Dic Ratzinger 2

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El pensamiento filosófico-teológico de Benedicto XVI

Uno de los aspectos centrales del pensamiento filosófico-teológico de Joseph Ratzinger/Benedicto XVI, de feliz memoria, es la reflexión acerca de las relaciones entre fe y razón. Pero, ¿de qué “razón” se trata? Pienso – utilizando una expresión acuñada por John Haldane y que es difícil de traducir al castellano – que se trata de una “razón fiel”. Esta “fidelidad” de la razón se expresa, por un lado, en el reconocimiento de la riqueza de dimensiones de la realidad y en el carácter inteligible de la misma y, por otro, en la apertura a dejarse “informar” por la fe.

Ciertamente, hay muchas cosas que no comprendemos o de las cuales tan solo tenemos una pobre idea, pero nada de lo que comprendemos sobre la base de la razón aparece como contradiciendo a lo que creemos sobre la base de la fe. En este respecto nuestra fe parece razonable y nuestra razón  “fiel”.  Esta “razón fiel” es una razón que no se autolimita, que considera que  pueden pretender justificadamente ser verdaderas las proposiciones acerca de la vida y de la muerte, de Dios y de la eternidad, acerca de las cuestiones fundamentales de la existencia humana. Sin embargo, hablar hoy día de una “razón fiel” no está exento de problemas. Después de las dos guerras mundiales y del holocausto, muchos no comparten el optimismo de la Modernidad según el cual la razón funda el progreso humano irreversible. Ante esta situación, se impondría – piensan algunos – un “pensamiento débil” según el cual no habría una cosmovisión verdadera, sino tan solo “historias”, “narraciones”, las cuales solo son válidas dentro de una comunidad.

Esta desconfianza en la razón que, según Ratzinger, está en la base del relativismo denunciado por él, considera que uno de los problemas fundamentales del cristianismo de comienzos del tercer milenio tiene que ver con la desconfianza generalizada de su pretensión de verdad.

Pienso que la solución de esta crisis, a saber, la superación de esta desconfianza en la razón, ha de pasar precisamente por una revisión del concepto de la misma. Es precisamente en esta tarea en la que, a mi juicio, quiso embarcarse Joseph Ratzinger/Benedicto XVI a fin de mostrar – mejor dicho, de “volver a mostrar” la racionalidad interna del Cristianismo. En este orden de cosas, la fe cristiana tiene esencialmente que ver con la razón y la razón con la fe. Como Ratzinger – en la estela de autores como santo Tomás – afirma, la fe cristiana fue y es la opción por la prioridad de la razón y de lo racional. La fe – sin perder su dimensión de misterio – quiere “hablar racionalmente” y apelar a la razón. La fe, por tanto, está unida con la racionalidad.

Esto último está conectado con el hecho de que los cristianos no pensamos que la cuestión acerca de Dios sea una cuestión meramente personal en el sentido de una mera preferencia personal subjetiva. De esta convicción surge la necesidad del diálogo y no de la violencia. Si, además, resulta esencial al mensaje cristiano la idea de que éste no es un mensaje esotérico reservado a un círculo de iniciados, sino dirigido a todos los hombres, entonces le es también esencial el que tenga que ser formulado en el lenguaje general de la razón humana.

Esta desconfianza en la razón que, según Ratzinger, está en la base del relativismo denunciado por él, considera que uno de los problemas fundamentales del cristianismo de comienzos del tercer milenio tiene que ver con la desconfianza generalizada de su pretensión de verdad. Esta desconfianza se manifiesta en el planteamiento de la cuestión acerca de si tiene sentido aplicar el concepto de verdad a la religión; dicho de otro modo, si les es dado a los hombres conocer la verdad en sentido propio sobre Dios y las cosas divinas. Ratzinger reconoce que aquí el cristianismo no se encuentra en una mejor posición que las otras religiones. No es infrecuente que se considere que las proposiciones de éstas estarían desprovistas de toda pretensión y de todo valor de verdad. Todas serían compatibles entre sí porque, en definitiva, ninguna de ellas sería verdadera.

