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Diálogo entre dos patronos de la educación: san John Henry Newman, recientemente proclamado doctor de la Iglesia, y santo Tomás de Aquino

El aire del atrio parecía tener memoria. Bajo aquella luz que no daba sombra, dos figuras avanzaron una hacia otra con la naturalidad de quienes se conocen desde siempre, aunque en la historia sólo se hayan saludado a través de libros, corazones y oraciones. Tomás habló primero, con la calma de quien no necesita elevar la voz para que su palabra tenga peso.

Tomás: Hermano John Henry, me alegra verte coronado entre los doctores de la Iglesia. Y aún más saber que te han unido a mí como protector de la educación. La Providencia, que no hace nada sin propósito, nos muestra así que la formación de las almas en la verdad continúa siendo uno de los campos de batalla más decisivos de nuestro tiempo.

Newman inclinó modestamente la cabeza, como quien recibe una honra con temblor más que con orgullo:

Newman: Padre Tomás, cor ad cor loquitur. Mi corazón habla al tuyo. Si hoy soy llamado doctor, es porque bebí del río que brotó en tus páginas. Y si algo he visto, ha sido gracias a la luz que la Iglesia me ha confiado, no por méritos propios.

Tomás sonrió levemente: Siempre enseñé que el fin de la vida humana es la contemplación de la verdad. La educación, cuando es verdadera, no es simple transmisión, sino una caridad de la inteligencia: el maestro no impone, conduce; no obliga, persuade con la evidencia del ser. Educar es ayudar a que la potencia del entendimiento se transforme en acto, ese acto que culmina en la visión de Dios.

La universidad —continuó— nació para ser el hogar de esa obra sagrada: un monasterio del intelecto, un taller de contemplación, una comunidad donde la amistad y el estudio se entrelazan como dos formas de la misma búsqueda. No para la utilidad inmediata, sino para el destino eterno.

Newman asintió, y sus ojos brillaron con la vibración de quien recuerda sus batallas interiores: Yo, siguiendo tu huella y respirando el clima moderno, intenté recordar al mundo que el conocimiento no es mercancía, sino hábito del alma. Dije —y lo sostengo— que la universidad debe cultivar la mente para ver la realidad como es, no sólo para manipularla. Enseñé que la educación no tiene por fin fabricar profesionales, sino formar personas capaces de juicio verdadero, libres de ilusión, ejercitadas para distinguir lo esencial de lo accesorio, el bien de la apariencia del bien.

Porque sin Dios, la universidad se convierte en fábrica; sin filosofía, en técnica; sin teología, en torre sin fundamento; sin virtud, en simulacro brillante de humanidad.

Tomás volvió la mirada hacia un horizonte invisible, como quien examina los siglos a la luz de la eternidad: Dime, ¿qué encontraste en las universidades de tu época? Y ¿qué vemos ahora, desde esta altura donde el tiempo se revela como lo que es: camino hacia la verdad o huida de ella?

Newman respiró hondo, como quien va a pronunciar una herejía: Vi templos volcados sobre sí mismos. Donde se buscaba sabiduría, encontré competencia feroz. Donde reposaba el estudio silencioso, oí el ruido del mercado reclamando títulos y estadísticas. Donde antes se dialogaba, observé ideologías vestidas de ciencia, repitiendo dogmas nuevos con la misma intolerancia que injustamente atribuían a los antiguos.

La universidad, que nació para custodiar la verdad, se convirtió en oficina de certificaciones. Se habla de “producir conocimiento”, como si la verdad fuera un objeto manufacturado y no un descubrimiento humilde de lo que ya es. Se estudia para servir a la utilidad y al prestigio, no para servir a Dios y al hombre. El estudiante es “cliente”; el profesor, “gestor”; la sabiduría, una “competencia”; la investigación, una carrera; la verdad, una ficción incómoda.

Las humanidades sirven como adorno; la filosofía como curiosidad; la teología como tolerada reliquia identitaria. La ciencia se fragmenta en parcelas sin mapa; cada especialista conoce un rincón del mundo y pocos conocen ya el mundo. La institución que nació para integrar el saber ha olvidado que sólo puede integrarlo quien reconoce un principio y un fin común: Dios como origen y destino.

