180326 go modernizacion belleza

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El paradigma modernizador y la muerte del ocio

Nuestra común naturaleza personal implica una similitud analógica entre las distintas culturas. Las ideas motores de la vida propiamente humana se pueden ver tanto en Chile, como en Francia, tanto en Afganistán como Japón. El amor familiar, la necesidad de justicia, lo horrible de la guerra, el estupor ante lo magnífico, la reverencia frente a lo divino, se encuentran en toda sociedad rectamente ordenada, como dimensiones necesarias en nuestro propio ser. Podemos decir que nuestra hermandad se expresa en ese núcleo irreductible de lo humano, y el hombre es esencialmente el mismo en la lejana Asia Oriental y en un suburbio estadounidense, así como es el mismo en el año 500 a.C. y lo será en el 2156 d.C. Existe una consistencia que rompe la ley de la relatividad. Homo sum.

Desde esta óptica quiero abordar un elemento central presente en la novela “El Maestro del Go” ―reeditada hace unos años por Seix Barral― del Premio Nobel Yasunari Kawabata. Este elemento es el paradigma de la modernización.

La novela gira en torno al histórico duelo de Go entre el Hon’inbo Shusai ―el homónimo Maestro― y Minoru Kitani ―renombrado Otake en la novela―, ocurrido en 1938. El Go es un milenario juego de mesa, en el que se posicionan fichas blancas y negras para ocupar un tablero. A lo largo de su historia, llegó a convertirse en un verdadero ritual en Asia Oriental, con sus solemnidades y jerarquías firmemente establecidas, constituyéndose en una especie de arte aristocrático. En apariencia simple, el juego es sustancialmente más complejo que otros juego similares como el ajedrez: se ha calculado que la cantidad de posiciones posibles de un tablero de Go es superior al número de átomos del universo observable, y recién en 2016 un programa computacional logró vencer a un maestro del Go, veinte años después del mismo logro en el campo del ajedrez.

La historia del duelo y su desenlace no es lo central de la novela―de hecho, el final es revelado nada más comenzado el libro―, sino que la experiencia estética del fin de una era, la belleza del choque entre una tradición artística impregnada de un reverencial halo religioso contra la modernidad práctica, calculadora y fría de un deporte competitivo. Es el arte contra la técnica, y con la derrota del Maestro “del camino del Go, la belleza de Japón y del Oriente se habían desvanecido. Todo se había vuelto ciencia y reglas […] no había margen para recordar la dignidad y la fragancia del Go como arte”.

El viejo maestro encarna un principio que a ojos modernos parece arbitrario y abusivo, el de una tradición más que un juego o una competencia: el perfeccionamiento de un arte como un estilo de vida que implica una jerarquía y desigualdad. El Maestro no es el aprendiz. Otake, por el contrario, refleja lo moderno, las reglas y artimañas, lo frío e imparcial de una competencia racional y calculada, una mera técnica, sin alma, sin respeto por el pasado ni por la belleza del arte.

Y en este contrapunto gira la realidad estética de la novela. Al Go-arte le sucede el Go-competencia, perdiéndose su sentido religioso, su alma propiamente japonesa, su sentido como realización del ser en la elegancia de un juego que mucho tiene de ritual. En la tragedia del Maestro se vislumbra la derrota de la tradición frente a los parámetros de un Japón industrial y occidental, en el que ya no queda espacio para el inútil gozo del Go.

La modernización funcional tiende a esta uniformidad en la eficiencia. La vida humana se convierte en una de producción, el valor del hombre se da por el valor social y económico que reporta en su actividad, el arte según su precio de mercado, y no más por su intrínseca articidad, usando un neologismo para evitar la más aterradora realidad que ya no se quiere buscar en el arte: la Belleza, aquel trascendental que nos habla de Dios.

El hombre moderno, ante cualquier realidad, responde con un mantra: ¿de qué me sirve? Pero en esta respuesta la humanidad perece. Perece la humanidad porque ante la dictadura de la utilidad es asesinado, como cruel magnicidio, lo inútil, aquel monarca que impregna la vida de sentido y trascendencia, aquello que no sirve para nada pero sin lo cual nada puede servir.

Mucho del nihilismo moderno nace en la autoimpuesta necesidad de buscar lo útil, renegando de esos gozos que son un fin en sí mismo y que significan la existencia humana personal. El deleite en la belleza, el regocijo en el bien y el gozo en la verdad dan verdadero sentido al hombre, de una manera que la mera supervivencia material nunca podrá. El asombro ante un mundo que cada día, como si fuera la primera vez, vemos encantado, con ninfas y nereidas, con solemnidad y risa, con reverencia y pasión, nos eleva hacia esa realidad absoluta que creó las hojas verdes ―verdes y no azules― y vio que eran buenas.

Lo que Kawabata ve en el fin del arte del Go —esa pérdida de la belleza en el ritual del juego— es también el signo de una civilización que ha comenzado a despreciar la naturaleza. Es la deshumanización funcional que nos desconecta de nuestro propio ser, necesitado de estremecimiento, y que, por lo mismo, nos veda la aspiración a lo alto, nos oculta el misterio de la existencia y nos inhibe de ser cada día más humanos en ese asombro primigenio en el que Él se nos revela.

Autor: Pablo Errázuriz L.

El maestro del go

Yasunari Kawabata

Seix Barral

2024

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