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Hispanidad: identidad y misión, a 530 años del descubrimiento de América

La llegada del español al suelo americano es de los hitos más impresionantes de la historia de la humanidad. La expedición de Colón finalmente pisaba tierra firme tras duros meses sin esperanzas. En ese instante el genovés no sabía que era el protagonista del descubrimiento de un nuevo mundo. No eran realmente Las Indias, pero quedarían marcadas con ese nombre. Ese 12 de octubre marcaría el rumbo de la historia de Occidente, del Imperio Español y de los reinos americanos, hoy repúblicas. Desde 1492 hasta inicios del siglo XIX, España y América, al igual que Filipinas, estarían unidas bajo el signo de una Fe y una Corona. Nos encontrábamos, con sus altos y bajos, ante la máxima expresión de la Hispanidad.

Pero esta historia no comienza con la hazaña de Colón y su tripulación. El pueblo de la península ibérica estaba destinado a la universalidad desde sus inicios. Aquí se mezclan la sangre celta, romana, germana, judía y árabe, a las cuales, como dijera Jaime Eyzaguirre, el “elemento cristiano todo lo armoniza y lo depura” (Eyzaguirre, J.; “Fisonomía histórica de Chile”). La Fe, la libertad y la fidelidad, el Derecho, el ideal caballeresco y el sentido de misión histórica darían forma a una identidad y un proyecto que con el paso de los siglos tendría la dura tarea de recuperar su propia tierra para finalmente dar vida a un Imperio en el que no se escondía el sol.

Mientras la Cristiandad ―los reinos y los pueblos católicos en Europa― en su conjunto se consolidaba y expandía, los reinos hispanos debían defender su existencia ante el dominio musulmán. El tránsito desde el exilio hasta el apogeo es largo: la batalla de Covadonga en el siglo VIII, la de Navas de Tolosa en 1212, la reconquista y la posterior expansión… Esto ocurrió cuando, asegurada la propia tierra, Isabel y Fernando, ya bajo un solo gran reino hispano, empiezan a ver más allá de la península ibérica. La conquista de América se convierte en un imperativo, más aún con la sanción pontificia: llevar la Fe al Nuevo Mundo. Pero el Nuevo Mundo no es España, tampoco Europa. Isabel y Fernando, y después Carlos I, comprenden que los nuevos dominios exigen adaptarse y adoptar un modo de gobierno acorde con la inmensa realidad de América.

Aquí se mezclan la sangre celta, romana, germana, judía y árabe, a las cuales, como dijera Jaime Eyzaguirre, el “elemento cristiano todo lo armoniza y lo depura”

Se crean instituciones y leyes, se reconocen las costumbres y se aprende a vivir de otra forma, pero en la inspiración suprema de difundir el Evangelio y bajo estrictas instrucciones de doña Isabel en su Testamento en favor de los indígenas, que precisamente eran seres humanos, llamados a la salvación y súbditos de la Corona. Años más tarde, las denuncias de Bartolomé de las Casas llevaron incluso a considerar la suspensión de la conquista en la Junta de Burgos de 1512. Pero el Imperio no puede abandonar su misión, aún cuando debió redoblar los controles mediante las Nuevas Leyes de Indias de 1542 (“Leyes y ordenanzas nuevamente hechas por su Majestad para la gobernación de las Indias y buen tratamiento y conservación de los indios”). Por ello se puede decir: “Si América hubiera sido abandonada a su suerte no cabe duda de que los daños sufridos habrían sido terribles” (Suárez, L.; “Carlos V. El emperador que reinó en España y América”).

El período indiano tuvo sus altos y bajos. El Imperio debió convivir con las virtudes y defectos propios de toda acción humana. El ideal era noble y las realidades eran grises, muchas veces blancas, otras veces negras. Pero no eran escondidas lo cínicamente.