Tomás bajó la cabeza, no en derrota, sino en dolor compasivo: Donde no hay orden a Dios, hay retroceso. Sin un fin último verdadero, todos los fines se igualan y la voluntad queda expuesta a la tiranía del deseo o del poder. Cuando el saber no se orienta al bien, termina sirviendo al interés más fuerte.

Newman suspira, como quien contempla una herida que no es sólo intelectual, sino espiritual: La universidad nació como casa de la verdad; hoy parece escuela de metodologías sin alma. Donde antes había maestros que formaban por irradiación, amistad y ejemplo, ahora hay instructores vigilados por rúbricas, plantillas y sistemas de evaluación que miden todo menos la verdad.

Se llama “innovación” pedagógica a la imposición de técnicas uniformes; se confunde creatividad con protocolo, inspiración con manual, diálogo con dinámica.

Se obliga a los profesores a enseñar no según su genio y su virtud, sino según planes estandarizados, matrices de competencias y modas didácticas que pasan más rápido que las estaciones.

El maestro ya no es custodio de un fuego, sino operador de un dispositivo; ya no se le pregunta qué verdad ha contemplado, sino qué formulario ha completado.

Y a los estudiantes se los educa no para escuchar y meditar, sino para “participar” sin silencio, para “colaborar” sin reflexión, para “producir” sin contemplar.

La interioridad silenciosa es sospechosa; la quietud, un fallo pedagógico; el recogimiento, una anomalía.

Los jóvenes ya no aprenden a estar ante la verdad, sino a ejecutar actividades ante pantallas.

Mira a Tomás con dolor aristado de ironía y misericordia:

Hemos confundido el alma con un “usuario”, la docencia con una “gestión de aula”, la sabiduría con “competencias transferibles”.

Se habla de “evaluar procesos” para no hablar de formar juicio;

se habla de “aprendizajes significativos” para olvidar que toda palabra verdadera ilumina y hiere.

Las imposiciones pedagógicas son nuevas formas de tutela sobre la libertad del maestro y del discípulo —y, sin libertad, el acto educativo deja de ser acto humano.

Lo que debería ser taller de almas se ha vuelto laboratorio de métodos.

Y donde la pedagogía manda más que la verdad, el maestro deja de ser persona para volverse técnica ambulante.

Tomás, escuchando, cierra los ojos un instante, como quien recoge en una sola oración siglos de enseñanza: Cuando los métodos dominan la verdad, ya no hay maestro, sólo procedimiento. Y donde hay procedimiento sin verdad, no hay educación, sólo adiestramiento.

Newman añadió, con esa mezcla suya de firmeza y ternura que tanto fruto dio: El resultado es claro: profesionales competentes e incapaces de responder por qué vale la pena vivir; individuos instruidos, pero no formados; egresados que saben navegar un mundo sin saber hacia dónde; hombres libres en apariencia y esclavos de la opinión, del éxito o de sí mismos. Se enseña a conquistar el mundo y no a degustar la verdad.

Tomás afirmó: Hablas de tu tiempo, pero describes todos los tiempos donde el hombre olvida su origen y destino. 

Newman lo miró y dijo en voz baja, como quien reza: Más vale un solo estudiante que aprenda a ver el mundo con los ojos de Dios, que mil que sólo aprendan a manipularlo. Lo dije y lo sostengo: mejor ser un sencillo creyente que un brillante escéptico.

Tomás asintió: La fe y la razón jamás se oponen. La fe purifica la razón de su soberbia; la razón, a su vez, guarda la fe de la superstición. Ambas se alzan juntas en el mismo acto de contemplar. En la luz de Dios, toda razón se vuelve más razonable.

Y Newman concluyó: Así la universidad encuentra su equilibrio: no en la multiplicación de técnicas, sino en la restauración de su fin y sentido: gozar en la verdad, arrodillándose con humildad y gratitud ante su Señor.

Los dos doctores guardaron silencio. Y en ese silencio quedó grabada la sentencia que ninguna reforma educativa puede evitar enfrentar:

Sin Dios, la universidad pierde el alma.

Sin contemplación, pierde su razón de existir.

Y mientras ambos Doctores se alejaban en aquella luz donde todo adquiere sentido, parecía que el mundo recibía, por un instante, la gracia de recordar cuál es el origen de todo aprender: no conocer para dominar, sino contemplar para amar.

Autor: Javier Mena Mauricio

Abogado del Área Judicial de Comunidad y Justicia

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