2023 03 culto A Lo Feo 1

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Intervenciones artísticas, belleza y arte sacro

“Miré los muros de la patria mía, / si un tiempo fuertes, ya desmoronados, / de la carrera de la edad cansados / por quien caduca ya su valentía” (Quevedo). Estos versos del poeta de Castilla vienen como anillo al dedo cuando vemos el arte sacro actual, severamente afectado en el último tiempo, no solo por los ataques que ha sufrido, sino porque el mismo concepto de arte sacro se está desvaneciendo, sin mermar la frecuencia ni la intensidad de los ataques. La jerarquía y una camada de liturgistas con vehemente afán de novedades parecen tentados desde hace algunas décadas a acoger sin crítica el estilo galpónico de los templos, el cacharrismo de los ornamentos y la ininteligibilidad pictórica. A la vez, hordas de orcos queman iglesias antiguas, profanan sagrarios, quiebran vitrales y estatuas… Cristo está solo, pero además ha sido “despojado de sus vestiduras”: “partieron entre sí mis vestidos y sortearon mi túnica” (Sal. 21, 19).

El arte remite a la metafísica, es decir, a los trascendentales, en particular a la belleza (pulchrum). Hay una conexión indisoluble entre arte y belleza.

Quizás el problema proviene de asumir (o ignorar) qué es el arte. El padre Rodrigo Miranda insiste en recordar la definición clásica de arte como principio o cualidad operativa de la labor artística. Así, para la tradición clásica, el arte es “la razón correcta para hacer artefactos” (recta ratio factibilium), la recta razón de las cosas factibles. Para Miranda, este asombroso principio o cualidad operativa es capaz de hacer coagular la materia (tangible) y el espíritu (intangible) en una obra (símbolo y documento), de una nueva entidad perfectamente equilibrada en su unidad metafísica. El arte remite a la metafísica, es decir, a los trascendentales, en particular a la belleza (pulchrum). Hay una conexión indisoluble entre arte y belleza. Santo Tomás de Aquino decía que la existencia de la belleza precisa de tres elementos: “tres cosas requiere pues la belleza: integridad o perfección…, la debida proporción o armonía, y luminosidad”.

¡Qué distante es todo esto de lo que hoy en día se entiende por arte y lo bello! Pero más abismal parece la distancia cuando se trata de arte sacro. Y es que, partiendo de la definición clásica, podemos, sin problemas, entender que ante ciertos símbolos o elementos religiosos lo que debe imperar en primer lugar es la deferencia, y posterior e idealmente, el asombro. Pues si el teólogo debería escribir de rodillas al contemplar la verdad, de la misma manera el artista cristiano debería trabajar en su obra de rodillas. Pero adhiriendo a una definición de arte de naturaleza hedonista, egoísta o utilitaria ―como las que solemos ver hoy en día―, el respeto por símbolos y elementos sagrados se difumina, por no decir que desaparece por completo. Lo único que puede salir de estas corrientes son las denominadas deathworks. “Deathwork” es un término utilizado por el sociólogo Philip Rieff y se refiere al acto de usar los símbolos sagrados de una era anterior para subvertir y luego destruir su significado y propósito original. Como dice Rieff, “lo sacramental se ha hecho excremental”, o aplicando una frase de Marx, “lo que era sagrado ha sido profanado”. Así, podría perfectamente un “artista” tomar un crucifijo, Rosario o escultura de la Virgen María e introducir objetos o señales absurdas, inanes y grotescas. Así parece haber ocurrido en el polémico caso de la “Virgen de los detenidos desaparecidos” en Chile. Para el artista subversivo, su obra será “disidente” y “antisistémica”, pero para quien tenga desarrollado mínimamente el sentido estético, aquello será literalmente una falta de respeto.

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Ahora bien, no todo es desolación. La Iglesia tiene muchos medios para enfrentar dicha decadencia y actitud destructiva. A diferencia de lo que puede causar una “obra” que consista en la vulgarización, insulto de lo sagrado o, lisa y llanamente, nadería, el arte cristiano tiene grandes obras que provocan una especie de alquimia en el alma, despiertan el deseo de participar, de imitar y finalmente de compartir lo bueno y lo verdadero. Hans Urs von Balthasar dijo que lo bello reclama al espectador, lo cambia y luego lo envía en misión. El patrón, dice el Obispo Barron, es más o menos así: primero lo bello (¡qué maravilla!), luego lo bueno (¡quiero participar!) y finalmente lo verdadero (¡ahora entiendo!).

El arte cristiano, en última instancia, responde a la verdad irrefutable de que el espíritu humano es metafísico: está estructurado de tal forma que va más allá, en dirección a lo Bueno, Verdadero y Bello. Como concluye Barron, la inteligencia busca la verdad y la encuentra en algún grado en este mundo, pero nunca es suficiente, porque la mente busca absolutos, absoluta verdad. La voluntad busca el bien, y lo encuentra en algún grado en este mundo, pero jamás es suficiente para satisfacer la voluntad. El alma, busca lo bello, y en un limitado grado, lo alcanza en este mundo, pero está ordenado, en última instancia, a lo bello en sí mismo. Por eso Barron no cita a C.S. Lewis en vano: las más exquisitas experiencias en la vida son el placer estético, la intimidad conyugal y la amistad profunda, sin embargo, siempre son acompañadas de una cierta tristeza, una intuición de que debe haber algo más.

Con todo, una obra que procura atacar el sentimiento religioso, como puede ser un “show anticlerical travesti” o una pieza teatral que ofenda irracionalmente a Cristo (como la exposición blasfema de la Universidad de Cuyo, recientemente destruida) no despiertan en modo alguno el alma. No nos hacen decir ¡qué asombroso!, ni nos motiva a querer participar de ello, y es imposible entenderlas, porque no tienen integridad, consonancia y claridad. Son feas en todo sentido. Apagan y destruyen la alegría del alma, en cambio, si miramos la tradición artística y cultural de la Iglesia, existen notables y milagrosas obras que nos sacan de este hastío y vacío presente sin esperanza. Necesitamos esperanza, urge impetuosamente y esto lo tenía muy claro el papa Pablo VI quien dijo que:

Este mundo en que vivimos tiene necesidad de la belleza para no caer en la desesperanza. La belleza, como la verdad, pone alegría en el corazón de los hombres; es el fruto precioso que resiste a la usura del tiempo, que une a las generaciones y las hace comunicarse en la admiración.

Solo el arte sacro puede, parafraseando a Juan Pablo II, contribuir a la consolidación de una auténtica belleza que, casi como un destello del Espíritu de Dios, transfigure la materia, abriendo las almas al sentido de lo eterno.

Autor: Javier Mena

Integrante del Área Judicial de la ONG Comunidad y Justicia (Chile)

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