enero 6, 2026• byÁlvaro Ferrer
No toda espada que promete liberación distingue entre el tirano y la ciudad que dice salvar
En la ciudad había un tirano. Nadie discutía ese punto. Gobernaba para sí mismo, no para el bien común; usaba la ley como máscara y el miedo como herramienta. La ciudad estaba cansada. Cansada de esperar, cansada de padecer, cansada de explicar a los niños por qué el pan escasea cuando la justicia sobra en los discursos.
Una noche apareció un hombre con un cuchillo. No pidió permiso. Dijo lo que todos pensaban: si cae el tirano, la ciudad respirará. Muchos lo miraron con alivio. Algunos con esperanza. Pocos con temor. Porque cuando el mal es real, la solución simple parece no solo razonable, sino misericordiosa.
Pero en la plaza vivía también un anciano que hacía preguntas. No gritaba consignas ni repartía culpas. Preguntaba con voz cansada, como quien ha visto demasiados funerales.
¿Y después?, decía. ¿Quién gobernará cuando el cuchillo vuelva a su vaina? ¿Qué pasará si el tirano cae y la ciudad cae con él?
Santo Tomás, que no era ingenuo ni sentimental, llamó a la tiranía uno de los peores males políticos. Pero cuando habló del tiranicidio, lo hizo con una prudencia que hoy resulta casi escandalosa.
Estas preguntas siempre molestan. No porque sean falsas, sino porque llegan tarde a la ira y temprano a la sangre.
La tradición cristiana del juicio político nació para dar voz a ese anciano. No para proteger a los tiranos, sino para proteger a los pueblos del entusiasmo que los devora. Santo Tomás, que no era ingenuo ni sentimental, llamó a la tiranía uno de los peores males políticos. Pero cuando habló del tiranicidio, lo hizo con una prudencia que hoy resulta casi escandalosa.
No negó que un tirano pudiera ser removido. Lo que negó fue que cualquier hombre, movido por una causa justa, tuviera derecho a matar en nombre de todos. Sabía que la violencia privada, aun cuando se vista de liberación, suele engendrar males mayores: guerras civiles, venganzas sin término, nuevos tiranos que se legitiman en el caos. El remedio, advertía, puede ser peor que la enfermedad.
Por eso insistía en el orden, no como idolatría de la forma, sino como resguardo del bien común. El pueblo puede resistir al tirano; puede incluso removerlo. Pero hacerlo sin prudencia, sin autoridad legítima, sin considerar las consecuencias, no es valentía moral: es temeridad con víctimas ajenas.
Esta misma lógica atraviesa toda la doctrina de la guerra justa. No comienza preguntando quién tiene razón, sino qué derecho ha sido violado de tal modo que solo la fuerza puede restablecerlo. Y aun entonces, exige condiciones que enfrían el entusiasmo: proporcionalidad, esperanza razonable de éxito, último recurso. No porque ignore el sufrimiento presente, sino porque se niega a multiplicarlo innecesariamente.
Hay guerras que comienzan en nombre de la justicia y terminan sirviendo al orgullo, al interés o a la vanidad histórica. El fin justo no puede ser coartada para fines ocultos. El sufrimiento humano no puede convertirse en argumento retórico.
No basta con que el mal sea real. No basta con que la causa parezca noble. Disponer de la vida de otros exige autoridad legítima, ejercida conforme al orden jurídico, precisamente porque nadie tiene derecho a convertir el dolor ajeno en instrumento de su propia justicia. Cuando la espada se desenvaina sin ese permiso, incluso una causa justa queda moralmente manchada.
Pero la doctrina no se detiene ahí. Supongamos por un instante que la causa fuera justa y la autoridad legítima. Queda aún la pregunta interior, la más silenciosa de todas: ¿con qué intención se combate?
Hay guerras que comienzan en nombre de la justicia y terminan sirviendo al orgullo, al interés o a la vanidad histórica. El fin justo no puede ser coartada para fines ocultos. El sufrimiento humano no puede convertirse en argumento retórico.
Aquí la tradición cristiana es inflexible por compasión. El inocente no es daño colateral. El rendido no es objetivo legítimo. La distinción entre combatiente y no combatiente no es una sutileza jurídica, sino una frontera moral. Cruzarla no acelera la paz: la hace imposible.
Volvamos a la ciudad. El hombre del cuchillo seguía esperando aprobación. El tirano seguía siendo tirano. Y el anciano seguía preguntando. Algunos se impacientaron: mientras preguntamos, seguimos sufriendo. Es verdad. Pero también es verdad lo contrario: cuando dejamos de preguntar, comenzamos a sufrir de otro modo, más profundo y más duradero.
La tradición cristiana no promete soluciones fáciles para males profundos. Promete algo más modesto y más humano: prudencia. No la prudencia del cobarde, sino la del que sabe que cada decisión violenta se paga con vidas concretas, casi siempre ajenas.
La tradición cristiana no promete soluciones fáciles para males profundos. Promete algo más modesto y más humano: prudencia. No la prudencia del cobarde, sino la del que sabe que cada decisión violenta se paga con vidas concretas, casi siempre ajenas.
Quizás nada parezca más justo que derribar al tirano. Y pocas cosas resultan tan injustas como hacerlo sin pensar en los que quedarán bajo las ruinas. Por eso, antes de la espada, la tradición pide silencio. Y en ese silencio, una pregunta que no busca paralizar, sino proteger: ¿esta acción aliviará realmente el sufrimiento de la ciudad, o solo cambiará el nombre de quienes lo provocan?
Editor Revista Suroeste
Director Ejecutivo Comunidad y Justicia
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Last modified: enero 15, 2026





