Un camino hacia la redención
Me enfrento, nuevamente, a Los Miserables. Hace unos años, cursando mis estudios de Literatura, con una preocupación puramente académica, redactaba un ensayo en el que exploraba algunos símbolos en Los Miserables. En aquel tiempo los miraba como Valjean debió mirarlos aquella noche, con una mirada cargada de desconfianza e incredulidad; estaba, como el protagonista al comienzo de la historia, atrapada en mi prisión de escepticismo, buscando en las hermosas imágenes de Victor Hugo, únicamente el simbolismo literario. Y como a Valjean, un encuentro inesperado con lo divino, difícil de ignorar. Hoy vuelvo en mi pobreza a buscar la luz de esos candeleros con la certeza de que en ese primer ensayo, Cristo ya empezaba a mover los hilos que me llevarían hacia él.
Así, los candeleros, en una nueva lectura, se han convertido no solo en metáfora de la luz divina que guía al protagonista, sino en reflejo de la lucha que cada uno lleva en su alma. Valjean deja de ser el hombre roto que se reconstruye por la bondad de otro y comienza a ser reflejo del Cristiano, su búsqueda de sentido en el mundo incierto que nos rodea, y la pregunta que la obra nos plantea, es la pregunta del pecador: ¿es posible redimirse cuando uno ha pasado tanto tiempo en la oscuridad?
El obispo Myriel, en un gesto absurdo, entrega los candeleros de plata como una muestra de la Misericordia en el alma de un hombre quebrado. Los entrega con la única intención de redimir al hombre con amor: “Antes de que se vaya, aquí tiene sus candeleros. Cójalos […] hermano mío, ya no pertenece al mal, sino al bien. Le compro el alma; se la quito a las ideas negras y al espíritu de la perdición y se la doy a Dios” (Hugo 154-155). La escena muestra un acto monumental: el protagonista, acostumbrado al odio y al desprecio, encuentra en el gesto del obispo y en sus candeleros, un acto caritativo que no entiende y, como tantos otros que se han encontrado con su pobreza, Valjean no está listo y huye, ignorando que lleva en sus brazos los objetos que representan su salvación. Esa huida es la manifestación del comienzo de su lucha interna: como tantos hombres y mujeres marcados por su historia, endurecidos e incapaz de ver el bien, se enfrenta por primera vez con el amor y recibe una oportunidad.
La pregunta que la obra nos plantea, es la pregunta del pecador: ¿es posible redimirse cuando uno ha pasado tanto tiempo en la oscuridad?
Lo que sigue en la vida de Valjean no es inmediato, apartarse de la vida de pecado es un proceso tortuoso y el camino hacia la santidad está lleno de recaídas y momentos de duda. El conflicto de Valjean es interno y su lucha es contra sí mismo. Lo atormenta y guía la ambivalencia de la plata, por un lado símbolo de pureza y salvación, pero también recordatorio de la codicia que lo llevó a robar y que muchas veces lo enfrenta a la tentación de ignorar el camino que Cristo le muestra. Valjean se aferrará a los candeleros de plata, los cuales se convierten en testigos mudos de esa travesía y siempre brillarán en los momentos de oscuridad del protagonista: cuando Valjean se enfrenta a sí mismo, cuando debe elegir entre la comodidad y la verdad, entre huir y entregarse: “Se le posó la vista en los dos candeleros de plata que, con la reverberación, brillaban débilmente encima de la chimenea […] clavaba en los candeleros unos ojos extraviados” (Hugo 315). En la oscuridad que lo rodea, siempre hay un momento en que sus ojos se posan en esos candeleros, cuya plata brilla débilmente. Esa luz no es inmediata y consoladora, sino que lo desafía y lo confronta con su propia humanidad y pobreza. El camino del pecador redimido es, en esencia, una lucha constante entre la tentación que seduce y la verdad de que hemos sido redimidos por Cristo, y para ello se requiere una fe persistente.
Los candeleros de plata nos invitan a nosotros, lectores, a creer en la posibilidad de redención.
Al final de la obra, en su lecho de muerte, los candeleros siguen siendo sus compañeros, los únicos que se ha llevado consigo y la única herencia que deja a su hija. Por primera vez en la obra ya no hay sombras ni contrastes, y las imágenes que nos presenta el autor son todas luminosas. En un significativo gesto, Valjean vuelve su vista hacia ellos y muere: “Esas manos augustas habían dejado de moverse […] Lo alumbraba la luz de los dos candeleros; el rostro blanco miraba al cielo” (Hugo 1837) La oscuridad ya no tiene poder sobre él. La historia de Valjean nos muestra que el camino hacia la santidad no es un acto instantáneo ni está libre de dificultades, pero que todos podemos llegar a ella siempre que nos encontremos dispuestos a reconocer nuestra fragilidad con humildad y a aceptar que necesitamos aferrarnos a Cristo para lograrlo. Los candeleros de plata nos invitan a nosotros, lectores, a creer en la posibilidad de redención, a aceptar la luz que, aunque tenue, guía nuestros pasos. Como Valjean, todos somos capaces de encontrar la paz, siempre que no dejemos de buscarla y pedirla, aún en los momentos más oscuros.
Referencias bibliográficas
Chevalier, Jean y Alain Gheerbrant. Diccionario de los símbolos. Barcelona: Herder, 1986.
Hugo, Víctor. Los Miserables. Madrid: Alianza, 2013.
Last modified: noviembre 27, 2025





