2025 12 30 Nicea 1

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La Iglesia frente al misterio del Hijo «engendrado, no creado»

I. Introducción: cuando un concilio sigue vivo

Hay aniversarios que pasan como un eco suave y otros que resuenan como una campana que no ha dejado de sonar desde su origen. El Concilio de Nicea pertenece a esta segunda especie. A 1700 años de aquel verano del año 325, cuando trescientos dieciocho obispos —esa cifra simbólica que la tradición jamás olvidó— se reunieron en aquella ciudad de la región de Bitinia, parece casi improbable que un evento tan remoto continúe latiendo con urgencia contemporánea. Pero es así: Nicea sigue siendo una frontera viva, un faro doctrinal, una herida y una gloria.

Lo ha recordado recientemente el Papa León XIV en su carta apostólica In unitate fidei: “El Credo de Nicea no formula una teoría filosófica. Profesa la fe en el Dios que nos ha redimido por medio de Jesucristo”. Y es que allí la Iglesia articuló, con una precisión hasta entonces inaudita, la confesión de que Jesucristo es “Dios de Dios, Luz de Luz, Dios verdadero de Dios verdadero, engendrado, no creado, consustancial al Padre”.

No se trataba de una fórmula elegante para adornar una liturgia, sino de una línea de defensa. Nicea fue, ante todo, una barricada levantada para custodiar la verdad del Evangelio: que en Jesús de Nazaret se encuentra verdaderamente el rostro mismo de Dios, no un semidiós, no un intermediario glorioso, no una criatura excelsa, sino el Hijo eterno.

Este ensayo busca, precisamente, mostrar por qué esa confesión —homoousios— sigue siendo decisiva hoy, y cómo la historiografía, desde Eusebio hasta nuestros días, ha narrado y discutido el concilio como una pieza clave para entender la identidad cristiana, la estructura de la Iglesia y la autocomprensión teológica del mundo occidental.

II. Nicea: un concilio que no fue un día, sino un siglo

Para comprender la magnitud de Nicea conviene recordar que no fue un paréntesis en la historia, sino un punto de inflexión. Fue la primera vez que la Iglesia, todavía marcada por heridas de persecuciones recientes, convocaba a un sínodo verdaderamente ecuménico. Lo que estaba en juego no era un matiz exegético, sino la pregunta fundamental de la fe: ¿quién es Cristo?

La disputa que llevó al concilio comenzó de manera casi doméstica: un presbítero de Alejandría, Arrio, defendía que el Hijo era la primera y más noble de las criaturas, pero criatura al fin. Su consigna —“hubo un tiempo en que el Hijo no era”— no sólo chocaba con la predicación tradicional, sino que erosionaba el corazón mismo de la fe: si el Hijo no es Dios, la salvación no es divina; si no es eterno, Dios no es contemporáneo con su propio Amor.

Nicea fue, ante todo, una barricada levantada para custodiar la verdad del Evangelio: que en Jesús de Nazaret se encuentra verdaderamente el rostro mismo de Dios, no un semidiós, no un intermediario glorioso, no una criatura excelsa, sino el Hijo eterno.

Nicea fue convocado para zanjar esta cuestión. Pero, lejos de ser un tribunal aséptico, fue el cruce de múltiples historias, tensiones locales, intereses imperiales y sensibilidades espirituales. La mayoría de sus protagonistas venían del Oriente cristiano, muchos marcados por décadas de debates trinitarios. Algunos consideraban la posición de Arrio excesiva, otros temían que el término homoousios —“de la misma naturaleza”— oliera demasiado a sabelianismo, es decir, a una concepción modalista que, en defensa de la unidad divina, disolvía la distinción real entre Padre, Hijo y Espíritu. Lo que allí se definió fue, en cierto modo, una respuesta teológica, política y espiritual a la pregunta por el Dios cristiano.

III. Eusebio y los narradores de Nicea: tres concilios dentro del Concilio

La historia de Nicea tiene tres narradores fundamentales, y cada uno de ellos nos entrega un concilio distinto:

  1. Eusebio de Cesarea (c. 263- 339), el historiador y teólogo del Imperio que vio en Constantino un obispo externo, casi un enviado providencial.
  2. Sócrates de Constantinopla (380 – c. 440), el jurista eclesiástico que lee los hechos con sobriedad casi procesal.
  3. Sozómeno (c. 400-447), el pastor que mira el concilio como una batalla espiritual bajo la guía moral del emperador.