Mientras España hacía su tarea en América, la Cristiandad se disolvía en Europa. El quiebre religioso era también una ruptura política. El fin de la unidad católica daba paso a nuevas monarquías nacionales, sin una Fe, un Derecho y un Imperio común. Carlos I de España ―o Carlos V del Sacro Imperio― luchó hasta el último instante por conservar la vieja Europa viva, ante todo con sus ideales. Pero la caída de la Cristiandad no era el fin de la historia, pues ahí estaba América para dar una nueva oportunidad a la misión hispana. Formar una comunidad en torno a la Fe y a los ideales que la naciente modernidad quería esconder o derechamente borrar. El español, que había combatido por afirmar su existencia cuando la Cristiandad estaba en su apogeo, se comprometía a mantener con vida esa tradición, a pesar de las múltiples dificultades de la vida.

Efectivamente, el período indiano tuvo sus altos y bajos. El Imperio debió convivir con las virtudes y defectos propios de toda acción humana. El ideal era noble y las realidades eran grises, muchas veces blancas, otras veces negras. Pero no eran escondidas lo cínicamente. Los abusos contra los indígenas, como se dijo, llevaron al serio proceso de reflexión y disputa sobre la justicia en la Conquista, al mismo tiempo que se creaban remedios más o menos eficaces para evitarlos y sancionarlos. Estos altos y bajos no se reducen a lo que la Leyenda Negra instaló en el inconsciente colectivo de la historia universal. El propio Imperio, y los reinos de América, tuvieron una evolución con adelantos y estancamientos. España nos legó la Fe, la lengua, el Derecho, muchas costumbres, conocimientos científicos, las primeras grandes obras públicas e industrias y las universidades. Pero tras las guerras de emancipación se produjo un replanteamiento, que dejó en los textos de historia mayoritariamente los abusos, las injusticias, la pobreza material y un supuesto “atraso” cultural.

La situación no fue muy diferente en la misma península ibérica. Si en América la identidad se fue disolviendo, fue porque en la cuna de la Hispanidad también se perdió la adhesión al propio ser. Como decía Ramiro de Maeztu: “Todos los pueblos hispánicos hemos padecido y seguimos padeciendo eso que ahora se llama ‘complejo de inferioridad’, que ha constituido positiva amenaza para nuestra independencia” (De Maeztu, R.; “Defensa de la Hispanidad”). El despotismo ilustrado de los Borbón fue lentamente quebrando el sentido propio de la Hispanidad, aun cuando tuvo un gran resurgimiento en la decidida oposición a la dominación napoleónica, pero su triste fin se volvía inevitable. El Imperio tal y como se conocía se había acabado, quizá para siempre. El proyecto de Isabel, Carlos I y Felipe II había dejado de tener vigencia.

Desde entonces España y las repúblicas americanas han desfilado en la historia con cierta crisis permanente. El caso chileno lo describió con precisión don Jaime Eyzaguirre: “Oscilar dramático entre el abismo y la cúspide, entre el ser y no ser, en que se debate todo el inconsciente de Chile, y de cuya definición postrera penderá el destino final de su historia” (Eyzaguirre, J.; “Fisonomía histórica de Chile”). En el orden histórico, los pueblos de origen hispano hicieron de su identidad algo difuso, ante todo por vergüenza a su pasado. Son miles los americanos que están convencidos de que el “atraso” cultural y económico obedece a los años de “colonialismo” español. Y también son miles los españoles arrepentidos de llegar a América o de reconquistar la propia Península.

La patria “es un tesoro de valor universal, cuya custodia corresponde a un pueblo” (De Maeztu, R.; “Defensa de la Hispanidad”). Por eso mismo, ser es defenderse. Es afirmarse en la propia identidad.

El divorcio con la propia identidad ha sido el terreno propicio para cientos de experimentos ideológicos en nuestras naciones. Algunos con buenos resultados circunstanciales, otros que han intentado reconciliarse con el pasado hispano y otros que derechamente han profundizado las heridas de España y América. En Chile somos testigos de ello. El programa político-institucional de los conservadores en 1833 logró dar forma al orden republicano utilizando los restos de ideas y estructuras del período indiano. Pero hasta hace no pocos meses, el país estaba ad portas de tener por Constitución un texto que renegaba no solo de lo hispano sino que también de lo chileno, lo que era a la vez una reacción y una renuncia.

