Los dos mendigos

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El amor a la pobreza se revela en la Cruz

Para reconstruir san Damián, que se venía abajo, Francisco no buscó benefactores: salió a pedir piedras. Iba deteniendo a la gente por las calles de Asís, pidiendo una piedra, y después las cargaba él mismo. Uno querría saber qué pensaba mientras las cargaba. No lo sabemos, y él no lo dijo nunca; pero al final de su vida, dictando el documento que llamó su testamento, dejó escrito cómo entendía ese oficio de pedir. Quiso que los hermanos trabajaran, y que el que no supiera aprendiera. Y añadió que cuando no se les diera la merced del trabajo, recurrieran a la mesa del Señor pidiendo limosna de puerta en puerta.

«La mesa del Señor». He buscado esa expresión en los tratados de limosna y no la he encontrado. ¿Qué vio Francisco, exactamente, cuando miró a un hombre pidiendo pan en una puerta ajena? Porque no vio indigencia. Vio un sitio puesto en una mesa, y la mesa era de otro, y el otro era Dios.

Seiscientos setenta años después, en París, una joven danesa llamada Jeanne Molbech se cruzó con un hombre de aspecto extraño y preguntó a una amiga quién era. La respuesta fue honesta y despectiva: un mendigo. Días más tarde volvió a verlo, apartado, mojando trozos de pan en vino y saboreándolos con lentitud; él notó que lo miraba y dijo a ella que estaba asistiendo a su cena. Aquel hombre se llamaba León Bloy, iba a casarse con ella, y titularía su diario El mendigo ingrato.

Ese adjetivo me interpela desde hace tiempo y no consigo agotarlo. Bloy pidió limosna por carta durante treinta años y agradeció mal o no agradeció, y no por descuido: sostenía que quien socorre no hace un favor, sino que paga una deuda. La tesis parece una insolencia. Pero antes de descartarla habría que responderle, y yo no sé bien qué responderle. Si el pobre es, como él escribió, aquel en quien Cristo mendiga, entonces la gratitud del mendigo se vuelve un asunto más complicado de lo que suponemos cuando enseñamos a los niños a dar las gracias.

Francisco pidió durante veinte años y agradeció siempre. Los dos comieron de la misma mesa. La pregunta que quisiera dejar abierta durante toda esta página es por qué comieron de tan distinta manera, y para qué habrá servido que comieran así.

Empecemos por lo que no los separa, que es más de lo que se cree.

Ninguno de los dos amaba una carencia. La Regla de Francisco habla de la pobreza con un vocabulario que hoy resulta ininteligible: ésta es aquella excelencia de la altísima pobreza que os ha constituido, carísimos hermanos míos, herederos y reyes del reino de los cielos. Excelencia. Herederos. Reyes. ¿Cómo se llega a escribir eso sin ironía? Al parecer, Dante lo entendió mejor que los tratadistas y le dedicó el canto undécimo del Paraíso, donde la Pobreza aparece como una viuda privada de su primer marido, que estuvo mil cien años y más despreciada y oscura, sin que nadie la invitara, hasta que llegó él; y para que no quedara duda de lo que estaba narrando, pide al lector que tome a Francisco y a la Pobreza por lo que son: dos amantes.

Hay ahí un despropósito que la crítica italiana ha señalado sin poder resolverlo, y que a mí me parece la puerta de entrada al asunto. Mil cien años sin invitación. ¿Y los mártires? ¿Y los padres del desierto? ¿Y las órdenes monásticas que habían hecho voto de pobreza desde el siglo cuarto? Dante sabía todo eso y lo escribió igual. Algo tuvo que ver en Francisco que no había visto en once siglos de santos pobres y pobres santos, y me inclino a pensar que fue esto: los demás renunciaron a una cosa, y Francisco se casó con una mujer.

