2023 02 Reforma Tributaria 1

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El foco de Aristóteles en la educación

Una de las obsesiones habituales en los movimientos de izquierda es la reforma tributaria como el medio más directo de acabar con las injusticias sociales y con las desigualdades. Ahora mismo es parte de las medidas en debate en Colombia y lo fue recientemente en Chile, como lo fue en su momento en Perú, Argentina, México y un largo etcétera de nuestra querida Hispanoamérica. Sin embargo, hay quienes señalan que la vaguedad de este concepto de “desigualdad” lo hace muy útil a ciertos intereses políticos. Otra cosa es hablar de “pobreza”. Sobre la pobreza se pueden hacer mediciones bastante precisas. Por eso la pobreza como indicador social no se halla entre los preferidos de la izquierda chilena, y no es difícil darse cuenta por qué: el odiado neoliberalismo, o como se llame el sistema económico de los últimos treinta años, sacó a Chile de la pobreza. Éste es un dato incuestionable.

¿Y qué pasa con la desigualdad? Como resulta tan difícil definirla, es uno de los “significantes vacíos” más interesantes con que cuentan los neomarxistas inspirados en los escritos de Ernesto Laclau y Chantal Mouffe. Un “significante vacío” es un término de alto impacto social, pero que tiene la particularidad de, en el fondo, no designar nada, y por eso se lo llama “vacío”. O sea, vacío de contenido, pero aun así capaz de sacudir la emotividad de las multitudes. En ese sentido, se podría escribir un inagotable inventario de “significantes vacíos” presentes en la reciente y fallida propuesta constitucional chilena. A pesar de ello, la crítica a la volatilidad de este supuesto significante vacío no es del todo justa porque existe (mala suerte para la izquierda) un modo de cuantificar la desigualdad. Éste es el Índice de Gini. De acuerdo con él, si clasificamos a los países iberoamericanos en un orden descendente de desigualdad, Chile se encuentra en el décimo lugar entre los países de la región. El más desigual de todos es Brasil, y nueve puestos más abajo aparece Chile.

Con todo, es cierto que la desigualdad es un problema que debe ser abordado porque también puede haber desigualdades inmerecidas o injustas. Por cierto, tampoco se trata de un asunto desconocido en la historia. Uno de los testimonios más sorprendentes nos llega desde la antigüedad, más concretamente en los textos de Aristóteles.  El libro II de su Política, compuesta en el siglo IV a.C., es un verdadero tratado de Derecho Constitucional comparado. Allí, mientras se investigan distintas constituciones con el propósito de hallar alguna que sirva de modelo para Atenas, se examina una a la que Aristóteles atribuye mucha importancia: la de Calcedonia, propuesta por un legislador llamado Faleas. ¿Cuál era la situación de Calcedonia? No lo sabemos con certeza, pero a juzgar por el testimonio de Aristóteles, pareciera que había una gran desigualdad inmerecida. Es decir, muchos que tenían poco y pocos que tenían mucho. La constitución propuesta por Faleas contenía algo así como una reforma tributaria que tendía a igualar las fortunas, o sea, a combatir la desigualdad. Sin embargo, la crítica de Aristóteles a esta constitución es lapidaria: “aun cuando se estableciera para todos una propiedad moderada, no se ganaría nada con ello, porque es más necesario igualar las ambiciones que las propiedades, y eso no es posible sino gracias a una educación adecuada por medio de las leyes”.

La pobreza como indicador social no se halla entre los preferidos de la izquierda chilena, y no es difícil darse cuenta por qué: el odiado neoliberalismo, o como se llame el sistema económico de los últimos treinta años, sacó a Chile de la pobreza. Éste es un dato incuestionable

Es decir, el asunto de las injusticias sociales no es, primariamente, un asunto impositivo o económico, sino ético. La desigualdad inmerecida es la cara visible de una situación que es ética desde el comienzo hasta el final. Y a su vez, este aspecto ético de la justicia social debiera ser una de las principales ocupaciones de la educación. Finalmente, esa educación ética ha de ser el propósito primordial de la ley. En esas pocas líneas de Aristóteles está resumido magistralmente todo el problema y su propuesta de solución, que, como se ve, no toma como punto de partida lo que debiera darse al final. Claro, en sistemas educativos como los nuestros, donde se tiende a enfatizar los gustos y preferencias de cada uno como exclusivo principio de legitimación de nuestros actos, es muy difícil justificar después una política igualitarista.

Dicho sea de paso, si debiéramos referirnos solamente a los aspectos económicos de la reforma tributaria, cada vez que se habla de ella no se lo hace con el propósito de una rebaja impositiva, sino lo contrario. Esas reformas, aunque amparadas en el aparentemente loable propósito de financiar la ayuda social, benefician en primer lugar a las estructuras elefantiásicas de un Estado bulímico, que inevitablemente tenderá a emplear esa descomunal masa de recursos con criterios electoralistas o propagandísticos.

La crítica de Aristóteles a esta constitución es lapidaria: “aun cuando se estableciera para todos una propiedad moderada, no se ganaría nada con ello, porque es más necesario igualar las ambiciones que las propiedades, y eso no es posible sino gracias a una educación adecuada por medio de las leyes”

En suma, si la idea de una reforma tributaria se inspira en una necesidad de luchar contra las desigualdades inmerecidas, sería bueno pensar en una estrategia complementaria. Por ejemplo, en una que tome en serio la formación moral de la ciudadanía. Esa pedagogía ética debiera ser el objetivo principal de leyes buenas y justas. Y por supuesto, esas leyes buenas y justas no nacen del aire, sino de las cabezas y corazones de legisladores que encarnen, ellos mismos, la probidad y la decencia.

Autor: Jorge Martínez Barrera

Académico, Universidad Gabriela Mistral

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