diciembre 16, 2025• byÁlvaro Ferrer
La urgencia de volver a la primacía de lo espiritual
La primacía de lo espiritual, de Jacques Maritain, pertenece a esa rara especie de obras proféticas que envejecen bien porque el hombre no envejece en sus extravíos. Fue publicado en 1927, en medio de un mundo que había sobrevivido a una guerra mundial sólo para descubrir que el alma también podía morir. Maritain vio con claridad lo que pocos querían admitir: que la crisis de la civilización no era política ni económica, sino metafísica; que los pueblos habían cambiado el alma por el engranaje, la verdad por la eficacia, y la sabiduría por la propaganda.
“El espíritu no es una parte del hombre —dice—: es el hombre entero en cuanto ordenado al absoluto”. Y, sin embargo, los hombres modernos habían comenzado a tratar al espíritu como una antigualla, un lujo de museo, una superstición estética para almas desocupadas. El resultado fue inmediato: cuando el espíritu abdica, el poder se endiosa. Donde antes reinaba la verdad, se instala la estadística; donde antes había santidad, se predican índices de desarrollo.
La primacía de lo espiritual, de Jacques Maritain, pertenece a esa rara especie de obras proféticas que envejecen bien porque el hombre no envejece en sus extravíos. Fue publicado en 1927, en medio de un mundo que había sobrevivido a una guerra mundial sólo para descubrir que el alma también podía morir.
Maritain distingue con precisión entre dos órdenes: el temporal y el espiritual.. La tradición cristiana ha sostenido que la vida social exige reconocer dos potestades legítimas, cada una soberana in suo ordine: el poder temporal, nacido de la naturaleza social del hombre y encargado de asegurar la justicia, la paz y los bienes comunes de la ciudad terrena; y el poder espiritual, cuyo fin propio es la verdad moral y la salvación, y cuya autoridad se ejerce no por coacción, sino por magisterio y juicio de conciencia. Esta distinción evita tanto la absorción teocrática del Estado como su deriva totalitaria, pues reconoce que ninguna instancia temporal puede sustituir la guía moral de la Iglesia, ni ésta apropiarse de la competencia política. Así, cada poder es autónomo y limitado, pero ambos cooperan al servicio de la dignidad humana y de su destino último, garantizando que ni lo espiritual se politice ni lo político pretenda erigirse en religión civil. Ambas potestades son legítimas pero no son iguales. “El espíritu no debe mandar en el mundo como un tirano, pero sí inspirarlo como el alma inspira al cuerpo”. Esa frase resume toda su doctrina: la política no debe mandar sobre la verdad, sino servirle.
La tragedia moderna, advertía Maritain, es la inversión de esa jerarquía. El cuerpo social ha declarado la independencia de su alma. El Estado pretende ser moralmente neutral —lo cual, traducido al lenguaje de los niños, significa moralmente vacío—; la Iglesia, por su parte, a ratos (a veces, demasiado largos) se avergüenza de ser maestra y se disfraza de ONG cultural.
Cada poder es autónomo y limitado, pero ambos cooperan al servicio de la dignidad humana y de su destino último, garantizando que ni lo espiritual se politice ni lo político pretenda erigirse en religión civil.
Antes que Maritain, un santo combatió este mismo eclipse: Roberto Belarmino, doctor de la Iglesia, quien reafirmó la doctrina de las dos espadas, formulada por el Papa Gelasio I en su célebre carta Duo sunt, enviada al emperador Anastasio, en el año 494 d.C.
Hay, decía Belarmino, dos potestades, ambas dadas por Dios: la espiritual, confiada a la Iglesia, y la temporal, confiada al príncipe. La primera tiene por fin la salvación eterna; la segunda, el bien común terreno. No son enemigas ni iguales. El poder civil no está sometido formalmente al eclesiástico, pero sí subordinado en el orden del fin. Así como el cuerpo sirve al alma, el poder temporal debe servir al espiritual: “El poder espiritual no empuña la espada temporal, pero puede juzgar si esta se usa conforme a la justicia divina.”
Antes que Maritain, un santo combatió este mismo eclipse: Roberto Belarmino, doctor de la Iglesia, quien reafirmó la doctrina de las dos espadas, formulada por el Papa Gelasio I en su célebre carta Duo sunt, enviada al emperador Anastasio, en el año 494 d.C.
