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Una defensa conservadora de la separación entre la Iglesia y el Estado

Don Manuel José Yrarrázaval Larraín nació en 1835. Fue hijo y sobrino de dos destacados políticos de los primeros años de la República. Estudió en los Padres Franceses y en el Instituto Nacional, y casi al terminar su enseñanza media realizó su primer viaje por los Estados Unidos y por Europa, asistiendo a clases en Georgetown y en Bélgica. Al volver a Chile terminó sus estudios y comenzó a colaborar con diversas iniciativas de bienestar social —incentivado por su tío, el presbítero Joaquín Larraín Gandarillas— como la Sociedad San Vicente de Paul. Se casó con doña Julia Mackenna, y pocos días después del nacimiento de su primer hijo, enviudó; volvió a casarse después con doña Isabel Correa, con quien tuvo otros 7 hijos. Su madre y una de sus hermanas murieron en el Incendio de la Compañía.

Se incorporó al Partido Conservador, fue electo regidor por Santiago y, más adelante, diputado entre 1861 y 1873 por esa colectividad. Fue también miembro del Consejo de Estado. Paralelamente, y gracias a su cuantiosa fortuna, fundó dos diarios, El Bien Público y El Independiente, en los que se destacó la participación de dos importantes discípulos suyos, Abdón Cifuentes y Zorobabel Rodríguez.

Su aportación para la fundación de la Universidad Católica de Chile y para el barrio de obreros Concha y Toro, fue decisiva. 

Durante los años 1870 y 1880 realizó sus siguientes tres viajes a Europa y a los Estados Unidos, destinándolos fundamentalmente al estudio de los sistemas electorales y municipales. En uno de ellos, se reunió con el papa León XIII para tratar la sucesión del arzobispo de Santiago. Su aportación para la fundación de la Universidad Católica de Chile y para el barrio de obreros Concha y Toro, fue decisiva. 

A partir de 1873 había sido electo senador, hasta 1882, y con posterioridad logró ser nuevamente electo, para los períodos entre 1888 y 1900, aunque falleció antes de terminar el último.

Yrarrázaval tuvo la capacidad para formular dos planteamientos importantes y vinculados entre sí, y que son antecedentes muy lejanos pero significativos de la separación de la Iglesia y el Estado establecida en 1925.

En varias oportunidades, durante esos años, ocupó la jefatura del Partido Conservador y, en esa calidad redactó el acta de deposición de Balmaceda. Comenzada la guerra civil dejó Santiago y el país, pasando a la Argentina para llegar a Iquique, donde aceptó ser el ministro del Interior de la Junta, cargo que desempeñó hasta poco después de la elección de Jorge Montt y de un nuevo parlamento a finales de 1891.

Agricultor muy destacado, introdujo el eucalipto en Chile; fue además el primer presidente del Club de la Unión y uno de los fundadores del Banco de Chile. Inició su último viaje a los Estados Unidos aquejado ya de un cáncer terminal, del que murió en Nueva York en 1896, a las pocas horas de haber desembarcado.

Yrarrázaval tuvo la capacidad para formular dos planteamientos importantes y vinculados entre sí, y que son antecedentes muy lejanos pero significativos de la separación de la Iglesia y el Estado establecida en 1925.

Esa concepción de Yrarrázaval estaba vinculada con el hecho de que fuera partidario de separar la Iglesia del Estado, fundado en una razón práctica, que formuló ya en diciembre de 1873, lo que resultaba muy audaz y ciertamente muy anticipador.

Por una parte, fue un valiente defensor de los derechos de la Iglesia Católica desde posiciones laicales, a partir de su propia responsabilidad, sin ocultarse detrás de la Jerarquía, sino basado en las propias convicciones fundadas en una correcta formación de la conciencia. Así lo hizo en la discusión del proyecto de Código Penal, a partir de octubre de 1873. Apoyó toda su defensa de los derechos de los eclesiásticos —amagados por el artículo 118 del proyecto, que imponía la pena de destierro hasta por 20 años al obispo o eclesiástico que publicara bulas, breves o rescriptos pontificios sin el pase o exequatur del Gobierno, y por el artículo 261 que imponía penas muy duras a los sacerdotes que de palabra o por escrito censurasen o atacasen leyes o decretos de las autoridades—; en la libertad de conciencia que calificaba como una de las “grandes conquistas de la época actual… ninguna más necesaria y más arraigada en el espíritu de los hombres verdaderamente liberales.” Quería que los eclesiásticos contaran con “completa independencia en el desempeño de su sagrada misión.” Veía la necesidad de que fueran eclesiásticos que no estuvieran bajo la tuición del Estado.

