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Líneas de fecundidad del pensamiento de Benedicto XVI

Las últimas fotos del anciano papa emérito hacen ya pensar en lo que nos ha dejado a la Iglesia y a los cristianos en una era neopagana. Se ha dicho que el suyo fue un pontificado «a tiempo parcial», por el interés del pontífice por las ideas, dejando de lado el gobierno y los asuntos prácticos. Por el contrario, como decía Kelsen, él piensa que «no hay nada más práctico que una buena teoría» (eso sí, la teoría tiene que ser buena). Cuando le recordaron que una imagen vale más que mil palabras, respondió: «y una idea más que cien mil imágenes»… Resumiremos pues en siete puntos las ideas, las palabras-clave en torno a las que –a mi modo de ver– giró su ministerio como obispo de Roma: razón, corazón, (ad)oración, creación, Jesucristo, Iglesia y belleza. En estos conceptos se resume un pensamiento que me parece que puede ofrecer una respuesta adecuada a los retos planteados por la posmodernidad. Según algunos, Benedicto XVI fue un «papa para la posmodernidad», y no solo el «papa de la razón». [1]

Resumiremos pues en siete puntos las ideas, las palabras-clave en torno a las que –a mi modo de ver– giró su ministerio como obispo de Roma: razón, corazón, (ad)oración, creación, Jesucristo, Iglesia y belleza

1. Razón 

Benedicto XVI fue conocido como «el papa de la razón», por su decidida defensa en un mundo algo alérgico a ella. El papa-profesor habló innumerables ocasiones sobre este tema central y decisivo en la sociedad actual. Ha propuesto una «nueva Ilustración» a partir de una nueva razón. Era este el tema expuesto en Ratisbona (y no el islam, tal como algunos entendieron): la necesidad de una razón abierta, «ampliada» al mundo del arte, de la ética, de la religión e incluso de los sentimientos. Esta nueva razón será –tal como afirmó Walter Kasper– más posmoderna que premoderna o antimoderna.

La fe es también profundamente racional, ha repetido en numerosas ocasiones. Por eso cabe el diálogo entre ciencia y fe, entre fe y razón. Ya un año antes de ser elegido papa, había acordado con Jürgen Habermas que razón y religión podían curarse recíprocamente de sus respectivas «patologías». Por eso el filósofo alemán llamó a Ratzinger «amigo de la razón». La razón impide –acordaron ambos– que la religión caiga en el fanatismo y el fundamentalismo; la religión evita por su parte que una razón puramente técnica cometa errores y produzca atropellos como Auschwitz, Hiroshima o Chernobyl, subproductos residuales de la razón moderna. «Los sueños de la razón producen monstruos», dibujó Goya. Y la religión podría impedirlo.

La fe es también profundamente racional, ha repetido en numerosas ocasiones. Por eso cabe el diálogo entre ciencia y fe, entre fe y razón. Ya un año antes de ser elegido papa, había acordado con Jürgen Habermas que razón y religión podían curarse recíprocamente de sus respectivas «patologías».

2. Corazón 

El amor lógicamente es lo primero. La primera encíclica se tituló precisamente Dios es amor, y en ella nos explicó cómo se usa y abusa de este sagrado término. El eros ha de ser purificado para convertirse en verdadero amor humano y cristiano. Es decir, en ágape. Pero al mismo tiempo –se añadía allí– la caridad ha de incluir el afecto, el cariño, el amor humano. «Dios es cariño», tradujo un santo del siglo XX la famosa de san Juan que da título a la encíclica programática de Benedicto XVI. Eros y ágape presentan pues esta mutua complementariedad y circularidad. Asumiendo y superando la crítica de Nietzsche al afirmar que el cristianismo quitaba la alegría de vivir y del amor, el papa alemán hablaba de esa complementariedad entre amor humano y amor divino.

Pero el eros ha de ser purificado. Esta purificación supondría una auténtica «revolución del amor», que evitaría caer en los extremos del hedonismo y del espiritualismo. Por otra parte, Benedicto XVI viene a recordarnos que el amor es posible, porque Dios nos ama primero. Es esta una afirmación revolucionaria en un mundo algo desengañado y desamorado después de tanto experimento. El amor es posible si Dios ama y nos ama; y nosotros podemos amar con ese amor prestado por el mismo Dios. Tal «revolución del amor» es posible precisamente porque Dios es amor. Nos ha creado y redimido por amor; nos da un amor que es el suyo. Podemos amar con el mismo corazón de Jesucristo, que dio su vida por todos. Por eso podemos amar. Existe por tanto una continuidad perfecta –termina diciendo– entre el amor, la caridad y la santidad, la cual no sería otra cosa que el amor pleno, el amor total.

