El magisterio del Papa Francisco sobre el Sagrado Corazón
I. Francisco y el magisterio pontificio sobre el Sagrado Corazón
Las características generales del magisterio de Francisco [1], desde el inicio de su pontificado hasta sus últimos pronunciamientos, son bastante evidentes y conocidas: un marcado énfasis en la misericordia de Dios, que acoge sin reservas al pecador; una especie de cruzada contra la rigidez y el formalismo farisaicos, que le quitan todo espacio a esa misericordia; un tono concreto, cotidiano y próximo a la vida, incluso en los textos más solemnes y formales.
Dentro de este magisterio, sin embargo, hay muy pocas alusiones explícitas al Sagrado Corazón de Jesús o a su correspondiente devoción. Por supuesto, hay algunos discursos, homilías o catequesis puntuales en que se alude al tema, con ocasión de una fiesta litúrgica o algún aniversario; pero no existía propiamente un documento magisterial, es decir, un acto de enseñanza sistemática de las verdades de la Fe dirigido a los fieles. Por supuesto, hablar de la misericordia de un Dios que, hecho hombre, comparte hasta las últimas minucias de nuestra vida cotidiana es, en lo fundamental, lo mismo que hablar de lo que Jesús de Nazaret lleva en su corazón. En este aspecto, su magisterio fue extraordinariamente luminoso, como lo manifiesta sobre todo su última exhortación apostólica, C’est la confiance. Pero a este punto existe toda una teología del Sagrado Corazón, desarrollada en numerosos textos magisteriales del más alto rango, sobre la cual el papa Francisco no se había pronunciado prácticamente nunca. Hasta Dilexit nos, encíclica profundamente ligada a C’est la confiance, publicada exactamente un año antes.
Hasta la publicación de Dilexit nos, era necesario remontarse 70 años, hasta 1956, en un mundo completamente distinto del actual, para encontrar una encíclica explícita y exclusivamente dedicada al Sagrado Corazón de Jesús. En efecto, durante la primera mitad del siglo XX, este fue un tema al que el magisterio pontificio volvió con frecuencia: arrancando con Annum sacrum, de León XIII, en 1899, Quas Primas (1925), de Pío XI vinculó esta devoción al reinado universal de Jesucristo-, y las sucesivas Misserentisimus redemptor (1928) y Charitate Christi compulsi, de Pío XI, hasta Haurietis aquas (1956), de Pío XII, desarrollaron una auténtica teología del Sagrado Corazón de Jesús.
A estos documentos remite siempre, desde entonces, el magisterio de la Iglesia, que ha insistido de modo incansable en la centralidad de esta devoción. Situándose en esta misma tradición, de modo inesperado y sorpresivo, Dilexit nos retoma esta tradición e inserta en ella notables desarrollos teológicos.
II. El corazón como categoría
Todos los documentos magisteriales sobre el Sagrado Corazón de Jesús comienzan con una reflexión sobre el corazón humano como órgano y como símbolo; pero ya de entrada salta a la vista que el tono de este documento es distinto. Pío XI y Pío XII abordaron el tema con su habitual modo solemne y majestuoso, con un lenguaje teológico preciso y teórico, con abundancia de hipérboles, preguntas retóricas y superlativos. Dilexit nos es diferente, no solo por el tono general, sino también porque trasciende las categorías conceptuales habituales con las cuales se solía abordar este tema, intentando manifestar cómo cualquier intento de teorización siempre se va a quedar corto.
Los tiros se dirigen de entrada contra aquellos que, con más frecuencia, tendemos hacia la rigidez y el formalismo, es decir, aquellos que hemos sido formados según los manuales de filosofía escolástica, que el Papa conocía bastante bien (de hecho, a ratos su propia una mentalidad era bastante escolástica). Según afirma el Papa, el corazón ha tenido poco lugar en la antropología y en el gran pensamiento filosófico, porque “se han preferido otros conceptos como el de razón, voluntad y libertad” (n.10). Y por eso “su significado es impreciso y no se le concedió un lugar propio en la vida humana (…). Muchos se sintieron más seguros en el ámbito más controlable de la inteligencia y de la voluntad para construir sus sistemas de pensamiento”. Y entonces, como al corazón no le encontrábamos un lugar, lo “devaluamos” (n.11) y lo dejamos fuera.
Sin embargo, dice el Papa, el discurso sobre el Corazón de Jesús no es filosofía, psicología, ni biología; es teología o, más bien, doctrina cristiana. Para estos efectos, la noción de corazón es imprescindible, porque “se podría decir que, en último término, yo soy mi corazón, porque es lo que me distingue, lo que configura mi identidad espiritual” (n.14). Precisamente por eso, esta palabra —corazón— “no puede ser agotada” por otras disciplinas o por otras ciencias (n.15).
