2023 05 bxvi Prensa 1

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Benedicto XVI y los medios de comunicación

¿Cómo convive un sabio teólogo melómano con la era de las noticias en tiempo real y las redes sociales? La respuesta es fácil: mal. Así le ocurrió a Benedicto XVI. Su pontificado, tan plagado de proezas intelectuales, gestos simbólicos, discursos brillantes y visitas emotivas, estuvo, sin embargo, lejos de gozar del éxito comunicacional. Quizás pueda afirmarse que pocas veces ha existido una distancia tan ancha entre la calidez de un hombre sencillo, afable, abierto al diálogo y al intercambio de ideas y la cruda imagen pública del duro e intransigente “rottweiler de Dios”.

La inquina contra Joseph Ratzinger surgió hacia fines de los 60, cuando pasó de estar en el bando progresista a mostrarse crítico con la manera en que ciertos sectores de la Iglesia interpretaron los resultados del Concilio Vaticano II, de los cuales el propio Ratzinger fue un activo promotor. El resentimiento ganó en intensidad cuando Juan Pablo II lo convocó para hacerse cargo de la Sagrada Congregación para la Doctrina de la Fe, el hoy dicasterio heredero del Santo Oficio y de la Inquisición, como con odiosa intencionalidad repetían sus críticos cada vez que pudieron. Sin embargo, pese a los ataques, el entonces cardenal quedó bien protegido bajo el potente alero del carismático Papa polaco.

Tras la muerte de este, los sectores progresistas esperaban que fuera el turno de Pontífice de su signo, como queda en evidencia con las primeras votaciones, donde el argentino Jorge Mario Bergoglio asomó como candidato con posibilidades. Pero fue finalmente Ratzinger el escogido en el cónclave de 2005. La noticia fue recibida con malestar por aquel sector, desde donde rápidamente se renovaron las críticas contra el “pastor alemán”.

Aunque trabajaron juntos por décadas, Ratzinger y san Juan Pablo II eran muy diferentes. Uno de los aspectos que los distinguía era que el polaco tenía clara conciencia de la importancia de las relaciones públicas. No ocurría lo mismo con el introvertido Benedicto XVI, quien claramente se encontraba más a gusto entre los libros que ante los focos y las cámaras.

Quizás por eso mismo, hubo también diferencias en el nivel de la asesoría comunicacional que recibió cada uno. Juan Pablo II encontró en Joaquín Navarro Valls un muy cercano, capacitado y hábil vocero, con el que desarrolló un fiato único. El Papa alemán solo pudo gozar de la ayuda del español por apenas 15 meses, pues en 2006 este presentó su renuncia al cargo que ocupaba desde 1984. Aunque bien intencionado, su sucesor en la dirección de la Oficina de Prensa de la Santa Sede, el jesuita Federico Lombardi, no tuvo nunca la prestancia, el aplomo ni la relación con su jefe que desarrolló Navarro Valls con el suyo.

La escasa inclinación mediática de Ratzinger, unida a la existencia de un equipo comunicacional no especialmente apto, la abierta oposición desde diversos sectores laicos y religiosos y el auge de tecnologías digitales que permiten la difusión de mensajes de manera constante y desde fuentes múltiples e incontrolables, abrieron un flanco sangrante en el pontificado de Benedicto XVI. Las flaquezas comunicacionales del pontificado fueron explotadas por las agendas propias de otros, con golpes de efecto que minaron progresivamente la imagen del Papa y la Iglesia.

Benedicto hizo lo que pudo, pero no fue suficiente. Encaró con valentía y misericordia los escándalos por abusos sexuales cometidos por religiosos, realizó viajes y encuentros que fueron un rotundo éxito, escribió encíclicas y libros llenos de contenido valioso y sabiduría. Sin embargo, invariablemente, los problemas no le dieron respiro.

Incluso sus mejores performances fueron opacadas por desastres comunicacionales. Un ejemplo fue el profundo discurso sobre el vínculo entre la fe y la razón que pronunció en septiembre de 2006 en la Universidad de Ratisbona, que se transformó de manera inesperada en un incidente luego de que fuera interpretado en algunos círculos musulmanes como un ataque contra el Islam, en un clima de sensibilidades a flor de piel debido a la llamada “guerra contra el terrorismo” norteamericana contra grupos islámicos radicalizados. Aunque el propio Pontífice trató de resolver el malentendido a través de notas aclaratorias posteriores, el episodio debió enseñarle que todo lo que dijera en público podía ser usado en su contra. Pero en algunas ocasiones incluso lo que no alcanzó a decir también fue mal recibido: en 2009 tuvo que suspender una esperada alocución en la Universidad La Sapienza de Roma cuando grupos estudiantiles lo acusaron de ser “enemigo de los homosexuales” y de no haberse distanciado “lo suficiente” del proceso de la Inquisición contra Galileo en el siglo XVII. La mala disposición contra Benedicto XVI provocó que no solo fuera criticado por sus expresiones, sino también por lo que sus detractores pensaban que iba a decir.

