2025 04 06 ser catolico hoy 1

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¿Es real la oposición entre el catolicismo del templo y el catolicismo del santuario?

Luego de la publicación de su polémico libro “¿Es Chile un país católico?” (1941), san Alberto Hurtado señaló que la pregunta lanzada por su obra “debería recibir una respuesta afirmativa, como aparece en las páginas del libro que no denuncian una apostasía nacional sino una fe sin el suficiente cultivo” (Hurtado, A.; “Una palabra al lector” [1]). Frente a la crítica realidad diagnosticada, la actitud del jesuita no era una de complacencia o conformidad, sino que implicaba “un enérgico llamado a la acción” (Hurtado, A.; ibid.). Ochenta años después de esta reflexión, vale la pena volver a preguntarse por el ser católico en el Chile del siglo XXI.

Una reciente editorial de Eduardo Valenzuela para la revista “Humanitas” busca abordar el significado del ser católico hoy. El autor analiza la situación del catolicismo conforme a los datos arrojados por las últimas encuestas Bicentenario UC, las que muestran un complejo panorama para este: solo un 10% cumple el precepto dominical; apenas un 14% cree en el núcleo dogmático del sacramento de la Confesión; existe una extendida creencia en prácticas esotéricas y elementos pseudorreligiosos orientales ―tales como el karma y la reencarnación―; los católicos tienden a discrepar de las posturas dogmáticas de la Iglesia en materia moral (un 70% apoya el “matrimonio” homosexual, y solo un 40% se opone a cualquier forma de aborto), existiendo una desconexión profunda entre religión y moral. Basándose en estos datos, Valenzuela señala que “nuestro catolicismo ha sido siempre algo sincrético, escasamente moralista o puritano y ―a pesar de las apariencias― poco clerical” y que ha “transcurrido largamente fuera de la mediación eclesiástica”, concluyendo que “lo que menos necesita hoy el catolicismo es el desprecio de aquellos que viven su religiosidad fuera del templo, entre otras cosas porque ahí están casi todos” (Valenzuela, E.; “¿Qué significa ser católico hoy?”).

El argumento de Valenzuela se sustenta en una especie de falacia naturalista: como el catolicismo es y ha sido vivido “incorrectamente”, entonces eso debe ser el catolicismo en Chile, y la adecuada aproximación pastoral es una cierta resignación ante esta realidad. Sin embargo, este planteamiento adolece de un problema esencial. El catolicismo no es meramente una cosmovisión difusa, sino que es la participación en una comunidad de fe que es la Iglesia. Al crear Dios el mundo, lo crea “en orden a la Iglesia”, que es ante todo “convocación” a la comunión con la vida divina, por medio de la persona de Jesucristo (cfr. Catecismo de la Iglesia Católica, 760). Esta comunión no se sustenta en un mero subjetivismo emotivo, sino que constituye a la Iglesia en un verdadero “pueblo de Dios”, a quien Dios destina para “que le confesara en verdad y le sirviera santamente” (Lumen Gentium, 9). En este sentido, la vida del católico se mueve entre el llamado a ser “perfectos, como perfecto es vuestro Padre celestial” (Mt. 5, 48), y la constante necesidad de conversión y arrepentimiento, especialmente expresado por el sacramento de la penitencia, mediante el cual los cristianos “obtienen de la misericordia de Dios el perdón de la ofensa hecha a Él” y la reconstitución de la relación con la Iglesia (Lumen Gentium, 11). Dicho de otra manera, la vida del católico se mueve en dos niveles: la imitación del modelo perfecto que es Jesucristo, y la insuficiencia humana para vivir de forma absoluta este ideal. Solo mediante la acción de la gracia puede el hombre siquiera acercarse al cumplimiento de las exigencias de Cristo.

La actitud del jesuita no era una de complacencia o conformidad, sino que implicaba “un enérgico llamado a la acción”.