De acuerdo con esta lógica – como señala Ratzinger en “Fe, verdad y tolerancia” – “no tendría importancia alguna para la religión cristiana el que Cristo haya realizado efectivamente algunas de las cosas que se refieren de él, o que incluso haya existido o no” [1]. Así, podría, por ejemplo, creerse en un Dios creador del cielo y de la tierra sin que ello signifique que Dios haya creado “realmente” el cielo y la tierra, sino únicamente que uno se entiende a sí mismo como criatura y que, de este modo, vive una vida más significativa. Dicho con otras palabras, las creencias religiosas no podrían ser refutadas por evidencia alguna de la misma manera que nadie puede refutar, en sentido estricto, las proposiciones referidas al amor que siento por mi amada.

Pero ¿cómo se ha llegado a esta situación? Como es de sobra conocido, uno de los hitos de la Modernidad viene dado por el enorme desarrollo de las ciencias naturales. Este desarrollo trae, lógicamente, de la mano una especialización de la razón, Así, el uso de ésta en el ámbito de estas ciencias no parece ser el mismo que se ejerce, por ejemplo, en el campo de las ciencias humanas. En principio, esta limitación resulta correcta y necesaria. Ahora bien, el problema surge cuando el modo en el que la razón procede en el ámbito de las ciencias naturales es considerado como “la” forma del pensar humano. Esta “amputación” que la razón se efectúa a sí misma presupone, por un lado, la convicción de origen platónico, y claramente perceptible en Galileo y en Descartes, de que la naturaleza presenta una estructura matemática y, por otro, la convicción empirista de que, mediante la experimentación, es posible conquistar la naturaleza. De esta forma, tiene lugar un desligamiento de la ciencia con respecto al “orden moral del ser del hombre” o, en el lenguaje de Guardini, la  “separación de la unidad de vida y obra que efectúa la ciencia moderna”. La excesiva parcialización del ámbito de lo racional lleva, en última instancia, a una racionalidad “atomizada”.

De lo que se trata, en definitiva, es si la razón o lo racional está o no al comienzo y en la raíz de todas las cosas, si lo real es fruto del azar y la necesidad, esto es de lo irracional.

El resultado último de todo este proceso es la consideración de que sobre esos interrogantes esenciales a los que nos referíamos antes no cabe certeza alguna del mismo modo que ésta no se puede dar entre las diversas opiniones. De lo que se trata, en definitiva, es si la razón o lo racional está o no al comienzo y en la raíz de todas las cosas, si lo real es fruto del azar y la necesidad, esto es de lo irracional.

Ante la constatación de esta autolimitación de la razón que tendría lugar en la Modernidad caben en principio dos opciones: o bien un rechazo de plano de las convicciones de esa época mediante una crítica negativa de las mismas, postulando así un regreso al periodo anterior a la Ilustración, o bien una crítica de la Modernidad y de la razón moderna desde su interior reconociendo los elementos positivos que tiene el desarrollo del espíritu moderno. Uno de los aspectos centrales de la aportación de Joseph Ratzinger al respecto consiste precisamente en este intento por reconocer las posibilidades que la Modernidad ha abierto al hombre en lo que se refiere por ejemplo a la valoración de la razón y en plantear, desde ella misma, la necesidad de ampliar su concepto de razón y su uso, abriendo así el horizonte de ésta a toda su amplitud.

