2023 10 Lepanto

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Mirada de Chesterton de cómo se salvó la Cristiandad

Existen momentos en que la historia reclama el heroísmo más grande a quienes a ojos del mundo nada parece que pueden. Hay tiempos en que se debe caer en cuenta de que “Incluso la persona más pequeña puede cambiar el rumbo del futuro” (J.R.R. Tolkien), que los hobbits pueden y deben ser quienes lleven el anillo del poder al Monte del Destino. Y no solamente pasa en cuentos de hadas, porque en cierto modo la historia misma es como un cuento cuyo autor no escatima en llenar de épica, heroísmo y belleza. Y en ocasiones, se entonan cantos que cuentan esas hazañas únicas. “Lepanto”, de G.K. Chesterton, uno de los mejores poemas bélicos del habla inglesa, es uno de esos cantos. En él, Chesterton narra un hito histórico épico ocurrido en octubre de 1571, cuyo sorprendente final solo fue posible gracias a un inesperado héroe que, con apenas 24 años, estuvo a la altura de la ocasión.

La situación era desesperada para los cristianos y el Sultán, “el Señor del Cuerno de Oro” ―por el nombre de uno de los brazos del estrecho de Bósforo que se veía desde su palacio― sonreía ante una victoria segura.

Para adentrarnos en las primeras estrofas del poema, traducido al español por Jorge Luis Borges, debemos comprender el contexto histórico: en 1453, Constantinopla cayó en manos de los turcos otomanos. En 1571, Roma, y con ella, toda la Cristiandad, estaba destinada a caer bajo el mismo yugo. Todo lo presagiaba; la caída de Occidente resultaba inevitable: las fuerzas islámicas, lideradas por Selim II, el sultán, eran superiores y la Cristiandad estaba dividida. Selim II tenía rodeado el mar Adriático y amenazaba a Venecia ―cuyo emblema era el León alado de San Marcos― y a Roma ―donde están las tierras pontificias, “las repúblicas blancas”―. Por lo mismo, Chesterton lo describe riendo en las cortes de su palacio con la sonrisa en forma de la medialuna, el símbolo del Islam.

Fue el último caballero cruzado de Europa que, con apenas 24 años, le tomó el peso al peligro  que amenazaba a la Cristiandad.

El Papa Pio V llamó a una Liga Santa para resistirlos, pero los reyes de Europa estaban distraídos en minucias: Isabel I, “la fría reina de Inglaterra”, no se interesó por el destino de la Cristiandad; Carlos IX de Francia, “la sombra de los Valois”, dominado por su madre, Catalina de Medicis, rehusó a ayudar con la causa pues a ellos les eran indiferentes los asuntos del Papa. Felipe II de España, colaboró pero estaba distraído con las Indias y, así, envió muchos de los “cañones” hacia esas “irreales islas del ocaso”. Alemania estaba dividida por la Reforma protestante. La situación era desesperada para los cristianos y el Sultán, “el Señor del Cuerno de Oro” ―por el nombre de uno de los brazos del estrecho de Bósforo que se veía desde su palacio― sonreía ante una victoria segura.

“Blancos los surtidores en los patios del sol;
el Sultán de Estambul se ríe mientras juegan.
Como las fuentes es la risa de esa cara que todos temen,
y agita la boscosa oscuridad, la oscuridad de su barba,
y enarca la media luna sangrienta, la media luna de sus labios,
porque al más íntimo de los mares del mundo lo sacuden sus barcos.
Han desafiado las repúblicas blancas por los cabos de Italia,
han arrojado sobre el León del Mar el Adriático,
y la agonía y la perdición abrieron los brazos del Papa,
que pide espadas a los reyes cristianos para rodear la Cruz.
La fría Reina de Inglaterra se mira en el espejo;
la sombra de los Valois bosteza en la Misa;
de las irreales islas del ocaso retumban los cañones de España,
y el Señor del Cuerno de Oro se está riendo en pleno sol” [1]

Sin embargo, en el momento que era más necesario, aparece un contrincante imprevisto para el Sultán, “un príncipe sin corona” pues, por ser ilegítimo, no tenía derecho a un título real. Se trata del hijo bastardo de Carlos V: don Juan de Austria. Él fue el último caballero cruzado de Europa que, con apenas 24 años, le tomó el peso al peligro  que amenazaba a la Cristiandad. Como último recurso, el Papa le encomendó derrotar al turco en una gigantesca batalla naval, algo que ningún almirante cristiano había logrado. Don Juan de Austria, entonces, es el orgullo y la esperanza de España, “Luz de amor para España ¡hurra!” ―y de todo el mundo occidental―, y es la amenaza para el imperio islámico, que incluye a los moros del norte de África, “Luz de muerte para África ¡hurra!”

