30 03 26 editorial sentir o permanecer

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El Triduo Pascual no pide un alma impresionable, sino un alma disponible para acoger una realidad que la excede.

En su “Nota doctrinal sobre el papel de las emociones en la fe”, la Conferencia Episcopal Española habla con una claridad serena y oportuna, sin apagar nada, sino ordenándolo. Reconoce el lugar del sentimiento, la legítima vibración del alma ante Dios, el consuelo que a veces visita, la alegría que no es fingida. Pero introduce una advertencia necesaria —que no hiere, sino que purifica—: las emociones no pueden ser el fundamento de la fe, ni su medida última. No porque sean indignas, sino porque son insuficientes para sostener lo que las supera.

Santo Tomás de Aquino ofrece aquí una luz decisiva. El gozo espiritual —la verdadera consolación— no se identifica con la emoción, sino con el acto de la voluntad que descansa en el bien amado. La consolación sensible puede acompañar ese gozo, y no es despreciable: tiene una función pedagógica, porque atrae al alma hacia el bien; confirmativa, porque la fortalece en el camino; y remedial, porque la sostiene en la fatiga. Pero no es el fundamento. Por eso, no deben confundirse los niveles: se puede sentir consuelo sin estar en gracia —como ocurre en una emoción estética o psicológica—, y se puede estar en gracia sin sentir consuelo, en una vida teologal auténtica atravesada por la sequedad. La ausencia de consuelo sensible no significa ausencia de Dios. Puede ser, más bien, ocasión de una caridad más pura: amar a Dios no por lo que se experimenta en Él, sino por Él mismo. Entonces —y sólo entonces— lo que parece desolación puede ser una forma más honda de presencia.

El sentimiento es bueno. Pero cuando se vuelve medida, el corazón se estrecha, se fatiga. Pide más. Más intensidad, más impacto, más consuelo. Y lo que no llega a esa medida parece menor, o incluso ausente. El alma, sin darse cuenta, se habitúa a buscar a Dios donde hay movimiento sensible. Se espera que algo se sienta —una consolación, una intensidad— para confirmar que Él ha pasado. Y cuando ese movimiento cesa, piensa que Dios ha callado. Se necesita un cierto clima, una música, una palabra que conmueva, para sostener lo que debería sostenerse por sí mismo. Se ha vuelto dependiente.

Pero la Escritura guarda una memoria distinta. El profeta Elías, en el monte, esperaba a Dios. Y vino el viento fuerte, capaz de desgarrar la roca. Y vino el terremoto. Y vino el fuego. Y Dios no estaba en ninguno de ellos. Después vino una brisa suave, un murmullo leve. Y allí estaba Dios. No en el estruendo, sino en lo que no se impone.

Algo semejante ocurre en el Triduo.

No siempre donde hay más emoción hay más verdad. No siempre donde hay más intensidad hay más presencia.

A veces, lo más real no deja huella. A veces, lo decisivo ocurre en silencio.

La Nota lo dice con sobriedad: cuando la fe se reduce a la experiencia interior, se vuelve inestable, pierde su centro. El alma deja de descansar en lo que es y comienza a oscilar con lo que siente. Entonces la vida se vuelve discontinua, la voluntad pierde firmeza, y lo que hoy parece claro mañana se disuelve.

No es raro, en ese contexto, que el corazón se vuelva también vulnerable. Basta un ambiente, una palabra intensa, un gesto que conmueve, para inclinar el asentimiento. No siempre hacia la verdad, sino hacia lo que impresiona. Y poco a poco, casi sin quererlo, la fe se transforma en búsqueda de experiencias. Se pasa de un momento a otro, de una experiencia a otra, como si la fe necesitara renovarse en lo que impacta. Se espera sentir para confirmar que se cree. Se busca lo que eleva, lo que consuela, lo que llena. Y lo que no produce ese efecto parece pobre. Cuando nada se siente, se sospecha que nada ha ocurrido.

Hay en esto una enseñanza que toca el modo en que nos acercamos al Triduo Pascual. Porque el misterio no se deja alcanzar por el solo temblor del sentimiento.

Se puede atravesar estos días con el alma despierta, buscando lo que se espera sentir. Se puede entrar en el Jueves con deseo de intimidad, en el Viernes con gravedad recogida, en el Domingo con una alegría que quiere ser verdadera. Y, sin embargo, algo puede quedar en la superficie. No por falta de sinceridad, sino porque lo que se busca no es todavía lo que acontece.

Para Tomás de Aquino, lo que ocurre en estos días no depende de nuestra capacidad de sentirlo, porque no nace de nosotros. Ocurre en sí, con una eficacia que nos precede y la supera.

El Jueves no es sólo memoria de una cena, sino entrega real de un sacrificio que permanece.

El Viernes no es sólo contemplación del dolor, sino acto de amor que reordena la justicia.

El Sábado no es vacío, sino acción escondida.

El Domingo no es sólo alegría, sino irrupción de una vida que se comunica.

Todo sucede. Incluso cuando no se percibe.

Por eso, la liturgia se vuelve sobria. El altar queda desnudo. El silencio se prolonga. No se busca llenar, sino dejar espacio. Como si la Iglesia supiera que lo que acontece no necesita ser reforzado por la emoción.

Aprender a vivir el Triduo así es, en el fondo, aprender a esperar a Dios donde Él quiere darse.

Permanecer, aunque no se sienta. Escuchar, aunque no haya impacto. Dejar que el silencio sea lugar de encuentro, y no ausencia. Recibir sin medir. Consentir sin comprender del todo.

Las emociones no desaparecen. Pero dejan de ser el centro. Se ordenan. Acompañan. A veces llegan como don. Otras veces no llegan, y sin embargo la fe permanece, más desnuda, más verdadera.

El corazón, entonces, se ensancha de otro modo. Ya no necesita producir para confirmar. Comienza a acoger. Y en esa acogida descubre una profundidad que no depende de la intensidad, sino de la realidad.

Eso es lo que estos días piden: no un alma impresionable, sino un alma disponible.

No buscar a Dios donde nos conmueve, sino donde Él se da.

Como Elías, cubrirse el rostro y permanecer, porque Dios pasa. No en el viento fuerte, ni en el fuego, sino en la brisa leve.

El Triduo no pasa. Permanece. No depende de nuestra interioridad, sino que la funda. Y por eso, incluso cuando nada se mueve en nosotros, todo está ocurriendo.

Permanezcamos, entonces, firmes ante lo real. Aunque no se sienta. Hasta que la vida —la verdadera—, sin ruido, se abra paso.

Autor: Álvaro Ferrer del Valle
Editor Revista Suroeste
Director Ejecutivo de Comunidad y Justicia

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