Conocerlos es esencial para entender por qué Nicea ha sido más que un evento: ha sido un texto reescrito por diecisiete siglos.

1. Eusebio: Nicea como liturgia del Imperio

En la Vita Constantini, Eusebio ofrece la versión más solemne e idealizada. Para él, el concilio es una epifanía: una asamblea donde “el cielo descendió a la tierra” y Constantino, vestido de púrpura, entra “como un ángel de Dios”. No hay debates, no hay tensiones, no hay Arrio: sólo la unidad restaurada por la providencia.

Nicea fue convocado para zanjar esta cuestión. Pero, lejos de ser un tribunal aséptico, fue el cruce de múltiples historias, tensiones locales, intereses imperiales y sensibilidades espirituales.

Podría decirse que Eusebio escribe Nicea como lo habría hecho un orador romano acostumbrado a ver en la ley imperial el brazo largo de la divinidad. Lo suyo no es un relato, sino un monumento; no describe el concilio, lo consagra.

2. Sócrates: el concilio como tribunal doctrinal

Un siglo después, Sócrates —jurista seglar y sobrio— ofrece un relato diametralmente distinto. Para él, la controversia arriana fue amplia, compleja y prolongada. Cuando narra Nicea, no oculta que el homoousios fue recibido con reservas; que varios obispos firmaron el credo con cierta presión; que el consenso final fue más político que unánimemente espiritual.

Sócrates devuelve humanidad a los protagonistas. Sus obispos no son mármoles de una basílica, sino hombres que discuten, se contradicen, votan, dudan.

3. Sozómeno: Nicea como pedagogía eclesial

Sozómeno, por su parte, aporta una sensibilidad pastoral. Le interesa mostrar cómo Dios educa a su Iglesia en medio de conflictos. De él proviene la célebre escena en que los obispos —al escuchar la Thalia de Arrio— se tapan los oídos y rasgan sus vestiduras. No es solo historia: es teología dramatizada.

En Sozómeno aparece un Constantino más prudente, menos teólogo que moralista. Y esto es importante, porque contrasta con el Constantino casi sacralizado de Eusebio.

IV. Nicea no se entiende sin Constantino… pero tampoco gracias a él

El papel del emperador es uno de los puntos más fascinantes del concilio. La versión popular —“Constantino impuso el credo”— es una simplificación burda. Pero tampoco se puede negar su influencia.

El emperador tenía un objetivo claro: la unidad. Una Iglesia dividida ponía en peligro la estabilidad del Imperio recién pacificado. Pero esto no significa que definiera la doctrina. Como ha demostrado la investigación reciente, la decisión doctrinal vino sobre todo de los obispos.

Constantino fue un moderador, un garante, un patrocinador. No fue un dogmático. Su carta a Arrio y Alejandro es casi ingenua: les pide dejar de enfrentarse por “cuestiones sutiles”. Si bien el emperador aún no entendía la dimensión del problema, sin Constantino no habría acontecido Nicea. Y sin Nicea, la Iglesia no habría articulado con claridad su fe trinitaria.

Porque decir “engendrado” es decir que el Hijo procede eternamente del Padre, comparte su vida, su luz, su gloria. Y decir “no creado” es afirmar que no pertenece al mundo de lo mudable ni de lo contingente: es Dios verdadero.

Nicea fue, así, menos el triunfo de una fórmula que el inicio de un lenguaje. En el cruce entre la inquietud teológica de los obispos, la fragilidad conceptual heredada de siglos de debate y la inédita mediación del poder imperial, la Iglesia aprendió a decir con mayor precisión aquello que ya creía y celebraba. El concilio no clausuró la controversia, pero fijó un horizonte: pensar a Dios sin sacrificar ni la unidad ni la distinción, confesar al Hijo sin diluir al Padre, y asumir que la fe cristiana exigía, desde entonces, una gramática doctrinal a la altura de su misterio.

V. El corazón dogmático: “engendrado, no creado”

Precisamente en ese contexto de tensiones y clarificaciones, lo más sorprendente del Credo niceno es su audacia. No se contenta con decir que el Hijo es divino: declara que es “engendrado, no creado”. Esta distinción, que puede parecer técnica, encierra la totalidad del misterio cristiano.

Porque decir “engendrado” es decir que el Hijo procede eternamente del Padre, comparte su vida, su luz, su gloria. Y decir “no creado” es afirmar que no pertenece al mundo de lo mudable ni de lo contingente: es Dios verdadero.