Bloy escribió su novela mayor sobre esa misma mujer. Pensaba titularla La prostituta y acabó llamándola La mujer pobre. El cambio de título no es menor. La despreciada de Dante y la despreciada de Bloy son la misma, y ninguno de los dos hombres la eligió por hermosa.

Lo segundo que comparten es un enemigo, y aquí Francisco es más áspero de lo que la estampita deja sospechar. Sabía que iban a suavizarlo apenas muriera y dedicó el final de su testamento a impedirlo con una dureza que sorprende en un moribundo: mandó firmemente, por obediencia, que nadie introdujera glosas en la Regla ni en aquellas palabras diciendo esto quieren dar a entender, sino que, así como el Señor le había dado decirlas sencilla y puramente, así sencillamente y sin glosa las entendieran y las guardaran con obras santas hasta el fin.

Detengámonos ahí. Francisco no temía que negaran la Regla. Temía que la explicaran. Y hay que reconocer que tenía razón sobre el porvenir de su Orden, que en menos de un siglo estaría discutiendo si el uso de las cosas sin propiedad de las cosas admite tal o cual distinción.

¿Qué hacemos, entonces, los que vivimos del arte de glosar? Distinguimos el consejo del precepto, que es una distinción verdadera. Recordamos que la propiedad privada es legítima y que su uso está subordinado al destino universal de los bienes, que es doctrina cierta. Situamos el texto en su contexto, advertimos que no todos están llamados a lo mismo, señalamos que nadie está obligado a lo heroico. Cada una de esas operaciones es correcta. Y el resultado conjunto de todas ellas es que salimos indemnes de un texto que fue escrito para no dejar indemne a nadie. Me gustaría saber en qué momento exacto una verdad bien dicha se convierte en una coartada, porque el tránsito de la explicación a concluir que todo es exageración no es visible desde dentro, y sospecho que nunca lo es.

Bloy dedicó un libro entero a esa misma operación, vista desde el otro extremo, y lo puso —el dato importa— bajo la advocación de san Jerónimo, el traductor de la Vulgata, el día de su fiesta. No escribía una sátira: reclamaba oficio exegético. Se trataba, dice, de arrancarles la lengua a los imbéciles, a los temibles y definitivos idiotas de este siglo, como Jerónimo había reducido al silencio a los pelagianos del suyo. Obtener por fin el mutismo del Burgués, ¡qué sueño! Y a continuación, sabiendo que la empresa parece insensata, da la razón por la que cree posible ejecutarla, que es una definición y a la vez un cálculo: el verdadero burgués es el hombre que no hace uso alguno de la facultad de pensar y que vive, o parece vivir, sin haber sido solicitado un solo día por la necesidad de comprender cosa alguna, y por eso mismo está necesariamente limitado en su lenguaje a un número muy pequeño de fórmulas, unos pocos centenares que pueden inventariarse una por una. La Exégesis es ese inventario. Y no deja de ser notable que el personaje contra el cual escribió toda su vida tenga en la biografía de Francisco un antepasado que Bloy habría reconocido en el acto: Pietro Bernardone, comerciante de paños, hombre honrado, padre razonable, incapaz de entender a su hijo.

En el dinero los gestos de Francisco y Bloy son opuestos y la negación es idéntica. La Regla prohíbe a los hermanos recibir dineros o moneda, por sí o por persona interpuesta. Bloy abrió su libro más personal con una frase que corre en dirección contraria y llega al mismo sitio: la sangre del pobre es el dinero; de él se vive y de él se muere desde hace siglos; es la gloria y la potencia, la justicia y la injusticia, execrable y adorable, símbolo flagrante y chorreante del Cristo Salvador. Uno lo trató como intocable, el otro como sagrado y terrible. Ninguno de los dos negó que el dinero sea, en cuanto instrumento, un medio indiferente; lo que ninguno consintió es que lo fuera en su propia vida. Y quien lo administra sabiendo que el Apóstol llamó raíz de todos los males no al dinero sino a la codicia, hará bien en preguntarse si esa distinción, que es verdadera, no está trabajando además como anestesia.

