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Home Filosofía y Teología, EnsayosTontos, locos e indecentes: las malas juntas de Santo Tomás y Gadamer

Tontos, locos e indecentes: las malas juntas de Santo Tomás y Gadamer

2025 05 23 santo tomas gadamer

mayo 26, 2025• bySantiago Orrego Sánchez

Escuchar al otro: tomismo y caridad hermenéutica

Para los padres, las amistades que pueden dañar a los hijos, las llamadas “malas juntas”, son todo un tema, sobre todo cuando llegan a la adolescencia. A esta edad también se presenta uno de los dilemas que se debe resolver: ¿quiénes son en verdad “malas juntas” y quiénes no? Porque el muchacho estudioso y pulcro bien puede ser un hipócrita exitista, tal vez el “zorrón [1] dealer”, y, en cambio, el compañero lleno de tatuajes y rebelde puede estar ejerciendo una legítima resistencia contra un mundo adulto, quizas el único que conoce, barnizado con religión, pero dominado por la codicia. Y ahí, en esa rebeldía del Peter Pan que no quiere entrar a ese mundo, puede haber profundidad y verdad. Tal vez habría que escuchar las razones que lo llevarían, por ejemplo, a dejar la universidad y huir a otra ciudad.

Conozco la historia de un joven que lo hizo. Se unió a una comunidad tipo hippie (“todo es de todos”), de sujetos contestatarios, errantes, mal vestidos y que vivían como mendigos. El joven se llamaba Tomás y el gurú de los desadaptados, ya fallecido para ese entonces, tenía nombre pituco [2], un tal Domingo Guzmán. Tontos, locos e indecentes. Al menos así los veía su familia. Pobre “niño bien”, cayó en malas juntas. Pero tal vez habría que escuchar sus razones. (De hecho, Tomás de Aquino ―ese era su apellido― las expuso años después al escribir un opúsculo titulado Contra doctrinam retrahentium a religione).

Sin embargo, la familia de Aquino no era mala. Era sencillamente imposible para sus integrantes percibir el sentido que podría tener la desconcertante decisión del muchacho. Por eso lo raptaron. Y, sin embargo, pensaba Tomás, si lo dejaran explicarse, mostrar todo lo que había en su mente y en su corazón y no vieran solo un hecho aislado, reconocerían bondad donde no creían que pudiera haberla y se percatarían de hasta qué punto estaban ciegos respecto de sí mismos, como tal vez a él mismo le había ocurrido. Más todavía, al entender su locura, aprenderían de él mucho más que de otras mil personas con las que se sintieran pacíficamente de acuerdo. Comprendió Tomás en carne propia que los tontos, locos e indecentes como él pueden ser los mejores amigos y maestros si se les deja explicarse y si se busca el sentido que puede haber detrás de sus espantables dichos y conductas. Y lo que vale para la convivencia y el diálogo vivo, vale también para los textos. Escuchar al otro y sus razones, buscando, por principio, bondad y sentido: esa es la clave en la búsqueda de la sabiduría, como bien comprendieron santo Tomás de Aquino y Hans-Georg Gadamer y como espero mostrar a continuación, pidiendo disculpas desde ya por las imprecisiones a las que me obliga la brevedad del espacio.

Escuchar al otro y sus razones, buscando, por principio, bondad y sentido: esa es la clave en la búsqueda de la sabiduría, como bien comprendieron santo Tomás de Aquino y Hans-Georg Gadamer.

A la disposición a buscar sentido y verdad incluso en lo incomprensible, se la ha llamado “principio de caridad”. Donald Davidson, en “Sobre la verdad y la interpretación”, lo ha elaborado ampliamente. Hans-Georg Gadamer, en “Verdad y método (I)” habla de “anticipación de perfección”, aunque no son ideas equivalentes. Según este principio (o estos principios), lo que otro dice o hace debe procurar interpretarse del modo más favorable y debe presumirse, tanto como sea posible, que es una totalidad dotada de sentido. No se trata solo de buena voluntad. De hecho, es inevitable: incluso para el fariseo, que todo lo interpreta del peor modo (es lo propio del fariseo), es imposible no suponer racionalidad en el otro en alguna medida. Pero, sobre todo y más allá de ese mínimo, aplicar estos principios de modo consistente es lo más acertado desde el punto de vista intelectual.