“Laten vagos tambores, amortiguados por las montañas,
y sólo un príncipe sin corona, se ha movido en un trono sin nombre,
y abandonando su dudoso trono e infamado sitial,
el último caballero de Europa toma las armas,
el último rezagado trovador que oyó el canto del pájaro,
que otrora fue cantando hacia el sur, cuando el mundo entero era joven.”

“En ese vasto silencio, diminuto y sin miedo
sube por la senda sinuosa el ruido de la Cruzada.
mugen los fuertes gongs y los cañones retumban,
Don Juan de Austria se va a la guerra.
Forcejean tiesas banderas en las frías ráfagas de la noche,
oscura púrpura en la sombra, oro viejo en la luz,
carmesí de las antorchas en los atabales de cobre.
Las clarinadas, los clarines, los cañones y aquí está él.”

“Ríe Don Juan en la gallarda barba rizada.
Rechaza, estribando fuerte, todos los tronos del mundo,
Yergue la cabeza como bandera de los libres.
Luz de amor para España ¡hurra!
Luz de muerte para África ¡hurra!
Don Juan de Austria
cabalga hacia el mar.”

En las siguientes estrofas, Chesterton describe la batalla desde diferentes perspectivas. Mientras que, en la abadía del Monte Saint-Michel, la estatua del arcángel Miguel “blande su lanza de hierro, bate sus alas de piedra” llamando al norte a la batalla; nadie escucha el fragor de sus alas. El norte está “enredado” con el miope enfoque protestante hacia los textos bíblicos y traducciones, que estudian con “doloridos ojos”. Aunque Chesterton concede que, en su inicio, la reforma Protestante era inocente, ya que eran “hombres que tenían buenas razones para estar equivocados” (G.K. Chesterton; Queen of the Seven Swords”), el poema indica que la “la ira” ya dejó de ser inocente y se rebajó a una fiera rivalidad entre Protestantes y Católicos en que “ el cristiano mata al cristiano”. Por otra parte, la nueva herejía calvinista hace que el cristiano tema a Jesús, quien ahora lo mira con la “cara fatal” de la predestinación. El ejemplo supremo de los enredos del norte es el rechazo a la veneración de María, “que Dios besó en Galilea”.

“En los caminos marineros del norte, San Miguel está en su montaña.
(Don Juan de Austria, pertrechado, ya parte)
donde los mares grises relumbran y las filosas marcas se cortan
y los hombres del mar trabajan y las rojas velas se van.
Blande su lanza de hierro, bate sus alas de piedra;
el fragor atraviesa la Normandía; el fragor está solo;
llenan el Norte cosas enredadas y textos y doloridos ojos
y ha muerto la inocencia de la ira y de la sorpresa,
y el cristiano mata al cristiano en un cuarto encerrado
y el cristiano teme a Jesús que lo mira con otra cara fatal
y el cristiano abomina de María que Dios besó en Galilea.
Pero Don Juan de Austria va cabalgando hacia el mar,
Don Juan que grita bajo la fulminación y el eclipse,
que grita con la trompeta, con la trompeta de sus labios,
trompeta que dice ¡ah!
¡Domino Gloria!
Don Juan de Austria
les está gritando a las naves.”

Al mismo tiempo que don Juan desata los cañones sobre el invasor, en el Vaticano, el Papa reza frente al tabernáculo. Se dice que el Papa tuvo una visión de la batalla y Chesterton nos narra cómo el Papa la ve “como en un espejo”.  La formación de batalla de las “crueles naves” turcas era en media luna. Esta alineación era al mismo tiempo una táctica de guerra y un símbolo: “cuyo nombre es misterio,” ya que uno de los preceptos del Islam es que Alá es “el Oculto”.

Chesterton concede que, en su inicio, la reforma Protestante era inocente, ya que eran “hombres que tenían buenas razones para estar equivocados” (G.K. Chesterton; Queen of the Seven Swords”), el poema indica que la “la ira” ya dejó de ser inocente y se rebajó a una fiera rivalidad entre Protestantes y Católicos en que “ el cristiano mata al cristiano”.