Este núcleo de cada ser humano, su centro más íntimo, no es el núcleo del alma, sino el núcleo de toda la persona. Todo se unifica en el corazón, que puede ser la sede del amor, con la totalidad de sus componentes espirituales, anímicos y también físicos (n.21).
Según Francisco, el corazón es síntesis, es el núcleo de la vida completa, de la totalidad de la persona; por lo tanto no es descriptible como una “facultad”, como una potencia en particular distinta de las otras. Es con esta lógica —con esta noción de corazón—, que hay que aproximarse a la idea del Corazón de Cristo.
III. El Corazón de Cristo
“El corazón de Cristo es éxtasis, es decir, es un salir de sí, es salida, es donación, es encuentro. En él nos volvemos capaces de relacionarnos de un modo sano y feliz, y de construir en este mundo el reino de amor y de justicia” (n.28). “En definitiva, este Corazón Sagrado es el principio unificador de la realidad”, porque, según explicaba Juan Pablo II en una catequesis de 1998, “Cristo es el corazón del mundo. Su Pascua de muerte y resurrección es el centro de la historia y gracias a él es historia de salvación”. Cristo es el centro del universo; tal como se ha venido insistiendo con fuerza a partir del Concilio Vaticano II, toda la creación tiene que ser entendida de modo cristocéntrico. Según aprende uno en el Catecismo, el acto de creación es propio de Dios en cuanto es uno, pero se atribuye fundamentalmente a Dios Padre; pero Dios Padre crea el mundo en Cristo, de manera que Cristo es no solamente el hombre perfecto, arquetipo de todo hombre a cuya imagen todos hemos sido hechos, sino que es también centro, fundamento y destino total de toda la creación.
Esta palabra —corazón— “no puede ser agotada” por otras disciplinas o por otras ciencias.
Todo esto implica que la redención no se explica solamente en función de reparar el pecado original, que es algo que sucede dentro de la misma historia, sino que debe ser pensada como el centro del plan original de Dios desde el primer instante. En términos esquemáticos, no es que el mundo fue creado, se “echó a perder” y entonces Dios se tuvo que encarnar para arreglarlo. No. El plan originario de la creación incluye la encarnación como el núcleo en torno al cual se articula todo el orden creado, y por eso Jesucristo puede decir en propiedad: “yo hago nuevas todas las cosas” (Ap. 21,5). Su Corazón misericordioso es el fundamento siempre nuevo de todo el orden creado.
Inmediatamente después, en el capítulo II, el Papa se detiene en los actos del corazón de un modo que describe muy bien cómo se aproxima a este problema: no es tanto una disquisición teórica —como podrían ser el lugar en que retoma el análisis teológico del triple amor del corazón de Cristo— sino simplemente vida encarnada. Aparece aquí muy claramente la formación ignaciana de un Papa que es jesuita. En los Ejercicios Espirituales, san Ignacio inicia las meditaciones sobre los misterios de Jesucristo con una “composición de lugar”: invita a imaginarse que uno mismo está ahí, percibiendo todo con sus cinco sentidos. De esta manera, cuando uno lee el Evangelio, no tiene que tratar simplemente de “extraer” la doctrina que hay en él, sino que hay intentar imaginarse que uno está mirando lo que pasa, porque de esa manera los gestos, las miradas, los actos de Jesucristo, adquieren un carácter completamente distinto. Según explica el Papa, “cómo nos ama Cristo, es algo que Él no quiso explicarnos demasiado” (n33); no es algo que se explica, no es algo que se dice, es algo que se muestra con actos. De hecho, dice, Jesús “tiene otro nombre, que es Emmanuel y significa Dios con nosotros” (n.34), y esto se manifiesta “sobre todo cuando lo vemos actuar”, porque “está siempre en búsqueda, cercano, constantemente abierto al encuentro”; a través de sus gestos y palabras hacia prostitutas o adúlteras, hacia ciegos o cobardes, “Cristo muestra que Dios es proximidad, compasión y ternura” (n.35). Sucede con estos conceptos —“proximidad”, “compasión”, “ternura” — que aquel que los entiende y los sabe definir, no siempre es el que mejor los comprende; los comprende aquel que los recibe, aquel que los experimenta de modo concreto.
Y así, “cuando los fariseos le criticaban esta cercanía suya con las personas consideradas de baja condición o pecadoras, Jesús les decía: misericordia quiero y no sacrificios (Mt 9,13)” (n.37), citando el Salmo (Os 6, 6). En esta lógica no se trata tanto de entender cosas, sino de lo que señala al final del n.38: “Siempre encuentra alguna manera para encontrarse en tu vida, para que puedas encontrarte con él”. Es Dios el que nos busca, y no uno a Él; y cuando uno se encuentra con alguien que estaba buscando a Dios, es Dios quien lo está buscando haciendo que lo busque. La iniciativa, el primer movimiento, siempre es de Dios.