La tarea, pues, que se impone es la de explicitar los aspectos centrales de una razón que intenta superar la autolimitación que ella misma se había impuesto en la Modernidad. Veíamos como la limitación de la investigación filosófica a aquellas cuestiones susceptibles de ser estudiadas exclusivamente desde el prisma de una “racionalidad científica” suponía la expulsión del ámbito de la razón de las preguntas acerca de la vida y de la muerte, acerca de Dios, etc. Lógicamente, la “razón fiel” de la que aquí se viene hablando es una razón que cuestiona “aquella clase de procedimiento científico que corta al hombre el camino para plantearse esas cuestiones” [2]. Esta “fidelidad” de la razón se expresa, veíamos, en el deseo de hacer justicia a la realidad y, por otra parte, en su apertura a dejarse informar por la fe. La realidad tiene muchas dimensiones y sería un error pensar que ésta se reduce a aquella dimensión que puede ser estudiada por la racionalidad científica. La propia “racionalidad científica” no agota a la razón en cuanto tal. Por otro lado, la razón que se abre a la fe se ve enriquecida en su propia labor debido a la concordancia que entre ambas existen.

Pero ¿cuál es el fundamento de esta concordancia? Creo que a él se refirió Benedicto XVI en su lección de Ratisbona cuando habla de la “estructura racional de la materia” y de la “correspondencia entre nuestro espíritu y las estructuras racionales que actúan en la naturaleza”. En la medida en que fe y razón se refieren a esta estructura inteligible de la realidad, en esa misma medida ambas son complementarias; la fe es razonable y la razón fiel. Cooperando pueden hacer plena justicia a la realidad que se les presenta. A este mismo punto se refiere Pedro Morandé en su aguda reflexión sobre dicha lección y sobre la «sorprendente» afirmación de Juan Pablo II en el número 17 de Fides et Ratio: “No hay, pues, motivo de competitividad alguna entre la razón y la fe: una está dentro de la otra, y cada una tiene su propio espacio de realización”. Pedro Morandé comenta:  “(…) no he encontrado entre los comentaristas de esta encíclica una explicación suficiente respecto a qué significa este estar “dentro” de la razón en la fe y de la fe en la razón y, no obstante, cada una con su propio espacio. (…) la lectura de esta conferencia del Papa Benedicto XVI me sugiere que este “dentro” bien podría definirse como “la correspondencia entre nuestro espíritu y las estructuras racionales que actúan en la naturaleza”, donde la expresión “naturaleza” bien podría sustituirse por la expresión “realidad”, para incluir no solo aquella realidad que es dada al ser humano en su ser biofísico, sino también aquella que es descubierta, creada, transmitida, y constantemente recreada por la cultura.” [3] Esta clave de la concordancia entre fe y razón constituye, a mi juicio, la clave para entender la afirmación central de Benedicto XVI en Ratisbona, a saber, que “no actuar según la razón equivale a no actuar “según” Dios. Éste se ha manifestado como logos, vinculado con la verdad y el bien. Nuestra razón, nuestro sentido de la verdad y el bien constituyen – sin menoscabar por ello que las diferencias son mucho mayores que las semejanzas –  “auténticos espejos de Dios” [4]. Entre Dios y nosotros, entre Él y nuestra razón creada, existe una analogía que, por abismales que sean las diferencias, no queda suprimida. Actuar, pues, en contra de la razón, en cuanto lugar de manifestación de Dios, equivale a actuar en contra de su naturaleza. La “razón” es “fiel” a la realidad en la medida en que reconoce las “huellas” de Dios en la misma y en la medida en que deja que la fe le ayude a percibir mejor esas huellas presentes en la estructura inteligible, racional, de la realidad.

Volviendo al punto de la estructura inteligible de la realidad, es preciso constatar que afirmar ésta no significa sostener que esta inteligibilidad sea percibida siempre “en acto” por los sujetos. Podría darse el caso de personas que no han reconocido esa inteligibilidad de la realidad. En ese caso – y ésta es otra de las ideas-fuerza de la lección de Ratisbona – no se puede forzar a nadie a reconocer esa estructura. Benedicto XVI no duda, en este orden de cosas, de calificar como “pecado grave” el pensar que si la razón no percibe esa inteligibilidad, ésta ha de ser “ayudada” por la violencia. No se puede, pues, forzar a nadie a reconocer la estructura inteligible de la realidad.