Tal «revolución del amor» es posible precisamente porque Dios es amor. Nos ha creado y redimido por amor; nos da un amor que es el suyo. Podemos amar con el mismo corazón de Jesucristo, que dio su vida por todos.

3. Creación

En un mundo justamente interesado por la ecología y el medio ambiente, muchos han hablado de las «raíces verdes» de la última encíclica social de Benedicto XVI. Caritas in veritate ha conseguido poner en relación no solo un análisis la crisis económica con la ineludible ética de los negocios, sino también con la ética sexual y la defensa de la vida, la bioética y el respeto al medio ambiente. Por eso es una «encíclica global». Juan Pablo II era aplaudido cuando hablaba de cuestiones sociales, y abucheado (no lo olvidemos) cuando hablaba de las morales o de la ética sexual. Benedicto XVI, con visión integradora, pretende presentar unidas todas las facetas éticas y ecológicas de la existencia humana. Por eso es una encíclica global. Sus alusiones a la ecología y al medio ambiente no son por tanto meramente oportunistas. 

Para el Ratzinger teólogo la creación constituía un dogma olvidado, del que apenas se habla. Deberíamos volver «al principio» (cfr. Gn 1,1; Jn 1,1) para deshacer los entuertos infligidos al planeta y a nosotros mismos. Propugna así un ecologismo cristiano, interior y exterior, con profundas raíces en el día de la creación. Esta creencia en el Creador no es sin embargo una exclusiva cristiana, pues también judíos, musulmanes y creyentes de otras religiones profesan un origen divino del mundo. Esta afirmación tiene también que ver también con su insistencia en la conciencia y en la ley natural, y podría ser un punto de encuentro y mutuo entendimiento con personas de otras religiones, e incluso con ateos y agnósticos. La corrupción interior produce contaminación exterior, y al revés: la limpieza interna promueve un respeto externo, a los demás y al medio ambiente.

Para él el culto y la oración son también fuentes de la verdad y del ethos cristiano. La mayor parte de los problemas que pudiera tener la Iglesia hoy proceden de la falta de unión a Jesucristo, presente en el Pan y en la Palabra.

4. (Ad)oración 

Sabe que es el verdadero motor de la Iglesia y de la vida cristiana. Frente al activismo cortoplacista, el papa alemán sabe esperar, pensar y rezar. Pero sobre todo rezar. El activismo es para Ratzinger “la gran bestia negra”: el actuar en la Iglesia actual sin pensar ni rezar. Para él el culto y la oración son también fuentes de la verdad y del ethos cristiano. La mayor parte de los problemas que pudiera tener la Iglesia hoy proceden de la falta de unión a Jesucristo, presente en el Pan y en la Palabra. Es algo de lo que ya habló Juan Pablo II con motivo de los primeros casos de los escándalos de pederastia entre miembros del clero en los Estados Unidos. «Esto nos pasa por descuidar la eucaristía», dijo entonces Juan Pablo II. 

No era una evasiva. Aquello ocurrió, en última instancia y con todas sus consecuencias, por haber descuidado el centro de la vida cristiana. La liturgia ha sido uno de los puntos centrales de la teología de Ratzinger, y por ella ha profesado un especial interés desde su infancia. La razón y la liturgia –afirmaba– le metieron en el mundo de Dios; es más, fueron su refugio y su defensa ante la amenaza nacionalsocialista. En su pensamiento, la liturgia ocupa ese lugar central que le corresponde en la Iglesia. La categoría de la «adoración» no es sin más un reducto piadoso, sino un verdadero “lugar teológico” de donde surgen continuas inspiraciones para la teología y el pensamiento en general. Y después de rezar, trabajar.

5. Jesucristo al centro

Es esta una afirmación incontrovertible. A pesar de las múltiples ocupaciones del ministerio petrino, Benedicto XVI no renunció al proyecto personal de escribir su Jesús de Nazaret, que terminó en 2011. Constituye este libro una actividad central como sucesor de Pedro: hablar de Jesucristo. Y hablar de Él como Dios y hombre, como el Cristo de la fe y el Jesús de la historia. No es un profeta ni un avatar más de la divinidad, sino el Hijo de Dios hecho hombre. Solo Él salva. Esto fue también recordado por Juan Pablo II en el Jubileo del año 2000: junto a la petición de perdón por los pecados de todos los cristianos, recordó que «Jesús es el Señor», el Salvador, el único Mediador.

