La sabiduría del corazón de santo Tomás
“¿No ardía nuestro corazón mientras nos hablaba en el camino, cuando nos explicaba las escrituras?” (Lc. 24, 32)
Hago mías estas palabras de los discípulos camino a Emaús. Recuerdo vivamente mi experiencia, hace casi 30 años, como alumno de don Crescente Donoso Letelier, profesor de Fundamentos Filosóficos del Derecho: don Crescente explicaba con fidelidad y pasión las enseñanzas de santo Tomás de Aquino, generando en mí un inédito despertar intelectual maravillado ante la profundidad, sensatez y rigor lógico de esa doctrina. Pero mi vivencia era más que el gozo de entender con la ayuda de tan notable maestro. Me ocurría algo mayor, muy superior. Al término de sus clases me encontraba dolido, herido por una belleza que me generaba una alegría inédita, no solo intelectual ―el gaudium de veritate de la genuina y cada vez más escasa vida universitaria―, siempre unida a la certeza de estar comenzando a vislumbrar un misterio. Era, ante todo, una experiencia afectiva. Sí, santo Tomás de Aquino, por intermedio de don Crescente, me abría la inteligencia nutriéndome con excelentes razones, pero, sobre todo, me conmovía afectivamente. Este fue el inicio del descubrimiento de mi vocación.
Desde entonces, con la ayuda de sabios amigos y profesores, puedo reconocer y agradecer el progresivo crecimiento y desarrollo de mi relación intelectual y, sobre todo, afectiva con santo Tomás. Y en la misma proporción en que se ha intensificado mi afecto, reconozco que es mucho más lo que me falta por entender; padezco, como diría Pascal, que el corazón tiene razones que la razón simplemente ignora: cuanto más conozco, más quiero lo conocido y conocerlo más; y cuánto más lo quiero, más sufro el gozo de conocer lo que jamás podré poseer por completo. Es la inescapable paradoja de todo el que ama la sabiduría, al menos durante esta vida.
Herido por una belleza que me generaba una alegría inédita, no solo intelectual ―el gaudium de veritate de la genuina y cada vez más escasa vida universitaria―, siempre unida a la certeza de estar comenzando a vislumbrar un misterio. Era, ante todo, una experiencia afectiva.
Frente a esta experiencia amorosa me ha resultado siempre difícil aceptar aquellos planteamientos que etiquetan a santo Tomás como eminente expositor de un intelectualismo formalista y abstracto que reduce la voluntad a una mera capacidad efectiva, no afectiva, y pasiva, no activa, cuyo rol en la consecución del fin último humano es casi irrelevante frente a la especulación intelectual; sostienen que santo Tomás concebiría la contemplación ajena al amor, y sería, por tanto, un sabio con poco corazón.
En cambio ―y este es el hecho central de mi “experiencia tomista”― hasta hoy no ha dejado de arder mi corazón. Esa es mi herida: el gozo de un corazón enamorado. Es dilectio, amor espiritual que quema. Tal es mi continua memoria. Pero difícilmente ―y lo digo desde el más elemental sentido común― podrían generar semejante efecto los artículos del Corpus Thomisticum. Aquí hay ―debe haber― algo más. Y, ciertamente, tampoco estoy enamorado de un monje dominico del siglo XIII. La causa es ―debe ser― otra.
No pretendo universalizar mi experiencia, aunque coincida con la de muchos que así me lo han comentado. La humildad y genuino amor a la verdad que ejemplifica santo Tomás se me han manifestado en que todo lo que he podido conocer y amar gracias a él me han referido y dirigido, sin excepción, a conocer y amar a Dios. Por cierto, conocer a santo Tomás no ha sido la causa de mi fe, sino la Gracia. Pero el conocimiento de santo Tomás ha sido el mayor auxilio (coadyuvante) imaginable para percibir la sinfonía sobrenatural y divina que a diario armoniza la vida y golpea mi ventana.
Santo Tomás me ha ayudado a entender para creer, mostrándome a un Dios-Logos que exige, como dijo Chesterton, quitarme el sombrero, pero no la cabeza; y también me ha ayudado a creer para entender, mostrándome que la razón necesita ser purificada por la fe, que el temor del Señor es el principio de la sabiduría, que para el orden jurídico, social y político existe necesidad estructural del cristianismo, que sólo Cristo revela el hombre al mismo hombre y que al encuentro con Cristo despunta la vida. Santo Tomás ha sido apoyo, guía y amparo en mi necesaria y continua conversión.
Santo Tomás, qué duda cabe, honra a Dios con su pluma porque su corazón está muy cerca de Él.
Y es que santo Tomás no es sólo un sabio y un genio, probablemente el mayor en la historia de la humanidad. Es, ante todo, un santo. Es “el más santo de los sabios y el más sabio de los santos”, según la expresión de Pío XI. Y es el fuego de su santidad el que se trasluce en su monumental obra intelectual: cada silogismo, comentario, himno, refutación, cada letra refleja su inteligencia superior, sin duda, pero, así mismo, su orden afectivo, su ordo amoris, su radicación entusiasta y libre en Dios, su purificación afectiva por elevación sobrenatural. Sólo la Gracia es capaz de explicar la altura, anchura y profundidad de sus enseñanzas. Soy testigo, de este modo, de su deber cumplido, tal como lo expuso al inicio de la Suma contra los Gentiles: “Dios resplandece en sus palabras y sentidos”.
Esto no significa que todo lo dicho por santo Tomás sea verdad de fe, no lo es. Pero no me refiero al contenido de su obra, sobrado de mérito, lo sabemos, sino al corazón de su autor. Si, como dice Bofill, “el corazón es el núcleo ontológico de la persona, el principio estabilizador de su vida, lo que da a su vida consistencia”, puedo afirmar, parafraseando a Isaías, que santo Tomás, qué duda cabe, honra a Dios con su pluma porque su corazón está muy cerca de Él. Santo Tomás ama a Dios con todo el corazón, con toda el alma y con todas las fuerzas. ¡Y qué portento es la fuerza presente en él! Es la fuerza del Espíritu Santo, el Fuego Devorador que purifica, sana y eleva el corazón.
El corazón de santo Tomás no es de piedra fría e impersonal; es nuevo, de carne, dilatado por las llamas de la caridad. Su tesoro es Cristo (“Nada más que Tú, Señor”, es su anhelada recompensa) y sólo en Él radica su corazón. En definitiva, y conforme a la enseñanza de san Pablo, es Cristo quien vive en santo Tomás; así, y de sobremanera por su vida eucarística, en él late el Sagrado Corazón de Jesús y desde ese Corazón traspasado e inflamado en llamas de amor brota el manantial de su sapientia cordis que hiere, enciende y hace arder mi corazón.
Editor Senior, Revista Suroeste
Last modified: noviembre 27, 2025





