abril 17, 2026• byFrancisco Javier Valdés
La domesticación de Dios en la sociedad secularizada
1. ¿Dios ha vuelto?
Se ha vuelto común afirmar que asistimos a un retorno de lo religioso. En particular, del catolicismo, incluso a costa de otras formas del cristianismo. Se habla del entusiasmo de los jóvenes, del aumento de adherentes, de nuevas formas de expresar la fe. «Dios ha vuelto», se dice. Pero no es evidente que lo que vuelve sea, en rigor, Dios.
La pregunta, quizás, es otra. No si Dios ha vuelto —como si alguna vez se hubiera ido—, sino qué significa que «vuelva» en un mundo que, en lo sustancial, parece seguir funcionando igual. Porque si su presencia no altera el orden de las cosas, si no introduce una diferencia en la forma en que vivimos, entonces lo que llamamos retorno nombra algo distinto.
Se ha vuelto posible hablar de Dios sin que nada ocurra. Su nombre circula —en conversaciones, en redes, incluso en ciertos entusiasmos religiosos—, pero lo hace como una referencia que no afecta la estructura de lo que consideramos real. No se le niega; se le admite. Y es precisamente ahí donde comienza el problema: no porque haya desaparecido, sino porque ha sido reducido. En lugar de ordenar la realidad, queda contenido en ella.
2. La reducción de lo absoluto
Dios, si es Dios, no puede ocupar un lugar entre otros. No comparece como una instancia más dentro del orden del mundo sino que es aquello desde lo cual todo lo demás recibe su medida. Ni más ni menos.
La negación de Dios es, sin duda, una ruptura radical con lo real. Pero no es la única. Hay otra —más silenciosa y, por lo mismo, muchas veces más eficaz— que no consiste en expulsarlo, sino en incorporarlo de tal modo que su presencia no altere nada. No rompe; desplaza. Y precisamente por eso puede pasar desapercibida.
Su eficacia radica en eso: en no aparecer como un cambio. No hay quiebre, sino un descenso. Se baja peldaño a peldaño. Cada paso parece razonable. Pero el conjunto altera el punto de llegada y, cuando se advierte, muchas veces ya es tarde.
Este mecanismo no es exclusivo del ámbito religioso. Algo similar ha ocurrido con nociones centrales de nuestra vida común —la familia, la libertad, incluso la verdad—, que han conservado su nombre mientras su contenido se desplazaba. Permanecen en el lenguaje, pero ya no significan lo mismo.
No se excluye a Dios; se lo vuelve compatible. Puede ser invocado, citado, incluso celebrado, siempre que no pretenda ordenar la totalidad de la vida. Y así, lo que parecía apertura se revela como una forma más sutil de reducción.
3. Una brújula sin Norte
Hay aquí, sin embargo, un diagnóstico que conviene despejar.
Se suele pensar que el problema de la fe en nuestro tiempo radica en su debilidad. Ese problema existe, pero, además de no ser exclusivo de la sociedad contemporánea, es, en buena medida, una consecuencia de nuestra condición humana. La fe cristiana no es la de una élite pura. Es la fe de un Dios que se ha confiado a hombres frágiles, en medio de comunidades donde crecen juntos el trigo y la cizaña. La Iglesia no se presenta como una comunidad de sanos, sino como un hospital para enfermos: un lugar donde la herida se reconoce y donde la fragilidad se vuelve condición de posibilidad para la gracia.
El problema, entonces, no es la mezcla. Es el horizonte. No son, en primer lugar, los desvíos del camino, sino la pérdida de orientación: la pérdida de un norte absoluto a partir del cual todo lo demás adquiere su medida. A lo sumo, conservamos una orientación débil. Y en ese desplazamiento, lo que antes ordenaba la vida se ve reemplazado por fines que, por nobles que sean, no son el Norte.
Es en ese contexto donde se habla hoy de un «retorno» religioso. Pero conviene ser cautos. Lo que retorna no es necesariamente lo absoluto en su fuerza originaria, sino su posibilidad debilitada: una forma de lo religioso que puede ser invocada, siempre que no desordene demasiado nuestras seguridades; un Dios al que se le puede pedir y agradecer, pero al que ya no se obedece.
Podemos equivocarnos, incluso extraviarnos, y aun así conservar una dirección. Pero cuando se pierde el Norte, ya no hay extravío posible, porque no hay camino.
