2023 04 Libertad Religiosa 1

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Geopolítica y la cuestión religiosa: ¿‘Freedom from religion’ o ‘freedom of religion’?

El que solo el 10% de los alemanes se considere una persona religiosa (cfr. Ginés, P.; “Rara encuesta sobre alemanes y el demonio: ¿socialistas y jóvenes creen más que mayores y derechas?”) o que la religión más practicada en la capital de Bélgica sea el islam (Erasmus; In and around Brussels, the practice of Islam is outstripping Christianity) parece que carece de relevancia para muchos de los sesudos analistas que copan los espacios mediáticos y pontifican sobre qué sucede dentro y fuera de Europa. Al ser la fe religiosa una cuestión privada sin apenas influencia sobre lo público ―es el axioma de una postmodernidad disolvente que preside las tribunas de opinión― la realidad se observa con las lentes, no ya de un laicismo hostil a la religión, sino con unos ojos afectados por una ceguera voluntaria que expulsa automáticamente la religión de su horizonte visual. Sumemos a este prejuicio un insondable analfabetismo religioso y nos resultará fácil explicar por qué la “cuestión religiosa” no aparece en el estropeado radar de los opinantes de los medios de comunicación hegemónicos. Y si aparece, siempre lo hace como fuente de los problemas. En el marco de uno de los encuentros organizados por la Unión Europea con las “organizaciones filosóficas y no confesionales” (expresión que incluiría a agnósticos, ateos, librepensadores, etc.), al amparo del Artículo 17 (3) del Tratado de Funcionamiento de la Unión Europea [1], un representante de la masonería lanzó una violenta diatriba pública contra la religión, acusándola de ser la fuente primordial de la violencia en el mundo. El por aquél entonces Representante Especial de la Unión Europea para la libertad religiosa, Jan Figel’, presente en la mesa de invitados, respondió con meridiana claridad y contundencia: Stalin, Hitler, Pol Pot no eran personas religiosas; es el afán de dominio del hombre sobre sus semejantes el que causa la violencia, no la religión.

Al ser la fe religiosa una cuestión privada sin apenas influencia sobre lo público ―es el axioma de una postmodernidad disolvente que preside las tribunas de opinión― la realidad se observa con las lentes, no ya de un laicismo hostil a la religión, sino con unos ojos afectados por una ceguera voluntaria que expulsa automáticamente la religión de su horizonte visual.

Cada vez son menos los que, a pesar de su preparación intelectual, están en condiciones de entender el papel de la religión en la vida personal y social, y a fortiori, en las intrincadas dinámicas geopolíticas. La tendencia a apartar la religión del análisis llega a ser tan poderosa, que se borran las partes de la fotografía que incomodan. Lo que no encaja, se desecha. El ejemplo de Nigeria es paradigmático: en el país más poblado de África, que llegará a tener, según dicen las proyecciones, 550 millones de habitantes en 2100 (Macrotrends; Nigeria Population Growth Rate 1950-2023), grupos terroristas compuestos por miembros de la etnia Fulani (predominantemente dedicados al pastoreo bovino), han asesinado a miles de cristianos (mayoritariamente agricultores). El relato hegemónico (esto es, la versión preferida de la realidad repetida por los medios y políticos dominantes) es que se trata de una “lucha por los recursos naturales” propiciada por el omnipresente cambio climático.

La tendencia a apartar la religión del análisis llega a ser tan poderosa, que se borran las partes de la fotografía que incomodan. Lo que no encaja, se desecha.

En junio de 2022, terroristas Fulani entraron en la iglesia de San Francisco Javier de Owo (estado de Ondo) y abrieron fuego contra los fieles que celebraban Pentecostés, asesinando a 50 feligreses católicos, entre ellos varios niños (Cernuzio, S.; “Masacre en iglesia católica de Nigeria, las condolencias del Papa”). El presidente de Irlanda, Michael D. Higgins, declaró tras la masacre que los Fulani “no debían ser chivo expiatorio porque eran víctimas del cambio climático”. Tan insólitas declaraciones provocaron una indignación general, y una asertiva respuesta del obispo de Ondo, Mons. Jude Ayodeji Arogundade, quien rechazó la coartada del cambio climático, acusando “a quienes pretenden aprovechar este horrible suceso para promover cualquier forma de agenda ideológica” (Nota de Infocatólica; “El presidente de Irlanda relaciona la masacre de Pentecostés en Nigeria con el cambio climático y le responde el obispo de Ondo”, 13 junio 2022).