No hay teocracia en Belarmino, sino armonía jerárquica: dos espadas, sí, pero un solo sol que las ilumina. Cuando ambas brillan bajo la luz de Cristo, hay orden; cuando se separan, hay tinieblas. Una Iglesia que olvida su espada espiritual deja al príncipe a merced de sus pasiones; un Estado que reniega del cielo termina destruyendo la tierra. Ambas espadas, por tanto, cada una en su ámbito, sirven al mismo Rey.
Santo Tomás enseñó que toda comunidad política es justa sólo en la medida en que se ordena al fin último del hombre. El fin de la sociedad es la vida virtuosa, y el fin de la virtud es la bienaventuranza. Por tanto, el poder temporal —leyes, tribunales, parlamentos— debe subordinarse instrumentalmente al espiritual, no por dominio, sino por finalidad.
Y así llegamos a Chile, cien años después de la Constitución de 1925, cuando el país decidió “separar” a la Iglesia del Estado.
Y así llegamos a Chile, cien años después de la Constitución de 1925, cuando el país decidió “separar” a la Iglesia del Estado (¿como quien se deshace de una madre exigente?). La intención pudo ser legítima: evitar dependencias, asegurar libertad. Pero lo que comenzó como independencia hoy se impone como agnosticismo institucional: un Estado que legisla como si Dios no existiera y una Iglesia que, muchas veces, predica como si la verdad necesitase pasar por la aduana del poder mundano.
El Estado, sin alma, se ha vuelto un gigante burocrático que confunde la igualdad con la indiferencia. La Iglesia, a veces con voz acomplejada, se ha convertido en una dama temerosa que, antes de hablar, pide perdón por existir. En los debates públicos ya no se la llama “Madre y Maestra”, sino “un interlocutor más”, como si la Esposa de Cristo fuera un gremio académico o una ONG de buenas costumbres. Su misión profética se ha diluido en un lenguaje edulcorado sobre “valores compartidos”, “dignidad inclusiva” y otras formas de cortesía teológica que no convierten a nadie, pero tranquilizan a todos.
Esto no significa que la Iglesia deba gobernar, sino que el gobierno no puede legislar contra la verdad.
Mientras tanto, la espada temporal —esa que debía defender la justicia natural— se emplea para sancionar leyes contra la vida, la familia y la verdad. Y la espada espiritual —la Palabra de Dios— yace envainada (matizada o mundanizada) por miedo a ofender. Maritain lo predijo: “El espíritu que renuncia a su primacía se condena a mendigar influencia en los banquetes del poder”. Y eso es lo que hoy hace gran parte del cristianismo público chileno: mendigar el derecho a opinar en la sobremesa del secularismo. Esto no significa que la Iglesia deba gobernar, sino que el gobierno no puede legislar contra la verdad. El Estado no tiene que ser necesariamente confesional en sus estructuras, pero sí en su alma: debe confesar que hay una verdad objetiva sobre el bien, y que esa verdad no la inventa el voto.
La auténtica realeza social de Cristo —tan ridiculizada por los modernos de fuera y de adentro de la Iglesia— no es un vestigio medieval, sino una exigencia metafísica: reconocer que Cristo no es sólo Rey de las conciencias privadas, sino Señor del cosmos y de la historia. Si las leyes contradicen la ley natural, el orden político se convierte en desorden moral, aunque conserve todos los sellos de la legalidad.
Quizá el centenario de la separación Iglesia-Estado se pueda meditar como un examen de conciencia nacional.
Chile no necesita más reformas constitucionales, sino una conversión metafísica. No se trata de imponer dogmas por decreto, sino de recordar jerarquías: que el espíritu es superior al cuerpo, la verdad al consenso, la caridad al cálculo, y la Iglesia al Estado en el orden del fin.
Quizá el centenario de la separación Iglesia-Estado se pueda meditar como un examen de conciencia nacional. El pueblo que pierde la fe no se vuelve libre, sino vulnerable. La política sin teología termina adorando lo que prometió servir. Y la Iglesia que deja de hablar como madre que corrige y educa no gana simpatía, sino orfandad.
A fin de cuentas, gran parte del drama contemporáneo se puede resumir en una imagen: dos espadas abandonadas, un sol eclipsado. Pero todavía hay tiempo para desenvainarlas y usarlas para el fin que existen. Al César lo que es del César, sin duda. Y a Cristo lo que es de Cristo: el universo entero arrodillado. Cristo es la cabeza. Cristo es Rey. Cristo es más que el César.
Autor: Álvaro Ferrer del Valle
Editor Revista Suroeste
Director Ejecutivo de Comunidad y Justicia
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Last modified: diciembre 23, 2025