Su Corazón misericordioso es el fundamento siempre nuevo de todo el orden creado.
En el n.39, alude al pasaje del joven rico al que Cristo mira con amor (Mc. 10, 21). El Evangelio no nos dice qué pasó después con él. Pero el Papa invita a ponerse en ese lugar, tratar de imaginar cómo habrá sido esa mirada y qué sintió el joven rico cuando lo miraron así: “¿Puedes imaginarte ese instante, ese encuentro entre los ojos de este hombre y la mirada de Jesús? Si te llama, si te convoca a una misión, primero te mira, penetra lo más íntimo de tu ser, percibe y conoce todo lo que hay en ti, deposita en ti su mirada” (n.39).
Este segundo capítulo de la encíclica está escrito desde una actitud fundamentalmente contemplativa, que no se entiende sin la “composición de lugar” de san Ignacio. La contemplación es muy distinta del razonamiento. El razonamiento es un movimiento del intelecto desde las cosas que conocemos a las que no conocemos, y entonces aprendemos. Cuando alguien razona, lee un libro o sigue una narración, a medida que avanza va sabiendo cosas que antes no sabía. Cuando alguien contempla, en cambio, el acto de contemplar no le hace adquirir nuevo conocimiento: le permite, más bien, connaturalizarse y hacerse más próximo, tomarle el peso a lo que está pasando o a lo que se está diciendo. Un buen ejemplo de esto es precisamente lo que nos pasa, en mayor o menor medida, con el Evangelio: lo conocemos bien y, sin embargo, no nos dice mucho hasta que alguien nos ayuda a ver lo que efectivamente está pasando allí. Ese “ver” casi nunca consiste en aprender algo que no supiéramos; ya lo sabíamos, pero lo pasábamos por alto. No es un problema de agudeza de la mirada intelectual, sino de sensibilidad del corazón.
El capítulo termina (n.46) con una advertencia muy propia del Papa. La principal crítica a la devoción al Sagrado Corazón siempre ha sido que se la considera demasiado afectiva y hasta sentimentaloide. De hecho, es bastante frecuente —quizás alguno de ustedes también lo ha escuchado— una crítica a la estética de las imágenes del Sagrado Corazón, que muchas veces tienden a ser un poquito cursi. El Papa se hace cargo de eso más adelante, pero ya nos lo anticipa: si usted tiene ese tipo de crítica, la verdad, el problema es suyo, no de la devoción:
Todo lo dicho, si se mira superficialmente, puede parecer mero romanticismo religioso. Sin embargo, es lo más serio y lo más decisivo. Encuentra su máxima expresión en Cristo clavado en una cruz. Esa es la palabra de amor más elocuente. Esto no es cáscara, no es puro sentimiento, no es diversión espiritual. Es amor. […] Cuando muchas personas buscaban diversas propuestas religiosas para su salvación, san Pablo fue capaz de mirar más allá y de maravillarse por lo más grande y fundamental: “Me amó” (n.46).
“Me amó y se entregó por mí” (Ga 2,20): este es el centro de la revelación cristiana. Es por eso que se tiene que insistir con tanta fuerza en la centralidad del Sagrado Corazón, porque significa el amor de Dios. El kerigma fundamental es simplemente esto: el amor de Dios. Sin este anuncio presente y operante, el cristianismo sería simplemente una doctrina moral, un camino gnóstico de perfeccionamiento.
IV. La Devoción al Sagrado Corazón de Jesús
Una vez que el Papa ha hablado ya sobre el corazón humano y sobre los gestos de la vida de Jesucristo, aborda el tema central de la devoción al Sagrado Corazón: ¿En qué consiste la devoción al Sagrado Corazón? ¿En qué consiste fundamentalmente la consagración y la reparación, cuyo fundamento primero es la adoración?
Este segundo capítulo de la encíclica está escrito desde una actitud fundamentalmente contemplativa, que no se entiende sin la “composición de lugar” de San Ignacio.
Francisco insiste en que el principio fundamental de esta doctrina se encuentra en el dogma de la unión hipostática: Jesucristo es verdadero Dios y verdadero hombre; completamente Dios y completamente hombre. No hay nada en él que no sea divino, no hay nada en él que no sea humano y, precisamente por eso, es solo en Jesucristo que se entiende la verdad sobre el hombre. Jesús de Nazaret no es una especie de “superhombre” que tiene ciertas capacidades o “superpoderes” que nosotros no tenemos. Al contrario, aquello que es auténticamente el hombre se manifiesta en primer lugar en la persona de Jesucristo, de manera que si uno quiere entender qué es el ser humano, más que hacer ciencia experimental o investigaciones sociológicas, tiene que fijarse en la persona de Jesucristo.