No es, por otro lado, un aspecto entre muchos de todo acto de interpretación, sino su orientación más básica y, por extensión, un principio capital de la filosofía. Si se tiene conciencia de sus elementos y conexiones y se lo aprovecha metódicamente, puede llevarse a cabo de modo correcto incluso cuando es desafiante. Pues, como explica Gadamer, cuando se presenta el sinsentido o lo chocante es cuando se siente la necesidad de detenerse a interpretar, es cuando se ponen en juego las mejores energías del pensamiento y es cuando más se avanza en la comprensión del otro y de sí mismo. Para el pensador alemán, podemos decir, las peores juntas terminan siendo las mejores.

Tomás de Aquino, en el siglo XIII, aplicó los principios de caridad y de anticipación de perfección como pocos lo han hecho, como si alimentara la caridad hermenéutica con el fuego de la caridad cristiana. Es tal vez el mayor redentor de tontos, locos e indecentes que haya conocido la historia: los hacía hablar como sabios (mostraba que lo eran, a veces forzadamente y mejor que ellos mismos), y descubría verdades y armonía donde parecía que no podía haberlas. Hasta el chiflado del pseudo Dionisio parece un filósofo analítico cuando Tomás lo explica. Y Gadamer, en el siglo XX, los clarificó magistralmente: la condición de toda comprensión es el presupuesto de que lo que se busca comprender es una unidad completa dotada de sentido. Siguiendo a san Agustín a propósito de la Biblia: lo más importante para una correcta interpretación es la familiaridad con el todo. El sentido de lo particular se revela en la totalidad y viceversa.

Lo anterior conlleva lo siguiente: para buscar la verdad en lo que otro dice, no puedo más que suponer por adelantado qué es verdadero y qué no lo es, como buscando un calce entre lo que tengo por correcto y lo que se me ofrece para ser comprendido. En definitiva, busco que al final, en la totalidad de lo dicho por el otro, aparezca el sentido donde parecía que no se encontraba. Sin embargo, en un movimiento helicoidal, de ida y vuelta, tomaré también conciencia de mis propios presupuestos o pre-juicios y me dejaré instruir. Esta es una tarea ardua, tanto más cuanto más distancia cultural existe ―no solo histórica y geográfica, sin incluso en una misma ciudad, en una misma universidad― y cuanto más rechazo afectivo provoque el interlocutor, el facho [3] o el comunacho [4].

Tomás de Aquino, en el siglo XIII, aplicó los principios de caridad y de anticipación de perfección como pocos lo han hecho, como si alimentara la caridad hermenéutica con el fuego de la caridad cristiana.

Veámoslo con ejemplos y, finalmente, con el caso más señero.

¿Cómo es posible, le preguntarían a Tomás sus hermanos, que sea bueno renunciar a la libertad (más preciosa que el oro, dice Cervantes) y someterse a la completa obediencia a otros? Con suficiente tiempo, en conversación serena, podrán descubrir que poseían, sin saberlo y sin examinar, una idea de libertad como mera ausencia de coacción para cumplir los propios deseos, y verán que había otras cosas que considerar, como la relación de la libertad con la verdad y el amor.

Es muy posible que el lector de estas líneas ya esté familiarizado con la concepción de la libertad elaborada durante siglos por la tradición cristiana (cfr. Jn. 8, 32: “La verdad los hará libres”), pero es importante tomar conciencia de que lo que ahora tiene carta de ciudadanía y es o ha sido el sentido común incuestionado, fue en otro tiempo lo antinatural, lo inaudito y absurdo. ¿No es natural preferir ser líder antes que seguidor, poseer suficientes riquezas antes que ser pobre, dar una salida razonable a los impulsos antes que reprimirlos? Castidad, pobreza y obediencia son una locura insana. No es malo oír al loco de Nietzsche en su “Genealogía de la moral” para redescubrir el cristianismo como locura de Dios (I Cor. 1, 25), pues solo mirando de frente toda su dificultad se puede llegar a su sentido último.

¿Y la inviolabilidad de la dignidad personal, presente por igual en todos los hombres sin importar su condición? ¿No es algo evidente y reconocido por todos? No, lejos de eso, como dice también Nietzsche en “El Anticristo”: “el veneno de la doctrina «idénticos derechos para todos», es el cristianismo el que la ha sembrado del modo más radical”. O bien: “¿Hay algo más perjudicial que cualquier vicio? Obrar compasivamente con todos los anormales y débiles. El cristianismo”. (Incluso aquí el cristiano debe aplicar el principio de caridad, que puede ser muy duro de sobrellevar). Pero no es sólo Nietzsche. Tomás de Aquino tiene también otros amigos bastante indecentes, partidarios del aborto y el infanticidio en determinadas circunstancias, como el buen Platón, el buen Aristóteles y el buen Séneca (cfr. Da Costa Leiva, M.; “El problema del aborto y el infanticidio en los filósofos griegos”).

