26 05 26 maontana dios

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Cuando era niño, luego de salir del colegio, solía buscar con la mirada los cerros de la cordillera de la Región Metropolitana de Chile. Recuerdo -como si fuera una fotografía fija- esos viajes de regreso a casa con mi madre, en los que, entre edificios y cables, se dejaba ver la cumbre nevada de un cerro destacado de la precordillera santiaguina. Con una ingenuidad propia de la edad, imaginaba que en su cima habría alguna construcción humana, algún refugio o un tipo de estación dispuesta a recibir a quienes se atrevieran a subir ese macizo, como si toda cumbre debiera, necesariamente, terminar en algo amable para un pequeño ser humano.

Años después, ya adolescente, nos acercamos a esos cerros junto a mi padre. No con la ambición de conquistarlos, sino con la curiosidad de recorrer sus bordes, de internarnos en sus senderos, de pasar una noche probando lo que, en ese entonces, nos parecía supervivencia. No eran grandes expediciones ni ascensos técnicos. No había equipo sofisticado, ni preparación formal, ni recursos para ello. Pero sí había algo más importante: el asombro. Caminatas que duraban un día entero, senderos que exigían atención, y una naturaleza que dejaba de ser paisaje para convertirse en experiencia.

Con el tiempo, algunos de esos cerros dejaron de ser lejanos. Entre ellos, aquel que miraba de niño desde la ciudad: el imponente Cerro San Ramón, con sus 3.253 metros sobre el nivel del mar. Alcanzarlo no fue solo una meta deportiva; fue también un punto de inflexión. Comprendí que la montaña no se improvisa. Exige preparación, disciplina y comunidad. Obliga a planificar, a reunir lo mínimo indispensable, a confiar en otros. El ascenso deja de ser un acto individual y pasa a ser, necesariamente, un proyecto compartido. Inclusive en aquellos casos en los que se realiza solo, pues siempre hay que dejar aviso a terceros, compartiendo la confianza en ellos.

Quizá por lo mismo, ese aprendizaje no podía quedar reducido a la experiencia personal. En 2022 decidí dar un paso más e ingresar como voluntario al Cuerpo de Socorro Andino de Chile, institución dedicada a la búsqueda y rescate de personas en zonas agrestes. No se trató de un quiebre, sino de una consecuencia natural. La montaña, que ya me había mostrado su exigencia, comenzaba también a mostrarme la responsabilidad que implica habitarla. Ahí entendí que no basta con subir: hay que estar dispuesto a volver por otros.

Tiempo después, a mediados de junio de 2025, experimenté algo que terminó de marcar este recorrido. Ese día subí, completamente solo, un cerro de la capital. No era especialmente alto, pero decidí hacerlo en solitario. Comencé el ascenso cerca de las 15:00 horas y regresé a mi vehículo alrededor de las 21:00. Fue una jornada que partió con luz y terminó en silencio, oscuridad y frío, con la satisfacción de haber alcanzado la cumbre, donde aún quedaban restos de nieve.

Al llegar a mi casa, noté algo extraño en mi cuerpo. Decidí consultar. El diagnóstico fue claro: cáncer. Un golpe duro, especialmente considerando que en ese momento era padre reciente de una hermosa hija, junto a mi amada mujer. Sin embargo, con el paso del tiempo -y no ha pasado tanto- puedo decir con convicción que, gracias a Dios y al trabajo de los equipos médicos, logré superarlo.

Podría parecer, entonces, que la montaña es para mí un lugar de revelación. Y, en cierto sentido, lo es: despierta mis sentidos, ordena mis pensamientos, me enfrenta a lo esencial. Pero sería un error (y uno grave) confundir esa experiencia con una forma de adoración o de culto a la montaña misma. Como cristiano, soy consciente de que el corazón humano “es una fábrica de ídolos” (Calvino, J.: “Institución de la religión cristiana”).

En nuestro tiempo, no es extraño encontrar una espiritualidad difusa que atribuye a la naturaleza -y particularmente a la montaña- una energía propia, casi autónoma. Se habla de “recibir energía” o de “conectarse” con ella, como si fuera una fuente en sí misma. En su versión más extrema, esto deriva en formas de panteísmo: la naturaleza no solo refleja lo divino, sino que se convierte en lo divino. Esa no es mi experiencia, ni mi convicción.

