23 03 26 la santidad del asombro

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La fe también sabe reír

Existe una imagen bastante persistente de la vida religiosa según la cual la fe debería caminar siempre con un aire grave, casi ceremonial, como si la santidad consistiera en habitar permanentemente una atmósfera de solemnidad. Tal vez esa impresión nazca de algo legítimo: lo sagrado despierta respeto, y quien se aproxima a Dios descubre pronto que no todo puede tratarse con la misma ligereza con que nuestra época acostumbra a tratar casi cualquier cosa. Sin embargo, cuando la fe deja de ser una idea abstracta y empieza a respirarse en la vida concreta —en la mesa familiar, en las conversaciones entre amigos, en los pequeños contratiempos de cada jornada— aparece un matiz inesperado que rara vez ocupa espacio en los discursos espirituales. En la relación con Dios hay también lugar para la sonrisa. No para una risa superficial, sino para esa alegría serena que surge cuando la existencia se contempla desde una confianza más amplia que nuestros propios cálculos. Quien ha aprendido a vivir la fe como compañía cotidiana descubre entonces algo sorprendente: que la santidad no consiste únicamente en soportar con dignidad el peso de la vida, sino también en adquirir una forma nueva de mirar el mundo, una mirada capaz de reconocer en sus ironías y desajustes una discreta invitación al asombro.

La risa, en ese sentido, es una de las experiencias humanas que mejor revelan la fragilidad de nuestras pretensiones de control. Buena parte de aquello que nos hace reír nace del pequeño desfase entre lo que esperábamos que sucediera y lo que realmente ocurre. Organizamos cuidadosamente una jornada que termina desordenándose en cuestión de minutos; olvidamos una palabra evidente en medio de una conversación; tropezamos con algo trivial mientras intentamos mantener una apariencia de perfecta compostura. Durante un instante se abre una grieta en la imagen que habíamos construido de nosotros mismos, y esa grieta suele resolverse en forma de risa. No se trata de una burla cruel ni de una evasión superficial, sino de una aceptación espontánea de la realidad tal como es: más libre, más imprevisible y, en cierto modo, más amplia que nuestros planes.

Esta dimensión del humor tiene una afinidad profunda con la humildad. Reír es admitir que no somos el centro del universo, que nuestras expectativas no gobiernan el curso de los acontecimientos y que la existencia posee una lógica que no siempre coincide con nuestros cálculos. El humor, cuando es limpio, desactiva la rigidez del orgullo y nos devuelve a un lugar más humano dentro del mundo. Quizá por eso resulta tan difícil reír cuando uno se toma demasiado en serio a sí mismo. La solemnidad excesiva suele ser, en el fondo, una forma de autoprotección: una manera de sostener intacta la imagen que queremos ofrecer a los demás.

La tradición cristiana ha entendido siempre que esa imagen necesita romperse para que algo más verdadero pueda surgir. La fe no comienza cuando el ser humano logra mantener una apariencia impecable, sino cuando descubre que su valor no depende de esa apariencia. En el fondo del mensaje cristiano se encuentra una inversión radical de nuestras categorías habituales: Dios no se revela en el éxito espectacular ni en la fuerza dominante, sino en la vulnerabilidad de una historia que comienza en la pobreza de un pesebre. La paradoja atraviesa toda la lógica del Evangelio. Lo pequeño se vuelve decisivo, lo frágil adquiere una dignidad inesperada y lo aparentemente insignificante termina revelando una profundidad que el mundo había pasado por alto.

El escritor inglés G. K. Chesterton percibió con claridad esta dimensión paradójica de la fe cuando describía el cristianismo como una forma de asombro permanente ante la realidad. En «Ortodoxia» escribe: «El mundo nunca será bastante grande para nuestra imaginación si olvidamos que ha sido creado». Con ello sugería que la alegría cristiana nace precisamente de ese descubrimiento: el mundo no es una maquinaria cerrada ni un simple escenario de conflictos humanos, sino un don. Desde esa perspectiva, el asombro se convierte en una actitud espiritual fundamental. Cuando la realidad se contempla como regalo, la gratitud aparece casi inevitablemente, y con ella una forma de alegría que no depende de que todo funcione perfectamente. El humor surge entonces de manera natural, como una expresión de libertad ante una existencia que no necesitamos controlar por completo.

Nada de esto significa ignorar el sufrimiento. La vida humana está atravesada por pérdidas, incertidumbres y momentos de oscuridad que ninguna sonrisa puede borrar. La enfermedad, la muerte y la fragilidad forman parte de la condición humana con una intensidad que no admite trivializaciones. Sin embargo, precisamente en medio de esa fragilidad la risa puede adquirir una forma inesperada de profundidad. No como negación del dolor, sino como una pequeña afirmación de libertad frente a él.