Sin la cuestión de la verdad, como señala muy gráficamente Ratzinger, la fe “se quedaría sin aire que respirar”.

Es precisamente en el contexto de la percepción de la estructura inteligible de la realidad donde se plantea la cuestión, esencial para la fe cristiana, de la verdad. En este sentido, la fe tiene que relacionarse necesariamente con la razón y con la filosofía. Sin la cuestión de la verdad, como señala muy gráficamente Ratzinger, la fe “se quedaría sin aire que respirar” [5]. Así, uno de los resultados de este proceso es la consideración de los contenidos cristianos como meramente simbólicos, como mitos de la historia de las religiones. Lo que anteriormente se comprendía como algo verdadero y, por consiguiente, vinculante para todos los hombres, es visto ahora como una forma cultural de expresión de la sensibilidad religiosa de nuestra cultura occidental. De este modo, se llega a pensar que actuar según la verdad no es sino un modo intolerable o “arrogante”, incluso, “violento”, lo cual haría imposible un auténtico diálogo interreligioso e intercultural.

Ahora bien, ¿es esto realmente así? ¿No sucede más bien que es justamente la constatación de una verdad común a todos los hombres lo que constituye la base del diálogo de las culturas y de las religiones? Defender una respuesta positiva a esta pregunta constituye otra de las ideas centrales de los escritos de Joseph Ratzinger. Éste sostiene que el encuentro de las culturas es posible porque, en última instancia, el hombre, a pesar de todas sus diferencias históricas y sociales, es uno solo, una misma y única esencia.

Pero si esto es así, ¿cómo se explica la diversidad? En primer lugar, Ratzinger pone de manifiesto que la diversidad procede primariamente de la finitud del espíritu humano. Nadie, ningún hombre, ninguna cultura, es capaz de captar el todo. Entre las diversas culturas existe una complementariedad. Las unas necesitan de las otras. ¿Qué es lo que puede unir a estas culturas entre sí?

La verdad, captada por la “razón fiel”, aparece, así, como el “espacio abierto en el que todos pueden encontrarse mutuamente y donde nada pierde su valor y dignidad propios” [6]. Esto supone, claro está, la recuperación de la convicción de que es posible formular enunciados teológicos verdaderos y discriminarlos de aquellos que son falsos. Dicho con otras palabras, sería procedente plantearse la cuestión acerca de la verdad en el ámbito de la religión y de la fe. No todo estaría justificado en nombre de éstas.

Hoy es muy común interpretar estas palabras como una suerte de arrogancia o, incluso, de “imperialismo religioso”. De alguna forma, las reacciones a las palabras de Benedicto XVI en Ratisbona pusieron de manifiesto esta percepción de todo discurso acerca de la verdad como “amenazante”. Paradójicamente, la reacción contra el presunto dogmatismo de aquellos que consideran que la verdad es el espacio de encuentro entre las diversas culturas y religiones ha desembocado en un dogma, que ya no es presunto, sino real, a saber, la dictadura del relativismo.

Como recordábamos más arriba, una lectura desapasionada no solo de ese discurso, sino de otros trabajos de aquel que lo pronunció dejan suficientemente claro que “la verdad no puede buscar otros medios para imponerse si no es precisamente la fuerza de la convicción” [7]

Sería un error interpretar que lo aquí expuesto – en consonancia con los análisis de Ratzinger/Benedicto XVI – supone una concepción excesivamente intelectualista del cristianismo en la cual la razón adquiere una primacía que no le corresponde, como si éste fuera mero conocimiento, una forma, en definitiva, de gnosticismo. El eje de la respuesta de nuestro autor a esta presunta objeción consiste en reconocer que pertenece a la esencia del cristianismo el que su voluntad de racionalidad es tal que, no obstante, “quiebra siempre la razón para que ésta se sobrepase a sí misma” [8]. Este ir más allá – propio del cristianismo – de las cosas que son accesibles a la razón en el cristianismo es posible, en última instancia, por el amor.