Escuchar de verdad a estos locos indecentes y pensar que, según otras pistas, son buenos e inteligentes, nos enseña muchas cosas. Por ejemplo, que la mencionada idea de dignidad inviolable de todo ser humano no se muestra fácilmente, sino que tiene hondos presupuestos metafísicos y religiosos, y que fue un trabajo de siglos lo que llevó a su triunfo, nada definitivo. Pues esa idea choca, por ejemplo, con la experiencia del contraste entre un joven atlético e inteligente y un bebé deforme, que Aristóteles sin mucha inquietud aceptaría que fuera arrojado por un precipicio (Aristóteles; “Política”, VII, 1335). Nos enseña a tomar más en serio a santo Tomás cuando dice que las verdades más importantes, sin la revelación cristiana, solo serían alcanzables por unos pocos hombres, después de mucho tiempo y con mezcla de muchos errores (cfr. S. Th. I, a. 1), y a pensar dos veces antes de decir que la oposición al aborto no tiene nada que ver con la religión, cuando estadísticamente la correlación es perfecta.

Pero hay un caso extremo, el más paradigmático e importante, el favorito de santo Tomás y de Gadamer. Se trata de una locura que hoy a muchos parece una sensatez rutinaria. Es la peor de las juntas que termina siendo la mejor, en lo que el fraile dominico y el maestro alemán están casi explícitamente de acuerdo. Para comprenderlo, hagamos el esfuerzo de olvidarnos por un momento de nuestra cultura religiosa e imaginemos que somos un buen griego a quien alguien le dijera que existe un dios absolutamente simple y sin cuerpo, que no está en ningún lugar y en ningún tiempo y que nunca ha cambiado… el cual, sin embargo, careciendo de cuerpo y sin inmutarse, engendró un hijo, que tampoco tiene cuerpo; y que ese hijo es, además, una palabra pronunciada sin boca ni voz; y, como broche de oro, que ese hijo-palabra no es otro dios distinto de su padre, pero sí otra persona. Parece una completa demencia y, el Evangelio, el epítome de la locura. Pero santo Tomás, como otros antes y después que él, del modo más literal e intenso posible, lo obsequió con el principio de caridad y anticipó su suma perfección, asumiendo que, en el conjunto de lo que se presenta como una revelación divina, finalmente se esconde la mayor de las verdades.

Escuchar de verdad a estos locos indecentes y pensar que, según otras pistas, son buenos e inteligentes, nos enseña muchas cosas. Por ejemplo, que la mencionada idea de dignidad inviolable de todo ser humano no se muestra fácilmente, sino que tiene hondos presupuestos metafísicos y religiosos, y que fue un trabajo de siglos lo que llevó a su triunfo, nada definitivo.

Gadamer se congratula de esa decisión, porque, según él, ha sido el empeño por encontrar sentido en lo incomprensible y misterioso lo que ha dado origen a los desarrollos filosóficos y humanos más profundos, sobre todo en el misterio de la Trinidad, del cual dice, en “La actualidad de lo bello” que, “como desafío al pensamiento y como promesa que excede siempre los límites de la comprensión humana, ha dado vida constante al curso del pensamiento humano en Occidente”. En ese misterio, añade, “se desgastaba, se agudizaba, refinaba y profundizaba desde hacía siglos el pensamiento de filósofos y teólogos”. Entre ellos, santo Tomás, un campeón de las malas juntas, amigo del hábil conversador que corrompía a los jóvenes en Atenas y del predicador que usurpaba el lugar de Dios en Israel.

Moraleja para los padres convencionales: cuando su hijo llegue con un amigo cubierto de tatuajes desde el cuello a los tobillos, no se espante. Mejor pídale que le explique lo que significan. Podría llevarse una maravillosa sorpresa.

Autor: Santiago Orrego Sánchez

Profesor del Instituto de Filosofía, Pontificia Universidad Católica de Chile

Notas

[1] Coloq. Chile sust.: Varón joven de clase alta especialmente popular entre sus pares, que se caracteriza por un estilo de vida adolescente, lujoso y destemplado. Sin.: “popular”.
[2] Coloq. Chile adj.: Dícese de una persona perteneciente a la aristocracia tradicional, o a las familias que han pertenecido a ella. Puede también referirse a un objeto elegante o fino. Sin.:“aristócrata”, “pijo”, “rico”, “adinerado”. 
[3] Coloq. Chile: Dicho de una persona u opinión, “políticamente de derechas”. Sin.: “facha”, “momio”.
[4] Coloq. Chile: Dicho de una persona u opinión, “políticamente de izquierdas”. Sin.: “zurdo”.

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Last modified: noviembre 27, 2025

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