La simultánea humanidad y divinidad de Jesucristo exige dos actos que, por su propia naturaleza, deberían ser incompatibles: son amistad y adoración (n.49). La amistad se da entre iguales, mientras que la adoración se da entre Creador y creatura. El Corazón de Cristo logra sintetizar dos cosas que no hay manera de juntar, porque solo se es amigo de uno que es igual, y no se es un igual con Aquel a quien se adora, a menos que Aquel a quien se adora sea simultáneamente verdadero Dios y verdadero hombre. Es decir, Aquel que nos es más próximo, porque es uno de nosotros, es también Aquello de lo cual somos más radicalmente dependientes, el que en definitiva nos salva.
Este es el secreto; frente a esto, la imagen es indispensable, pero cómo sea en particular resulta indiferente. Según el Papa, “esto va más allá del atractivo que puedan tener las diversas imágenes que se han hecho del Corazón de Cristo” (n.56); “es más” —insiste, poco más adelante—“alguna de esas imágenes podrá parecernos poco atractiva y no movernos demasiado al amor y a la oración” (n.57). Todo esto es secundario: no pasa nada si una imagen nos parece poco bonita; si a uno no le gusta alguna de esas imágenes, paciencia, no es pecado que no le guste, bastará elegir otra imagen si se puede. Y aparece aquí el modo de Francisco en gloria y esplendor: si una imagen no nos mueve demasiado “al amor y a la oración”, entonces “como dirían los orientales, no hay que quedarse con el dedo que indica la luna” (n.57), pues, como dice el refrán clásico, “cuando el sabio indica la luna, el tonto mira el dedo”.
La principal crítica a la devoción al Sagrado Corazón siempre ha sido que se la considera demasiado afectiva y hasta sentimentaloide.
El problema fundamental no es el signo, sino lo significado. El corazón tiene el valor de que es percibido no como un órgano separado, sino como un centro íntimo unificador. Si nos ponen la imagen de cualquier órgano del cuerpo distinto del corazón, se lo entiende inmediatamente como parte del cuerpo; pero si nos ponen un corazón, por alguna razón misteriosa no lo entendemos en primer lugar como parte de un cuerpo, sino como el centro íntimo de la totalidad de la persona, aquello que representa al todo. Es por eso que el Papa recomienda que las imágenes del Sagrado Corazón sean imágenes de Jesucristo completo con el Sagrado Corazón: “si bien el dibujo de un corazón con llamas de fuego puede ser un símbolo elocuente que nos recuerde el amor de Jesucristo, es conveniente que ese corazón sea parte de una imagen de Jesucristo” (n.54).
Lo que explica el Papa en los títulos siguientes sobre el amor sensible y sobre los tres modos del amor de Jesucristo está tomado completamente del magisterio anterior. Jesucristo nos ama con un triple amor: el amor propiamente divino de la voluntad divina del Creador, el amor libre de su voluntad humana, que es caridad perfecta, pero también —como insistían Pío XI y Pío XII— con un amor sensible, porque es auténtica y perfectamente hombre.
Es completamente nuevo, en cambio, el capítulo sobre las “Perspectivas trinitarias” (n.70-77). Hasta donde sé, nunca antes se había realizado una lectura a partir de los padres de la Iglesia sobre la dimensión trinitaria de la figura del corazón de Jesús. Se trata de una novedad doctrinal que les va a dar trabajo a los teólogos, que se tendrán que poner a pensar esto, porque esto no estaba dicho.
A partir del n.86, el Papa se detiene en dos fenómenos o tendencias que, normalmente, miramos como absolutamente pasadas y superadas, y que, sin embargo, están plenamente vigentes y hacen particularmente urgente para nuestro tiempo la devoción al Sagrado Corazón.
Aquello que es auténticamente el hombre se manifiesta en primer lugar en la persona de Jesucristo.
Por una parte, está el dualismo jansenista, una moral rígida centrada en el esfuerzo y que desprecia profundamente la emoción y la carne, al que Pío XII llamó un “falso misticismo” (Haurietis aquas, 28) (n.86).
Por otra parte, señala un “segundo dualismo”, el de las “comunidades y pastores concentrados sólo en actividades externas, reformas estructurales vacías de Evangelio, organizaciones obsesivas, proyectos mundanos, reflexiones secularizadas” (n.88). El criterio fundamental para las comunidades cristianas y para la vida parroquial es una relación personal con Jesucristo, que no se planifica, que no se evalúa, que no cabe en ninguna “carta Gantt”.
