2023 02 Familia 1

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Entre individuos y colectivos

A fines de 2022, en Argentina, se vivió una euforia general para todos: nuestra Selección Nacional ganó el Mundial. Y si bien esa victoria nos trajo una gran alegría, lo que más nos sensibilizó a muchos fue la calidad humana de los jugadores: su humildad, esfuerzo, coraje y el reconocimiento que le dieron a sus familias, como parte de ese logro. Algunos de ellos llamados “dioses”, “ídolos”, “héroes”, nos recordaron que ningún logro es de ellos solos, sino también de las familias que los formaron y los sostienen en sus momentos de derrota, y los mantienen con los pies en la tierra en los momentos de éxito. Nos mostraron que hay razones para seguir creyendo en la familia, que es importante sostenerla y que es algo que muchos, incluso más de lo que pensamos, seguimos valorando.

Y es que la familia, precisamente por ser la célula fundamental de la sociedad, cumple con un rol insustituible, esencial para el Bien Común. Pero en una sociedad en la que los vínculos se rompen y las barreras desaparecen, muchos parecen sugerir que no sería más que una ilusión, de la que de hecho podemos prescindir. ¿Cuál es el rol que ocupan las familias en la sociedad fragmentada, individualista y a la vez colectivizada, en la que hoy vivimos?

Parecería una contradicción decir que vivimos en una sociedad individualista y colectivista a la vez, pero son dos caras de un mismo fenómeno: la fragmentación social.

Julio Cortázar en su cuento “La Autopista del Sur”, refleja magistralmente la idea de sociedad fragmentada. Variedad de personajes se encuentran cada uno en su auto: la muchacha del Dauphine, el ingeniero del Peugeot 404, las monjas del 2HP, la familia del 203…. Todos ellos transitan la misma autopista hacia París un domingo por la tarde, enfocados en llegar a sus respectivos destinos.

Atendemos a discursos, teorías y prácticas sociales que ponen al individuo en el centro, no como persona ni ciudadano, sino como entidad totalizante que no necesita de nadie más, que tiene una libertad absoluta y mientras “no dañe a otros” puede hacer lo que quiera, cuando quiera.

Hoy en día nuestra sociedad se parece mucho a esas 12 filas de autos que describe Cortázar: que no se miran, no se hablan, ni comparten. Atendemos a discursos, teorías y prácticas sociales que ponen al individuo en el centro, no como persona ni ciudadano, sino como entidad totalizante que no necesita de nadie más, que tiene una libertad absoluta y mientras “no dañe a otros” puede hacer lo que quiera, cuando quiera. Sin ataduras, sin límites tanto para las relaciones amorosas, la salud, la relación con las posesiones materiales. “Amor propio” nos dicen, y en ese amarnos a nosotros mismos, parecería que no podemos amar a nadie más.

A la vez, nos encontramos en una sociedad cada vez más organizada en “colectivos” cerrados y excluyentes. Grupos de pertenencia ordenados por la orientación sexual, factores socio-económicos o componentes ideológicos. Hasta los algoritmos de las redes sociales nos rodean de gente y de ideas que compartimos, y nos encierran en “colectivos digitales”. Y en estas burbujas, donde no hay lugar para la diferencia ni la discusión, nos sentimos cómodos.

Ambas características son expresiones de lo mismo: una sociedad fragmentada, dividida. Parecería que la familia no tiene ninguna relevancia dentro de esta sociedad, entre individuos y colectivos.

El ensimismamiento de cada uno dentro de su auto se rompe, y las circunstancias extremas, las necesidades de hablar, compartir y cooperar se hacen patentes. Se empiezan a formar pequeñas “células” como las llama Cortázar.

En su fantástico relato, Cortázar comienza a describir un fenómeno extraño. El tráfico de regreso a París se hace tan pesado que ya nadie avanza, pasan los días, pasan las estaciones, pasa el tiempo sin que ninguno tenga clara noción de ello. Lo cierto es que no logran avanzar en el camino, y comienzan a mirar a los costados, se encuentran con un otro que está en la misma situación, y que en muchos casos necesita su ayuda. La muchacha del Dauphine y el ingeniero del Peugeot cooperan para conseguir agua, comida y dulces para la niña del 203. Cuando una anciana se enferma, consiguen un médico. El ensimismamiento de cada uno dentro de su auto se rompe, y las circunstancias extremas, las necesidades de hablar, compartir y cooperar se hacen patentes. Se empiezan a formar pequeñas “células” como las llama Cortázar.

Ahora bien, ¿Qué es lo primero que se nos viene a la mente cuando pensamos en una célula en términos sociales? La Segunda Parte del Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia, en su Capítulo Quinto echa luz sobre este interrogante cuando desarrolla el rol de la familia como célula vital de la sociedad. Según el Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia, la familia es la primera sociedad natural, titular de derechos propios y originarios y por ello “relegar a la familia «a un papel subalterno y secundario, excluyéndola del lugar que le compete en la sociedad, significa causar un grave daño al auténtico crecimiento de todo el cuerpo social»”.

Es sólo dentro de la familia donde la persona desarrolla plenamente sus potencialidades y reconoce su dignidad intrínseca e inalienable. Es allí donde se aprenden las pautas para socializar, fruto natural de la esencia humana:

Una sociedad a medida de la familia es la mejor garantía contra toda tendencia de tipo individualista o colectivista, porque en ella la persona es siempre el centro de la atención en cuanto fin y nunca como medio. Es evidente que el bien de las personas y el buen funcionamiento de la sociedad están estrechamente relacionados con «la prosperidad de la comunidad conyugal y familiar». Sin familias fuertes en la comunión y estables en el compromiso, los pueblos se debilitan.

Frente a la sociedad en que vivimos hoy, siempre es una bocanada de aire fresco recurrir a la sabiduría de la Doctrina Social de la Iglesia, que en su simpleza, coherencia y arraigo con la realidad, nos invita a vivir de una forma más acorde a nuestra esencia humana y en respeto a nuestra dignidad. En ese sentido, el final del relato de Cortázar nos sirve de advertencia:

Y en la antena de la radio flotaba locamente la bandera con la cruz roja, y se corría a ochenta kilómetros por hora hacia las luces que crecían poco a poco, sin que ya se supiera bien por qué tanto apuro, por qué esa carrera en la noche entre autos desconocidos donde nadie sabía nada de los otros, donde todo el mundo miraba fijamente hacia adelante, exclusivamente hacia adelante.

Entre individuos y colectivos, en esta sociedad fragmentada, sólo la familia nos dará verdadera identidad, amor, cuidado y nos preparará para trabajar juntos por el Bien Común. ¿Seremos capaces de otorgarle a la familia el lugar que se merece? ¿O terminaremos como aquellos viajantes a París, que al recuperar el ritmo de marcha se olvidaron de los demás?

Florencia Pérez

Profesora de Introducción a la Ciencia Política, Universidad Católica Argentina

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