2023 03 Mapuche 1

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El pueblo mapuche: entre la Historia y la Memoria

Cada día la “cuestión mapuche” crece y crece, transformándose en un dolor de cabeza que ninguna píldora parece poder aliviar. La discusión suscitada en Mendoza por la entrega de tierras a comunidades que se autodenominan mapuches, como los incendios provocados del sur de Chile, o la polémica por la extradición del activista Jones Huala (que pasó de flogger a líder mapuche), el dislate del francés que se instituyó rey de los mapuches, o la farsa de los dos herederos que se disputan la reyecía araucana en la actualidad, ponen en el tapete el concepto de autopercepción y, con él, la diferencia entre la visión subjetiva de los hechos y su realidad tal y como ocurrieron. Para la antropología la autopercepción es algo así como un talismán sagrado.

En el caso de la historia, una grave dificultad con la que se encuentra quien desea ―con sereno interés por la verdad― recorrer los entresijos del pasado es no perder el rumbo ante la discusión actual entre lo que se ha dado en llamar memoria como algo enfrentado a la historia. Más aún, hay historiadores que promueven la primacía de la primera porque pareciera que la memoria es algo vivo, más cercano a la sociedad, mientras la historia aparece como algo serio y más distante. Será por eso por lo que hoy tenemos Museos de la Memoria, Lugares de la Memoria, feriados de la Memoria.

El concepto de autopercepción y, con él, la diferencia entre la visión subjetiva de los hechos y su realidad tal y como ocurrieron. Para la antropología la autopercepción es algo así como un talismán sagrado.

Es más, si se me permite una confesión de parte, hace unos años al escribir un artículo sobre el Libertador General San Martín (Greco, A.; “San Martín en el imaginario popular del siglo XIX”), me encontré con este concepto, algo pude deducir por mí misma, sin embargo, fue la claridad intelectual de la Dra. Alicia Sarmiento la que me permitió entender más en profundidad este problema. Porque ante tanto bombardeo ideológico uno acaba por creerlo…

Lo que en verdad tenemos delante es un planteo a-histórico y un empleo del concepto de la inexistente “memoria colectiva” como forma de “manejar” el pasado eligiendo y desechando a gusto e piacere.

Ante este estado de la cuestión, fijamos nuestra posición dentro de la concepción clásica de memoria como el reservorio vivo en las conciencias de los miembros de una comunidad histórica, de personajes y acciones de capital importancia para la vida en común, y en una unidad social mayor cual es la nación. De ahí que empleamos el término memoria en el sentido de ese pasado vivido por aquellos hombres que participaron de los acontecimientos trascendentes del pasado, y damos la acepción de Historia, al esfuerzo científico por reconstruir los hechos verdaderos de cierta relevancia, pertenecientes al pasado humano. La Historia como disciplina científica se vale de la memoria de los testigos, de sus testimonios para reconstruir el pasado, con rigor metodológico. El problema se plantea cuando el historiador deja de tener por finalidad la sincera averiguación de la verdad del pasado y esto es sustituido por un pragmático servicio al presente, a los objetivos del presente o a la transformación política de la realidad actual.

Lo que en verdad tenemos delante es un planteo a-histórico y un empleo del concepto de la inexistente “memoria colectiva” como forma de “manejar” el pasado eligiendo y desechando a gusto e piacere.

Por esto es que presenciamos una batalla teórica entablada entre los historiadores acerca de los conceptos de memoria e historia. La historiadora Beatriz Bragoni ha afirmado en el diario Los Andes sobre el conflicto mendocino:

más allá de los términos de la controversia, y de sus eventuales usos públicos, la polémica bien puede ubicarse en las coordenadas que arbitran las complejas relaciones entre memoria(s) e historia […]. Vivimos un nuevo “régimen de historicidad” en el que la “crisis de futuro” instala un clima “presentista permanente”. Esta atmósfera ha incitado la explosión memorial, es decir, la eclosión de memorias sociales, la mayoría de las veces yuxtapuestas o rivales (Bragoni, B.; “Memoria e historia: la identidad cultural mendocina en debate”).