En el orden metafísico, esto se confirma. La patria “es un tesoro de valor universal, cuya custodia corresponde a un pueblo” (De Maeztu, R.; “Defensa de la Hispanidad”). Por eso mismo, ser es defenderse. Es afirmarse en la propia identidad. Del mismo modo que aceptar aquello que la identidad nos entrega: la tradición. La tradición actúa en la vida de las naciones, dándole continuidad, pues como decía el padre Osvaldo Lira, “lo que se manifiesta en una nación como tal y como factor predominante, no son los individuos, sino que es su espíritu” (Lira, O.; “La tradición”). En ese mismo sentido, Eyzaguirre aclara que “la tradición no es una nostalgia sino una esperanza” (Eyzaguirre, J.; “Por la fidelidad a la esperanza”). La Hispanidad es parte de nuestra identidad, somos una de las ramas de dicha tradición. Chilenos, americanos y españoles estamos unidos en cierto modo. Y esa identidad a su vez es un proyecto.

Pero decir “proyecto” no apunta a políticas públicas o a un programa de gobierno. El proyecto de la Hispanidad lo conforman ideales, una concepción del ser humano y la justicia. A su vez, según Osvaldo Lira, es el único proyecto que puede “crear las condiciones necesarias para que la persona humana pueda verificarse en la línea de sus valores sobrenaturales” (Lira, O.; “Menéndez y Pelayo y la tradición”).

La Hispanidad es parte de nuestra identidad, somos una de las ramas de dicha tradición. Chilenos, americanos y españoles estamos unidos en cierto modo. Y esa identidad a su vez es un proyecto.

¿En qué se puede traducir este ideal? Gonzalo Vial nos los expone con claridad: la igualdad esencial y la solidaridad permanente del género humano, elaborar una completa teoría de las libertades ―anterior a la anglosajona―, la sujeción de la autoridad al Derecho ―“Rey serás si facieres derecho”, decían Las Siete Partidas― y la amistad entre las naciones (Vial, G.; “Vigencia y contenido de la Hispanidad”). La imago mundi de la Hispanidad choca con los totalitarismos de cualquier signo, como dice Vial, pero también con el individualismo, el agnosticismo y el materialismo, como muestran Eyzaguirre y Maeztu.

La Hispanidad, esos ideales, se constituyen así en una misión, el deber de transmitir en toda nación la concepción trascendente del ser humano y de los elevados fines de la comunidad política. La profundidad de la crisis de Occidente y el mundo moderno está marcada por el predominio de las ideologías que ponen la materia y el éxito mundano en el centro de la vida humana, o en palabras del autor de la Defensa de la Hispanidad: “Todos los pueblos que siguieron caminos distintos de la común tradición cristiana se hallan en una crisis tan profunda que no se sabe si podrán salir de ella” (De Maeztu, R.; “Defensa de la Hispanidad”).

Como chilenos, como hispanoamericanos (y por tanto hispanos que también somos), estamos convencidos de que hay una salida: servir a la misión de llevar a todos nuestro ideal. La modalidad específica en que se traduce a ello a nivel político puede adoptar muchas formas, pero no es lo esencial en este momento. Este es el instante para recuperar nuestra identidad, reencontrarnos con esa tradición que tanto bien dio al mundo y del cual la Historia da testimonio. Por ello, no podemos más que compartir la opinión de Vial:

En último término, el porvenir de la Hispanidad está aquí: en progresar materialmente, pero dentro de su tradición de valores, de probada justicia; en practicar ―y enseñar al resto de los pueblos― la vieja y difícil ciencia cristiana, la de vivir y crear en el mundo, mas no para el mundo, la de conciliar la realidad temporal que se atraviesa con la realidad eterna que se espera (Vial, G.; “Vigencia y contenido de la Hispanidad”).
 

Autor: Jaime Tagle D.

Ayudante de investigación, Instituto Res Publica (Chile)

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