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Benedicto y la Teología de la Liberación en Latinoamérica.

Dos viajes apostólicos trajeron a Benedicto XVI a América Latina, uno en mayo de 2007 para la inauguración de la V Conferencia General del episcopado latinoamericano celebrada en Aparecida, Brasil, y otro en marzo de 2012, ocasión en la que visitó México y Cuba. El primero de ellos resulta especialmente relevante puesto que en él supo condensar, en un solo discurso, una larga doctrina pontificia respecto a América Latina, a la vez que integró, de manera sencilla y pedagógica, sus propias enseñanzas en el plano pastoral y social. Cada palabra de aquel discurso inaugural posee una densidad sorprendente sobre la cual vale la pena volver.

Su mensaje social: una auténtica liberación en Cristo

La Iglesia latinoamericana llegaba a Aparecida portando tras de sí una rica tradición de reflexión teológica que no le resultaba ajena al pontífice alemán. Desde los tiempos posteriores al Concilio Vaticano II ésta había comenzado a desarrollar una teología con impronta propia, aspirando a ser más protagonista en el devenir eclesial y no mera repetidora de directrices provenientes de Roma o de otras escuelas teológicas extranjeras. Este impulso fue promovido principalmente por la corriente de la Teología de la liberación, la que buscó hacer una teología propiamente latinoamericana.

El movimiento teológico y pastoral de la Teología de la liberación nació con una fuerte aspiración a la justicia, teniendo en consideración la opresión que padecían muchos hombres del continente en los años 50 y 60. Al mismo tiempo, el tema de la liberación encontraba una fuerte consonancia con el mensaje de liberación presente en el Evangelio, no obstante, tenía el problema de depender, para su análisis, de una concepción atea y materialista del hombre y de la realidad proveniente del análisis marxista.

Juan Pablo II en Puebla habló de una auténtica y cristiana concepción de liberación, tomando las palabras de Pablo VI presente en Evangelii nuntiandi (n. 9): “Liberación de todo lo que oprime al hombre, pero que es, ante todo, salvación del pecado y del maligno, dentro de la alegría de conocer a Dios y de ser conocido por Él”.

Pablo VI y Juan Pablo II al momento de participar, respectivamente, en la Conferencia de Medellín y en la Conferencia de Puebla, abordaron el tema de la liberación. Pablo VI rechazó en Medellín el marxismo y la rebelión a la hora de luchar por la justicia, teniendo en cuenta que muchos católicos se habían entregado al camino revolucionario a través de la guerrilla. Por su parte, Juan Pablo II en Puebla habló de una auténtica y cristiana concepción de liberación, tomando las palabras de Pablo VI presente en Evangelii nuntiandi (n. 9): “Liberación de todo lo que oprime al hombre, pero que es, ante todo, salvación del pecado y del maligno, dentro de la alegría de conocer a Dios y de ser conocido por Él”.

Desde la Congregación para la Doctrina de la Fe, presidida por Joseph Ratzinger, se dio lugar a dos instrucciones, Libertatis Nuntius en 1984 y Libertatis Conscientia en 1986, donde se buscó esclarecer doctrinal y magisterialmente los nodos más problemáticos de la Teología de la liberación. Allí se subrayó la idea de liberación como “liberación del pecado”, en línea con las palabras de Juan Pablo II en Puebla, a la vez que se rescató la idea cristiana de la opción preferencial por los pobres.

A Cristo no se le conoce solo dogmáticamente, sino también caminando con Él y teniendo sus mismos sentimientos, practicando la justicia y el amor, resaltó algunos puntos claves de su enseñanza social. Afirmó, por ejemplo, que la idea de la opción preferencial por los pobres “está implícita en la fe cristológica en aquel Dios que se ha hecho pobre por nosotros, para enriquecernos con su pobreza”

Cuando en su discurso de Aparecida Benedicto XVI habla de “realidad”, es importante tener en cuenta todo este camino. “¿Qué es esta ‘realidad’?”, se pregunta, “¿Qué es lo real? ¿Son ‘realidad’ sólo los bienes materiales, los problemas sociales, económicos y políticos?”. Recordó entonces que Dios es la realidad fundante y que el error destructivo tanto de los sistemas capitalistas como marxistas ha sido sacar a Dios del concepto de realidad.

Subrayando que a Cristo no se le conoce solo dogmáticamente, sino también caminando con Él y teniendo sus mismos sentimientos, practicando la justicia y el amor, resaltó algunos puntos claves de su enseñanza social. Afirmó, por ejemplo, que la idea de la opción preferencial por los pobres “está implícita en la fe cristológica en aquel Dios que se ha hecho pobre por nosotros, para enriquecernos con su pobreza” [1], y recordó que la evangelización va siempre unida a la promoción humana y a una “auténtica liberación cristiana”. Así, citando su encíclica Deus caritas est recuerda que “Amor a Dios y amor al prójimo se funden entre sí:  en el más humilde encontramos a Jesús mismo y en Jesús encontramos a Dios” [2] .

