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El Anillo y la plaza pública: fe contra neutralidad

I. El Anillo sobre la mesa: cuando el mal ya no admite neutralidad

En los umbrales de Rivendel, la dialéctica de la burocracia enmudece. Allí no se negocian protocolos ni se pulen declaraciones de principios cuidadosamente vaciadas de sustancia para agradar a moros y cristianos. El Concilio se congrega bajo el peso de una fatalidad ontológica: el Anillo existe. El mal ha irrumpido en la historia y su sola presencia impone una disyuntiva radical, pues intentar eludir la decisión equivale —inevitablemente— a fallar a favor de su perpetuidad.

Sobre la mesa yace el Anillo: no un mero objeto sino la negación activa del bien, la mentira antropológica convertida en potestad, la inversión moral elevada a estatuto jurídico y cultural.

Ante tal abismo, los temperamentos de la Tierra Media quedan al desnudo. Surgen los pragmáticos que aspiran a domesticar la bestia para fines nobles; los procedimentalistas que confían en neutralizar el horror mediante reglamentos asépticos; y los moderados que, temerosos de alterar la calma, suplican no situar el problema en el “centro”, exigiendo un lenguaje purgado de todo símbolo trascendente.

Todos presumen de razonabilidad; ninguno es neutral. Frente a la iniquidad, la neutralidad no es virtud sino quimera: sólo existen el combate o la claudicación engalanada.

II. La espera, la falsa unidad y la distracción: tres nombres de una misma renuncia

Sin embargo, emerge en el Concilio una voz más seductora —y más peligrosa— que el cinismo abierto: la del consejero de la espera. Con aire de sensatez histórica, este arquetipo no niega la maldad del Anillo, pero introduce una condición paralizante. Antes de marchar hacia Mordor, exige modificar el sentir mayoritario. Primero —dice— hay que educar, persuadir, generar consenso cultural. Sólo entonces, bajo un clima favorable, será posible actuar. Mientras tanto, la peligrosidad inherente al material radioactivo sólo debe monitorearse.

El argumento es impecable en su lógica y abyecto en su falsedad. Omite la verdad fundamental: el Anillo no espera. Y no espera porque no está solo. El Anillo no es un principio autónomo ni una abstracción moral que se despliega espontáneamente. Tiene un señor. Mientras algunos piden tiempo, moderación y silencio, Sauron trabaja: corrompe, deforma, normaliza. El mal no se impulsa desde sí mismo; es impulsado por una voluntad que sabe que la victoria no requiere adhesión entusiasta sino neutralidad que se cree inocente. 

Mientras los “prudentes” y “realistas” aguardan el giro cultural, el mal actúa y moldea activamente ese mismo juicio colectivo que se pretende transformar. La tesis de la espera indefinida no es prudencia: es procrastinación moral. Un aplazamiento que concede al adversario el recurso más valioso de todos: el tiempo necesario para institucionalizar y blindar la mentira. Frente a un cáncer agresivo y avanzado, la espera es mala praxis.

A esta lógica añade otra objeción aún más extraviada: que enfrentar el Anillo reactivaría una “guerra cultural” innecesaria, divisiva y distractora.

Como si la verdad pudiera presentarse sin filo; como si existiera un bien que no incomodara a nadie. Pero toda verdad divide, porque distingue; y toda espada que corta en dos lo hace precisamente porque es verdadera. Renunciar a la verdad en nombre de la unidad no sutura la división: la desplaza al subsuelo donde fermenta sin corrección posible. La comunidad que se construye sobre la negación de lo verdadero no se fortalece: se vuelve incapaz de resistir al poder, porque ya ha renunciado a juzgarlo. La unidad sin verdad es siempre la antesala de una división más profunda y violenta.

También, dice que enfocarse en el Anillo distrae de lo urgente. Pero no hay distracción más peligrosa que apartar la mirada de aquello que funda y da sentido a todo lo demás. La renuncia sistemática a lo esencial no es inocua: confirma y concede un paradigma empobrecido de la vida en común. ¿Y para qué? ¿Para conservar equilibrios frágiles mientras la mentira se consolida? ¿Para ganar tiempo, cuando el tiempo es precisamente lo que Sauron necesita?

