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Escritorio del Editor

Esta comunidad de autores y lectores que es Suroeste ha forjado en su brevísima existencia su propia identidad. No se trata de una revista de un sector político, pero sí expone temas políticos hispanoamericanos desde una posición concreta. No es una revista beata o de iglesia —no hay farándula eclesiástica en ella—, pero sí busca ser un espacio para el pensamiento católico sobre los asuntos temporales. No es una revista de difusión cultural que se presente como políticamente neutral, pero sus colaboradores sí buscan reflexionar sobre temas profundos a partir de la literatura, el cine, la arquitectura y las manifestaciones de nuestro modo de ser hispanoamericano… No es, en fin, una revista de arte, pero sí buscamos que la pluma de los autores exponga la verdad con toda su hermosura —como decía san Agustín: ut veritas pateat, ut veritas luceat, ut veritas moveat! [1] —, que la estética de nuestro sitio web y de las ediciones sea atractiva, que las ilustraciones comuniquen una identidad propia con belleza y alegría. Podemos decir, en consecuencia, que somos un proyecto que busca abarcar muchos tópicos, con un estilo particular.

A algunos les podría causar estupefacción ver ilustraciones de Benedicto XVI ―un Papa teólogo, de mucho menos protagonismo político que un Juan Pablo II― en una revista donde se ha criticado a Milei o a Gustavo Petro, donde se ha debatido sobre el proceso constitucional chileno, donde se ha reflexionado sobre nuestro modelo económico. ¿Qué tiene que decirnos un viejito alemán que se retiró a rezar y escribir en sus últimos años?

Joseph Ratzinger, el Panzerkardinal, el Rottweiler de Dios, sin duda pasará a la posteridad como un gigante de la teología y de la historia del pensamiento. No pocos lo consideran el más sabio de los pensadores católicos del último siglo. La gran novedad de su modo de presentar la teología, cercana a las inquietudes del hombre contemporáneo, le dan una frescura y una cercanía que era necesaria para nuestras sociedades. Pero su estilo discursivo dotado de una flexibilidad que va más allá de tecnicismos ―sin contradecirlos ni negarlos― no le quita profundidad ni luz a sus reflexiones.

Benedicto se caracterizó también por ser un hombre de una humildad extraordinaria, abierto siempre al diálogo con quienes no pertenecen a la Iglesia, y aun con no creyentes ―famosa es su conversación con Jürgen Habermas, por ejemplo―, pero sabiendo servirse del diálogo para su finalidad más propia, que es precisamente el Logos (λóγος). La verdad, en efecto, dota de sentido al diálogo ―que de otro modo torna en huero grito que se impone por el poder―, pues la palabra remite necesariamente a un significado. Los cristianos creemos en el Logos, término que implica tanto palabra como razón, precisamente porque es la razón comunicada, la razón que se abre a otros, la verdad que en el vehículo del lenguaje se comparte en comunidad. No en vano decía Aristóteles que el hombre es animal político porque tiene palabra, por la cual dialogamos “sobre lo conveniente y lo perjudicial, lo justo y lo injusto” (Aristóteles; “Política”, I). El Papa teólogo integró perfectamente en su obra escrita y en sus intervenciones orales esta línea según la cual hemos creído en el amor que es Logos, en la síntesis sin antítesis del amor y la razón, que es el que creó con armonía y hermosura, con orden y sinfonía, el cosmos y lo que él se contiene.

Ratzinger fue asimismo un autor que, incluso como Papa, no se acobardó para abordar cuestiones contingentes de nuestra época (reconociendo, en todo caso, que “el Papa no es ningún oráculo y […] sólo es infalible en escasísimos casos”). Sus escritos abarcan no sólo la teología dogmática, sino también la teología moral, la ética y la política. Se hizo cargo de enfrentar con fuerza el relativismo y los peligros de la ideología democrática ―“la verdad no se determina mediante un voto de la mayoría”―, pero sin rehusarse a vivir en nuestra época ni a aceptar ciertas ventajas de los regímenes políticos modernos. Supo hacerse cargo de la teología de la liberación y del marxismo, de la moral de la situación y del vacío producido por el nihilismo de la juventud de hoy.

¿Qué tiene que decirnos, entonces, un teólogo viejito fallecido en Roma? Quizás la mejor respuesta sea la que da el mismo: “nos hemos de liberar de la falsa idea de que la fe ya no tiene nada que decir a los hombres de hoy”. No se trata de plantear teocracias fanáticas ni nada semejante, pero sí recoger la buena noticia ―el εὐαγγέλιον [2]― del logos que da sentido a nuestras vidas, a la historia y al mundo, mostrando que tal sentido es el regalo del amor que es nuestro origen y nuestro destino, que nos configura a cada uno como personas abiertas a convivir en amistad unos con otros, que nos libera de las estrecheces ideológicas de la dialéctica que nos impone el liberalismo, que nos llama a ver con esperanza que más allá de la muerte y el poder del mal existe un amor que es más fuerte.

* Revisa la edición especial de Benedicto XVI haciendo click en la portada

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Autor: Vicente Hargous

Editor Revista Suroeste

Notas

[1] “Que la verdad sea manifiesta, que la verdad resplandezca, ¡que la verdad mueva!”.
[2] Eu-aggelion: (griego) “buena noticia”.

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