2023 05 jaime Antunez 1

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“Benedicto XVI, el Papa de la Modernidad”

Jaime Antúnez Aldunate es presidente de la Academia Chilena de Ciencias Sociales, Políticas y Morales y fue fundador de Humanitas, revista de Antropología Cristiana, de la Pontificia Universidad Católica de Chile.

Rosario Izquierdo: En primer lugar, don Jaime, me gustaría agradecerle su buena disposición para acceder a esta entrevista con nosotros. Usted ha tenido la oportunidad de estar personalmente con Benedicto XVI en muchas ocasiones, además de conocer en profundidad su vida y su pensamiento. Pienso que a nuestros lectores les interesaría saber un poco más de su relación personal con Benedicto, cómo y dónde lo conoció y, sobre todo, qué impresión tiene de él como figura humana, más allá de su pensamiento teológico.

Jaime Antúnez Aldunate: Soy yo quién debe agradecer la ocasión de recordar su vida y su pensamiento, que fue motivo de admiración desde antes de haber conocido personalmente al Cardenal Ratzinger, a inicios de 1987. La oportunidad para ello fue propiciada por la visita apostólica a Chile que realizaría en abril de aquel año Juan Pablo II. El director de El Mercurio entonces, don Agustín Edwards, se empeñó en que me “instalase” en Roma en febrero y que  conversara con el mayor número posible de los colaboradores cercanos del Papa, entre los cuales  destacaba por supuesto el Cardenal Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe. Eran tiempos en que estaba en auge la discusión sobre la teología de la liberación -después de la “Libertatis nuntio” (1984) y “Libertatis conscientia” (1986), Instrucciones vaticanas sobre el tema suscritas por Ratzinger a encargo de Juan Pablo II- con grandes repercusiones en el plano ideológico-político, especialmente en Latinoamérica, de modo particular en Chile. Yo no conocía personalmente al Cardenal, no sabía en qué idioma hablaríamos y para avanzar con seguridad en una lengua que nos fuese común, preparé aquella entrevista en francés. Era admirable escuchar sus respuestas, inmediatas, claras y precisas en este idioma que dominaba a la perfección, pronunciándolo con una leve inflexión de acento alemán. La entrevista la titulé, tomando pie en sus propias palabras, “El núcleo de los problemas actuales”. En efecto, como lo explicó en dicha ocasión, la crisis que se manifestaba en el pensamiento cristiano entonces, en la Iglesia y en el campo social, tenía su origen en concepciones cristológicas y eclesiológicas equivocadas, que se explicaban por una mala y errada asimilación del Concilio Vaticano II. Es decir, no se prodigaba en las ramificaciones ideológicas o socio-políticas del problema, sino que atacaba el centro de la cuestión. El “Logos” precede al “Ethos”, me dijo en otra entrevista, años más tarde. Y por supuesto a la “praxis”. Así razonaba siempre Joseph Ratzinger.

Recuerdo de esa primera ocasión, además de su impresionante clarividencia, la  gran cordialidad de su persona, que en seguida hacía sentirse cómodo a un joven y todavía inexperto interlocutor, como podía ser yo entonces. Asimismo, su gran cortesía, por la que se tomaba tiempo para preguntar por Chile y por personas que aquí conocía.

RI: Y sobre este punto, ¿piensa usted que existe una conexión entre esa actitud, entre el personaje manso que siempre veíamos y su forma de entender la fe cristiana? Pienso, por ejemplo, en su clara conciencia de la centralidad de Cristo y el amor de Dios como categoría esencial para la comprensión del cristianismo. ¿Qué nos podría decir sobre eso?

JAA: Por supuesto. Muchas veces oí comentar a distintas personas, sea cuando era el Cardenal Ratzinger, como más tarde Benedicto XVI, que todas sus expresiones, hasta las más mínimas, parece que fluían siempre desde la fe. Poseía una inmensa cultura en el campo de la filosofía y de la historia, por supuesto en el de las ciencias teológicas, pero lo predominante es que vivía en presencia de Dios de un modo que se manifestaba en todos los detalles. Es por lo demás conocida su forma de ver las cosas, en concreto el ejercicio intelectual, implícito en su proposición de “hacer teología de rodillas”.

