Ian Fleming, Hugh Lofting, Enid Blyton, Mark Twain, entre otros. Este revisionismo no obedece a ningún canon literario o estético, sino a una decisión política motivada en el temor a sufrir la cancelación por parte de las masas de lectores que podrían estimar que determinadas palabras constituyen agravios inaceptables para sus oídos.

A primera vista podría pensarse que evitar el dolor o el malestar del prójimo, pudiendo hacerlo, es la vivencia de una necesaria obra de misericordia. Sin embargo, una mirada tan bondadosa pecaría de ingenua. La edición de obras literarias es parte de un movimiento más amplio fundado en una doctrina bastante definida llamada “wokeness”.

Para algunos la palabra woke es una simple pero poderosa manera de decir “toma conciencia, despierta”. ¿De qué? De la ignorancia y aceptación pasiva y cómplice de las inequidades sociales, jurídicas, culturales, religiosas, étnicas que configuran el mundo y constituyen formas de opresión, como el sexismo, la misoginia, el racismo, el privilegio blanco heterosexual, la predación del medio ambiente, etc. A tal nivel ha llegado este “despertar” que el mismo lenguaje, en cuanto medio de adoctrinamiento, según plantean, debe ser adaptado a la sensibilidad de los grupos históricamente oprimidos, corrigiendo o excluyendo aquellas palabras que no se conformen a las demandas de quienes alegan haber sido o seguir siendo víctimas de la injusticia sistémica.

Por cierto, no es de suyo algo malo el tomar conciencia y reconocer las injusticias reales -sean actos, situaciones o estructuras- que existieron o siguen existiendo en el mundo, y hacer lo posible para corregirlas. A quien le resulta indiferente la injusticia, al que no le duele, no ama la justicia. El problema es el reduccionismo ideológico basal que, con claros resabios marxistas y post marxistas, mira, interpreta y reduce toda la realidad al conflicto entre opresores malvados y víctimas inocentes, falseando el mundo y destruyendo las relaciones interpersonales con una perversa y obsesiva filosofía de la sospecha que destila odio y resentimiento.

Al respecto, Edward Fesser define la ideología woke como “una mentalidad paranoica, delirante e hiperigualitaria que tiende a ver la opresión y la injusticia donde no existen o a exagerarlas en gran medida donde sí existen. Los ejemplos serían: Caracterizar como “microagresiones” racistas comportamientos que de hecho son perfectamente inocuos o, en el peor de los casos, simplemente groserías ordinarias; condenar algún resultado económico como una “desigualdad” racista a pesar de que no hay evidencia empírica alguna de que se deba al racismo; condenando como “transfóbico” el reconocimiento del hecho científico y de sentido común de que el sexo es binario; condenando como “racista” la opinión de que la política pública debe ser ciega al color y que la discriminación racial es mala, independientemente de la raza de las personas discriminadas; condenando como “homofóbica” la opinión de que no es apropiado que las escuelas primarias aborden cuestiones de sexualidad en el aula sin el consentimiento de los padres; etc”.

Para muchos, esta manía pone en jaque la libre circulación de ideas, el escrutinio histórico, la libertad de expresión, la democracia liberal, la razonable tolerancia en una sociedad plural, el debido proceso, la igualdad ante la ley. Pienso que hay algo de todo eso. Pero hay más.

El discurso woke, cuando no es simple griterío desaforado, es agrio y solemne, rabioso, propio del acreedor que se dirige al deudor doloso en mora, siempre cobrando y pasando quejosas facturas. Su estética es desafiante, empoderada sobre el pedestal del victimismo, y siempre violenta y amedrentadora. Allí no hay espacio para la alegría. Asimismo, bajo la dictadura woke hoy es impensable e impresentable desafiar la corrección política -la nueva religión- con un chiste que aluda directa o indirectamente a cualquiera del cada vez más largo y amplio listado de los sistémicamente oprimidos y permanentemente ofendidos. Ellos son intocables e inmunes al escrutinio del humor. Reírse de ellos es un pecado digno del exilio y la condena -cancelación- eterna; bien lo saben numerosos humoristas que han debido editar sus rutinas para no ofender el cutis cada vez más fino de las generaciones que abrazan irreflexivamente esta doctrina. Y aquí radica, a mi juicio, la arista más grave del problema, pues en un mundo que ha renunciado a la gramática, son precisamente el humor, la sátira, el sarcasmo, la ironía, la paradoja y el buen chiste las herramientas más eficaces y necesarias para defender la verdad, el bien y la belleza. Son, en el orden natural, nuestro último recurso, mil veces más efectivos -y más inteligentes- que cientos de silogismos. Es que no existe contradicción entre racionalidad y carcajada: tal como entre razón y fe, el auxilio es mutuo.