4. Aslan no se integra
Es en ese punto donde una imagen literaria puede ayudar a ver con mayor claridad lo que está en juego.
En El león, la bruja y el ropero, probablemente la obra más conocida de C. S. Lewis, el mundo narrado permanece bajo un invierno interminable, impuesto por la Bruja Blanca: una apariencia de estabilidad que sólo puede sostenerse a costa de inmovilizarlo todo. Todo parece en su lugar, pero al precio de la vida misma. Como dice el libro, «Siempre es invierno, pero nunca Navidad».
Aslan —el león al que alude el título— no aparece primero como un personaje, sino como un nombre. No hay descripción ni figura: solo una palabra pronunciada por el Señor Castor —«Aslan»—, y sin embargo algo ocurre. Ninguno de los niños permanece indiferente: Lucy siente una alegría inesperada, Edmund experimenta miedo, Susan vacila entre ambos y Peter se siente llamado a algo que aún no comprende. Antes de verlo, antes incluso de saber quién es, su sola mención introduce una diferencia.
La llegada de Aslan no se integra en ese paisaje: lo quiebra. Con su presencia, la nieve comienza a ceder, el hielo se resquebraja y el deshielo avanza. No se trata de un cambio de ánimo, sino de un cambio de realidad: lo que estaba congelado vuelve a la vida.
Pero ese cambio no se da solamente en el plano de la naturaleza: es también político. Aslan no se limita a devolver la vida al mundo; restituye su orden legítimo. Allí donde su presencia irrumpe, no sólo vuelve a crecer lo que estaba detenido: se reordena aquello que había sido usurpado. Los hijos de Adán y Eva —los hermanos Pevensie— son reconocidos como reyes, no por concesión, sino por derecho. El mundo no sólo revive: vuelve a ordenarse.
Cuando Lucy pregunta si es seguro, el Señor Castor responde sin rodeos: «¿Seguro? ¿Quién ha dicho algo sobre seguro? Claro que no es seguro. Pero es bueno. Es el Rey, te digo». No es una presencia que tranquilice, sino una que pone en cuestión todo lo demás.
Esa exigencia no se satisface con una evidencia que se imponga desde fuera. En El príncipe Caspian, cuando Lucy es la única que logra ver a Aslan, la tentación inmediata es exigir una confirmación: que se muestre a todos, que disipe toda duda. Pero la respuesta no va en esa dirección. Aslan no se ofrece como prueba, sino como una presencia que debe ser reconocida y seguida. La cuestión, entonces, no es si Aslan se ha mostrado lo suficiente, sino si estamos dispuestos a seguirlo incluso cuando no todos lo ven. No es él quien debe justificarse ante los hombres, sino ellos quienes deben decidir si obedecen a lo que ya se les ha dado a ver.
Lo absoluto no comparece en los términos de una verificación neutral. No se presenta para ser evaluado, sino para ser acogido —o rechazado—. Y en esa medida, la dificultad no radica en la falta de pruebas, sino en la resistencia a una presencia que, de ser admitida, obligaría a reordenar la propia vida.
Por eso, en Narnia, la pregunta no es si Aslan puede ser aceptado, sino qué ocurre cuando aparece., y cuando aparece, lo transforma todo.
5. Un Dios que no transforma no es Dios
Y es precisamente ahí donde la distancia con nuestro tiempo se vuelve elocuente.
Porque mientras en Narnia la presencia de Aslan deshace lo impuesto por la Bruja y devuelve la vida al mundo, en el nuestro parece abrirse la posibilidad de algo distinto: que lo religioso reaparezca sin que nada decisivo tenga que cambiar. No es evidente que lo que atrae sea la irrupción de lo absoluto, sino una forma de experiencia que puede ser incorporada sin alterar el conjunto de la vida.
Pero si Dios es lo absoluto, eso no es posible. No comparece para ser admitido, sino para ordenar.
Por eso, la cuestión no es simplemente si Dios está presente o ausente, sino en qué condiciones se admite su presencia: ahí se juega el punto decisivo.
La pregunta, entonces, ya no es si Dios ha vuelto. Es otra: si aquello que ha vuelto es realmente Dios —o una versión que podemos admitir sin que nada cambie—, y si no somos nosotros mismos quienes, en el fondo, sólo estamos dispuestos a que vuelva de ese modo.
Autor: Francisco Javier Valdés
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Last modified: abril 17, 2026