RI: En algunas ocasiones usted llamó a Benedicto el papa de la modernidad. Esto en virtud de la gran defensa que hizo a la capacidad de la razón humana de alcanzar la verdad de la realidad, de él mismo y, sobre todo, de Dios. Él afirmó en varias ocasiones que nos encontramos en una sociedad que desconfía de la razón, mientras tanto propugnaba la idea de “razón abierta”. Todos sabemos que Ratzinger era teólogo, no filósofo, no obstante comprendió tan bien el gran don de la razón. ¿Puede explicarnos cómo, para Benedicto XVI, la teología no viene a suplir la razón sino a elevarla y llevarla al máximo de sus capacidades?

JAA: “Benedicto XVI, el Papa de la modernidad” es el título de un próximo libro mío -con Prefacio de Rocco Buttiglione y Posfacio de Carlos Peña- que lanzará Ediciones Universidad Católica. Ese título proviene de un artículo editorial que firmé en Humanitas n.70,  revista que entonces yo dirigía, donde se hizo un balance del pontificado de Benedicto XVI, y su argumento básicamente es el siguiente: la modernidad culturalmente se definió como la época del predominio de la razón. En tiempos en que ésta se debilita y da paso a lo que llamamos, con un neologismo, posmodernidad -es decir, un tiempo marcado por la desestructuración de la razón- nadie en el mundo occidental puede señalarse como siendo un  mayor defensor de la razón que Joseph Ratzinger-Benedicto XVI. Lo suyo, asimismo, no ha sido sólo la defensa de la racionalidad, sino el ejercicio y la invitación a que ésta se amplíe, a que haya una extensión del “logos” -la razón en la acepción griega- que ha de encontrar en la fe en el “Logos” (aquella Palabra con la que San Juan abre su Evangelio: “en el principio era la Palabra, el Logos…) su purificación y su horizonte mayor.

RI: Como teólogo y como Prefecto para la Doctrina de la Fe, era llamado el Rottweiler de Dios, no bastante, de papa y, posteriormente, retirado en el monasterio Mater Ecclesiae lo veíamos siempre tan pacífico, manso, de su mirada silenciosa emana dulzura y sabiduría. Tanto en el concilio, como papa y posteriormente retirado en oración fue igual o mayormente defensor de la Verdad que es Dios. ¿Cómo se compaginan en él esas dos características?

JAA: Fue un recurso mediático, de cierta prensa y TV europeas, bastante común ese de apodar con nombres terroríficos al Cardenal, a ver si inhibían a los fieles católicos en cuanto a recibir en paz su magisterio, especialmente cuando se desarrollaron largos debates públicos en los años ochenta, alguno de los cuales mencioné. Otros hablaban del “Panzer Cardenal”, haciendo falsamente temer que pasaría como un tanque por encima de cualquier crítico o discrepante sin escuchar ni argumentar. ¡Vanas caricaturas! Precisamente como defensor del “logos” Joseph Ratzinger fue siempre -desde los tiempos de su vida universitaria- un gran cultor del diálogo, de la lógica argumentativa, con la mirada siempre puesta en la Escritura, en la Palabra de Dios, enseñando no tan sólo doctrina, sino a pensar con el corazón puesto en Aquel que era “en el principio”.

RI: En una nota de El Mercurio explicaba que lejos de concluir una época con la muerte de Benedicto XVI, comenzaba una nueva era del legado ratzingeriano. ¿Cuál cree usted que será el gran legado de Benedicto XVI para la Iglesia?

JAA: Pienso que el legado de Benedicto XVI tiene múltiples facetas, pero destaca en él su antevisión de lo que sería la eclesiología del Concilio Vaticano II, expresada ya en su tesis doctoral -al cabo del tiempo una de sus obras más importantes- titulada “Pueblo y Casa de Dios en la doctrina de San Agustín sobre la Iglesia”, escrita en 1953. Una eclesiología, la suya, empapada de cristología. Lo reitera con luminosidad precisamente en su comentario al capítulo consagrado a María y la Iglesia, en la Constitución conciliar sobre la Iglesia, la Lumen gentium: la proclamación de María como Mater Ecclesiae, dice, se corresponde con el “hilo conductor” de la Lumen gentium y refrenda todo lo que quiso decir la Iglesia de sí misma, cuyo objetivo intrínseco, lo esencial de su razón de existir, es la conformidad con la voluntad de Dios. La santidad.

