03 03 2026 editorial que defendemos

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Una reflexión sobre el bien que funda Occidente y la esperanza que lo orienta

El discurso pronunciado por el Secretario de Estado Marco Rubio en Múnich, en febrero de 2026, fue presentado como una intervención sobre seguridad internacional. Pero, en realidad, fue algo más cercano a una homilía civilizacional. No habló principalmente de misiles ni de porcentajes del PIB destinados a defensa, sino de identidad. No preguntó cuánto debemos gastar, sino qué somos. Y esa pregunta —que parece política— es, en su raíz, metafísica.

Su tesis es simple y severa: Occidente no se debilitó porque fuese vencido, sino porque se distrajo. Se convenció de que la historia había terminado; de que el comercio sustituiría a la política; de que las instituciones reemplazarían al carácter; de que las fronteras eran un residuo sentimental de un pasado menos ilustrado. Mientras celebraba su cosmopolitismo, externalizaba su industria, su defensa y, casi sin advertirlo, su cohesión cultural. La civilización que se avergüenza de sí misma termina dependiendo de quienes no sienten vergüenza alguna.

Hasta aquí, el argumento es reconocible. Pero el punto decisivo aparece cuando formula su pregunta fundamental: “¿Qué es exactamente lo que defendemos?” Los ejércitos —dijo— no luchan por abstracciones; luchan por un pueblo, por una nación, por un modo de vida.

La frase suena pragmática, casi castrense. Sin embargo, contiene una confesión involuntaria. Si el ejército no lucha por abstracciones, sino por un modo de vida, entonces ese modo de vida no puede reducirse a un catálogo de derechos ni a una tarifa energética competitiva. Defender “nuestra forma de vida” exige saber en qué consiste, qué la justifica y, sobre todo, qué la ordena.

Aquí comienza la paradoja.

Una civilización puede proteger su prosperidad; pero la prosperidad no es un fin, sino un efecto. Puede blindar su soberanía; pero la soberanía no es un propósito, sino una condición. Y aun cuando refuerce su seguridad hasta lo obsesivo, seguirá sin saber por qué vive. Cuando una comunidad convierte los medios en fines, descubre demasiado tarde que ha construido una fortaleza… sin razón para habitarla.

San Agustín escribió La Ciudad de Dios en un momento no menos dramático que el nuestro. Roma había sido saqueada; muchos atribuían la catástrofe al cristianismo. Su respuesta no fue técnica ni administrativa. Fue radical: toda historia está estructurada por dos amores. El amor de sí hasta el desprecio de Dios edifica una ciudad; el amor de Dios hasta el desprecio de sí edifica otra. No son territorios distintos, sino orientaciones del corazón.

Agustín no desprecia la ciudad terrena. La considera necesaria para la paz temporal. Pero advierte que su consistencia depende del orden de sus amores, de lo que él llamará la tranquilitas ordinis: la paz como fruto de un orden justo. Cuando ese orden se invierte, cuando lo relativo ocupa el lugar de lo absoluto, la paz se vuelve frágil aunque las murallas permanezcan intactas.

Un pueblo no es simplemente una multitud que comparte impuestos o fronteras; es, en su definición más precisa, una comunidad de seres racionales unidos por la concordia en torno a aquello que aman. La política no es solo administración de recursos: es pedagogía del amor común. Y no es cómodo reconocerlo, porque implica admitir que el problema no es solo estratégico, sino espiritual.

Si el amor supremo es la comodidad, la ciudad será cómoda y frágil. Si el amor supremo es el poder, será poderosa y temerosa. Si el amor supremo es la riqueza, será rica y ansiosa. Pero si el amor supremo trasciende la ciudad misma, entonces la ciudad adquiere una estabilidad inesperada: la estabilidad de quien sabe que no es absoluta.

Esta es la ironía agustiniana: la patria se vuelve más sólida cuando reconoce que no es eterna. La nación que no pretende salvar al mundo puede servirlo mejor. La civilización que se sabe finita puede participar de algo infinito. Roma quiso ser inmortal por sí misma y reveló su fragilidad; la comunidad que se ordena a un bien eterno participa de una firmeza que no depende de sus legiones.

Occidente no nació de un comité técnico ni de una licitación internacional. Nació de una visión. Las catedrales no se levantaron porque fueran rentables, sino porque eran verdaderas. Las universidades no surgieron para mejorar indicadores, sino para buscar la verdad. El hospital medieval no fue una estrategia de marca, sino una consecuencia concreta de una convicción: que el enfermo tiene dignidad porque su vida no es un accidente. Incluso las plazas y las fiestas tenían un centro visible que recordaba un centro invisible.

Intentar revitalizar la civilización apelando únicamente al orgullo cultural o a la eficiencia económica corre el riesgo de producir una versión musculosa del vacío. Se pueden tener drones, satélites y fábricas reindustrializadas, y sin embargo no saber qué celebran las fiestas ni qué se promete a los hijos. Es posible reconstruir la cadena de suministro y no reconstruir el sentido. Se puede multiplicar la potencia y reducir la finalidad.

Chesterton habría sonreído ante esta escena: el hombre moderno no ama demasiado poco a su patria; la ama demasiado superficialmente. La ama como se ama una propiedad, no como se ama un don. La defiende como quien protege un objeto valioso, no como quien custodia una herencia recibida para transmitirla. Defender un modo de vida como mercancía lo convierte en mercancía; defenderlo como vocación lo transforma en misión.

Esto no implica huir de la política. Implica tomarla más en serio que nunca. Porque una política que reconoce un fin superior evita dos tentaciones igualmente corrosivas: el cinismo —que reduce todo a poder— y la idolatría —que convierte el poder en redención. Solo la política que sabe que no salva —pero que se ordena a ese fin trascendente— puede realmente servir.

La pregunta “¿qué defendemos?” exige una respuesta que trascienda el inventario cultural. Defendemos algo que no inventamos. Defendemos una herencia que nos precede. Defendemos un orden que no nos pertenece del todo y que, precisamente por eso, nos obliga.

La ciudad terrena necesita murallas; la ciudad de Dios necesita santos. Y sin estos últimos, las murallas se vuelven decorativas. Lo que sostiene finalmente a una civilización no es su tecnología ni su PIB, sino su jerarquía de amores.

Una cultura que teme perder su prosperidad ya es vulnerable. Una cultura que teme perder su alma es capaz de sacrificarse. Y sólo la segunda resiste de verdad.

Tal vez el verdadero dilema no sea elegir entre declive y restauración, sino entre autosuficiencia y misión. La civilización que se basta a sí misma termina por asfixiarse en su propia suficiencia. La civilización que se reconoce ordenada a algo mayor se renueva. Y cuando descubre que es camino y no destino, entonces incluso sus fábricas, sus ejércitos y sus parlamentos encuentran su lugar exacto: no como absolutos, sino como instrumentos de una esperanza que los trasciende.

Y quizá solo entonces podamos responder qué es realmente lo que estamos defendiendo.

Autor: Álvaro Ferrer del Valle
Editor Revista Suroeste
Director Ejecutivo de Comunidad y Justicia

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