El documento es muy duro con estas doctrinas, precisamente porque excluyen la iniciativa de Dios movida por su amor de misericordia. Por eso, al mismo tiempo y sin oposición, el texto completo es también especialmente delicado con las distintas sensibilidades personales dentro de la Iglesia. El Papa tiene muy claro que sigue habiendo mucha gente a la que, por una formación jansenista que no eligió o por la razón que sea, le cuesta entender y vivir todo esto.
El Papa se detiene en dos fenómenos o tendencias que, normalmente, miramos como absolutamente pasadas y superadas, y que, sin embargo, están plenamente vigentes y hacen particularmente urgente para nuestro tiempo la devoción al Sagrado Corazón.
Por eso, señala Francisco, “hay que recordar que las visiones o manifestaciones místicas narradas por algunos santos [como santa Margarita María de Alacoque, por ejemplo] no son algo que los creyentes estén obligados a creer como si fuera palabra de Dios”. Pero “como afirma Pío XII, (…) no puede decirse que este culto de la devoción al Sagrado Corazón deba su origen a revelaciones privadas”. Este es el límite último de la espiritualidad subjetiva: puede que a alguien no le guste la estética de las imágenes, que no le guste esta cosa medio sensiblera, puede no gustarle un montón de cosas… y Jesús tiene paciencia. Pero el límite está que esto no es revelación privada. Hay actos magisteriales que declaran explícitamente que la devoción al Sagrado Corazón está el centro del cristianismo y, por lo tanto, no puede ser sino al menos imprudente privarse de ella. Como dijo Pío XII, esta devoción “es el acto de religión por excelencia, (…) la síntesis de todo el misterio de nuestra Redención” (Haurietis aquas, n.2). La religión es una virtud que pertenece al orden de la justicia; por la justicia, uno le da a cada uno lo que se le debe. Por la virtud de religión, nosotros le damos a Dios lo que le debemos: el culto público y la obediencia. Que la devoción al Sagrado Corazón sea la síntesis de toda la religión significa que no se puede tributar el culto que Dios exige al margen de estas formas, que esta devoción no es prescindible. En cierto sentido, es semejante al precepto de ir a misa los domingos: el que no ve el bien que hay ahí, lo percibe como una carga, en cambio, a aquel que sí ve el bien que está allí, le parece que el precepto dominical se queda corto. Cuando la Iglesia manda ir a misa los domingos —incluso si usted no quiere—lo que está diciendo es “no se aleje tanto”, “al menos manténgase más o menos cerca para que no nos tengamos que ir a buscar al otro lado del mundo”. Aquí se aplica la misma lógica: si a alguien le cuesta le cuesta la devoción al Sagrado Corazón, tenga ánimo y vaya superándolo, pero no se aleje demasiado, porque esto no es prescindible, porque ya no se puede prescindir del Sagrado Corazón sin renunciar a la unión hipostática, que es la tesis fundamental del credo de Nicea, del cual celebramos 1700 años: que Jesucristo es verdadero Dios y verdadero hombre; “Dios de Dios, Luz de Luz, Dios verdadero de Dios verdadero”. El credo de Nicea es muy luminoso porque señala muy explícitamente el doble nacimiento de Jesucristo, engendrado de Dios Padre antes de todos los siglos y nacido de la Virgen María en tiempo de Poncio Pilato, en el tiempo. Doble generación, relativa a una doble naturaleza.
V. Santa Teresita de Lisieux y el Sagrado Corazón
Todo este recorrido de la encíclica termina en santa Teresita de Lisieux, no podía ser de otra manera. Yo creo que esta parte, del n.133 al 142, es el corazón de la encíclica. Y de estos números, hay al menos dos (n.141 y 142) que son una mera cita textual Lo que pasa acá es una cosa bien notable e impresionante. Así como Quas Primas unió definitivamente la doctrina del reinado de Jesucristo Rey con la doctrina del Sagrado Corazón, el Papa Francisco, en un acto magisterial implícito, pero muy enérgico y muy real, está uniendo en una síntesis definitiva, una manera completamente indisoluble, la doctrina de la infancia espiritual de santa Teresita con la devoción al Sagrado Corazón. Lo comienza en C’est la confiance y lo sanciona en este texto. No son separables porque la única manera de entender de qué se trata la devoción al Sagrado Corazón es mediante la espiritualidad de la infancia espiritual cuyo centro es la Eucaristía. Uno podría decir: Cristo Rey, Sagrado Corazón, infancia espiritual y adoración eucarística son completamente inseparables para siempre.
Que la devoción al Sagrado Corazón sea la síntesis de toda la religión significa que no se puede tributar el culto que Dios exige al margen de estas formas, que esta devoción no es prescindible.