Este punto —que León XIV retoma con fuerza— no fue una sutileza filosófica, sino un acto de valentía espiritual. El cristianismo afirmaba algo inaudito para el mundo antiguo: que Dios tiene un Hijo consustancial, y que ese Hijo se hizo hombre.

Con Nicea, la Iglesia no ganó un debate: ganó su alma.

VI. Los cánones: la Iglesia aprende a gobernarse

El concilio no produjo solo un credo. Emitió también veinte cánones disciplinarios que dieron forma al orden eclesial. En ellos se establecieron criterios sobre la recepción de los lapsi, la ordenación, el calendario pascual y, de manera especialmente significativa, la articulación de la autoridad episcopal. El canon VI, por ejemplo, confirmó las prerrogativas tradicionales de las grandes sedes, reconociendo a Roma, Alejandría y Antioquía una jurisdicción fundada en la costumbre antigua y no en una innovación conciliar. (canon VI: Roma, Alejandría, Antioquía).

Los arrianos modernos no niegan necesariamente la divinidad del Hijo: la trivializan. Lo convierten en un maestro luminoso, un líder ético, un profeta social. Una figura admirable… pero no adorable.

Esto muestra que Nicea no fue únicamente un laboratorio doctrinal. Fue también un intento de dar estabilidad jurídica a una Iglesia que se expandía por todo el Imperio. Muchos de los dilemas del siglo IV (jurisdicciones, disciplina clerical, relación con el poder civil) resonarán en debates posteriores, incluso hoy.

VII. Después de Nicea: la controversia que nunca terminó

Paradójicamente, el concilio no cerró la crisis, sino que la abrió de nuevo. Durante décadas, la palabra homoousios fue reinterpretada, relativizada, cuestionada. La política eclesial se mezcló con la imperial; obispos fueron exiliados; sínodos rivales se convocaron. En cierta forma, Nicea comenzó en 325, pero no terminó hasta el Concilio de Constantinopla I (381).

Esto es fundamental: Nicea es un acto y un proceso. No es un dictamen, sino una tradición viva. Por eso, ha seguido siendo, durante diecisiete siglos, piedra angular y punto de partida.

VIII. Nicea hoy: por qué importa, por qué vuelve

El documento In unitate fidei de León XIV insiste en este punto: la crisis actual —marcada por relativismos, cristologías humanizantes sin trascendencia y espiritualidades que diluyen la divinidad de Cristo— no es tan distinta de la del siglo IV.

Los arrianos modernos no niegan necesariamente la divinidad del Hijo: la trivializan. Lo convierten en un maestro luminoso, un líder ético, un profeta social. Una figura admirable… pero no adorable.

Y allí está el problema. Cuando Cristo deja de ser “consustancial al Padre”, deja de ser Dios-con-nosotros. Una doctrina que parece un lujo académico resulta ser el fundamento de la esperanza cristiana: si Cristo no es Dios, no nos salva; si no es hombre, no nos encuentra.

Lo que Nicea afirma, lo afirma para siempre.

IX. Conclusión: el homoousios como brújula de la fe

A 1700 años, Nicea no ha perdido su vigencia, porque no es un capítulo más de un libro de historia: es un acto fundacional de la conciencia cristiana. Es la palabra con la que la Iglesia dijo quién es Cristo y, por tanto, quién es el hombre y quién es Dios.

Quizás haya que concederle a Eusebio, pese a sus silencios, algo que Sócrates y Sozómeno no pudieron ver: en medio de todas las disputas, Nicea fue —y sigue siendo— una epifanía. No tanto por la entrada de Constantino, sino porque allí la Iglesia se descubrió custodia de un misterio que no inventa, sino que recibe.

El homoousios no es una fórmula griega para especialistas. Es un acto de confianza: Dios se ha dado en su Hijo sin reservas. “Engendrado, no creado” significa que la eternidad ha entrado en la historia, que la vida divina se ha inclinado hacia nosotros, que Cristo no es un enviado: es el Enviado.

Por eso Nicea sigue vivo. Porque cada vez que la Iglesia confiesa a Cristo —Dios verdadero de Dios verdadero— vuelve a pronunciar, con la misma fuerza de hace diecisiete siglos, las palabras que han sostenido la fe de millones:  “Creemos en un solo Señor Jesucristo”.

Y mientras se pronuncie esa frase, Nicea no habrá terminado.

Autor: Martín Durán Fuentes

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