Las reflexiones acerca de la memoria recorren el pensamiento de Occidente desde los clásicos: Platón; Aristóteles (cfr. Aristóteles; “Acerca de la memoria y el recuerdo”); San Agustín hasta encontrar una más precisa definición en Santo Tomás de Aquino. La consideración de la Historia (o Historiografía) como conocimiento riguroso del pasado se debe a la Escuela Crítica Alemana, especialmente a la formalización de un método de abordaje del pasado, expresado en el Tratado del Método Histórico, escrito por Ernest Bernheim y publicado en 1889. El hecho de que el conocimiento histórico sea indirecto –puesto que el objeto de su estudio ya no está– obliga a trabajar con testimonios, es decir con los rastros de cualquier tipo dejado por el hombre, desde una carta personal hasta un monumento conmemorativo. Es decir, la historiografía utilizó el concepto teórico de testimonio, que alude tanto al rastro material como a su contenido. El concepto de memoria, entonces, no estuvo en el repertorio de las palabras utilizadas por la naciente historiografía “científica”, pero la suponía y abarcaba. Actualmente, el concepto de memoria se presenta como un aporte que llega de otras ciencias humanas y penetra en la historiografía, desde la sociología, la antropología o la etnografía, como ha sucedido en el siglo XX.

En efecto, podemos afirmar con Javier Sánchez Zapatero que: “La concepción de las sociedades como entes dotados de idénticas facultades y carencias que los seres humanos procede de las teorías organicistas de Emile Durkheim y constituyen la base sobre la que su discípulo y seguidor Maurice Halbwachs sustentó su teoría sobre la dimensión plural de la memoria” (Sánchez Zapatero, J.; “La cultura de la memoria”). Esta noción de “memoria colectiva”, aceptada y empleada las más de las veces de manera bastante acrítica, ha recibido en la actualidad precisiones indispensables como la de José F. Colmeiro:

La memoria colectiva ha de ser entendida no de manera literal, ya que no existe materialmente esa memoria colectiva en parte alguna, sino como una entidad simbólica representativa de una comunidad. […] Solo en el nivel simbólico se puede hablar de memoria colectiva, como el conjunto de tradiciones, creencias, rituales y mitos que poseen los miembros de un determinado grupo social y que determinan su adscripción al mismo (Colmeiro, J. F.; “Memoria histórica e identidad cultural”).

De ahí que consideremos que los recuerdos personales que constituyen la memoria individual cobren sentido, se resemanticen, en los marcos de referencia culturales y sociales del contexto al que pertenecen.

En cuanto a los usos de la memoria en la construcción de los discursos historiográficos, desde la década de los ’80 en adelante, se puede observar un sobredimensionamiento  que ha provocado, no solo nuevas teorizaciones, sino también un pedido de mayores precisiones y puesta de límites. Efectivamente, puede atribuirse en su formulación más extendida la popularización de su uso al historiador francés Pierre Nora, a partir de la obra colectiva: Les lieux de mémoire, publicada en la década de 1980. A partir de entonces, surge esta idea para designar el esfuerzo consciente de los grupos humanos por entroncar con su pasado, sea éste real o imaginado, valorándolo y tratándolo con especial respeto. En nuestros tiempos han adquirido importancia los movimientos de reconstrucción de la memoria de grupos sociales afectados por los llamados procesos de “invisibilización” como las mujeres, los afroamericanos, los indígenas, las culturas colonizadas, los trabajadores, los perseguidos políticos, etc.

El gran problema del tratamiento filosófico de la memoria se encuentra en que la adecuación del recuerdo con lo acontecido no es un atributo definitorio de la memoria.

Paul Ricoeur, por su parte, ha desarrollado, desde un enfoque fenomenológico, importantes precisiones entre memoria e historia. En su obra La memoria, la historia, el olvido considera que el gran problema del tratamiento filosófico de la memoria se encuentra en que la adecuación del recuerdo con lo acontecido no es un atributo definitorio de la memoria. La memoria nos asegura que algo aconteció, lo que no puede garantizarnos es la adecuación entre la impresión inicial y el suceso pasado, especialmente teniendo en cuenta la presencia de la imaginación tanto para memorizar como para rememorar. Esto pone especial relieve en el papel de la historia. Sólo la historia posee los elementos críticos necesarios para contrastar las representaciones del acontecimiento con los restos que quedan de él. Este elemento crítico surge de la distancia, la brecha, entre el acontecimiento y la representación histórica.

