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Hermanos, lo que hacemos en esta vida resuena en la eternidad… Así animaba a sus soldados antes de la batalla el general romano Maximus, interpretado por Russel Crowe, en la magnífica película de Ridley Scott, Gladiador. Para nuestras propias batallas, y a la luz de la Navidad, tal sentencia resuena con fuerza, hoy, ahora.

Hace algunos días se inició la llamada “revolución del pesebre”. Envalentonados por las palabras de Giorgia Meloni muchos se animaron a instalar su pesebre en lugares públicos, haciendo suyas las palabras de la Primer Ministro: el pesebre no ofende a nadie y es símbolo de valores universales de la cultura occidental. Sin duda que la Navidad es más que comprar y regalar cosas caras, como dice Meloni. Pero es mucho más que la celebración de meros valores. Ese reduccionismo reafirma la mirada laica y ecuménica de la Navidad, donde caben todos y de todo, conforme a la ortodoxia del mundo actual donde sólo se aceptan las medias tintas inofensivas. En tiempos de tanta abstracción ideológica, el misterio de la Navidad es fuente de luz para mirar nuestra realidad y descubrir su sentido más profundo, hoy, ahora.

Hoy, ahora, pues la celebración de la Navidad no es la conmemoración de un hecho pasado. No se trata del recuerdo del hito histórico que marcó y dividió la línea del tiempo para siempre. El nacimiento de Cristo no dividió sino que transformó el tiempo. En Navidad ocurre el milagro en que el Verbo Eterno entra en el tiempo como uno de nosotros para incluso llegar a morir. El tiempo, en consecuencia, deja de ser lineal: en Cristo, Dios hecho hombre, el tiempo queda contenido en la Eternidad; la temporalidad finita y humana convive, desde entonces, con la supra temporalidad infinita y divina de la existencia histórica de Cristo. El tiempo, así, es rebasado por la eternidad y todo el devenir temporal, abarcado en la persona de Jesús de Nazareth, queda sujeto y conectado al misterio salvador de su Encarnación. La Navidad reconoce que todo instante puede (y debe) ser visto y comprendido en su sentido redentor pues la Eternidad Divina, encarnada en el tiempo, domina toda la historia. 

Cristo, el primero y el último, Alfa y Omega, no es un personaje que tuvo su tiempo, como quisieran algunos modernos y post modernos progresistas. El tiempo le pertenece. Él lo domina. Él está presente, aquí y ahora. Por ello es que el tiempo verbal propio del cristianismo es el presente. Ni el ayer ni el mañana, aunque recordemos el pasado y esperemos el futuro, pues la memoria y la esperanza se viven hoy. Desconocerlo, centrando la existencia y sus afanes en el pasado o el futuro, es precisamente lo que nos aleja de Cristo, tal como sugiere Escrutopo a su aprendiz Orugario, en la obra de C.S. Lewis, Cartas del Diablo a su sobrino: 

Los humanos viven en el tiempo, pero nuestro Enemigo les destina a la Eternidad. Él quiere, por tanto, creo yo, que atiendan principalmente a dos cosas: a la eternidad misma y a ese punto del tiempo que llaman el presente. Porque el presente es el punto en el que el tiempo coincide con la eternidad. Del momento presente, y sólo de él, los humanos tienen una experiencia análoga a la que nuestro Enemigo tiene de la realidad como un todo; sólo en el presente la libertad y la realidad les son ofrecidas. En consecuencia, Él les tendría continuamente preocupados por la eternidad (lo que equivale a preocupados por Él) o por el presente; o meditando acerca de su perpetua unión con, o separación de Él, o si no obedeciendo la presente voz de la conciencia, soportando la cruz presente, recibiendo la gracia presente, dando gracias por el placer presente. Nuestra tarea consiste en alejarles de lo eterno y del presente. Con esto en mente, a veces tentamos a un humano (pongamos una viuda o un erudito) a vivir en el pasado. Pero esto tiene un valor limitado, porque poseen algunos conocimientos reales sobre el pasado, y porque el pasado tiene una naturaleza determinada, y, en eso, se parece a la eternidad. Es mucho mejor hacerles vivir en el futuro. La necesidad biológica hace que todas sus pasiones apunten ya en esa dirección, así́ que pensar en el futuro enciende la esperanza y el temor. Además, les es desconocido, de forma que al hacerles pensar en el futuro les hacemos pensar en cosas irreales. En una palabra, el futuro es, de todas las cosas, la menos parecida a la eternidad. Es la parte más completamente temporal del tiempo, porque el pasado está petrificado y ya no fluye, y el presente está totalmente iluminado por los rayos eternos. Él no quiere que los hombres le den al futuro sus corazones, ni que pongan en el su tesoro. Nosotros, sí. Su ideal es un hombre que, después de haber trabajado todo el día por el bien de la posteridad (si esa es su vocación), lava su mente de todo el tema, encomienda el resultado al Cielo, y vuelve al instante a la paciencia o gratitud que exige el momento que está atravesando. 

Tiene razón Escrutopo, pues Dios enseña que “hoy ha entrado la salvación en esta casa” (Lucas 19, 9); “hoy estarás conmigo en el Paraíso” (Lucas 23, 43); “danos hoy nuestro pan de cada día” (Mateo 6, 11); “ahora es el tiempo de la gracia, ahora es el tiempo de la salvación (2 Corintios 6, 2); “escuchad hoy a su voz” (Salmo 94, 7). Hoy, ahora, es aquella fusión del tiempo y la Eternidad en que Cristo sale a nuestro encuentro. Olvidar o renegar de nuestro hoy y este ahora es renunciar a la única realidad siempre oportuna para acoger a Cristo. El presente existe por y para ese abrazo. La presencia actual de quien nos dijo que estaría con nosotros todos los días hasta el fin del mundo, es significado y sentido salvador de todo acontecimiento humano, vivido por Cristo, con Él y en Él. 

El misterio de Navidad, por tanto, nos exhorta a no vivir en la nostalgia del retorno a un pasado ni en la espera de un futuro utópico, sino centrados en el hoy y ahora del día a día en que podemos y debemos vivir como participación en la hora de Cristo, que es la hora de la salvación, porque hoy nos ha nacido un Salvador, el Mesías, el Señor (Lucas 2, 11).

Autor: Álvaro Ferrer

Editor Revista Suroeste

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