III. De Rivendel a Santiago: Judith Marín y el escándalo de una fe pública

Traslademos ahora esta escena literaria a Santiago de Chile —y a tantos otros lugares donde se padecen escenas semejantes—.

La controversia en torno al nombramiento de Judith Marín, cristiana de convicciones firmes y explícitas, al Ministerio de la Mujer, revela entonces su verdadera naturaleza. No se trata del temor a la ineptitud ni de un reparo técnico. Se trata de la incomodidad profunda que provoca, en nuestra propia Tierra Media, la presencia de una autoridad que se rehúsa a tratar como neutro un orden que ya está moralmente cargado. El escándalo no es la fe de la ministra, sino su fe encarnada y no de cartón; decidida y no decorativa; una fe que ilumina y juzga toda la realidad y no sólo la reducida intimidad de la vida privada; una fe que no pide permiso para existir y plantarse junto a la razón en la plaza pública; una convicción que recuerda que hay males que no pueden ser administrados indefinidamente.

Reaparecen así los actores del Concilio: el realista que teme tensionar consensos frágiles; el tecnócrata que exige igualdad de trato mientras renuncia a impulsar bien alguno; y el pedagogo de la espera, ciego al hecho elemental de que el clima cultural ya está siendo esculpido por aquello que dice querer combatir. Todos operan bajo la premisa falaz de que el espacio público es un limbo aséptico. Pero la realidad desmiente la ficción: la polis ya está saturada de una pedagogía del poder que niega la verdad sobre la vida y lo humano y que, so pretexto de razón pública y otras faramallas del mito liberal, abraza aquella religión de la esfera que Chesterton denunció en su obra “La esfera y la Cruz”: la creencia dogmática en la autosuficiencia de la razón y en la utopía de que un mundo sin Dios no será un mundo contra el hombre.

IV. La sentencia del Concilio y el camino de Frodo

Por eso el Concilio de Elrond no concluye en un acuerdo procedimental sino en una sentencia moral: el Anillo debe ser destruido, no administrado ni pospuesto. El Anillo no se destruye con silencio, ni con “prudencia” calculada, ni con la esperanza —siempre aplazada— de que algún día las mayorías despierten solas. Se destruye cuando alguien se niega a seguir llamando neutral a lo que es falso y normal a lo que es injusto.

Y aquí surge Frodo, no como héroe romántico sino como escándalo político. Frodo comprende lo que la modernidad se resiste a aceptar: que el mal no retrocede ante la corrección política ni aguarda a que las mayorías estén listas. El mal sólo cede cuando se lo enfrenta y se lo vence, asumiendo el costo del camino y del sacrificio. No hay atajos ni comodidades rumbo a Mordor.

Pero Frodo no va solo. Camina sostenido por una comunidad que no se forma para administrar equilibrios, distribuir cargos ni pagar favores, sino para servir una misión que la precede y la excede. La comunidad no existe para preservarse en el poder sino para hacer posible un bien mayor que cualquier proyecto personal o partidista. Su unidad no es táctica ni funcional sino teleológica: está ordenada a un fin que obliga, incomoda y exige cargar la cruz.

V. La victoria recibida: fe, comunidad y Gracia contra el Anillo

La verdadera lucidez —profundamente paulina— consiste en entender que la oscuridad no se disipa con neutralidad cínica ni con estrategias de demora, sino a fuerza de bien. De un bien que no se limita a la retórica sino que se encarna y camina —a veces lento, a veces rápido— negándose a la retirada. Sobre todo, de un bien que reconoce su pequeñez, su insuficiencia y su dependencia.

La modernidad insiste en que para convivir debemos callar lo más verdadero y que, para ser razonables, debemos amputar lo más razonable de la razón: su elevación y purificación por la fe. El resultado no es la paz sino el absurdo: una política sin bien, una razón sin verdad, una convivencia sostenida sobre el miedo a nombrar lo real. Como advirtió Chesterton con su habitual lucidez: “si quitáis lo sobrenatural, no obtendréis lo natural, sino lo antinatural”; y cuando lo antinatural se vuelve norma, la neutralidad deviene en complicidad.