Su mensaje pastoral: un Evangelio impregnado y encarnado

Cuando Benedicto XVI llega a Aparecida, resonaba especialmente en el continente una nueva corriente teológica, fraguada en la Conferencia de Puebla y cuyo principal representante es actualmente el Papa Francisco. Aunque nacida, en cierto sentido, a partir de la Teología de la liberación, los postulados de la denominada “Teología del pueblo”, lograban resolver ciertos embrollos que la hacían infructífera. En el discurso pronunciado por Benedicto XVI en aquella ocasión es posible ver una notable sintonía con los postulados de esta nueva teología. En él el Papa propuso una idea de religiosidad encarnada en la historia y la cultura, fruto de un encuentro fecundo de culturas.

Benedicto XVI era consciente de que el mensaje del Evangelio, si no se encarnaba en la cultura propia y en el momento histórico presente, entonces no impregnaría nunca la vivencia del pueblo latinoamericano.

Benedicto XVI era consciente de que el mensaje del Evangelio, si no se encarnaba en la cultura propia y en el momento histórico presente, entonces no impregnaría nunca la vivencia del pueblo latinoamericano. El mensaje de Aparecida rescata de manera sorprendente estas ideas, especialmente la idea de que las culturas debe transformarse y estar abiertas al encuentro y el diálogo, y que el Evangelio debe brotar de manera viva y nueva en cada una de ellas. Esta mirada de una religiosidad que se encarna en las diferentes culturas se alejaba tanto de algunas utopías indigenistas presentes en el continente, como de teologías euro centristas y románticas, ambas excesivamente estáticas, donde se pretendía que ciertas formas de vivencia de lo religioso fueran las formas ideales, sin permitir su transformación y maduración.

Con esta valoración de la cultura propia, Benedicto XVI hace también un reconocimiento agradecido de los dones y tesoros que Dios le ha entregado al continente, especialmente el “gran mosaico de la religiosidad popular”, “precioso tesoro de la Iglesia católica en América Latina”. Aunque al final se encarga de advertir, para dejar abierta la discusión y precisar que no todo aspecto de la cultura es necesariamente bueno, que existen ciertas cuestiones de la religiosidad popular que la Iglesia está llamada a “purificar”.

A la vez que valoró la religiosidad popular, Benedicto XVI se preocupó de recordar el precioso don que nos entrega la Iglesia con los sacramentos. El Papa era consciente de que, si bien el continente posee una fe viva, esta tiende a vivirse fuera de la institución eclesial. Es una fe más de santuario que de parroquia y de misa dominical. Por ello sugiere darle prioridad pastoral a la centralidad de la vida sacramental.

El mensaje continúa

En la Conferencia de Aparecida no solo nos encontramos con un pastor que se aproximó, comprendió e iluminó el caminar eclesial de la región, sino también confluyeron allí las enseñanzas de quienes lo precedieron para continuar con un mensaje coherente y siempre nuevo para que el Evangelio se haga vida en el continente.

 “Es preciso proclamar íntegro el Mensaje de la Salvación, que llegue a impregnar las raíces de la cultura y se encarne en el momento histórico latinoamericano actual, para responder mejor a sus necesidades y legítimas aspiraciones”

El mensaje de Benedicto XVI para la Iglesia latinoamericana queda condensado en aquel discurso inaugural y resumido en una frase expuesta unas semanas ante los participantes en la plenaria de la Pontificia Comisión para América Latina: “Es preciso proclamar íntegro el Mensaje de la Salvación, que llegue a impregnar las raíces de la cultura y se encarne en el momento histórico latinoamericano actual, para responder mejor a sus necesidades y legítimas aspiraciones” [3]. De eso se trató aquel discurso, de proclamar un Mensaje íntegro, donde la realidad de Dios no sea excluida.

En Aparecida fue fundamental también el aporte del entonces cardenal Bergoglio, con quien Benedicto fraguó allí amistad. Bergoglio fue redactor en jefe del documento conclusivo y allí se hizo manifiesta la principal línea de su posterior pontificado: la idea de ser una Iglesia en salida, de discípulos y misioneros de Cristo.

Autora: Sofía Brahm

Editora de la revista Humanitas UC

Notas

[1] Cf. 2 Co 8, 9
[2] Deus caritas est, 15.
[3] Discurso del Santo Padre Benedicto XVI a los participantes en la Plenaria de la Pontificia Comisión para América Latina, sábado 20 de enero de 2007.

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