Uno de los sufrimientos más horrorosos de esta batalla lo tenían los innumerables esclavos cristianos, “como una raza de ciudades hundidas, como una nación en las ruinas”, secuestrados y apresados por los turcos, que eran obligados a remar las galeras turcas en contra de sus liberadores. Chesterton hace el paralelo entre estos esclavos y los Israelitas cuando fueron esclavizados en Babilonia y eran obligados a adorar enormes estatuas de piedra o “altos caballos de los Reyes en la piedra de Babilonia”. Muchos habían perdido la esperanza y ya ni siquiera esperaban un signo, pero hubo una señal: “Don Juan de Austria ha roto la línea de batalla”. Con cada remada, estos esclavos se acercaban a su muerte y a su liberación. A las 4 de la tarde, termina la batalla con la victoria cristiana y, así, se rompen las prisiones de las galeras turcas y “surgen los miles que bajo el mar se afanaban”. Se estima que fueron liberados cerca de 12.000 esclavos cristianos.

Rough sketch 10 r 1

Dibujo de G.K. Chesterton, agradecemos la ilustración a Fr. Jerome Bertram (QEPD), de la Chesterton library, Oxford.

Termina el poema con Miguel de Cervantes, que acudió valientemente a esta batalla y fue herido en su brazo izquierdo sonriendo al pensar en las aventuras de “un insensato caballero flaco”, el personaje principal de su novela.

“En su capilla estaba el Papa antes que el día o la batalla rompieran.
(Don Juan está invisible en el humo),
en aquel oculto aposento donde Dios mora todo el año,
ante la ventana por donde el mundo parece pequeño y precioso.
Ve como en un espejo en el monstruoso mar del crepúsculo
la media luna de las crueles naves cuyo nombre es misterio.
Sus vastas sombras caen sobre el enemigo y oscurecen la Cruz y el Castillo
y velan los altos leones alados en las galeras de San Marcos;
Y sobre los navíos hay palacios de morenos emires de barba negra;
y bajo los navíos hay prisiones, donde con innumerables dolores,
gimen enfermos y sin sol los cautivos cristianos
como una raza de ciudades hundidas, como una nación en las ruinas,
son como los esclavos rendidos que en el cielo de la mañana
escalonaron pirámides para dioses cuando la opresión era joven;
son incontables, mudos, desesperados como los que han caído o los que huyen
de los altos caballos de los Reyes en la piedra de Babilonia.
Y más de uno se ha enloquecido en su tranquila pieza del infierno
donde por la ventana de su celda una amarilla cara lo espía,
y no se acuerda de su Dios, y no espera un signo-
(¡Pero Don Juan de Austria ha roto la línea de batalla!)
Cañonea Don Juan desde el puente pintado de matanza.
Enrojece todo el océano como la ensangrentada chalupa de un pirata,
el rojo corre sobre la plata y el oro.
rompen las escotillas y abren las bodegas,
surgen los miles que bajo el mar se afanaban
blancos de dicha y ciegos de sol y alelados de libertad.
¡Vivat Hispania!
¡Domino Gloria!
¡Don Juan de Austria
ha dado libertad a su pueblo!”

“Cervantes en su galera envaina la espada
(Don Juan de Austria regresa con un lauro)
y ve sobre una tierra fatigada un camino roto en España,
por el que eternamente cabalga en vano un insensato caballero flaco,
y sonríe (pero no como los Sultanes), y envaina el acero…
(Pero Don Juan de Austria vuelve de la Cruzada.)”

Así es como don Juan, príncipe sin título, vuelve de la que fue la última cruzada con un triunfo sin precedentes que detuvo el avance del turco en el mediterráneo un 7 de octubre. Pero a su vez, manifiesta la continuidad con el ímpetu cristiano de Carlos Martel ―quien un 10 de octubre derrotara a otro ejército musulmán― o de Isabel y Fernando ―que no sólo culminaron el proceso de reconquista de la península, pues además un 12 de octubre expandirían más allá de donde se pone el sol aquél resabio de la Cristiandad medieval que fue la Hispanidad―, la lucha por la defensa de la civilización cristiana, de la fe y de la razón. Esta batalla fue dedicada a Nuestra Señora de la Victoria, ya que a cada soldado cristiano, se le había dado un rosario para rogar a Dios por el triunfo. El Papa Gregorio XIII cambia el nombre de esta celebración a “La fiesta del Santo Rosario”, que se celebra el primer domingo de octubre, mes del rosario. Y hoy, mientras en las tierras de la primera cruzada el fuego de la guerra consume vidas inocentes por culpa de ambiciones no cristianas, el Papa una vez más repite la misma fórmula: llama a los católicos a rezar el Santo Rosario.

Autora: Virginia De La Lastra

Master in Apologetics, Houston Baptist Univeristy (E.E.U.U.)

Notas

[1] Hemos usado la traducción de Jorge Luis Borges, disponible en https://hablardepoesia.com.ar/2018/02/01/g-k-chesterton-lepanto-borges-traductor/. Recomendamos consultar la edición de Ignatius Press, de Dale Ahlquist (con sus notas y un comentario suyo).

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