Las elecciones presidenciales, una batalla que no se puede seguir dando por perdida
Cada cierto tiempo, las naciones se ven sacudidas por la misma agitación: la elección de aquel que conducirá el destino de su pueblo. Es un momento de vértigo, de movimientos calculados, de pactos velados y estrategias ocultas. Pero, sobre todo, es una hora de juicio, en la que los pueblos —queriéndolo o no— se contemplan en el espejo de las urnas y deciden, con su voto, qué tan alto se atreven a mirar. Eligen lo que creen merecer y el ideal al que buscan aspirar.
Sin embargo, en la práctica se deja mucho que desear y como advertía Nicolás Gómez Dávila, la realidad es que “en este siglo no debemos hacer votos para que triunfe un partido —cualquier partido—, sino para que no triunfe el contrario” (Gómez Dávila, N.; “Escolios a un texto implícito I”). Es como si los pueblos no creyeran que merecen lo mejor, y en lugar de escoger a favor de uno, eligen en contra del otro. Qué paradójico ver cómo la democracia para muchos se convirtió en la renuncia al ideal, y cada jornada de elecciones en la renovación de esa abrumante pero inevitable renuncia que refleja la herida del alma que, en el fondo aspirando a cosas grandes, se ha conformado con las migajas menores.
Honestamente, ¿qué futuro puede construirse desde la lógica del descarte, desde el miedo al abismo más que desde la esperanza en la cumbre? ¿Cómo pretender que aún somos libres si nuestra libertad se limita a escoger un nombre entre listas que no nos representan, a marcar una casilla con desconfianza e incluso con sinsabor e inconformismo?
Hoy, en muchas naciones, especialmente en aquellas que aún conservan rasgos de una herencia y cultura cristiana, se hace casi imposible encontrar en los tarjetones alguien que inspire confianza real, que nos permita votar con el corazón entero y la conciencia en paz.
La escena se repite con desgastada previsibilidad. Cada cuatro, cinco o seis años, dependiendo del país, llega el momento que debería ser solemne, pero que más parece un ritual un tanto cínico: la elección del próximo jefe del Ejecutivo, el Presidente. Y ante el desfile de rostros ya conocidos, jugadas políticas recicladas y de promesas dudosas, muchos con cierto aire de resignación se esconden tras la ya automatizada excusa: “no hay más”. No hay más opciones. No hay más candidatos. No hay más dónde buscar.
Y tienen razón. No hay más. Pero también es cierto que no hemos exigido más. No hemos formado más. No hemos sembrado más.
Hoy, en muchas naciones, especialmente en aquellas que aún conservan rasgos de una herencia y cultura cristiana, se hace casi imposible encontrar en los tarjetones alguien que inspire confianza real, que nos permita votar con el corazón entero y la conciencia en paz. Escasean en los tarjetones y en los pendones aquellos hombres que comprendan la correcta antropología del ser humano y la plasmen de manera transversal en su visión de país y en cada espacio de la vida social: la política, la educación, la economía y la cultura. Escasean los que defienden con firmeza —y sin respetos humanos ni cobardías — la verdad y la belleza.
Hace falta alguien para quien la recta doctrina y el Evangelio no sean un disfraz para su campaña, sino la guía y mapa de su vida. Alguien cuya presencia nos permita decir, sin reservas: “Él me representa”. No sólo porque defiende y honra el bien común y la justicia, sino porque jamás nos obligaría a negociar nuestros principios ni a sacrificar nuestros valores más sagrados en nombre de un pragmatismo político. En definitiva, hace falta un héroe en este mundo de estafadores.
En el mundo político, los héroes serán aquellos cuya hoja de presentación sea la virtud y el carácter; aquellos que gobiernen desde las acciones y no desde el discurso, desde la coherencia y no desde la popularidad. Serán líderes que inspiren y siembren la fe, la esperanza y la caridad. Aquellos que encuentren en la expresión pública y coherente de su fe su estandarte por el que dar la vida, y no un medio más para atraer votos de un sector político. Los héroes serán aquellos que quieran evangelizar la política, y no politizar el Evangelio.
Hace falta alguien para quien la recta doctrina y el Evangelio no sean un disfraz para su campaña, sino la guía y mapa de su vida.
Así lo intuía G.K. Chesterton cuando afirmó: “A cada época la salva un pequeño puñado de hombres que tienen el coraje de ser inactuales”. Esos hombres tan necesarios son los que hoy claman las naciones, los que esperan los pueblos, los que anhelan los gobiernos. Varones y mujeres que, habiendo conocido la verdad, estén dispuestos a morir por ella. Hacen falta hombres a quienes la injusticia no les resulte tolerable, a quienes el dolor del prójimo les hiera el alma como una espada y les impida vivir indiferentes como si nada.
Hacen falta aquellos que hayan encontrado en la entrega generosa de sí mismos el rostro del llamado divino. Como decía la santa colombiana, la Madre Laura: “Dios no es escaso de medios”. Él llama. Siempre llama. Y espera, paciente y expectante, la respuesta.
Puede parecer ambicioso —incluso un poco temerario— pensar que una persona pueda ser llamada a entregarse al servicio a través de la política. Pero la historia lo confirma: hay santos que gobernaron con sabiduría, hay mártires que caminaron los pasillos del poder sin doblegarse, hay varones y mujeres que hicieron del gobierno un altar para ofrecer su vida. Si el Reino de Cristo ha de expandirse en el mundo, también ha de hacerlo en los parlamentos, en los ministerios y en las plazas públicas. El Sagrado Corazón de Jesús así lo pide.
¿Qué responderemos nosotros?
Muchos son los llamados. Y ya son varios los que, como Isaías cuando escuchó la voz de Dios que preguntaba “¿A quién enviaré?”, han comenzado a responder generosamente: “Aquí estoy, envíame a mí”. Valerosos y firmes, son varones y mujeres que, como el oro que se acrisola en el fuego, se están preparando, formándose en el deber, templándose en la virtud, luchando desde su propio rincón por el bien de su patria.
Son los centinelas del amanecer. Movimientos enteros, hombres decididos, que se han convertido en la señal visible de que el horizonte se acerca, de que no está lejos el día en que en un tarjetón presidencial no veamos simplemente un rostro solitario y cuestionable, sino el eco vivo de una innumerable cantidad de varones y mujeres decididos que, movidos por el anhelo del Sumo Bien, se han consagrado al servicio del bien común. Que, inflamados por el deseo de la patria celestial, se han entregado con valentía a restaurar la patria terrenal. Que, en pocas palabras, se sintieron llamados… y decidieron dar la vida por la Verdad.
Estos son los hombres que pasarán a la historia. No por sus discursos, no por su popularidad, sino porque edificaron sobre la piedra angular y dejaron a su paso un impacto real.
Y de ese puñado de valientes, tú y yo podemos ser parte.
Porque —como lo dijo, con alma magnánima, el Dr. Seuss—“A menos que alguien como tú se preocupe de verdad, nunca nada va a cambiar. Jamás” (Dr. Seuss; “El Lorax”).
ONG Conciudadanos
Last modified: febrero 25, 2026