Esta vinculación entre razón y amor constituye precisamente una de las claves del pensamiento de Joseph Ratzinger. Así en su libro “Cooperadores de la verdad” señala que “la persona (…) necesita una razón que llegue hasta el fondo del corazón” [9]. Posteriormente, en el curso de un diálogo con el filósofo italiano Paolo Flores d’Arcais, Ratzinger se refería a un  texto de Efesios señalando cómo San Pablo ponía de manifiesto que la fe cristiana apela a la razón y como la fe, al mismo tiempo, va más allá de lo accesible a la razón, sin por ello contradecir a ésta.

Dios es Logos, pero Logos no es solamente razón, sino una razón que habla, que está en relación. De esta forma, señala Ratzinger, nos encontramos ante una nueva concepción de la razón, que va mucho más allá del modo en el que el cientificismo moderno la entendía, pero que “sigue siendo” razón. Una concepción que parece estar en contradicción con un concepto puramente filosófico de Dios, pero que al mismo tiempo muestra que “la mayor libertad y grandeza de la razón consiste, en última instancia, en el amor, esto es, en que ella sobrepasa lo que nuestra especulación puramente filosófica sobre lo divino puede establecer” [10]. En este orden de cosas, resulta especialmente significativo, señala nuestro autor, que en sus primeros dos, tres, cuatro siglos el cristianismo se haya relacionado más con su entorno cultural que con las religiones existentes en aquella época. De este modo, el cristianismo se percibió a sí mismo en estos momentos iniciales como la continuación y el perfeccionamiento de la filosofía griega tomando de ésta la crítica de la religión mítica, del politeísmo y del culto pagano. Por consiguiente, el encuentro del cristianismo con el mundo griego tuvo repercusiones que van mucho más allá del momento puntual en el que éste se produjo.

En definitiva, y como afirmaba Benedicto XVI haciendo suyas las palabras de Pablo, el amor “rebasa” el conocimiento y por eso es capaz de percibir más que el simple pensamiento [11]; sin embargo, sigue siendo el amor del “Dios-Logos[12]. En última instancia, “la razón verdadera es el amor, y el amor es la razón verdadera. En su unión constituye  el verdadero fundamento y el objetivo de lo real” [13].

Autor: Mariano Crespo

Profesor de la Universidad de Navarra

Notas

[1] Joseph Ratzinger, Fe, verdad y tolerancia (Salamanca: Sígueme, 2005), 187.
[2] Joseph Ratzinger, Fe, verdad y tolerancia (Salamanca: Sígueme, 2005), 167.

[3] Pedro Morandé.; “Una reflexión dirigida a la cultura occidental”, en Cuaderno Humanitas, Nº 18, Diciembre 2006.
[4] Ratzinger, J.; “Fe, razón, universidad”.

[5] Joseph Ratzinger, Fe, verdad y tolerancia (Salamanca: Sígueme, 2005), 161.
[6] Joseph Ratzinger, Fe, verdad y tolerancia (Salamanca: Sígueme, 2005), 65.
[7] Joseph Ratzinger, Fe, verdad y tolerancia (Salamanca: Sígueme, 2005), 128.
[8] Joseph Ratzinger, Fe, verdad y tolerancia (Salamanca: Sígueme, 2005), 56.
[9] Joseph Ratzinger, Cooperadores de la verdad.
[10] (Ratzinger, J.; “Cooperadores de la verdad”.
[11] Cf. Ef 3, 19.
[12] Joseph Ratzinger, “Fe, razón, universidad”.
[13] Ratzinger, J., y Flores d’Arcais, P., Dios existe (Buenos Aires: Espasa, 2008), 23.

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