En el n.137 aparece con mucha claridad qué es lo que el Papa tiene en mente; contra qué está pensando, que aparece ya en Evangelii Gaudium. En el n.136, Teresita dice que ya no teme, porque comprende el corazón de Jesús. Y entonces comenta el Papa, con su clásico lenguaje informal:
Las mentes eticistas, que pretenden llevar un control de la misericordia y de la gracia, dirían que ella podía expresar esto porque era santa, pero que no podría afirmarlo una persona pecadora De ese modo, quitan de la espiritualidad de santa Teresa del Niño Jesús su hermosa novedad que refleja el corazón del Evangelio. Lamentablemente, se ha vuelto frecuente en algunos círculos cristianos este intento de encerrar al Espíritu Santo en un esquema que les permita tener todo bajo su supervisión. Sin embargo, esta sabia doctora de la Iglesia les tapa la boca, y contradice directamente esa interpretación reductiva con estas palabras tan claras: «aunque hubiera cometido todos los crímenes posibles, seguiría teniendo la misma confianza; sé que toda esa multitud de ofensas sería como una gota de agua arrojada en una hoguera encendida» (n. 137).
A partir de esta concepción de la misericordia divina y la fragilidad humana, el n.138 critica esta idea tan propia de la época de santa Teresita y tan vigente en la nuestra, que propone una especie de temor reverencial a la justicia divina, que le daba a la devoción al Sagrado Corazón un aspecto que el Papa califica como “dolorista”, y que entiende la reparación como una especie de compensación en el orden de la justicia.
Al contrario, según Teresita: “Lo que le agrada es verme amar mi pequeñez y mi pobreza, es la esperanza ciega que tengo en su misericordia… Este es mi único tesoro”[Carta 197, A sor María del Sagrado Corazón (17 septiembre 1896)]” (n.138).
Según explica el Papa, “en muchos de sus textos se advierte su lucha contra formas de espiritualidad demasiado centradas en el esfuerzo humano, en el mérito propio, en el ofrecimiento de sacrificios, en determinados cumplimientos para «ganarse el cielo»” (n.139).
Uno podría decir: Cristo Rey, Sagrado Corazón, infancia espiritual y adoración eucarística son completamente inseparables para siempre.
El Papa Francisco entendió muy bien a santa Teresita, y no deja de insistir en este punto, porque ve que muchos cristianos comunes y corrientes han sido formados en esta tendencia. La tesis fundamental es que Dios nos amó, que Él amó primero, y que, por lo tanto, el cielo no hay que ganárselo a costa de esfuerzo. La teología católica enseña que quien se va al cielo, va por méritos que son propios, que son estrictamente suyos; pero son suyos porque se los regalaron, no porque se los ganó, porque ante Dios no hay manera de ganarse nada. Se trata de disponerse a recibir, punto. Y lo que dispone a recibir, en palabras de Santa Teresita, es precisamente la conciencia e incluso el amor de la propia pequeñez, de la propia necesidad.
Es lo que dice en la cita del n.140, en que aparece con toda su fuerza la imagen de la infancia: “Dios es mucho mejor de lo que piensas. Él se conforma con una mirada, con un suspiro de amor”. Por eso, “la perfección es algo muy fácil de practicar”: “lo único que hay que hacer es ganar a Jesús por el corazón” como el niñito que acaba de disgustar a su madre.
VI. Consagración y reparación
Quiero terminar con una última idea que, me parece, es uno de los aportes más relevantes de este documento a la teología de la devoción al Sagrado Corazón. Según todos los textos magisteriales previos, los actos más propios de la devoción al Sagrado Corazón son, por una parte, la consagración y, por otra, la reparación.
El Papa Francisco insiste mucho en incluir una especie de dimensión previa, particular, no social, de la reparación. En este documento, como un aspecto propio del segundo acto de la devoción, que es la reparación, incluye, en primer lugar, el deseo de consolar al corazón de Cristo (lo cual, por cierto que plantea un problema teológico bastante importante en el que el texto también se detiene :¿cómo es posible que consuele yo a alguien por algo que sucedió hace dos mil años?). De esta primera dimensión de la reparación, que es el consolar a Cristo, brota la segunda dimensión, más bien social de la reparación, manifestada en la caridad al prójimo. La caridad, el amor de Cristo, se manifiesta sobre todo en obras exteriores respecto del prójimo, pero no consiste en eso. Las obras exteriores de la caridad son efecto de una caridad a Dios, que es previa. Así, la reparación adquiere una dimensión personal, que es el consuelo, y una dimensión social, que es esta acción exterior mediante la caridad.
La tesis fundamental es que Dios nos amó, que Él amó primero, y que, por lo tanto, el cielo no hay que ganárselo a costa de esfuerzo.