Lo que colmó el vaso y confirmó que Benedicto XVI fue “un pastor rodeado de lobos”.

La repetición de hechos comunicacionales desgraciados durante el papado de Benedicto XVI lleva a sospechar que dentro del Vaticano hubo fuerzas que operaron en su contra. La medida para levantar la excomunión de cuatro obispos de la cismática Fraternidad Sacerdotal San Pío X es un caso paradigmático en este sentido: uno de los prelados a los que se les levantó la excomunión, el inglés Richard Williamson, dio una entrevista televisiva en la que negaba la existencia de cámaras de gas en los campos de exterminio alemanes durante la Segunda Guerra Mundial. Sus palabras generaron una controversia que creció cuando el obispo de Estocolmo dijo que había advertido al Vaticano sobre la postura revisionista de Williamson y el periódico alemán Süddeutsche Zeitung publicó en portada una nota titulada “El Papa readmite en la Iglesia a un negacionista del Holocausto”, plagada de inexactitudes e interpretaciones erróneas. El caso se convirtió en un escándalo que muchos oportunistas –entre ellos la canciller Angela Merkel— usaron para castigar la figura del Pontífice. “Ya no queremos ser el papa”, editorializó días más tarde el Süddeutsche Zeitung, alabando la postura adoptada por Merkel y criticando sin piedad a Ratzinger. La revista Der Spiegel sostuvo días más tarde que el Pontífice había convertido a la Iglesia Católica “en un hazmerreír”. Un informe que circuló en la Secretaría de Estado vaticana atribuyó el desafortunado incidente a una conspiración que habría tendido una trampa al Pontífice, y también a la “chapucería ignorante y la falta de comunicación de la curia”.

Que esto le haya ocurrido a Benedicto XVI, un decidido amigo del pueblo hebreo que condenó siempre el antisemitismo y promovió el diálogo interconfesional con la religión judía, hace que no sea descartable la idea de una exitosa trama conspirativa para poner al Santo Padre en problemas. Parte de estos se debieron, sin duda, al ominoso silencio que guardó la Secretaría de Prensa en los primeros días del escándalo, una falta de reacción incomprensible.

Lo que colmó el vaso y confirmó que Benedicto XVI fue “un pastor rodeado de lobos” –como diría luego de su renuncia L’Osservatore Romano— fueron las filtraciones del caso conocido como Vatileaks, que estalló en 2012 cuando un periodista italiano dio a conocer el contenido de una serie de documentos que había recibido de Paolo Gabriele, mayordomo del Papa. Esto dio pie a un sinfín de rumores y versiones sobre escándalos sexuales, financieros y extorsiones al interior de la Santa Sede. El propio Benedicto XVI señaló que el caso provocó “tristeza en mi corazón”, pues dañó severamente el prestigio de la Iglesia.

La letal mezcla de un Pontífice poco ducho en el manejo de las comunicaciones masivas y la administración burocrática, la ausencia de un equipo comunicacional bien capacitado, las divisiones al interior de la Curia, la inquina que le tuvieron desde el primer día sus detractores y la mala fortuna se mezclaron para generar una tormenta perfecta reputacional hacia finales del pontificado de Benedicto XVI.

Fueron las filtraciones del caso conocido como Vatileaks.

A esas alturas, un muy afectado y debilitado Santo Padre ya había dado dicho al periodista Peter Seewald que “cuando un Papa alcanza la clara conciencia de no estar bien física y espiritualmente para llevar adelante el encargo confiado, entonces tiene el derecho, y en algunas circunstancias también el deber, de dimitir”. Las cartas estaban echadas y solo quedaba escribir el epílogo, que se produjo en febrero de 2013 en el consistorio en el que Benedicto XVI anunció su decisión de renunciar.

Juan Ignacio Brito

Académico Universidad de los Andes (Chile)

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