En ese sentido es interesante recoger las palabras dichas por este gran teólogo -que hizo de la eclesiología cristológica el centro de su reflexión- todavía en 1997, ocho años antes de ser Papa, en entrevista con Peter Seewald, y que aparecen en el libro Sal de la tierra: “…trato el tema de la Iglesia porque de este modo nace la mirada hacia Dios, y en ese sentido es Dios el tema central de todos mis esfuerzos”.

Me gustaría también destacar, como otro importante legado suyo, aquel que fluye de su lema episcopal, “Cooperador de la verdad”. La vida y la obra toda de Joseph Ratzinger está muy representada por la conjunción de la búsqueda de la verdad y la práctica de la humildad.  Para él -lo dijo en ocasiones y se reproducen en mi libro sus palabras sobre este tema desde una entrevista para El Mercurio, en 1988- la pérdida de capacidad de percepción de la verdad en el hombre actual, raíz fundamental de los problemas que se viven, consuena con el enceguecimiento ante la realidad de Dios. Y aquí interactúan el orgullo y la falsa humildad, afirma. Primero el orgullo motiva al hombre a emular a Dios, a creerse capaz de construir de nuevo el mundo. Paralelamente actúa la falsa modestia, por la que se considera que es imposible que Dios se preocupe de los hombres. En este horizonte sólo prevalece la acción, es decir, la praxis, dejándose a un lado la preocupación esencial por la veritas, que es donde encontramos la libertad, según las misma palabras de Jesucristo.

RI: Entiendo que usted tuvo la oportunidad de ir al funeral de Benedicto XVI en Roma. A todos nos sorprendió la cantidad de gente que llegó, mucho más de lo esperado ¿Nos podría contar un poco su experiencia esos días?

JAA: Fue un verdadero regalo estar en Roma esos días, haber ingresado a la Basílica de San Pedro por un corredor central en medio de una multitud de personas de todas las edades, no sólo italianos, también alemanes y de otros países de Europa y hasta de África, en clima de gran oración, dirigiéndonos hasta el altar mayor, donde era posible detenerse a rezar ante su cuerpo revestido como pontífice. Había allí celebraciones eucarísticas y oraciones conjuntas continuas, gran paz y hasta alegría por él, diría. Todos sentirían, al menos yo, que acompañábamos la pascua de un gran santo, de una personalidad única en la historia de la Iglesia. Luego, a los cinco días de su muerte -acaecida el Viernes 31 de diciembre a las 9:34- sus exequias en la Plaza San Pedro presididas por el Papa Francisco. Un día diez años distante de aquel en que en un helicóptero sobrevoló San Pedro -mientras repicaban sus campanas y las de todas las iglesias de Roma-  para dirigirse a Castelgandolfo donde firmaba su ya anunciada renuncia al papado.

RI: Después del pontificado de Juan Pablo II y su larga enfermedad, asume Benedicto XVI, ya mayor, y luego de ocho años anunció, para sorpresa de todos, su renuncia. Algunos lo tildaron de cobarde, otros de heróico. ¿Cómo lee usted la renuncia de Benedicto XVI?

JAA: Mucho más  allá de cualquier juicio de los hombres y sobre todo de los medios -que habitualmente se adelantan y condicionan los de estos- lo importante aquí es el juicio que formuló este hombre de Dios, que conocía por lo demás muy bien el significado de la conciencia desarrollado por San John Henry Newman. Obró en la presencia de su Señor y en constante oración, como lo explicó tantas veces. Una decisión tan trascendente y susceptible de las más inesperadas y graves repercusiones, sólo la puede tomar una persona de gran fortaleza y a la luz de un juicio sapiencial muy profundo, lo que era característico además de su actuar por toda una larga vida, llena de máximas responsabilidades.