Es interesante detenerse un minuto en este problema teológico que anticipábamos, porque su respuesta manifiesta el tenor del documento y de todo el magisterio de Francisco. El consuelo al corazón de Cristo, tal como lo planteaba Pío XI (n.153), es problemática:
Puede parecer que esta expresión de la devoción no tiene suficiente sustento teológico, sin embargo, el corazón tiene sus razones. El sensus fidelium intuye que aquí hay algo misterioso más allá de nuestra lógica humana, y que la pasión de Cristo no es un mero hecho del pasado: podemos participar en ella desde la fe. Meditar la entrega de Cristo en la cruz, para la piedad de los fieles es algo mayor que un mero recuerdo. Esta convicción está sólidamente fundada en la teología (n.153).
Y aquí el texto remite en nota a una cita de la Summa Theologiae de Tomás de Aquino (II-II, q. 1, a. 2, ad 2; q. 4, a. 1): “cuando se ejercita la Fe, referida a Cristo, el alma accede no sólo a unos recuerdos, sino a la realidad de su vida divina”.
El reino del Corazón de Cristo»; esto ciertamente implica que seamos capaces de «unir el amor filial hacia Dios con el amor al prójimo»; pues bien, «esta es la verdadera reparación pedida por el Corazón del Salvador».
El Papa no está hablándole tanto al experto en la ciencia teológica como al fiel común y corriente que, en su devoción particular, amando a la persona de Jesucristo, tiene plena conciencia de que lo está consolando en Getsemaní. Es la clásica tesis de que aquello que le muestra el ángel que se le aparece en Getsemaní es precisamente esto: unos pocos actos de consuelo que habrá más adelante, que le hacen soportable la pasión que se le viene. En esta lógica “no es posible establecer un antes y un después sin conexión alguna, aunque nuestro pensamiento no sepa cómo explicarlo” (n.156). Y a continuación, en la misma lógica, introduce el tema de la compunción, citando su homilía de la Misa Crismal del año 2024, en que explica el modo en que hay que entender el dolor por los propios pecados (que es un texto maravilloso).
A partir del consuelo y la reparación, comienza a aparecer entonces la historia de los grandes santos que, inflamados por la caridad que quiere consolar, entonces practicaron las obras exteriores de la caridad:
Todo lo dicho nos permite comprender, a la luz de la Palabra de Dios, cuál es el sentido que debemos dar a la “reparación” que se ofrece al Corazón de Cristo, qué es lo que realmente el Señor espera que reparemos con la ayuda de su gracia. Se ha discutido mucho al respecto, pero san Juan Pablo II ha ofrecido una respuesta clara para orientarnos a los cristianos de hoy hacia un espíritu de reparación en mayor sintonía con el Evangelio.
San Juan Pablo II explicó que, entregándonos junto al Corazón de Cristo, «sobre las ruinas acumuladas por el odio y la violencia, se podrá construir la tan deseada civilización del amor, el reino del Corazón de Cristo»; esto ciertamente implica que seamos capaces de «unir el amor filial hacia Dios con el amor al prójimo»; pues bien, «esta es la verdadera reparación pedida por el Corazón del Salvador» (N° 181 y 182).
Lo que está pasando en estos todos estos textos es impresionante. Se trata, si se me permite la expresión, de una especie de “democratización de la mística”; como una especie de popularización de la relación mística del alma con la persona singular de Jesucristo, con la cual conversa de corazón a corazón, que está al alcance de cualquiera en la adoración eucarística, en la devoción al Sagrado Corazón. Los llamados a vivir esto no son solamente los religiosos contemplativos de clausura, son todos. El retiro de la oración consoladora no debe ser entendido en contraposición o como una vía distinta de la vida activa del laico común y corriente en el mundo, sino que este diálogo personal es aquello de lo cual se alimenta su acción cotidiana en el mundo, en virtud de la cual va a ser capaz de contribuir a la construcción de la civilización del amor, cuyo fundamento es el corazón de Cristo. Es decir, esto es lo que el Papa León XIV decía hace poco: teología de rodillas, pero también acción social y comunión eclesial de rodillas. No hay manera de que la acción exterior sea fecunda; una acción exterior que consiste en la construcción del reino del Corazón de Cristo, es imposible si no hay un vínculo personal con ese corazón de Cristo.
Se trata, si se me permite la expresión, de una especie de “democratización de la mística”; como una especie de popularización de la relación mística del alma con la persona singular de Jesucristo, con la cual conversa de corazón a corazón, que está al alcance de cualquiera en la adoración eucarística, en la devoción al Sagrado Corazón.