El terrorismo islamista Fulani y su sangrienta obsesión por expulsar de sus tierras a los cristianos (que son mayoría en la mitad sur del país) para hacerse con ellas e implantar el islam no casa con el relato deseado, particularmente cuando las víctimas son cristianas, tabú mediático occidental. Se obvia que Nigeria, siendo un país federal constitucionalmente no confesional y con casi la mitad de sus habitantes cristianos, es miembro de la OIC (Organización para la Cooperación Islámica) y posee 12 estados del norte donde se aplica la sharía, esto es la ley islámica. Los atentados terroristas de los Fulani no son investigados, los criminales no son perseguidos. Tal es la situación que la Conferencia Episcopal Católica de Nigeria ha llegado a acusar al presidente Buhari (que es musulmán de la etnia Fulani, como buena parte de los mandos policiales y militares), de complicidad con los terroristas. Pero seguimos leyendo noticias sobre los ataques terroristas Fulani, que se suceden cada semana desde hace años (¡una media de 5 cristianos son asesinados diariamente en Nigeria!), y el cambio climático parece ser la única y verdadera razón para la locura yihadista (Bazán, J.L.; Fulani militias’ terror: 2017-2020). El islamismo, esa incómoda verdad, ha encontrado un sustituto mediático y político, menos ofensivo; un cajón de sastre que impone ecológicas obligaciones por doquier.

El Servicio Exterior de la Unión Europea (SEUE) está aquejado de una distorsión de visión similar, como parte del entramado de una Unión Europea que lidera la narrativa hegemónica. Durante años prefirió obviar la dimensión religiosa de la geopolítica, afirmando alegremente “we don’t deal with religion”, como si se tratara de evitar un indebido acto de confesionalidad.  Hasta que la realidad desbordó, en parte, el prejuicio. Había que adaptar el relato, y se encontró la panacea del diálogo interreligioso. Era preciso, entonces, promover el diálogo entre religiones, como si se tratara de la receta universal a los problemas del terrorismo islámico. Y, ciertamente, no lo es. No quiere aceptarse bajo ningún concepto (ni siquiera nombrarlo), que existe un problema de primer nivel en el islam: su incapacidad para interpretar sus propios textos sagrados a la luz de la racionalidad, las ciencias positivas y la experiencia, y excluir toda malsana literalidad que permite sin grandes esfuerzos apelar a una concreta sura coránica para justificar la guerra “santa”, el asesinato del infiel, y, en última instancia, la pretendida superioridad moral e histórica del islam. Muchos de los países aquejados por yihadismo se quejan del islamismo de importación, procedente de las escuelas salafistas bien subsidiadas por países islámicos que blanquean su reputación con la diplomacia cultural y deportiva. Nombrar una concreta religión ha sido y es tabú en Occidente, y se prefiere expulsar el balón por la banda, o dar un marco más amplio al problema, hablando de “tensiones” entre religiones, como si no existiera agresor y víctima.

La Unión Europea adoptó en 2013 sus “Líneas Directrices para la protección y promoción de la libertad de religión o creencia”, una guía orientadora dirigida a sus delegaciones en terceros países sobre cómo actuar en caso de vulneración de la libertad religiosa (Consejo de la Unión Europea, 24 de junio de 2013). La mayoría de quienes están llamados a usarlas o no las conocen o no las aplican. El propio SEUE no publica los datos sobre su aplicación, a pesar de las reiteradas peticiones de entidades sociales y religiosas. Más de uno se pregunta, legítimamente, si su adopción fue un movimiento cosmético. Obiter dictum: el mismo día de su adopción, se publicaron también las polémicas “Líneas Directrices para la protección y promoción del disfrute de todos los derechos humanos por las personas LGBTI” (Consejo de la Unión Europea, 24 de junio de 2013), una simultaneidad nada casual, a la que nos tiene acostumbrados el SEUE. En relación con la Agencia Europea de Derechos Fundamentales (popularmente conocida como FRA, en inglés), parece preocuparse por las violaciones de la libertad religiosa de los judíos y musulmanes, pero no de los cristianos o los fieles de otros grupos religiosos. Si bien publica informes periódicos sobre antisemitismo o sobre el odio antimusulmán [2], ni uno se ha visto hasta el momento sobre un fenómeno creciente, el de la discriminación e intolerancia contra los cristianos, como dan fe los datos del Observatorio de la Intolerancia y Discriminación de los Cristianos en Europa (OIDAC, en inglés, con sede en Viena) [3]. La Unión Europea (UE) cuenta, igualmente, con un Coordinador contra el odio anti-musulmán [4] y un Coordinador para combatir el antisemitismo y fomento de la vida judía [5], pero ningún otro grupo que padece intolerancia y discriminación en los países de la UE goza de una figura semejante.