La existencia de estos dos niveles apunta a la relación que debe tener el cristiano con la vida en el saeculum. Todos somos pecadores necesitados de conversión, y esta es una necesidad constante a lo largo de toda la existencia terrena. De ahí que es necesario el amor y misericordia ante el hermano pecador: en la miseria del otro se refleja nuestra propia miseria, y negarse a ver esto es no ser consciente de la viga en el ojo propio (Mt. 7, 3). Sin embargo, la misión del cristiano no se agota en reconocerse pecador, sino que debe trabajar constantemente en seguir los pasos del modelo ideal que es Cristo, modelo exigente al punto del escándalo (cfr. Jn. 6, 60-66), que no abroga la ley, sino que la consuma (cfr. Mt. 5, 17). El cristiano es la mujer adúltera, beneficiaria de la eterna misericordia divina, pero siempre conminada a no volver a pecar (cfr. Jn. 8, 1-11); es la mujer de Samaria, reprendida por Cristo por vivir en adulterio, pero llamada a beber del agua viva (cfr. Jn. 13-18); es el buen ladrón, quien se sabe justamente castigado por sus malas obras, pero que es inmediatamente perdonado al poner su confianza en Cristo, siendo llevado junto a Él al Reino (cfr. Lc. 23, 39-43). Como señala Lumen Gentium, “la Iglesia encierra en su propio seno a pecadores, y siendo al mismo tiempo santa y necesitada de purificación, avanza continuamente por la senda de la penitencia y de la renovación” (Lumen Gentium, 8).

El católico no puede vivir íntegramente su religión sin tratar de seguir el ideal cristiano con la conciencia humilde del que se sabe pecador y necesitado de la gracia. Olvidarse de nuestra insuficiencia es caer en la actitud farisaica tan duramente criticada por Cristo: es ser como “sepulcros blanqueados, hermosos por fuera, mas por dentro llenos de huesos de muertos y toda suerte de inmundicias” (Mt. 23, 27). Pero esto no significa olvidarse de las exigencias de la vida cristiana, las que no se cumplen por un mero rigorismo, sino que porque solo por medio de ellas el hombre puede ser realmente feliz: la ley de Cristo nos muestra el ideal de la vida buena de los que han sido llamados al redil del Señor. En caso contrario, el cristiano se convierte en sal que no sala, en luz escondida bajo el celemín, y abandona su misión de “lucir vuestra luz ante los hombres, para que, viendo vuestras buenas obras, glorifiquen a vuestro Padre, que está en los cielos” (Mt. 5, 13-16).

La dimensión “visible” de la Iglesia ―con sus vínculos “de la profesión de fe, de los sacramentos, del gobierno y comunión eclesiástica” (Lumen Gentium, 14)― no es un mero formalismo, sino que la manera concreta mediante la cual el fiel se encuentra con Cristo.

Volviendo al caso chileno, la constatación del estado diluido de la vivencia católica nacional no puede implicar que eso es el catolicismo en Chile. Al contrario, debe ser una invitación a volver a poner en el centro el mensaje evangélico en toda su radicalidad, a no tener miedo de mirarlo a Él como modelo absoluto en la vida de todo católico. El catolicismo solo puede ser vivido plenamente con hambre de santidad y eternidad, sin conformismo. Esto es especialmente relevante por la naturaleza de encuentro íntimo que constituye a la vida cristiana. La dimensión “visible” de la Iglesia ―con sus vínculos “de la profesión de fe, de los sacramentos, del gobierno y comunión eclesiástica” (Lumen Gentium, 14)― no es un mero formalismo, sino que la manera concreta mediante la cual el fiel se encuentra con Cristo, especialmente en el sacramento de la Eucaristía, mediante el cual “somos elevados a una comunión con Él y entre nosotros” (ibid., 7). Este es el dogma datur christianis del que canta santo Tomás de Aquino en la secuencia de Corpus Christi, que debemos afirmar con nuestra fe viva praeter rerum ordinem, más allá del orden natural. Y es también un punto de esperanza para Chile: la creencia en la verdadera presencia de Cristo en la Eucaristía se encuentra en un 75% según Bicentenario 2022 y 2023 (Valenzuela, E.; “¿Qué significa ser católico hoy?”). Existiendo tal fe en el misterio de Cristo sacramentado, es poco convincente creer que el católico se debe conformar con un catolicismo “fuera del templo”. Al contrario, lo que menos necesita es resignarse y renunciar a cumplir su misión de ser luz del mundo.