Eso lo llevó también a promover medios de prensa en los que se pudiera servir “a los intereses sagrados de la Iglesia y del Partido Conservador y el que nos imponían a una la fe común en la religión de nuestros padres y el común anhelo de servir al progreso de nuestra patria”, según afirmaba Zorobabel Rodríguez, expresando la convicción de Yrarrázaval.

Ya en 1857, don Manuel José había manifestado que “cada día me convenzo más… de la urgente necesidad de ese periódico que hemos hablado otras veces y para cuya realización, yo, por mi parte, estoy dispuesto a hacer cualquier sacrificio pecuniario, que es todo lo que puedo ofrecer.’

Manuel José Yrarrázaval puede ser considerado, por lo tanto, un claro precursor de la separación de la Iglesia del Estado, justamente desde donde menos era esperable que esa solución se propusiera, desde el Partido Conservador.

Y así fue. Primero apareció El Bien Público, en septiembre de 1863, al que sucedió El Independiente. Este último salió a la luz el 1º de marzo de 1864, en calidad de periódico conservador, pero que pretendía demostrar que “la prensa es el gran congreso donde cada ciudadano tiene el indisputable derecho de emitir su opinión a fin de contribuir con su contingente de luces al engrandecimiento y prosperidad de la Patria.” Planteaba así un diario firme en convicciones, pero abierto al diálogo con otros sectores.

Esa concepción, tan novedosa, suscitó hacia 1872 una fuerte molestia en el sector más clerical, estrechamente vinculado a las estructuras oficiales de la Iglesia, en especial por parte de don Crescente Errázuriz, quien llegó a quejarse de que el diario “merecía su nombre, El Independiente, por la ninguna influencia que concedía a la autoridad eclesiástica: era independiente de ella…”. En buena hora, agregamos nosotros.

Sin duda alguna, esa concepción de Yrarrázaval estaba vinculada con el hecho de que fuera partidario de separar la Iglesia del Estado, fundado en una razón práctica, que formuló ya en diciembre de 1873, lo que resultaba muy audaz y ciertamente muy anticipador. En efecto, Yrarrázaval se atrevió a sostener que “siendo católico sincero y amante de mi patria, creo no engañarme cuando considero que en la situación actual sería preferible la separación de la Iglesia y del Estado, siempre que se respetase la independencia de ambas sociedades.” En consecuencia, animó al gobierno a llevar adelante esa separación y aseguró que “el congreso, compuesto en su inmensa mayoría de amigos, no le pondría ningún obstáculo”, advirtiendo que si el gobierno no promoviese una reforma constitucional en ese sentido, quedaría en evidencia que “le acomoda más… el papel de pretendido protector de la Iglesia y de verdadero opresor en muchos casos.”

Era, insistimos, una mirada muy audaz y anticipatoria, ya que no era la concepción de su partido, el Conservador, en el que muy mayoritariamente —y a pesar de las dificultades que significaba esa unión— se seguía prefiriendo un régimen de privilegio, de religión oficial del Estado (de acuerdo al art. 5º de la. Constitución, que establecía que “La religión de la República de Chile es la Católica, Apostólica, Romana, con exclusión del ejercicio público de cualquiera otra.”) a pesar de todos los problemas que había experimentado la Iglesia en temas de educación, de nombramiento de obispos, de financiamiento, de exequatur, de recursos de fuerza, y que más adelante sufriría en materia de cementerios, matrimonio y registros.

Manuel José Yrarrázaval puede ser considerado, por lo tanto, un claro precursor de la separación de la Iglesia del Estado, justamente desde donde menos era esperable que esa solución se propusiera, desde el Partido Conservador.

Autor: Gonzalo Rojas Sánchez

 

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