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El ejemplo de Estados Unidos: derogar el genocidio del aborto

Hace un poco más de un año en Estados Unidos se dictó una sentencia ―Dobbs v. Jackson― que revocó el precedente del caso Roe v. Wade, que legitimaba el aborto. Hace poco más de un año se revocó una norma injusta (unjust law). [1]

La historia de cómo Estados Unidos llegó a matar, a escala industrial, a seres humanos en el vientre de sus madres es aterradora. Decenas de millones de vidas humanas destruidas. La escala de destrucción es tan grande que, después de buscar la analogía más cercana en el mal de la esclavitud, muchas veces nos fijamos en el infanticidio practicado por la antigua Cartago.

La civilización cristiana ha promovido una visión mejor de la libertad: la libertad no se encuentra en el poder de elegir la vida o la muerte, el bien o el mal, sino sólo en el poder de alcanzar alguna excelencia, alguna virtud, algún bien superior que concuerde con nuestra naturaleza.

Cartago era un imperio de extraordinario éxito material, no muy distinto del nuestro: valoraban la “productividad”, estaban orgullosos de su “sentido práctico”. Amaban el lujo. En su momento de mayor riqueza y decadencia, sacrificaban a sus recién nacidos en los más viles altares de falsos dioses.

Desde 1973, Estados Unidos también.

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Durante medio siglo, Estados Unidos ha “ofrecido” decenas de millones de vidas humanas vulnerables en un falso altar de libertad. Hemos reclamado para nosotros una licencia para matar a los más pequeños de entre nosotros.

Sin embargo, durante milenios, la civilización cristiana ha promovido una visión mejor de la libertad: la libertad no se encuentra en el poder de elegir la vida o la muerte, el bien o el mal, sino sólo en el poder de alcanzar alguna excelencia, alguna virtud, algún bien superior que concuerde con nuestra naturaleza.

La falsa visión de la libertad que ha llegado a dominar Occidente es esencialmente un repudio de la civilización cristiana. No debe sorprender, entonces, que esta falsa visión de la libertad vaya de la mano de una mala fe, manifiesta en esas banderas de la nueva religión cívica que ahora ondean por todas partes. Esta mala fe también se manifiesta en el altar de la decisión (choice), en la que practicamos el sacrificio humano.

Así que para evitar el destino de Cartago, debemos derrocar a este falso dios, debemos aplastar el altar sobre el que practicamos el sacrificio humano. Debemos acabar con el aborto.

Jesús dice que conocemos un árbol por sus frutos. Una falsa visión de la libertad no libera a nadie: el culto a la libertad para decidir ―la secta pro-choice― destruye con desenfreno cartaginés.

Así que para evitar el destino de Cartago, debemos derrocar a este falso dios, debemos aplastar el altar sobre el que practicamos el sacrificio humano. Debemos acabar con el aborto. Debemos acabar con el aborto con el mismo coraje moral que usamos para acabar con la esclavitud. Debemos acabar con el aborto, no a través de la falsa libertad de elección democrática ―democratic choice―, sino a través de la verdadera libertad de vivir de acuerdo con lo que es correcto y justo.

En Estados Unidos debemos acabar con el aborto a través del Poder Ejecutivo, para interpretar la cláusula de igualdad de protección de la 14ª enmienda [2], incluyendo a las personas humanas en el vientre materno.

Debemos acabar con el aborto a través del Congreso, mediante una legislación innovadora que haga impensable el aborto ―ideas como la del proyecto de ley propuesto por el senador J.D. Vance: Make Birth Free―, que haría más barato tener un bebé que matarlo en este país.

Debemos mantener la vista en el premio: la lucha por el reconocimiento de las personas antes de nacer como plenamente humanas, y por tanto merecedoras de igual protección bajo la Constitución, es nuestra nueva Estrella del Norte.

Pero no podemos acabar con el aborto “devolviéndolo a los estados”, confiando en el poder de elección democrático (democratic choice). Debemos acabar con el aborto a través de la Corte Suprema, no sólo presentando argumentos coherentes sobre el derecho positivo, sino asegurándonos de que nuestro derecho positivo llegue a juicios morales que son correctos y justos.

Dobbs acabó con un precedente injusto ―an unjust law― pero no acabó ni puede acabar con el aborto.

Aunque hemos entrado en una lucha mucho más vigorosa por la vida a nivel de cada estado, debemos mantener la vista en el premio: la lucha por el reconocimiento de las personas antes de nacer como plenamente humanas, y por tanto merecedoras de igual protección bajo la Constitución, es nuestra nueva Estrella del Norte.

Carthago delenda est!

Autor: Chad Pecknold

Notas

[1] Esta columna es una traducción del discurso del profesor Chad Pecknold, con ligeras modificaciones para ser publicado en castellano para Suroeste. El primer párrafo fue añadido, con permiso del profesor Pecknold, para dar un contexto adecuado. Agradecemos su amable disposición del profesor para publicar con nosotros este texto (N. del editor).

[2] Esta enmienda, en su sección 1, dispone lo siguiente: “Toda persona nacida o nacionalizada en los Estados Unidos, y sujeta a su jurisdicción, es ciudadana de los Estados Unidos y del estado en que resida. Ningún estado podrá crear o implementar leyes que limiten los privilegios o inmunidades de los ciudadanos de los Estados Unidos; tampoco podrá ningún estado privar a una persona de su vida, libertad o propiedad, sin un debido proceso legal; ni negar a persona alguna dentro de su jurisdicción la protección legal igualitaria”.

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