El Papa muestra esta idea con mucha claridad, vinculando el acto de ofrenda al amor misericordioso de Santa Teresita con la caridad a los hermanos. La más perfecta manifestación de la reparación, que se manifiesta como la dimensión social de la devoción al Sagrado Corazón, es el acto de consagración al amor misericordioso. Leído en la lógica de la misma santa Teresita, no se trata de presentarse como un pararrayos de la justicia divina, como hacían ciertas monjas contemporáneas a ella, sino de presentarse como víctima que canalice la misericordia de Dios, de manera que pueda derramarse sobre todos. El ofrecerse como ofrenda al amor misericordioso es presentarse como canal, y no ya como obstáculo; que no sea yo, que no sea mi voluntad, la que dificulte la difusión de los bienes que Jesucristo quiere comunicar al mundo a través de su Corazón, que era precisamente lo que protestaba Jesús ante Margarita María: quiero dar, pero necesito que los hombres dejen de poner obstáculo. El acto más perfecto por el cual se remueve ese obstáculo es precisamente la ofrenda, no a la justicia, sino al amor misericordioso.
VII. Conclusiones
La conclusión del texto es muy bonita, porque está, de nuevo, planteada en un lenguaje absolutamente próximo al fiel común y corriente. Dice lo siguiente:
Hoy todo se compra y se paga, y parece que la propia sensación de dignidad depende de cosas que se consiguen con el poder del dinero (…) . El amor de Cristo está fuera de ese engranaje perverso y sólo él puede liberarnos de esa fiebre donde ya no hay lugar para un amor gratuito (n.218).
Y continúa describiendo la situación:
La Iglesia también lo necesita, para no reemplazar el amor de Cristo con estructuras caducas, obsesiones de otros tiempos, adoración de la propia mentalidad, fanatismos de todo tipo que terminan ocupando el lugar de ese amor gratuito de Dios que libera, vivifica, alegra el corazón y alimenta las comunidades. De la herida del costado de Cristo sigue brotando ese río que jamás se agota, que no pasa, que se ofrece una y otra vez para quien quiera amar. Sólo su amor hará posible una humanidad nueva” (n.219).
La única manera de que Cristo reine en la sociedad es que aquellos que le son fieles estén enamorados, porque es ese enamoramiento el que va a resultar atractivo para otros:
Hablar de Cristo, con el testimonio o la palabra, de tal manera que los demás no tengan que hacer un gran esfuerzo para quererlo, ese es el mayor deseo de un misionero de alma. No hay proselitismo en esta dinámica de amor, son las palabras del enamorado que no molestan, que no imponen, que no obligan, sólo mueven a los otros a preguntarse cómo es posible tal amor. Con el máximo respeto ante la libertad y la dignidad del otro, el enamorado sencillamente espera que le permitan narrar esa amistad que le llena la vida (n.210).
Aquel que ama a Jesucristo es una persona común y corriente que anda por el mundo haciendo lo que le toca hacer en el mundo, pero que, en todo lo que hace, le muestra a la gente que descubrió algo impresionante sobre lo cual, si le preguntan, les contará. Este es el sentido de la crítica del Papa, tantas veces mal entendida, al proselitismo. No se trata de andar cateteando a la gente para tratar de convencerla, sino de vivir en el mundo profundamente enamorado. Y todos ustedes conocen a gente enamorada, sobre todo a los adolescentes, sabemos cómo se ponen. Bueno, esto funciona de esa manera: por atracción.
La más perfecta manifestación de la reparación, que se manifiesta como la dimensión social de la devoción al Sagrado Corazón, es el acto de consagración al amor misericordioso.
Entonces, en síntesis y a modo de resumen, ¿qué sería lo novedoso, lo interesante de este documento?
Yo lo intentaría sintetizar en tres ideas. Primero, que retoma la devoción al Sagrado Corazón como tema teológico central, insistiendo en que no es una cuestión opcional, sino que es absolutamente central. Segundo, lo aborda como problema teológico y, en esa lógica, hace avances doctrinales importantes, que no están contenidos en el magisterio anterior. Sin embargo, y este es el punto tercero, estos avances doctrinales no están pensados principalmente para el teólogo, sino que están propuestos en un lenguaje especialmente próximo y pensando sobre todo en el contexto del mundo actual y de la vida normal del cristiano común y corriente.
Finalmente, de lo que se trata acá es que hay que tomar de nuevo el texto de Dilexit nos y volver leerlo. Y hay que leerlo muchas veces.
Estos avances doctrinales no están pensados principalmente para el teólogo, sino que están propuestos en un lenguaje especialmente próximo y pensando sobre todo en el contexto del mundo actual y de la vida normal del cristiano común y corriente.
Notas
[1] Este artículo está basado en la exposición que realizó el profesor Gonzalo Letelier en el seminario “Atraídos por su Corazón”, realizado en la Universidad Finis Terrae el 31 de mayo de 2025. Agradecemos a Gonzalo Letelier por la amabilidad de permitirnos publicar su exposición.
Last modified: noviembre 27, 2025





