Esperar contra toda esperanza

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Muchos entre quienes defienden una antropología realista, una política comunitaria y una ética fundada en la ley natural tienen razones humanas ―o naturales― para pensar que estamos viviendo un momento gravemente oscuro. Saben, entre otros motivos, que no son únicamente los resultados electorales los que han llevado al poder, en diversos países, a revolucionarios de diferentes colores. Quizás, unas de las razones que pueden llevar a caer en el pesimismo son las imposiciones de visiones ideológicas, a lo largo de todo nuestro continente. Los ejemplos abundan: la censura a Erika (“Kika”) Nieto en Colombia hace un año, o a Christian Cortéz en México, la sentencia del caso Sandra Pavez versus Chile… y tanto más. Las tradiciones cristianas ―raíz de nuestra cultura como pueblos hispanoamericanos― son atacadas sin escrúpulos, y el orden jurídico que recoge esa tradición es cuestionado con ímpetu refundacional o reformista, según el caso, para borrar todo vestigio de subordinación a un poder superior al de la voluntad soberana del pueblo que algunas élites, según su conveniencia, dicen representar.

Pero hay esperanza.

Hay esperanza, primero, porque queda mucho por hacer. No hemos hecho todo el esfuerzo necesario para dar el buen combate. o hemos luchado hasta la sangre, como dijera el apóstol.
Hay esperanza, en segundo lugar, porque somos protagonistas de nuestro destino. Somos libres. Podemos elegir un camino distinto, mejor, contra todo pronóstico, desafiando encuestas y los augurios de tanto experto que lee la realidad en clave determinista. Ejemplo de esto lo tenemos a la mano, en Chile: el rechazo de una propuesta constitucional nefasta muestra que existe todavía un impulso telúrico de patriotismo, de arraigo, de anhelo por cosas que valen la pena, que no se reducen a meros recuerdos sino que son, aún, objeto de nuestras elecciones deliberadas.

Y hay esperanza, ante todo, porque existe la Providencia que no defrauda y dispone todo, absolutamente todo, para gloria de Dios y nuestro mayor bien. No hay que perder de vista lo que Maritain llamaba “primacía de lo espiritual”, la esperanza propuesta por Nicolás Gómez Dávila, la luz de Estel recordada por Finrod (que es mucho más que una confianza fundada en cálculos y proyecciones basadas en el esfuerzo humano). Dios está con nosotros. Así, hemos de luchar con la conciencia de que, por muchas batallas que perdamos, hemos de gloriarnos en la Cruz por la que Cristo ya venció a la muerte y el pecado. Así, con los ojos fijos en Él, podemos seguir batallando, esperando contra toda esperanza.

Autor: Álvaro Ferrer

Editor Revista Suroeste

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