Habría una manera cómoda de repartir los papeles, y sería decir que uno cantaba y el otro maldecía. No resiste el examen. La orden de Francisco para que ningún ministro añadiera ni quitara nada de aquellas palabras es la voz de un profeta que desconfía de sus sucesores, no la de un juglar. Y Bloy tuvo su voz suave, documentada en las cartas que escribió a Jeanne antes de casarse con ella, donde el imprecador desaparece y queda un hombre que le confiesa haberse despertado con el corazón deliciosamente enternecido y desbordante de júbilo infantil pensando en ella. No son confidencias privadas: allí la instruyó en la fe que ella acabó abrazando y le advirtió con claridad a qué vida entraba. Cuando ella le preguntó cómo un hombre de su categoría podía ser católico, él respondió que quizá lo soy a causa de eso. Nada de esto es sorpresa: la diversidad de carismas es doctrina vieja, la profecía es uno de ellos y su lengua propia no es la alabanza sino la denuncia; a Amós nadie le reprocha no haber compuesto un cántico al hermano sol.

Miremos ahora sus frutos. Francisco lo formuló al comienzo del testamento, con esa humildad que vale por veinte tratados: estando en pecados, me parecía extremadamente amargo ver a los leprosos; el Señor mismo me condujo entre ellos y practicó con ellos misericordia; y al apartarse, aquello que me parecía amargo se me convirtió en dulzura del alma y del cuerpo. No dice que el leproso dejara de ser repugnante. No dice que Francisco se hubiera hecho fuerte. Dice que lo amargo se volvió dulce, y dice Quién lo condujo.

Aplicado el criterio a Bloy, hay frutos de público conocimiento. El 11 de junio de 1906 fueron bautizados Jacques y Raïssa Maritain, junto con Vera, la hermana de Raïssa, y el padrino fue León Bloy; los Maritain habían llegado a él pocos años después de haber pactado quitarse la vida si no encontraban un sentido, y Jacques dejó escrito que su vida se dividía en dos partes, la anterior y la posterior a aquel encuentro. Buena parte del pensamiento católico del siglo XX pasa por el padrinazgo de ese mendigo. Y al mismo tiempo, en el prólogo que escribió para sus cartas, Jeanne recuerda que entró en la vida de Bloy justamente cuando muchos de sus amigos se retiraban sin explicación, como de un apestado. Como de un apestado. Al que había escrito que en el pobre mendiga Cristo, los suyos lo esquivaban igual que los vecinos de Asís esquivaban a los leprosos del camino. ¿Y si la diferencia entre los dos mendigos fuera ésta, que a uno le tocó abrazar al leproso y al otro le tocó serlo?

No lo sé. Pero ya no me parece que la pregunta de por qué los dos mendigos que comieron de la misma mesa del Señor de maneras tan distintas deba responderse según cuál de los dos tenía razón. Es mejor mirar qué deja cada uno, y qué queda cuando los dos se han retirado.

Bloy deja una pregunta que no se puede archivar. Su novela sobre la mujer despojada no termina con una sentencia del autor, sino con una réplica que un tercero recuerda: Clotilde, muerto su marido, ha repartido lo suyo entre los pobres y anda por París hecha una mendiga, en harapos que el libro llama de peregrina del Santo Sepulcro, y de tarde en tarde visita al único amigo bastante pobre para que ella pueda entrar en su casa. No hay más que una tristeza —le dijo la última vez—, y es no ser SANTOS… Ahí se acaba el libro, con esas mayúsculas y puntos suspensivos. No lo dice alguien a quien la pobreza le resultó indiferente: lo dice una mujer que, después de perderlo todo sin quererlo, eligió perder también lo que le quedaba. Eligió ser pobre. Uno aguardaba que la mujer pobre concluyera que la única tristeza es ser pobre… Bloy desconcierta y no enseña con ello un camino: cierra salidas. Después de leerlo ya no se puede administrar del todo en paz la propia mediocridad, y para eso sirve un profeta, que no es poco.

