marzo 23, 2026• byJavier Mena
Una reflexión por el Día Internacional del Niño por Nacer y la Adopción
Hija mía,
Quizás eres todavía muy pequeña para entender todo esto. Puede que ahora lo único que te importe sea correr, reírte, hacer preguntas imposibles y pedirme un cuento antes de dormir. Pero algún día vas a leer estas líneas. Y me gustaría que supieras por qué, para mí, tu nacimiento —y el de cualquier niño— es algo tan grande.
He pensado mucho en esto. Al final, las sociedades se delatan solas: se nota quiénes son por cómo tratan a los que recién empiezan a existir. A los que no pueden hablar, ni defenderse, ni demostrar que “sirven” para algo. Y también por cómo hablan de ellos.
Vivimos en una época que mide todo. Evaluamos, calculamos, planificamos. Y casi sin darnos cuenta, empezamos a mirar el nacimiento de la misma manera: como algo que hay que ordenar bien, autorizar, o evitar si no encaja. Celebramos los cumpleaños, sí. Pero no siempre nos alegra que nazcan muchos niños. Nos gustan las historias de comienzos… mientras no nos compliquen demasiado.
Hay un pensador francés, Fabrice Hadjadj, que dice algo que a mí me hace sentido: nacer no es solo un hecho biológico. Es llegar al mundo sin haber hecho nada para merecerlo. Sin currículum, sin méritos, sin condiciones. Simplemente estar. Y eso incomoda.
Porque entonces la pregunta deja de ser técnica o médica, y pasa a ser otra, mucho más incómoda ¿es bueno que alguien exista simplemente porque sí? ¿O su derecho a vivir depende de ciertas condiciones?
Durante siglos, la vida se recibía. Era un dato. Después venía el esfuerzo por estar a la altura. Hoy parece que la lógica se invirtió: primero evaluamos, y solo después dejamos pasar. La técnica —que ha traído cosas muy buenas— empezó también a filtrar. A decidir qué vidas parecen viables y cuáles no. Y lo hace sin ruido. No desde el odio, sino desde la eficiencia. No desde la crueldad, sino desde la gestión. Por eso inquieta más.
Hadjadj dice algo provocador:
“Desde que el aborto es un derecho, toda mujer que acepta llevar una vida en su vientre es una Juana de Arco”.
Puede sonar exagerado. Pero apunta a algo real: en un contexto donde evitar el nacimiento es una opción disponible, dejar que alguien nazca empieza a parecer una decisión que hay que sostener. A veces contra corriente. A veces en silencio.
No porque tener un hijo sea heroico en sí mismo. Sino porque implica afirmar algo muy simple: que la vida no necesita justificarse para empezar. La técnica no es el problema. El problema es cuando pasa de servir a la vida a evaluarla. Cuando deja de cuidar y empieza a decidir quién merece estar.
Hay una palabra que casi no usamos: esperanza. No es ingenuidad, no es pensar que todo va a salir bien. Es más bien una forma de mantenerse fiel a lo humano, incluso cuando lo humano es frágil, dependiente o incómodo. Defender la vida que está por nacer no es mirar al pasado con nostalgia. Es recordar algo básico: la dignidad no la dan las leyes ni las mayorías. Está antes. El derecho debiera reconocerla, no fabricarla.
Cuando tú naciste, no sabíamos nada de lo que serías. Ningún talento, ningún logro, ningún plan. Y daba lo mismo. Valías porque eras. Así de simple. Quizás por eso, hoy el nacimiento vuelve a ser una frontera importante. No porque garantice felicidad, sino porque nos recuerda algo elemental: la vida no se explica. Se recibe.
Y aceptar que alguien nazca —sin garantías, sin cálculos perfectos— puede ser, todavía, un acto de esperanza.
Con todo mi amor,
Papá.
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Last modified: marzo 31, 2026