Recordar la centralidad salvífica de Jesucristo no es una ocupación más, sino la misión principal de la Iglesia. El relativismo religioso propone a Jesucristo como un varón egregio, un pacifista o un revolucionario, o tal vez una persona eminente que toma conciencia de su presunta divinidad. Se cree Dios, y por eso piensa que puede salvar. Otros tantos podrían hacerlo. Sin embargo, los cristianos han creído y defendido siempre que toda salvación viene de Dios en Jesucristo. Un budista, un musulmán o un animista pueden salvarse, pero siempre en Jesucristo. No en Buda, Mahoma o el Gran Manitú. Solo Jesucristo es el Hijo de Dios, el mismo Dios, como recuerdan de modo constante los evangelios.

6. Iglesia

Frente al conocido lema “Cristo sí, Iglesia no”, Ratzinger recuerda que la Iglesia es el cuerpo y la esposa de Cristo. La Iglesia está inseparablemente unida a la persona de Jesucristo. Por eso la Iglesia debería hablar más de él, y menos de sí misma y de asuntos clericales. Más santidad y menos burocracia es la fórmula de Ratzinger para destacar la unidad entre Jesucristo y su Iglesia. De hecho, esta continúa la misión de aquel. Jesucristo mismo se sirvió de su mediación y, por tanto, de los apóstoles, los obispos y los demás ministros que siguen esta misma línea de continuidad. La apostolicidad de la Iglesia es una de sus notas fundamentales, nos recuerda una y otra vez el emérito papa-teólogo. De manera que hay una continuidad entre Jesucristo, la Iglesia de los apóstoles y la Iglesia actual.

Esto nos ofrecerá una clave para el diálogo ecuménico, que consistirá en profundizar en nuestras raíces comunes. Benedicto XVI está convencido de que la misión de la Iglesia consiste en anunciar a Cristo y en crecer en comunión y cohesión dentro de ella. Así se podrá llevar adelante ese proyecto ecuménico de crecer en unidad en la única Iglesia de Cristo, que desearon intensamente también los papas anteriores. El papa alemán inició un caminar con pasos lentos pero seguros, como en la ascensión a una montaña. De momento, los resultados le acompañan: con los ortodoxos reemprendió el diálogo ecuménico, con diversas reuniones reuniones (como las que tuvieron lugar en Rávena, Chipre y Viena) abocadas a tratar el principal tema que nos separa: el modo de ejercer el primado de Pedro. Mientras tanto, se busca una estrecha colaboración en cuestiones éticas –sobre todo bioéticas– y en la doctrina social.

7. Belleza

Ratzinger ha sido siempre un enamorado de la belleza. Desde su temprana afición a la música, especialmente de la de Mozart, la dimensión estética forma parte de su pensamiento y de su visión de la vida. De hecho, suele ser llamado «el Mozart de la teología» no solo por las aparentes levedad y ligereza de su pensamiento (Ratzinger es más fácil de leer que otros teólogos alemanes), sino también por la profundidad y dramatismo de sus ideas. Mozart como música de fondo. Además, ha afirmado que un teólogo que no tenga sensibilidad estética resulta peligroso. O como decía un discípulo suyo, él siempre tenía tiempo para tocar el piano… Para él la belleza no solo es importante para la teología, sino también para la misma vida de la Iglesia y una dimensión esencial del mundo. 

En esta sociedad posmoderna y algo esteticista como la actual, decía Ratzinger, la razón y la belleza presente en la celebración litúrgica, en el arte cristiano y en la vida de los santos puede ser un testigo de excepción: la mejor tarjeta de presentación para el cristianismo. La inauguración de la Sagrada Familia ha constituido todo un símbolo en este sentido. En Gaudí se encuentran unidas estas dos dimensiones de la belleza cristiana: en primer lugar, como creador de una belleza nueva, moderna y dirigida a la gloria de Dios, tal como aparece en el templo barcelonés; por otra parte, por la belleza presente en la vida de los santos, si el proceso de beatificación del «arquitecto de Dios» llegara a buen puerto. Hacen presente la Belleza divina en este mundo.

Estas serían pues las siete palabras en las que me parece que se podría sintetizar el legado del papa alemán. Vendría a ser algo así: 2 pilares concéntricos (Cristo y la Iglesia), 4 núcleos ontológicos y teológicos (amor, verdad, belleza y esperanza) y 4 referencias y actitudes: razón, corazón, (ad)oración y creación. Este es, en mi opinión, el legado teológico que nos deja Joseph Ratzinger, el teólogo que fue Papa.

Autor: Pablo Blanco Sarto

Universidad de Navarra

Notas

[1] Los conceptos que aquí figuran han sido expuestos en «La teología de Joseph Ratzinger. Una introducción».

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