La ideología woke es un lobo con piel de oveja que pretende desterrar para siempre el gozo de un buen chiste revistiéndose de pomposa pero aparente seriedad, porque las injusticias sistémicas son algo muy serio (y lo son, sin ironía). Y de cosas tan serias no corresponde reírse. Y como todo el cosmos está construido sobre esas seriedades, luego en el mundo no hay ni debe haber lugar para la risa. Ahí está la trampa. Es justamente al revés. Es necesario enfrentar el wokeness con lágrimas de alegría.

Disfrutar realmente la vida es tomársela muy en serio. El humor es esencial precisamente en las cosas serias e importantes. No hay alternativa sino ser frívolo en las cosas más serias, porque todas ellas nos quedan grandes y sólo un chiste puede ser tan grande que con un solo paso se eleva desde lo ridículo a lo sublime.

El wokeness reniega de todo orden tradicional como si fuera un compendio de la maldad que ofendió y sigue ofendiendo a los grupos históricamente discriminados. Parte de ese lastre serían las risotadas a expensas otros. Efectivamente, la tradición incluye bromas que resisten el transcurrir del tiempo, se proyectan eternamente, se hacen narrativa y cultura. De esos chistes hay varios y se transmiten entre generaciones. Los chistes más antiguos son todos sobre cosas muy serias, como la vida matrimonial…, que, gracias a la risa, reafirman su posición y relevancia.

Es que el buen chiste es capaz de desentrañar con genialidad los secretos ocultos del universo, haciéndolos brillar junto a la hermosura de una sonrisa agradecida. En un buen chiste siempre hay un aspecto elemental y eterno: una pequeña verdad. Y cuánto más universal es una verdad, más llena está de belleza y alegría y, así, más propicia es para sacar una buena carcajada exultante de gozo. Tanto así que, para Chesterton, la prueba de una buena filosofía (y de una religión) es si puedes reír con ella. La carcajada nos eleva y libera permitiéndonos fijar la mirada por un momento en algo distinto y más grande que nosotros. Es la clave para conservar el asombro ante el prodigioso misterio de la vida.

La magia de un buen chiste es la admirable conmoción que surge de confrontar la verdad conocida permitiendo un encuentro aún más profundo con ella. Es un regalo. El wokeness postula un despertar cuando, al contrario, hunde en una pesadilla donde todo se ve gris, feo y amargo, pues la realidad es vista desde una asfixiante univocidad. Sí, esta ideología encoge el mundo pues olvida que “el ser se dice de muchas maneras”; de este modo, desterrada la analogía ya no hay espacio para la risa. Esta mirada sobre la realidad se toma todo demasiado en serio excluyendo el más mínimo atisbo de alegría que ponga en tela de juicio la perspectiva infranqueable de la propia subjetividad. Nada más sectario que asumir el diminuto espectro de la propia mirada como la explicación radical de toda la realidad. Así nacen y se conservan las ideologías. Y así fue parido el wokeness.

La univocidad resiste al humor. Es incapaz de reconocer en la realidad más que una faceta, monolítica e imperturbable, literal y excluyente, obviando o descartando los pliegues y recovecos, las capas y etapas que constituyen cada cosa, juzgando todo en base a absolutos inequívocos que dificultan o imposibilitan la sorpresa y la incongruencia que fundamentan todo tipo de humor. La univocidad fija la verdad de modo parcial y siempre rígido, confundiendo farisaicamente lo pequeño con lo grande y la parte por el todo. Así, el seriote woke hace un ídolo de cada cosa y se convierte en idólatra. He ahí el carácter cuasi religioso de esta ideología.

El humor supone el realismo. Cuanto más disminuye la aceptación de la realidad tanto más aumenta la tontera y la amargura. El humor amplía y refresca la mirada a punta de paradojas: su propósito y genialidad no está en su construcción lingüística sino en contraponer cosa a cosa dejando a cada una ser lo que es, “dejando al rojo ser rojo y al blanco ser blanco, sin mezclarlos para formar ese anémico color llamado rosado”, como dijo Chesterton.

