Saruman y Nietzsche versus Gandalf y Santo Tomás
“Porque yo soy Saruman el Sabio, Saruman el Hacedor de Anillos, Saruman de Muchos Colores” [1] (Tolkien, J.R.R.; “El señor de los anillos”) [2].
En la obra maestra de Tolkien, El señor de los anillos, Saruman el Blanco renuncia a su título y a su cargo, declarándose “de muchos colores”. Ya no se conforma con ver la realidad como una batalla entre el bien y el mal, entre la luz y la oscuridad. Demasiado “sabio” para estar atado a tal comprensión en blanco y negro del cosmos, desdeña el blanco, la unidad de toda luz, fragmentándola en un espectro pluralista, más allá del bien y del mal. Los estudiosos de la filosofía no pueden evitar ver paralelismos con las ideas de Friedrich Nietzsche, cuya última obra, “Más allá del bien y del mal”, pretendía demoler todas las nociones tradicionales de moralidad.
Gandalf le dice a Saruman, como sin duda le habría dicho a Nietzsche, que había “abandonado el camino de la sabiduría” [3]. Más tarde, después de que Gandalf haya asumido el título de Gandalf el Blanco, le dice a Saruman que ya no tiene “ningún color ahora” [4], expulsándolo de la orden y del Consejo. Al rechazar la unidad de todos los colores en la Única Luz de la Bondad, eligiendo en su lugar la fragmentación de la luz en una multitud de matices relativistas, Saruman, en su orgullo de pavo real, no se vuelve resplandeciente con todos los colores del arcoíris, sino que se desvanece en 50 tonos de gris hasta que, finalmente, no tiene “ningún color”. Al negarse a ser un reflejo de la luz, se ha vuelto oscuro, un agujero negro de malicia, convirtiéndose en una patética sombra de sí mismo, del mismo modo que Nietzsche, poco después de la publicación de “Más allá del bien y del mal”, descendió al agujero negro de la locura, declarando que él, Nietzsche, había creado el mundo y firmando como “Dionisio”, el dios de la embriaguez y la locura ritualizada.
¿Qué nos dicen los ejemplos cautelares de Saruman y Nietzsche, uno ficticio y el otro histórico, sobre la anatomía del bien y del mal?
Al rechazar la unidad de todos los colores en la Única Luz de la Bondad, eligiendo en su lugar la fragmentación de la luz en una multitud de matices relativistas, Saruman, en su orgullo de pavo real, no se vuelve resplandeciente con todos los colores del arcoíris, sino que se desvanece en 50 tonos de gris hasta que, finalmente, no tiene “ningún color”.
La respuesta se encuentra en la comprensión en blanco y negro del cosmos que ellos despreciaban. Se encuentra, de hecho, en la luz de la sabiduría y la maravilla que brilla en la mente de Tomás de Aquino, una luz que es a la oscuridad de Nietzsche lo que la luz de Gandalf es a la oscuridad de Saruman. Es una luz que derrota la oscuridad del relativismo, así como la voluntad de poder a la que sirve el relativismo.
Según el Aquinate, la virtud, concretamente la virtud de la humildad, es el requisito previo para toda comprensión del cosmos.
La humildad nos predispone a un sentido de gratitud por la existencia, y no sólo por nuestra propia existencia, sino por la existencia de todas las cosas que vemos. Esa gratitud nos permite ver con asombro, lo que suscita la contemplación necesaria para el ensanchamiento de la mente. Ese es el camino por el cual nos abrimos a la luz de la realidad. Humildad, gratitud, asombro, contemplación y ensanchamiento (dilatatio): Este es el quíntuple orden de percepción que despierta nuestros cinco sentidos a lo real.
Si lo anterior es el camino de la percepción que conduce a la verdadera ilustración, el camino del asombro, su contrario puede ser visto como el camino a ninguna parte que conduce al oscurantismo nihilista, el camino de la maldad y, en última instancia, de la locura.
La falta de humildad (orgullo) nos predispone a un sentimiento de ingratitud por la existencia, y no sólo por nuestra propia existencia, sino por la existencia de todo lo demás. Tal ingratitud sucumbe en el pecado del cinismo, cegándonos a cualquier sentido de asombro, impidiendo así la contemplación y promoviendo en su lugar una distracción sin sentido, cerrando la mente a la realidad. Orgullo, ingratitud, cinismo, distracción y cierre de la mente: Este es el quíntuple orden de la percepción errónea que adormece nuestros sentidos, de modo que ya no son capaces de sentir o ver la presencia de lo real.
Según el Aquinate, la virtud, concretamente la virtud de la humildad, es el requisito previo para toda comprensión del cosmos.
A la luz de esta comprensión de la anatomía del bien y del mal, las palabras de G. K. Chesterton, pronunciadas en su lecho de muerte, encapsulan la sencilla diferencia entre la sabiduría de la humildad y la luz que aporta y, por otro lado, la maldad del orgullo y la oscuridad a la que conduce. “La cuestión está ahora muy clara”, dijo Chesterton moribundo, saliendo de una especie de ensueño semiconsciente. “Está entre la luz y las tinieblas, y cada uno debe elegir su bando”.
Chesterton eligió la luz y la deliciosa cordura de la santidad (delightful sanity of sanctity). Nietzsche eligió la oscuridad y la locura del orgullo, declarando al morir que él era el mismo Dios que había declarado muerto. Chesterton eligió al Dios a cuya imagen fue hecho, y murió espléndidamente cuerdo. Nietzsche se hizo a sí mismo Dios, la definición misma del orgullo, haciendo su cosmos cada vez más loco a su propia imagen cada vez más trastornada. El camino de la humildad conduce, a través del rodante camino del asombro, al paraíso de la recompensa. El camino de la soberbia conduce, por la espinosa senda del prejuicio, al infierno que uno mismo se inventa. Chesterton tenía razón. Cada uno debe elegir su bando.
Notas
[1] Este artículo fue publicado originalmente en The National Catholic Register, el 26 de noviembre de 2019. Agradecemos a Joseph Pearce su generosidad de querer publicar una traducción del mismo en Revista Suroeste.
[2] “For I am Saruman the Wise, Saruman Ring-maker, Saruman of Many Colours!”.
[3] “Left the path of wisdom”.
[4] “No colour now”.
Last modified: abril 23, 2026