En Naciones Unidas, el que fuera Relator Especial sobre la libertad de religión o de creencias entre 2016 y 2022, Ahmed Shaheed, dedicó gran parte de sus esfuerzos a trocear la libertad de pensamiento, conciencia y religión (Artículo 18 de la Declaración Universal de Derechos Humanos), que es una única libertad con tres dimensiones, y proponer la existencia aparentemente autónoma, de la libertad de pensamiento (Shaheed, A.; “Informe sobre la libertad de pensamiento”, 5 octubre 2021). De este modo, la libertad religiosa sería la ejercida por las personas creyentes, mientras que la libertad de pensamiento y conciencia, sería la propia de los no creyentes. De ahí a considerar a los primeros como sujetos imbuidos por la superstición irracional frente a los segundos, iluminados por la racionalidad, hay un paso no tan lejano como algunos pretenden. El mismo Shaheed repetía en más de una ocasión (quizás sin torticera intención) esa trampa de los odiadores de la religión a los que gusta promover la expresión “freedom from religion” (esto es, libertad frente a la religión), como contrapuesta a “freedom of religion” que, de nuevo, sería la libertad de los que poseen creencias religiosas. La expresión freedom from religion es prejuiciosa e inaceptable, porque postula que la libertad existe cuando una persona se emancipa de la religión, que sería de este modo, un obstáculo para la libertad y realización del hombre. Tal visión carece de fundamento en los textos internacionales de derechos humanos y supone adoptar un lenguaje hostil más que rechazable. Por si fuera poco, Shaheed, en su informe de 2020 sobre violencia de género y discriminación en nombre de la religión o las creencias (Shaheed, A.; “Informe sobre violencia de género y discriminación en nombre de la religión o las creencias”, 24 agosto 2020), problematiza la objeción de conciencia contra el aborto y cualquier discurso crítico contra el lobby autodenominado “LGBT+” sustentado en creencias religiosas. Llegado a este punto es más que legítimo preguntarse si el relator vulneró su mandato de promover y proteger la libertad religiosa, o, incluso, si su posición fue la de un experto independiente. Como reza el refrán: “con esos amigos, para qué quiero enemigos”.

Nada puede esperarse de los enemigos de la libertad ni de los enemigos de la dimensión religiosa del hombre, sino sometimiento o indiferencia. 

Pero aún cabe añadir otro hito en la carrera de Shaheed como relator de Naciones Unidas. En su informe sobre los pueblos indígenas y el derecho a la libertad de religión o de creencias (Shaheed, A.; “Informe sobre los pueblos indígenas y el derecho a la libertad de religión o de creencias”, 10 octubre 2022), Shaheed se convierte en paladín del indigenismo político que busca, simplemente, poner en cuestión la ingente obra evangelizadora del cristianismo en el mundo. No puede decirse simple y llanamente que la “espiritualidad indígena” es una “forma de vida” habitualmente basada en la naturaleza: quizás lo fue antes de la expansión del cristianismo, pero en buena parte dejó de serlo, afortunadamente, para buena parte de los indígenas. Son muchos los que por motivos puramente ideológicos sostienen que el auténtico y buen indígena es el que abraza el paganismo originario. ¿Es que acaso los indígenas de tantos pueblos africanos, americanos o asiáticos son menos “originarios” por haber abrazado el cristianismo (u otra religión)? ¿O quizás son unos traidores a la causa indígena, según tales postulados?

La libertad religiosa es el canario en la mina: el más fiable y rápido detector del deterioro del ecosistema de derechos humanos. Pero el sectarismo, la indiferencia y, no menos, la supina ignorancia de su papel y relevancia para la preservación de la dignidad humana y la configuración de las civilizaciones y la cultura de los pueblos nos ha llevado por caminos oscuros de los que no sabemos salir. Nada puede esperarse de los enemigos de la libertad ni de los enemigos de la dimensión religiosa del hombre, sino sometimiento o indiferencia.

Autor: José Luis Bazán

Doctor en Derecho y consultor internacional, Bruselas

Notas

[1] “Reconociendo su identidad y su aportación específica, la Unión mantendrá un diálogo abierto, transparente y regular con dichas iglesias y organizaciones [filosóficas y no confesionales]”.
[2] Basta con revisar su página web: https://fra.europa.eu/en/themes/religion-and-belief
[3] Vid. https://www.intoleranceagainstchristians.eu/
[4] Vid. https://ec.europa.eu/newsroom/just/items/774811/en
[5] Vid. https://commission.europa.eu/strategy-and-policy/policies/justice-and-fundamental-rights/combatting-discrimination/racism-and-xenophobia/combating-antisemitism/coordinator-combating-antisemitism-and-fostering-jewish-life

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