Precisamente, la mirada woke padece de anemia crónica pues interpreta como una afrenta lo que en realidad es una elevación. Reírse no implica rebajar la dignidad de la persona, no. El mismo Chesterton pensaba que el proceso que termina en un chiste siempre comienza con cierta idea de la dignidad, pues la incongruencia del humor no puede entrar sin la preexistencia o presuposición de algo ante lo cual no resulte congruente; así, mientras algo no sea dignificado no puede ser sujeto de indignidad. El humor supone, por tanto, la dignidad irrestricta del sujeto de quien el chiste se mofa. Un buen chiste es siempre respetuoso de la dignidad personal pues sin ella simplemente no es un chiste, sino un burdo e injusto agravio. El buen chiste da cuenta de que se reconoce una realidad cuyo ser y significado se expresan con mayor lucidez por medio de su contraste con el sinsentido. Esto ocurre, precisamente, con las realidades más perfectas ante las cuales no hay palabras capaces de expresar su belleza, hondura y anchura. Sin embargo, su alegre y divertida negación permite resaltar y comprender que, sin ellas, o contra ellas, el mundo es simplemente absurdo. De este modo, donde no se reconoce o se niega la dignidad personal, el humor es impensable -no se entiende- y el chiste es rechazado de plano. La supuesta seriedad que pretende evitar todo tipo de heridas y malos ratos conlleva el altísimo costo de abandonar toda afirmación incondicionada de la persona. Por esto la ideología woke no reconoce la dignidad intrínseca de la persona y fundamenta su respeto en meros accidentes, como son cualquiera de las categorías protegidas en base a las cuales hoy se prohíbe distinguir y reír.

Lejos de ser irrelevante, en consecuencia, el recurso a una alegre broma es la prueba de la propia seriedad, de la apertura al ser, a la realidad tal como es y del reconocimiento y respeto a la dignidad personal. El buen humor asegura que los pies estén bien puestos sobre la tierra y no sobre abstracciones que justifican el lamento que diluye la responsabilidad personal. Ser chistoso, en definitiva, es la manera más correcta de ser serio, pero siempre que uno no se tome demasiado en serio.

Sí, porque el buen humor supone necesariamente humildad. Nadie se ha reído en serio ni es serio consigo mismo mientras no aprenda a reírse de sí. Las personas humildes brillan por un sano sentido del humor. Son capaces de “bajarse” de sí mismos, mirarse y reconocer su pequeñez y finitud, lo cual es imposible cuando el victimismo reduce el horizonte vital al ombligo herido, con o sin razón. Así, la sanidad mental de la humildad hace capaz de mirar al otro; tiene, como diría C.S. Lewis, un gusto por el otro. El humor obliga a descentrarse de uno mismo, un cambio de protagonismo vital. Es el resultado del amigable conflicto entre el yo y la realidad exterior que no se somete dócilmente a las propias expectativas y deseos. El humilde reconoce que todo depende de Dios, se abandona y, por ello, se ríe de su miseria en la misma proporción en que acepta la misericordia.

Contrariamente, la soberbia es tonta e incapaz de sonreír, y confinada en un insano individualismo, pretende que el yo y sus anhelos se impongan como la regla y medida de todas las cosas y que ante ellas deban arrodillarse moros y cristianos (aunque un poco más -o bastante más- los cristianos). La solemne gravedad woke es propia de la amargura de una élite aburguesada; de hecho, el principal signo de la superficialidad y frivolidad de una conversación burguesa es su impostada majestuosidad, mientras que la prueba irrefutable de la conversación honesta entre los amigos es el aire fresco que brota de las lágrimas de sus carcajadas. Así, la sátira y la ironía son radicalmente democráticas, capaces de unir y hacer gozar a todos, cualquiera sea su condición, riéndose de las cuestiones más importantes de la vida ordinaria. La secota seriedad woke no solo es desagradable, sino que clausura y aísla al son de quejas y demandas identitarias. El buen humor, en cambio, es siempre provechoso para la compañía, para la amistad. Sin humor el bien común es una utopía y la vida social un infierno. El wokeness, al prohibir el humor, quiere imponer a todos esa condenación.

No exagero. El wokeness no permite elevar la mirada a Dios. De hecho, para el joven o adulto woke es la Iglesia, por lejos, la principal responsable de toda opresión. La alegría de la fe es el testigo incontestable de que la mirada woke es esencialmente falsa. Donde haya fe en Dios habrá hilaridad y carcajada, pues el máximo gozo en esta vida es la contemplación religiosa y, por analogía, la visión desprendida de las infinitas encarnaciones de la Belleza. Por eso el humor es característico de un católico, no de un puritano.

Es fácil ser grave, pero muy difícil ser liviano de sangre. Tanta seriedad nos deshumaniza ya que el único animal que ríe es el animal racional. De ahí que la ideología woke rebaja todo lo humano. Por eso es imprescindible combatirla a punta de buen humor. Innocence Smith -el personaje principal de la novela autobiográfica de Chesterton, “Manalive” (1912)- mortificaba su alma con la risa para evitar dormirse. El wokeness nos quiere a todos adormilados, atontados y amargados. Debemos tener cuidado, entonces, porque nadie está a salvo de quedarse dormido. Velad y orad… (Mateo 26, 41). Y tomando en cuenta el tiempo que vivimos, es necesario despertar del sueño (Romanos 13, 11) a la realidad desnuda, aquella iluminada por Cristo (Efesios 5, 14), para así, con Él, vivir y morir de la risa.

Autor: Álvaro Ferrer

Editor Revista Suroeste

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