Aquí se revela la cuestión más profunda que la polémica inmediata suele ocultar. El bien común no se reduce a la provisión de bienes materiales ni a la administración eficiente del poder, sino que consiste, formalmente, en la vida virtuosa de la comunidad. Una sociedad es justa no cuando funciona, sino cuando forma; no cuando reparte, sino cuando ordena los actos humanos al bien. Y esa vida virtuosa —enseña santo Tomás de Aquino con perfecto realismo— no es plenamente posible sin el auxilio de la Gracia, porque la naturaleza humana, herida, no se basta a sí misma para perseverar en el bien. Cuando la fe es exiliada de la plaza pública el bien común se empobrece y se contrae: deja de ser una tarea moral compartida y se convierte en mera gestión material de intereses, exactamente el terreno en el que el Anillo reina sin resistencia. No es casual que Sauron no aspire a convertir los corazones, sino a gobernarlos desde fuera: un solo Anillo para regirlos a todos. Esa es la subversión ontológica decisiva: el orden creado se invierte, el poder sustituye a la verdad, el dominio reemplaza a la virtud y la criatura pretende ocupar el lugar del Creador. Una política sin fe no es neutral: es el espacio ideal para que el Anillo gobierne.

Judith Marín —y muchos como ella— incomoda precisamente por eso: porque recuerda, sin estridencias, que fe y razón no se oponen, sino que se auxilian; y que el auxilio de la fe no es una utilidad optativa sino una necesidad ontológica, confirmada por el sentido común y por cualquier hermenéutica sensata de la historia. Prueba de ello es que, para el racionalista liberal, lo “razonable” sea entregar la polis al influjo corruptor del Anillo sin oponer resistencia con tal de “mantener la paz”. Y es que un orden público configurado ex profeso prescindiendo de Dios moldea el orden del pensamiento: lo que se vive acaba dictando lo que se piensa. La “neutralidad” no es pasiva, sino pedagógica. Precisamente ahí reside el poder disolvente del Anillo y la astucia de Sauron, a cuyo plan los dogmáticos neutrales prenden velas sin advertirlo.

Lo razonable, en cambio, es dar el buen combate y destruir el Anillo: tomar partido, sacudirse de la neutralidad imposible, ponerse en camino y perseverar. Y eso es imposible sin el auxilio de la Gracia. Tolkien lo sabía muy bien.

El Anillo no es vencido por la fuerza del carácter, sino por la incapacidad de apropiárselo sin corromperse. Los grandes —sabios, fuertes, estrategas— fracasan precisamente por creerse grandes. El mal no se derrota por autosuficiencia, sino por  una dependencia lúcida y libre de algo superior al propio poder; una humildad que no se autogenera en una naturaleza herida por la soberbia, sino que brota de la confianza en la palabra de Aquel que no puede ser engañado ni engañar.

El camino a Mordor no se sostiene psicológica ni éticamente sin una esperanza que excede toda probabilidad empírica. No hay cálculo de éxito. No hay mayoría favorable. No hay plan B realista. Lo que sostiene a Frodo no es la expectativa de triunfo, sino la convicción de que obedecer al bien es razonable incluso si fracasa. Eso no es optimismo: es esperanza teologal.

Y el Anillo no es destruido por un acto de voluntad pura, sino por la fuerza insuperable de la misericordia, fruto de la caridad: por haber perdonado cuando lo razonable era destruir al enemigo. Esta lógica es sencillamente injustificable para una razón abandonada a sí misma; es una lógica sub specie aeternitatis.

En definitiva, la victoria final no es producida, sino recibida (y justo un 25 de marzo…). Frodo falla en el último momento. Nadie “vence” al Anillo. El mal se autodestruye, pero sólo porque una comunidad, asistida por la Gracia, caminó fielmente hasta el final. Así, la derrota del Anillo no es obra de la razón, ni de la voluntad, ni del consenso, sino fruto de una fidelidad que abre espacio a una intervención que excede lo humano y viene de más arriba; exactamente lo contrario a la religión de la esfera —pelagiana sin saberlo— que imagina una res publica capaz de edificarse, sostenerse y perfeccionarse exiliando la fe de los creyentes a extramuros.

Bienvenida, entonces, Judith Marín —y todos aquellos que en el servicio público no esconden su fe—, porque nos recuerdan aquella imprescindible obviedad: que separados de Cristo, no podemos hacer nada (Jn 15, 5).

Autor: Álvaro Ferrer del Valle

Editor Revista Suroeste
Director Ejecutivo Comunidad y Justicia

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