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Gabriela Mistral, lo bello y lo nacional

Hace unas semanas, en la comuna de Paihuano, los modestos monumentos en honor a Gabriela Mistral amanecieron vandalizados. Más allá del contenido de los rayados (“Gobierno amarillo”, “libertad a Llaitul”), que el culto a lo feo se haya hecho carne en el busto de aquella que enaltecía tanto lo bello es especialmente triste. Y que el desprecio por lo chileno se haya dirigido esta vez hacia una poeta que enorgullece tanto a sus compatriotas es también una penosa ironía…

La profanación de templos, los rayados en cada esquina de Santiago, la destrucción de monumentos de peón a paje (sin saber si es lo uno o lo otro), el desprecio a nuestra bandera, entre otras “intervenciones”, se han hecho cada vez más frecuentes estos cuatro últimos años, con un lamentable peak en los meses más recientes. Un fenómeno que se esconde tras esto es el del culto a lo feo. Otro, el desprecio por nuestros emblemas y símbolos.

Somos seres simbólicos ―homo simbolicus, se ha dicho―, y si una cosa representa otra porque así lo hemos convenido, tiene sentido que lo representado se vea dañado cuando se ofende a “la representación”.

Sin duda abunda en nuestros días una escasa valoración de aquello que se ha llamado “sentimiento de unidad nacional” e incluso una indiferencia ante lo patrio en general. Esto fue pan de cada día en la Convención Constitucional chilena y lo es también en el Gobierno de Gabriel Boric. Que él haya pensado en sacar el cuadro de O’Higgins de su despacho (¿qué diría Mistral, que orgullosa de nuestra historia decía “hasta nuestros hombres más discutidos son grandes”?) o que una convencional haya planteado que el himno genera división son ejemplos de ello. Desmarcarse de lo propio, despreciar las tradiciones por el hecho de serlas.

Se ha alegado como desordenada aquella veneración por un busto, una estatua, una imagen. Se interpela constantemente a quien invoca respeto por una lápida, por un “pedazo de tela”, por una canción. “Más justicia, menos monumentos”; se entona como si fuesen excluyentes o inversamente proporcionales. No tiene sentido, por supuesto, amar un pedazo de tela. Se la respeta porque se ama a la Patria, que es, entre otras cosas, sus personas, su historia, su tierra. Así, lo mismo ocurre con tantos símbolos que representan otras cosas (por eso son símbolos). Somos seres simbólicos ―homo simbolicus, se ha dicho―, y si una cosa representa otra porque así lo hemos convenido, tiene sentido que lo representado se vea dañado cuando se ofende a “la representación”.

Mistral, que en su cristiandad pretendía amar al mundo entero y en su orgullosa latinoamericanidad admiraba a los vecinos, era a su vez indudablemente una mujer patriota. Sin dejar de entregarse desde las aulas a sus alumnas (“toda lección es susceptible de belleza”, “cada lección ha de ser viva como un ser”), entendía profundamente el gran valor de lo nacional en abstracto. Admiraba nuestra historia y sus próceres (“Es hermosa nuestra historia (…), no necesitamos recurrir ni a Grecia ni a Roma, si Prat fue toda Esparta”), llevándola a reflexionar sobre nuestros símbolos patrios (“Menos cóndor y más huemul”), sobre la relevancia del patriotismo (“El patriotismo de nuestra hora”) e incluso a escribir un “Juramento a la bandera”.

Este último escrito es especialmente bello y nos dice mucho sobre cómo la poeta entendía nuestros símbolos. Además de hablar de la hermosura y la reverencia “de esta bandera”, se refiere a cómo en ella están tanto y tantos. Esa es la grandeza del símbolo: “en este juramento todos los otros van. A mi madre que me soñó puro y a mi padre que me soñó fuerte estoy jurándoles sobre este pliegue ardiente. Y juro a Dios, que eligió para mí esta raza y este signo”.

La poeta pensó y escribió también sobre lo bello y la belleza. Y no desligó esto de “lo nacional”, que venimos comentando. Así, por ejemplo, escribió que “nuestra historia nacional no necesita ser cantada en un poema para embellecerse. Es hermosa como un canto, de su primera a su última página”. Esta belleza sobre la que tanto pensó la vio también en nuestro Chile. Qué mejor muestra que su obra “Poema de Chile”, en la que hila versos de norte a sur y de mar a cordillera. Esta relación entre lo nacional y lo bello nos permitiría colegir que nos invitaba a amar también nuestros símbolos cuando escribía, en su decálogo del artista que “amarás la belleza, que es la sombra de Dios sobre el Universo”.

Autora: Rosario Corvalán

Integrante del Área Legislativa de la ONG Comunidad y Justicia (Chile).

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