Es interesante incorporar sobre este tema las opiniones relativamente recientes del historiador Pierre Nora en las que, aparentemente, luego de largar al ruedo la idea de memoria advierte su sobredimensionamiento. En uno entrevista publicada por La Nación en 2006, Nora explica:

Memoria e historia funcionan en dos registros radicalmente diferentes, aun cuando es evidente que ambas tienen relaciones estrechas y que la historia se apoya, nace, de la memoria. La memoria es el recuerdo de un pasado vivido o imaginado. Por esa razón, la memoria siempre es portada por grupos de seres vivos que experimentaron los hechos o creen haberlo hecho. La memoria, por naturaleza, es afectiva, emotiva, abierta a todas las transformaciones, inconsciente de sus sucesivas transformaciones, vulnerable a toda manipulación, susceptible de permanecer latente durante largos períodos y de bruscos despertares. La memoria es siempre un fenómeno colectivo, aunque sea psicológicamente vivida como individual. Por el contrario, la historia es una construcción siempre problemática e incompleta de aquello que ha dejado de existir, pero que dejó rastros. A partir de esos rastros, controlados, entrecruzados, comparados, el historiador trata de reconstituir lo que pudo pasar y, sobre todo, integrar esos hechos en un conjunto explicativo… La historia permanece; la memoria va demasiado rápido. La historia reúne; la memoria divide.

De tal modo, la expansión de la memoria funciona hoy como opresora de la historia; de allí que también Nora, a su modo, resalta las diferencias principales entre memoria e historia, subrayando que esta última tiene una función explicativa y conciliadora.

Es frecuente en nuestros días que, con la falsa excusa de la memoria colectiva, en realidad lo que se hace, es falsear, mentir u ocultar parte de la historia con objetivos políticos del presente.

No obstante, sigue el debate abierto a raíz de la injerencia de las ideologías en el uso y abuso de la matriz conceptual, tal como lo ha dejado consignado T. Todorov en su tratado sobre Los abusos de la memoria. Con esa posición pragmática, por ejemplo, durante el siglo XIX los historiadores liberales usaron a la historia para realizar una operación ideológica mediante la cual buscaban la consolidación de una identidad liberal para el país. De ese modo, concluyeron en la negación de algunos aspectos de nuestra raíz histórica, ensalzaron unos, mientras tergiversaban otros.

Por esto averiguar sobre el pasado, como nos recuerda Marcelo Lascano, “[…] con imparcialidad, rectitud de juicio y a partir de los hechos y de las circunstancias dominantes no parece ser un desafío intrascendente. Las futuras generaciones deberían afrontarlo sin las mezquindades” (Lascano, M.; “Imposturas históricas e identidad nacional”). Para averiguar sobre el pasado debemos hacerlo a partir de los testimonios de quienes protagonizaron el pasado, sus testimonios, sus huellas, los documentos.

Si se entiende el ejemplo, podrá verse que es frecuente en nuestros días que, con la falsa excusa de la memoria colectiva, en realidad lo que se hace, es falsear, mentir u ocultar parte de la historia con objetivos políticos del presente. De este modo, por ejemplo se recorren campos convenciendo a los trabajadores rurales de su pertenencia a una etnia, que eso les permitirá reclamar unos derechos y hasta se los convence de la licitud de reparar esa injusticia disgregándose del resto de la sociedad. Así se fomentan odios, rivalidades, grietas. Luego se teoriza sobre la «memoria colectiva» que se ha “encontrado” en esos sitios y todo esto adobado con suculentos subsidios de los mismos estados contra los cuales se atenta.

Así es como se produce una nueva operación ideológica para construir una nueva sociedad a gusto de sus actuales “constructores” y que los susodichos quieren “imponer” al resto.

Andrea Greco de Álvarez

Doctora y Profesora en Historia por la Universidad Nacional de Cuyo

 

 

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