2024 03 escritorio

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Francia se transformó en el primer país en el mundo en declarar que el aborto es un “derecho”.

La que un día fuera llamada “hija primogénita de la Iglesia” pasó a fines del siglo XVIII a ser la tierra de la rebelión contra el orden establecido, la que llevó a curas y monjas al cadalso, la del terror y la borrachera revolucionaria. Y la efervescencia de la insurrección no se agotó con la caída del antiguo régimen: en mayo de 1968, la patria de Sartre y Beauvoir alzó una vez más ―como un eco de las notas incoadas por el Marqués de Sade desde la Bastilla― las banderas de una presunta libertad, esta vez contra el status quo cultural y social, contra el matrimonio y contra la moral. Como un grito irracional de esa misma libertad que se ha vuelto loca ―una que no se encuentra ordenada por ningún sentido y que llega incluso a contradecir su esencia misma―, esas tierras han querido legitimar ―elevándolo a la categoría de “derecho” (exigencia de justicia)― el crimen de matar directamente seres humanos en gestación.

A la autocomprensión del revolucionario subyace una noción de libertad vacía, privada de sentido. La libertad entendida según su propia esencia comprende la inclinación hacia un bien que se elige como tal. Y así, aunque por la libertad podemos elegir ser inhumanos, su verdadero sentido no es el mal, sino el bien. Pues bien, como una expresión entre muchas de esa libertad huera, las sociedades occidentales han llegado hasta el extremo de matar a algunos de sus miembros, a los más débiles e indefensos. Pero en el caso de Francia la aberración es todavía peor, pues se llega a establecer como algo “exigible” ―un “derecho”― una de las acciones más injustas que podemos pensar, llamando justo a lo injusto.

En Europa luego de la Segunda Guerra Mundial se optó por negar todo su espacio a los “dioses fuertes”, con la idea de que todo relato sólido prefiguraba el surgimiento de una “sociedad cerrada” que sea puerta de entrada al totalitarismo. Esto sin duda también ocurrió en otros lugares, pero este rechazo a la verdad ―a todo lo que sea sólido, o que pueda verse como categórico― llevó en Europa al repliegue de quienes creen en un respeto irrestricto de la vida de todo ser humano, también de los que están por nacer. Y en definitiva, a un nihilismo sin límite alguno. Un rechazo hacia el Logos y sus consecuencias en la agenda política.

A la autocomprensión del revolucionario subyace una noción de libertad vacía, privada de sentido.

El mismo horizonte se cierne sobre nuestra Latinoamérica, donde vemos un liberalismo que campea a izquierda y derecha del espectro político, uno que igualmente busca rechazar toda pretensión de conocimiento de la verdad y el bien. Conviene sacar lecciones del viejo mundo, para cambiar de rumbo, o al menos evitar caer en la misma nada. Alternativas tenemos: basta con mirar el caso paradigmático de Hungría, o la fuerte resistencia prolife en Estados Unidos, que ya tienen a su haber resultados visibles. El primer paso está, al parecer, en no caer en el juego de minusvalorar el crimen del aborto, no relativizar la verdad, no bajarle el perfil a la injusticia.

Autor: Vicente Hargous

Editor Revista Suroeste

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