San Alberto Hurtado también comprendió esta fundamental misión de llevar al mundo el ideal cristiano de forma íntegra. Su “¿Es Chile un país católico?” no es un libro de sociología, sino un llamado a volver a poner en el centro un catolicismo total, en el que se integre la vida sacramental, social y popular en una unidad de vida. Así, por ejemplo, al recordar las misas en los frentes de batalla, señala que “todo no pasó de ser un bello espectáculo, no un acontecimiento religioso, pues hubo pocas confesiones y comuniones” (Hurtado, A.; “¿Es Chile un país católico?”). Sin la vida sacramental, ningún renacer cristiano era posible frente a la “apostasía de las masas”. Es por esto que el jesuita vuelve constantemente a la necesidad de la comunión regular y el cumplimiento de las obligaciones del cristiano. Es más, el problema fundamental de Chile no es otro que la falta de sacerdotes, porque “sin sacerdotes, no hay sacramentos; sin sacramentos, no hay gracia, no hay divinización del hombre, no hay cielo” (Hurtado, A.; ibid.). La acción social y evangelizadora del católico se debe fundamentar en una “religiosidad de templo”, porque en el templo, y más concretamente en la eucaristía regular, es donde nos unimos al Dios hecho hombre. Ecce panis angelorum.

Cualquier maniqueísmo que pretenda contraponer el templo y el santuario, lo devoto y lo común, pierde de vista que todo católico debe integrar estas múltiples dimensiones en su vida.

Una religiosidad escindida de la mediación eclesiástica y de los sacramentos no puede ser sino un anti ejemplo de vida cristiana, de la misma manera que lo sería un catolicismo formalista pero carente de caridad. La vitalidad del cristianismo de santuario es algo muy positivo, pero no es suficiente si se encuentra desconectada de la comunión eclesiástica. El catolicismo popular es ante todo catolicismo, y como tal debe incardinarse en la comunidad universal que es la Iglesia. Cualquier maniqueísmo que pretenda contraponer el templo y el santuario, lo devoto y lo común, pierde de vista que todo católico debe integrar estas múltiples dimensiones en su vida, especialmente la vida sacramental.

Ciertamente, es necesaria la caridad, comprensión y atención pastoral a todas esas personas que viven de forma irregular su fe, pero no desde una suerte de conformismo, sino como una invitación a crecer en la vida de fe, no por rigidez sino por amor. Nunca se debe olvidar que vivimos llamados a un encuentro personal con Cristo, encuentro que debe transformar radicalmente nuestras vidas cada día. La llamada de Jesús es a amarlo y por tanto a guardar sus mandamientos (cfr. Jn. 14, 15), dado que él es “el camino, la verdad y la vida” (Jn. 14, 6). Y la respuesta del cristiano a este llamado solo puede ser la que da Pedro a su maestro cuando este le pregunta si quiere dejarlo por la dureza de su mensaje: “Domine, ¿ad quem ibimus?, verba vitae aeternae habes” (Jn. 6, 69). Y eso significa ser católico hoy, igual que ayer y mañana.

Autor: Pablo Errázuriz Labbé

 

Notas

[1] En Archivo Padre Hurtado s53 y 25. La frase proviene de la segunda edición de “¿Es Chile un país católico?” (1942), la que nunca fue publicada. Se encuentra citada en la introducción de Samuel Fernández a la edición de 2009, publicada por la Cámara Chilena de la Construcción, la Pontificia Universidad Católica de Chile y DIBAM.
[2] “Señor, ¿a quién iremos? Tú tienes palabras de vida eterna”.

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