La montaña no es Dios. No crea, no salva, no redime. Pero sí es creación. Y en cuanto tal, participa de una bondad que no le es propia, sino recibida. En el relato bíblico se nos dice que, al contemplar su obra, Dios vio que todo “era bueno en gran manera” (Génesis 1, 31). La expresión hebrea tob meod no es una simple aprobación estética: es una afirmación profunda sobre el orden, la calidad y el sentido de lo creado. La montaña, entonces, es buena. Pero no porque en ella habite una energía misteriosa, sino porque ha sido querida, pensada y sostenida por un Dios que trasciende lo visible.

Y, sin embargo, esa misma montaña “buena en gran manera” puede ser también implacable. No es un lugar amable como si se tratara de una persona virtuosa. El frío, la altura -que a algunos nos golpea con especial fuerza- y la fatiga nos recuerdan constantemente nuestra fragilidad. La montaña no se adapta a nosotros; somos nosotros quienes debemos aprender a adaptarnos a ella.

Es precisamente en ese punto donde comienza a revelarse algo más profundo. La montaña puede significar, muchas veces, dolor. Lo hace de manera directa, sin mediaciones. El cuerpo duele, el cansancio se acumula y la respiración se vuelve difícil. Pero ese dolor no es estéril. Por el contrario, tiene una extraña capacidad de ordenar lo humano. En medio de la exigencia, aparecen con claridad virtudes que en la vida cotidiana suelen diluirse: la valentía, el compañerismo, la prudencia y la confianza.

No es casual que, en situaciones límite, las personas muestren lo mejor (o lo peor) de sí mismas. La montaña es, en ese sentido, un escenario moral. No determina nuestras decisiones, pero las pone en evidencia. Puede hacernos profundamente solidarios o brutalmente egoístas. Puede sacar a la luz lo más noble o lo más bajo. Se forman allí, de algún modo, verdaderas comunidades de peligro, donde cada decisión pesa más que en la vida ordinaria.

En ese contexto, las palabras de C. S. Lewis adquieren una fuerza particular: “el dolor, en cambio, reclama insistentemente nuestra atención. Dios susurra y habla a la conciencia a través del placer, pero le grita mediante el dolor: es su megáfono para despertar a un mundo sordo.” (Lewis, C.S.: “El problema del dolor”). La montaña, con su dureza, puede ser ese megáfono. No porque tenga voz propia, sino porque en su silencio exigente deja espacio para escuchar mejor. Nos arranca de la comodidad, de la distracción permanente, de la ilusión de autosuficiencia. Nos recuerda que somos finitos, dependientes y vulnerables. Pero, al mismo tiempo, capaces de grandeza dentro de nuestra propia escala humana.

Al mirar hacia atrás, veo una continuidad en todo este recorrido: desde el niño que imaginaba construcciones en la cumbre, hasta el adulto que ha aprendido a habitar esos espacios con respeto y asombro. Un recorrido que, hasta la fecha de escribir esta columna, todavía no finaliza. La montaña ha sido una escuela. No de técnicas ni de récords, sino de sentido. Me ha enseñado a admirar sin idolatrar. A reconocer la belleza sin absolutizarla. A valorar la obra, pero sobre todo al Creador.

No se trata de buscar a Dios en la montaña como si estuviera contenido en ella, sino de dejar que la montaña nos disponga para reconocer a un Dios que, siendo invisible, se deja entrever en la belleza (y también en la exigencia) de su creación. Y tal vez, en ese equilibrio (entre asombro y dureza, entre confianza y cuestionamiento de alcanzar la cumbre) se encuentre el verdadero sentido de subir un cerro. Cualquiera sea su altitud, cualquiera sea su dificultad e independiente de la edad de la persona que se atreva a subirlo. Inclusive si es que, en su intento, no logra alcanzar esa tan anhelada cumbre.

Autor: Gustavo Baehr Neira

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