Él sabía perfectamente que era un hecho único en 2000 años de historia, incomparable por ejemplo con la renuncia de Celestino V en el siglo XIII -la única que se conocía de un Obispo de Roma-, eremita muy espiritual sin ninguna experiencia en cuestiones de gobierno, al que debió ordenarse, y que aceptó con mucha resistencia ser Papa y encabezar una de las tantas reformas curiales de la historia. Explicable y prudencialmente -en tiempos como los medievales donde no había megáfonos y la información se transmitía de persona a persona, oralmente- Celestino renunció a los seis meses y volvió a su retiro. Le sucedió Bonifacio VIII que murió un mes después, afectado por el “atentado de Agnani”, dando paso al secuestro por el rey de Francia del papado en Aviñón…

Benedicto XVI, que conocía el gobierno de la Iglesia como nadie -por 24  años fue el brazo derecho de San Juan Pablo II- podía medir también la evolución declinante de su salud y con realismo sabía medir las consecuencias que podría crear para la Iglesia actual una falla grave en su organismo, en años que se anunciaban tormentosos, pero de “tormentas globales”, muy distintas y todavía más importantes que las del siglo XIII. Cuando Cardenal Prefecto, antes de su elección, había sufrido un accidente vascular, una de cuyas consecuencias fue perder completamente la visión de un ojo. Un daño grave en su salud, a esas alturas del 2013, podría generar una situación de desconcierto y desgobierno, con grandes daños para la Iglesia y el mundo.

Lo suyo juzgo que fue valor humano y sobrenatural, amor a la Iglesia y confianza absoluta en el Señor, a quien pertenece la Iglesia y que creemos firmemente la gobierna hasta el fin de los tiempos, como el mismo Benedicto XVI remarcó con rotundidad en esos días conmocionantes.

RI: Benedicto XVI tuvo una “agitada” vida activa al interior de la Iglesia. A lo largo de su vida asumió importantes cargos en universidades, en el Concilio, como Prefecto para la Doctrina de la Fe y, por último, cuando él pensaba que ya era momento de retirarse, el Señor lo llamó a la Cátedra de Pedro. No obstante todo lo anterior, en distintos mensajes, Benedicto XVI nos manifiesta su profunda comprensión de la importancia, e incluso, primacía de la vida contemplativa. Tanto así que pasó los últimos años de su vida retirado en oración ¿Nos puede contar algo sobre la vida de oración de Benedicto XVI?

JAA: Bastaría leer sus meditaciones sobre la oración para saber lo que significaba para él. Asimismo puede recordarse su último discurso público antes de ser elegido Papa, pronunciado en el Subiaco el 1 de abril de 2005, agradeciendo el Premio San Benito (por la promoción de la vida y la familia en Europa). Dijo entonces: “Sólo a través de hombres que hayan sido tocados por Dios, Dios puede volver entre los hombres”. Se extendió sobre la obra de aquel santo, declarado Patrono de Europa por  Pablo VI, como un modelo cuya vida está en la raíz de las fundaciones cristianas del Viejo Continente. En realidad, aquellas palabras podían verse asimismo como una declaración de lo que era el ideal de vida que había hecho suyo, y nada puede extrañar que días después haya elegido, como Pontífice romano, el mismo nombre del santo varón que enseñó a esos pueblos, a través de sus monjes, el “ora et labora”.

RI: Nos encontramos en una sociedad que en todo busca ir más allá de los límites naturales. No es otra cosa lo que encierran todos estos movimientos transhumanistas y transgeneristas. El mundo moderno, negando a Dios, ha negado al hombre ¿Qué tiene la teología de Ratzinger para decir al mundo moderno?

JAA: “La teología de Ratzinger para decir al mundo moderno” tiene demasiado. Abrigo la ilusión que mi libro sea por lo menos una modesta ayuda en este sentido, no sólo en cuanto a lo que dice su teología, sino en cuanto a la huella y la luz que nos dejó también como hombre que vivió en plenitud su siglo, edificando siempre, sea como maestro, como padre o como pastor.

En cuanto a los problemas que usted trae a colación -transgénero, transhumanismo- quisiera recordar algo a este propósito que contó el Papa Francisco cuando, como es tradicional, se reunió al termino de un viaje apostólico con sus hermanos jesuitas, en este caso en Cracovia. Dijo entonces que preocupado por lo que calificaba como “ideología de género”, pensó que lo apropiado sería ir a visitar en el mismo Vaticano al Papa emérito Benedicto XVI -“una persona llena de sabiduría” acotó- y conocer su opinión. Relató entonces cuál fue a este respecto la respuesta de Benedicto: “Santo Padre, vivimos los tiempos de la revolución contra el Creador y el orden creado”. Aquí está la clave que da respuesta a su pregunta, enteramente consistente por lo demás con todo lo que ha sido dicho y recordado.

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