Quien ha vivido de cerca el sufrimiento sabe que en ciertos momentos la risa aparece de manera casi misteriosa. Incluso en una habitación de hospital puede surgir un comentario inesperado que hace sonreír a quienes atraviesan una situación difícil. No cambia el diagnóstico ni resuelve el problema, pero introduce un respiro, un instante de humanidad que recuerda que la vida sigue siendo más grande que el momento que la oscurece.

Algo semejante ocurre en la vida familiar. Las casas donde el humor circula con naturalidad suelen ser también lugares donde las imperfecciones resultan más habitables. Los pequeños desastres cotidianos —una comida que se quema, una confusión doméstica, un error trivial— pueden convertirse en motivo de irritación o en anécdotas compartidas que terminan fortaleciendo los vínculos. El humor funciona entonces como una forma de hospitalidad: permite acoger la imperfección sin convertirla inmediatamente en reproche.

La risa compartida tiene además una cualidad profundamente comunitaria. Cuando varias personas ríen juntas se produce una reconciliación momentánea con la realidad: las tensiones se aflojan, las diferencias se relativizan y el peso de las preocupaciones pierde parte de su gravedad. Quizá por eso el humor es una de las formas más sencillas de crear comunidad, porque recuerda a todos la fragilidad de nuestras pequeñas pretensiones.

En este punto aparece nuevamente la afinidad entre humor y espiritualidad. La fe cristiana propone una mirada sobre el mundo en la que la realidad no se agota en sus conflictos inmediatos. Existe una promesa que atraviesa la historia humana, una promesa que no elimina las dificultades pero que introduce en ellas una dimensión de esperanza. El teólogo Romano Guardini hablaba de esta esperanza como una forma de libertad interior que permite aceptar la existencia incluso cuando sus contornos resultan inciertos.

Esa libertad interior abre espacio para una alegría más profunda que la simple satisfacción momentánea. No se trata de una euforia permanente ni de un optimismo ingenuo, sino de una confianza que se ha ido sedimentando lentamente en el corazón. Desde esa confianza, los contratiempos pierden parte de su dramatismo y las pequeñas ironías de la vida se vuelven más visibles.

Existe incluso una forma de risa que podríamos llamar contemplativa. No surge necesariamente de un chiste o de una situación cómica evidente, sino de la percepción de una cierta ironía en el curso de los acontecimientos. Un proyecto cuidadosamente diseñado que termina conduciendo a un resultado inesperado, una preocupación que parecía gigantesca y que con el paso del tiempo se revela casi insignificante, o un error que termina abriendo una puerta nueva. La vida está llena de estas pequeñas sorpresas, y quien aprende a reconocerlas desarrolla una serenidad particular.

Esa serenidad no proviene del control absoluto sobre las circunstancias, sino de la aceptación de que la historia posee una profundidad que supera nuestros cálculos. Cuando uno mira hacia atrás con cierta perspectiva, descubre con frecuencia que los momentos que parecían fracasos contenían en realidad semillas de algo distinto. La fe interpreta esa experiencia como la presencia discreta de una providencia que acompaña el camino humano sin anular su libertad.

La desesperación, en cambio, suele volverse rígida y solemne, porque todo en ella pesa demasiado. La esperanza introduce aire en la existencia humana, y donde hay aire la sonrisa aparece casi inevitablemente.

Aprender a reír frente a la vida no significa restar importancia a sus dificultades, sino reconocer que la realidad no se agota en ellas. La tradición cristiana ha hablado siempre de la alegría como un signo de madurez espiritual: no porque elimine las contradicciones de la existencia, sino porque enseña a atravesarlas sin perder la confianza fundamental en el sentido de la vida.

Quizá el verdadero humor cristiano no consista en la habilidad para contar chistes ni en una simpatía constante, sino en una forma particular de mirar el mundo. Una mirada que reconoce la fragilidad humana sin desesperar por ella y que percibe, incluso en medio de las imperfecciones, una belleza obstinada que sigue abriéndose paso.

Cuando esa belleza se reconoce, aunque sea por un instante, aparece una sonrisa que no necesita justificarse. No es la risa superficial de quien se evade de la realidad, sino la alegría serena de quien ha comprendido que la vida es más grande que sus propios temores. En ese momento, la fe y el humor se encuentran en un mismo punto: ambos nacen del asombro ante un mundo que, a pesar de todas sus heridas, sigue siendo un don.

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