marzo 31, 2026• byLuis Robert Valdés
La cruz no tiene algoritmo
Dicen que estamos viviendo un retorno a lo religioso. En particular, al catolicismo. “Dios es trending topic”, se oye. Varios signos confirmarían esta nueva tendencia: el entusiasmo de los jóvenes, el número de seguidores, nuevas formas de comunicar la fe.
El fenómeno ha sido muy comentado. Entre varios se ha instalado un cierto escepticismo: el emotivismo —rasgo que caracterizaría a estos grupos— no sería sinónimo de una espiritualidad recia. No me apresuraría a evaluar experiencias que necesitan decantar. No debemos juzgar desde nuestra estrechez, sino desde la amplitud del Espíritu Santo. Es la tentación gnóstica de siempre, que recordaba el Papa Francisco: “los gnósticos juzgan a los demás según la capacidad que tengan de comprender la profundidad de determinadas doctrinas. Conciben una mente sin encarnación, incapaz de tocar la carne sufriente de Cristo en los otros, encorsetada en una enciclopedia de abstracciones”.
Tocar la carne sufriente de Cristo es un poncho que nos queda demasiado grande, pero que debería ser nuestra talla y medida. Y tocarla implica, ante todo, aceptar las heridas: las propias y las ajenas. Joseph Ratzinger, ante la pregunta de Peter Seewald en Dios y el mundo si “acaso deberíamos simplemente manejar con más rigor los problemas, no permitirlos en absoluto”, respondió con una claridad luminosa: “hay que aprender a aceptar las heridas, a vivir herido y a encontrar finalmente en ellas una salvación más profunda”.
Vivir herido, aceptar nuestras heridas tanto individuales como sociales, es el punto de partida del cristianismo. Es cierto que hace falta una dosis de la doctrina cristiana de siempre. Sin embargo, la ortodoxia de la fe implica la ortopraxis. La preocupación doctrinal —sin un horizonte sobrenatural— puede convertirse en una excusa para no enfrentar la realidad. Esta huida es, creo, una de las causas de la crisis que atraviesa la Iglesia. Una parte mira con nostalgia una Iglesia que no existe. Otros solo reconocen a los de su propio grupo o movimiento, como si la fe fuera un club de acceso restringido. Ambas son, en el fondo, doctrinas sin encarnación: construyen un escenario ideal donde no hay heridas, y excluyen a quienes no encajan en él. Actitudes humanas, pero no divinas.
La verdad es que Jesús huyó sistemáticamente de esos escenarios donde todas las piezas encajaban. Por eso son frecuentes sus encuentros con personas expulsadas, pecadores, descartados, a quienes no libera de su realidad sino que salva a partir de lo que son. “Has tenido cinco maridos y el que tienes ahora no es tu marido; en esto has dicho la verdad”, dice Jesús a la mujer del pozo. No la rescata de su realidad: la recibe desde ella.
Y esa es quizás la ceguera más profunda de nuestro tiempo: no vemos nuestras heridas ni las de los demás y, menos aún, las de Jesús en la cruz, que son precisamente las heridas que nos permiten ver. “Tengo muchos amigos de mi mesa, pero muy pocos de mi cruz”, decía San Luis María Grignion de Montfort.
Me pregunto si hemos construido un cristianismo en el que el crucificado está algo ausente, edulcorado con una multiplicidad de accesorios que nos desvían. Si necesitamos alguna tendencia, algún trending topic, es volver a esa cruz: la que no excluye a nadie porque todos llegamos a ella rotos, la misma que el mundo sigue llamando, hoy como entonces, una locura.
Abogado y profesor universitario
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Last modified: abril 9, 2026