Francisco sí deja un camino, y deja además el modo de andarlo. Está en el octavo capítulo de las Florecillas: va camino de Santa María de los Ángeles con fray León, en un frío crudísimo, y le manda ir escribiendo lo que no es la alegría perfecta. La lista es despiadada porque son todas cosas buenas: que los frailes den en toda la tierra ejemplo de santidad, que devuelvan la vista a los ciegos y resuciten muertos de cuatro días, que sepan todas las lenguas y toda la Escritura, que conviertan a todos los infieles, que conozcan el curso de las estrellas y la virtud de todas las hierbas. De cada una manda escribir lo mismo: no está ahí la alegría perfecta. Fray León, que lleva dos millas oyendo esto, le pide por Dios que le diga entonces dónde está. La respuesta es que lleguen calados por el agua, helados por el frío, cubiertos de barro y afligidos por el hambre, y que el portero no les abra y los trate de dos bribones que andáis por el mundo engañando y robando las limosnas de los pobres; que los deje fuera, en la nieve, hasta que sea de noche; y que si vuelven a llamar salga con un bastón nudoso, los coja por el capuchón, los eche al suelo y los golpee. Si entonces lo sostienen con paciencia y con alegría, pensando en las penas de Cristo bendito que debemos sostener por su amor, que escriba fray León que ahí, ¡ahí!, está la alegría perfecta.

No es estoicismo, porque el estoico soporta para no ser vencido, y aquí no se soporta para llegar a ser invencible sino por amor de Alguien. No es masoquismo, porque el dolor no se busca, llega. El propio Francisco lo explica: de los demás dones, dice, no podemos gloriarnos, porque no son nuestros sino de Dios; en cambio en la cruz de la tribulación y de la aflicción nos podemos gloriar porque esto es nuestro. Es la misma lógica de su Regla llevada hasta el final: el que no se apropia de casa ni de lugar ni de cosa alguna descubre que hay exactamente una cosa que sí le pertenece, y que es la única que nadie codicia. Por eso el relato no termina en una moraleja sino en el Apóstol: no quiero gloriarme sino en la cruz de Nuestro Señor Jesucristo.

Los dos amaron a la misma persona, aquella mujer privada de su primer marido que, dice Dante, fue constante y valerosa hasta el punto de que allí donde María se quedó abajo, ella lloró con Cristo sobre la cruz. Al pie de la cruz estuvo la Madre; en la cruz, con el Hijo, estuvo la Pobreza. Los dos eligieron a la Pobreza; y elegir a la Pobreza es casarse con la viuda del Crucificado.

Eso explica por qué la Regla franciscana, cuando prohíbe apropiarse de casa, de lugar y de cosa alguna, no da un motivo económico ni ascético, sino éste: porque el Señor se hizo pobre por nosotros en este mundo. El fundamento no es que sobre poco, sino que Alguien, por amor, se quedó sin nada primero. Bloy llegó allí por otro camino. Él no dice que Cristo se hizo pobre una vez; dice que sigue mendigando ahora, en cada pobre: sólo Cristo es el que mendiga en la universalidad de todos los pobres. Francisco mira el pasado que funda, Bloy el presente que acusa.

Y si mendigar es sentarse a la mesa del Señor y quien mendiga es Cristo, entonces ocurre algo que descoloca: el dueño de la mesa es el mismo que golpea la puerta pidiendo. No hay modo de sentarse allí con algo en la mano. Ni siquiera con uno mismo en la mano. No hay modo de sentarse allí sin despojarse del hombre viejo, conducido como Francisco lo fue entre los leprosos, hasta poder decir con el Apóstol: ya no vivo yo, sino que Cristo vive en mí.

Autor: Álvaro Ferrer Del Valle

Editor de Revista Suroeste. Director Ejecutivo de Comunidad y Justicia.

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